72 Alicia del Águila señala al respecto que en las postrimerías coloniales, si bien “los espacios públicos
eran lugares predominantemente masculinos, no existían de modo institucionalizado sino unos pocos exclusivamente masculinos”. En el ambiente social en que se desenvolvían los varones de las elites y grupos intermedios de Lima el más importante fue, tal vez, el café, espacio preferente de tertulias (Para un acercamiento al importante papel de los cafés en la sociabilidad, la comunicación y la formación de la opinión pública de los limeños, es de utilidad el reciente libro de HOLGUÍN CALLO, Oswaldo. Cafés y fondas en Lima ilustrada y romántica. Lima: Universidad de San Martín de Porres-Fondo Editorial, 2013). Por el contrario, las mujeres limeñas tenían en su hogar el espacio de sociabilidad más importante, pero es claro que ellas no estaban, ni por asomo, alejadas de la vida pública. Los testimonios de viajeros, la prensa y la documentación archivística confirman esta apreciación y muestran que las limeñas, a pesar del mayor control que sobre ellas recaía (el ideal del recogimiento), acostumbraban a salir de compras, hacían visitas a las casas de amigos, iban a la iglesia, acostumbraban a pasear, asistían al teatro, al coliseo o a los toros, hacían uso de los baños públicos, participaban de los juegos de azar, acudían a diversas festividades, entre otras actividades que implicaban una socialización más amplia que la de otros tiempos y no solo con personas de su propio sexo. Véase DEL ÁGUILA, Alicia. Los velos y las pieles: cuerpo, género y reordenamiento social en el Perú republicano (Lima, 1822-1872). Lima: IEP, 2003, pp. 32-43. Considérese, además, que el hacer visitas implicaba, por obvia reciprocidad, el recibirlas y muchas mujeres eran anfitrionas que acogían amigos y amigas, a veces familias enteras, a diferentes horas. En estas reuniones la actividad principal era la tertulia, pero los adultos podían también dedicarse al juego.
73 O’PHELAN GODOY, Scarlett. “La moda francesa”, p. 26. Incluso mujeres de los sectores subalternos
como las placeras o las vivanderas, asimilando los patrones culturales de las elites, buscaron también estar a la moda dentro de sus posibilidades: ARRELUCEA BARRANTES, Maribel. Género, estamentalidad y etnicidad en las estrategias cotidianas de las esclavas de Lima, 1760-1800. Tesis de Magister en Historia. Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2011, p. 25.
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Asuntos como éstos ponían en tela de juicio un problema tan significativo como el del honor, pero ¿de qué honor de se trataba?, o para plantearlo de otra manera, ¿de qué manera compatibilizar el honor-precedencia con el honor-virtud?74 Si el examen del honor-precedencia, en su exteriorización, tomaba en cuenta el tipo de vestimenta y calzado, los adornos y el peinado y hasta el uso del lenguaje para hacerlo validable ante los demás y expresar una determinada posición social, era evidente que en el contexto de relativa movilidad social por la que atravesaba Lima estas cuestiones ligadas a la apariencia hayan contribuido a la confusión, máxime si el honor que se adjudicaban las elites para sí mismas (y que negaban a los demás) se extendía progresivamente a los segmentos sociales subalternos que reclamaban también su tenencia. En ese sentido, la ropa y demás aderezos podían ocultar orígenes sospechosos. Pero, al mismo tiempo, las nuevas exigencias de la modernidad obligaban al consumo suntuario y a lo que, para algunos, era banalidad, pues estos signos exteriores servían para marcar y expresar distancias sociales. Por otra parte, si el honor-virtud establecía pautas de comportamiento para cada sexo y en el caso de las mujeres éste se manifestaba en la discreción, en la castidad antes del matrimonio y en la fidelidad después, en el recato, en el recogimiento, en suma, en la decencia; si este conjunto de valores debía ser resguardado y defendido por ellas y por los hombres de la familia, es claro que estas consideraciones no eran congruentes, respecto de las mujeres, ni con sus maneras de vestir, ni con los profusos adornos que las engalanaban, ni con sus afeites, como tampoco con el ritmo de gastos crecientes en el que incurrían, con las frecuentes salidas a la calle, con el desenfado con el que se desenvolvían en los espacios públicos, con el gusto por la exhibición. Parecía que, como en las grandes ciudades de España, el concepto de recato hubiese sido sustituido por el de despejo75.
