5.4 The Implementation of Simulation Experiments
5.4.3 The Thrid Group of Experiments
Gadamer presenta un breve análisis del origen del término símbolo y su significación. Concluye que, en primera instancia, el símbolo es algo con lo que se reconoce un antiguo conocido. Se trata de una palabra técnica de la lengua griega que significa tablilla de recuerdo, en latín tessera hospitalis. El anfitrión rompía una tablilla en dos, conservando una mitad para sí y regalándole la otra mitad al huésped para que, si al cabo de algunos años volviera a la casa un descendiente de ese huésped, pudieran reconocerse mutuamente juntando los dos pedazos133.
Recurre, además, al Banquete de Platón, evocando el relato de Aristófanes, por el que se da una indicación más profunda de lo que significa símbolo. Rememora cómo Aristófanes cuenta que los hombres eran originalmente seres esféricos, y habiéndose comportado mal, los dioses los cortaron en dos, cada una de estas dos mitades, que habían formado parte de un ser vivo completo, van buscando su complemento. Este es el σύµβολόν τοῦ ἀνθρώπου que cada hombre es, en cierto modo, un fragmento de algo; y eso es el amor: que en el encuentro se cumple la esperanza de que haya algo que sea ‘el fragmento complementario’ que nos reintegre134.
De ambos testimonios se percibe la acción de remitir de uno hacia otro. La función propia del remitir está orientada a otra cosa, a algo que también se puede tener o experimentar de modo inmediato135. Sin embargo, lo simbólico no sólo remite al significado, sino que lo hace estar presente: re-presenta el significado. El concepto de representar, afirma
133 Cfr. GADAMER, Hans-Georg. La actualidad de lo bello. Buenos Aires: Paidós, 2008. pp. 84-85. 134 Cfr. Ibídem, p. 84.
135 “De ser sólo así, el símbolo vendría a ser lo que, al menos desde un uso clásico del lenguaje, se
denomina alegoría: se dice algo diferente de lo que se quiere decir, pero eso que se quiere decir también puede decirse de un modo inmediato. La consecuencia de equiparar el concepto clásico de símbolo a la alegoría, es que el remitir de la alegoría traslada, exporta, de este modo a otra cosa sin hacerla presente. En cambio, el símbolo, la experiencia de lo simbólico, quiere decir que este individual, este particular, se ‘representa’ como un fragmento de ser que promete complementar en un todo íntegro al que se corresponda con él; o, también, quiere decir que existe otro fragmento, siempre buscado, que complementará en un todo el propio fragmento vital”. Ibídem, pp. 84-85.
Gadamer, no quiere decir que algo esté ahí en lugar de otra cosa, de un modo impropio e indirecto, como si se tratase de un sustituto o de un sucedáneo. “Lo representado está ello mismo ahí y tal como puede estar ahí en absoluto”136. “Es así que la idea de lo simbólico descansa sobre un indisoluble juego de contrarios, de mostración y ocultación”137. “La representación simbólica es el modo originario de darse el ser en el movimiento de revelarse y de retraerse”138.
En el símbolo se tiene, por lo tanto, “experiencia de la simultaneidad de la ausencia y de la presencia, del desvelamiento ambiguo y originario del ser en el juego de su esconderse y manifestarse”139. El símbolo expresa, entonces, una carencia, una mitad y la necesidad de reconstruir su integridad. “En el símbolo radica la revelación del ser en su sentido más profundo, nunca totalmente objetivable”140. El símbolo se convierte en aquello que hace evidente una apertura entre concepto e intuición nunca colmable totalmente, una sobreabundancia nunca reducible141. Vendría a ser el nexo entre la intuición y el concepto, por el que se debería llegar a una comprensión de la realidad en su totalidad, en la mutua implicancia de conceptualización y simbolización.
Cuando se le sustrae al símbolo su naturaleza simbólica, la cosa deviene, como diría Stefano Zecchi, en un ‘signo cosal’. Afirma que el signo es una abstracción del símbolo, y el símbolo es originario respecto al signo142. Por lo que, desde el punto de vista fenoménico, a través de la reducción del símbolo, llego a la cosa misma como a un signo. Sin embargo, la posibilidad de Ser de la cosa misma es pertenecer a un contexto semántico referencial143. Su evidencia estará en la complejidad de lo que se oculta y de lo que se revela. Es así que en esta complejidad reside precisamente la manifestación de lo simbólico144. Entendido los simbólico en esta dinámica, se sostiene la afirmación de que “el símbolo hace salir del esquema semiótico binario significado/significante e indica un tercer elemento, la simultaneidad de ambos”145.
136 Ibídem, p. 90.
137 Ibídem, p. 87.
138 ZECCHI, Stefano. La Belleza. Madrid: Técnos, 1994. p. 182. 139 Ibídem, p. 165.
140 Ibídem. 141 Ibídem, p. 159. 142 Cfr. Ibídem, p. 165.
143 Como ‘cosa’ de la que se habla, perteneciente a la realidad contenida en el lenguaje. 144 Cfr. Zecchi. Op. cit., p. 165.
El signo es controlable, forma parte de un código; el símbolo, en cambio, huye de la complexión de la codificación, permite tener una experiencia fundamental de la cosa misma. “El símbolo de alguna manera contiene lo que simboliza”146. Aun así, el símbolo es un núcleo de sentido que no se deshace y no se agota en la interpretación, es ‘un resto utópico’, en el sentido de no-lugar de realización147. “El símbolo es multiplicidad y pluralidad de sentido no reducible a la unidad de sentido de la interpretación”148. La interpretación de lo simbólico debe tener siempre, en cuanto que existe, una sobreabundancia irreductible, que pone de nuevo en movimiento la interpretación misma149.