74 Conviene recordar que las elites se consideraban honorables, pero negaban tal condición a los grupos
subalternos. La categorización honor-precedencia acuñada por primera vez por el antropólogo Julian Pitt- Rivers sirvió durante muchos años a la historiografía para hacer referencia a esta forma de concebir el honor en la Hispanoamérica colonial, diferenciándola de aquel otro tipo de honor entendido como código de conducta ética personal de acuerdo con la reputación inherente a la posición social del individuo. Esta manera de discernir el honor fue categorizada como honor-virtud. Cabría aclarar, sin embargo, que el honor no tenía calificativos y que, como afirma Ann Twinam, las elites lo utilizaron para denotar un conjunto de significados cambiantes que estaban vinculados intrínsecamente (TWINAM, Ann. Op. cit., p. 63). Por lo demás, durante el transcurso del siglo XVIII, pese a que las elites seguían reclamando su exclusividad, el honor como experiencia vivencial había alcanzado a los grupos subalternos. Sin duda, los cambios socio-económicos y culturales por los que atravesaban sobre todo las áreas urbanas hispanoamericanas contribuyeron a su extensión. Para mayores detalles, revísese la parte 2.3 del capítulo anterior.
75 ORTEGA LÓPEZ, Margarita. “Cuerpo e identidad de las mujeres en el Antiguo Régimen”. En LÓPEZ
BELTRÁN, María Teresa (coord.). De la Edad Media a la Moderna: mujeres, educación y familia en el ámbito rural y urbano. Málaga: Universidad de Málaga, 1999, p. 205. En opinión de Carmen Martín
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Sin afectar en lo sustancial el carácter patriarcal del sistema, ¿estas cuestiones no sugieren, aunque sea de modo parcial y relativo, un replanteamiento de las relaciones sociales, especialmente las de género? La pregunta no constituye un exceso. Es claro, al respecto, que la sociedad limeña de entre siglos mantenía aún perfiles barrocos, que la familia se organizaba sobre pautas tradicionales y que el orden jerárquico patriarcal continuaba persistiendo. Es evidente también –y hay que ser enfático en esto- que, en buena medida, los procesos descritos tocaron más a las elites y a los segmentos sociales intermedios que a la plebe. Sin embargo, estos cambios indican un menor enclaustramiento de las mujeres, al menos para aquellas pertenecientes a los sectores más acomodados y pudientes, y por ende, mayores oportunidades de relaciones sociales con individuos de uno y otro sexo. Una nueva iconografía exhibicionista fue extendiéndose a lo largo del siglo XVIII y en especial sobre el cuerpo femenino, mostrando la redondez de su figura acompañada de vistosos trajes y adornos que denotaban el creciente y alegre consumismo de la época y que, a manera de revancha, contradecía las austeras y oscuras imágenes del barroco pero, también, el deseo de ostentación y exhibición en los paseos, bailes, teatros, visitas y en cualquier otra actividad y lugar que lo ameritara. Un diccionario de 1786 publicado en Madrid ya explicaba, al respecto, como el galicismo “coqueta” hacía referencia a las mujeres “que se afanaban en extremo por su aderezo personal, con la finalidad de conquistar los corazones masculinos”, a la vez que el vocablo “darse el gusto”, es decir, gastar, consumir, desear hacer, terminaba siendo una suerte de filosofía “que triunfaba en tertulias, saraos y reuniones e hizo mella también en satisfacer deseos afectivos”, indicando modernidad y civilidad76. No es posible generalizar, por supuesto. Lima, por otra parte, no era Madrid y es claro, además, que la actitud desenfadada y rupturista no se puede extender a toda la sociedad limeña, ni siquiera a la plebe, aunque, por otra parte, deban evocarse las palabras de Flora Tristán: “No hay ningún lugar sobre la tierra donde las mujeres sean más libres y ejerzan mayor imperio que en Lima”77.
Gaite, en la España del siglo XVIII se produjo una acelerada sustitución de unos calificativos por otros. A tenor de esta tendencia, el concepto de recato se fue convirtiendo en extrañeza y en “defectuosa cortedad y culpable grosería”, es decir, fue perdiendo su original connotación positiva hasta ser progresivamente relegado al mundo de las antiguallas, a la vez que el nuevo y antagónico concepto de despejo lo iba sustituyendo. “Despejo era franqueza, falta de encogimiento, mirar a los ojos, no ruborizarse”: MARTÍN GAITE, Carmen. Op. cit., pp. 94-115.
76 ORTEGA LÓPEZ, Margarita. Op. cit., pp. 202-205.
77 TRISTÁN, Flora. Peregrinaciones de una paria [1838]. Lima: Fondo Editorial de la UNMSM y Centro
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