6 Security requirements 30
6.6 TOE Summary Specifications Rationale 58
Imagina que el artículo de cabecera del Pravda fuera un estudio delKGB que analizara las principales operaciones terroristas llevadas a cabo por el Kremlin en todo el mundo en un intento de determinar los factores que condujeron a su éxito o fracaso. Su conclusión final: por desgracia, los éxitos fueron escasos, así que hay que repensar la política. Supongamos que el artículo continuara citando a Vladímir Putin diciendo que había pedido al KGB que llevara a cabo esas investigaciones para encontrar casos de «financiación y suministro de armas a la insurgencia en un país que en realidad funcionaba bien. Y que no pudieron conseguir mucho». Así que tiene cierta reticencia a continuar con esa política.
Es casi inimaginable, pero si apareciera un artículo así, los gritos de rabia e indignación se alzarían hasta los cielos y Rusia sería vehementemente condenada, o peor, no solo por el brutal historial terrorista que habría reconocido a las claras, sino también por la reacción entre los dirigentes y la clase política: ninguna preocupación, salvo por el buen funcionamiento del terrorismo de Estado ruso y por si las prácticas podrían mejorar.
De hecho, es difícil imaginar que un artículo así pudiera aparecer, si no fuera porque apareció recientemente, o casi.
El 14 de octubre de 2014 el artículo de fondo de The New York Times informaba de un estudio de laCIA que analizaba las principales operaciones terroristas llevadas a cabo por la Casa Blanca en todo el mundo, en un intento de determinar los factores que condujeron a su éxito o fracaso, con la conclusión mencionada arriba. El artículo continuaba citando al presidente Obama, quien había pedido a la CIA que emprendiera una investigación para encontrar casos de «financiación y suministro de armas a la insurgencia en un país que, en realidad, funcionaba bien. Y que no pudieron conseguir mucho», así que tenía, de hecho, cierta reticencia a continuar con tales prácticas[1].
No hubo gritos de rabia ni indignación, nada.
La conclusión parece muy clara. En la cultura política occidental se da por completamente natural y apropiado que el líder del mundo libre tiene que ser un Estado terrorista canalla y que ha de proclamar abiertamente su prestigio en tales crímenes. Y no es sino natural y apropiado que el abogado constitucionalista liberal que lleva las riendas del poder, laureado con el Premio Nobel de la Paz, solo se preocupe por cómo llevar a cabo tales acciones con mayor eficacia.
Hay un estudio más atento que establece estas conclusiones con firmeza. El artículo empieza citando operaciones estadounidenses «desde Angola hasta
Nicaragua y Cuba». Añadamos un poco de lo que se omite; para ello se puede beber de los estudios revolucionarios sobre el papel de Cuba en la liberación de África de Piero Gleijeses, en especial de su reciente libroVisions of Freedom[2].
En Angola, Estados Unidos se unió a Sudáfrica para proporcionar un apoyo crucial al ejército terrorista de la UNITA de Jonas Savimbi. Continuó haciéndolo incluso después de la rotunda derrota de Savimbi en unas elecciones libres atentamente supervisadas y después de que Sudáfrica retirara el apoyo a ese «monstruo cuya ansia de poder había llevado un enorme sufrimiento a su pueblo», en palabras del embajador británico en Angola Marrack Goulding, una declaración secundada por el director local de la CIA en la vecina Kinshasa. El mandatario de la CIA advertía que «no era buena idea» apoyar al monstruo «por la magnitud de los crímenes de Savimbi. Era terriblemente violento[3]».
A pesar de las amplias y asesinas operaciones terroristas respaldadas por Estados Unidos en Angola, las fuerzas cubanas expulsaron del país a los agresores sudafricanos, los obligaron a dejar la ilegalmente ocupada Namibia y allanaron el camino para unas elecciones en Angola en las que, después de su derrota, Savimbi «desestimó por completo las opiniones de los casi ocho observadores extranjeros desplazados allí según los cuales las votaciones […] fueron en general libres y ustas», como informó The New York Times, y continuó la guerra terrorista con el apoyo de Estados Unidos[4].
Nelson Mandela, cuando por fin fue puesto en libertad, alabó los logros de Cuba en la liberación de África y el final del apartheid. Uno de sus primeros actos fue declarar que «durante todos mis años en prisión, Cuba fue una inspiración y Fidel Castro un pilar sólido […]. [Las victorias cubanas] destrozaron el mito de la invencibilidad del opresor blanco [e] inspiraron las luchas de masas de Sudáfrica […], un punto de inflexión para la liberación de nuestro continente, y de mi pueblo, del azote del apartheid […]. ¿Qué otro país puede señalar un historial de mayor altruismo que el que ha mostrado Cuba en sus relaciones con África?»[5].
El líder del terrorismo Henry Kissinger, en cambio, se «enfureció» por la insubordinación del «pelagatos» Castro, a quien sentía que debía «aplastar», como informaron William LeoGrande y Peter Kornbluh en su libro Back Channel to Cuba, basándose en documentos desclasificados recientemente[6].
En el caso de Nicaragua, no vale la pena entretenerse en la guerra terrorista de Ronald Reagan, que continuó hasta mucho después de que el Tribunal Internacional de Justicia ordenara a Washington el cese del «uso ilegal de la fuerza» —es decir, terrorismo internacional— y pagara sustanciales compensaciones; y aún siguió tras una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que llamaba a todos los Estados (es decir, a Estados Unidos) a cumplir la legalidad internacional; Washington la vetó[7]. Debería reconocerse, no obstante, que la guerra terrorista de Reagan contra
destructiva como el terrorismo de Estado que respaldaba con entusiasmo en El Salvador y Guatemala. Nicaragua tenía la ventaja de contar con un ejército para enfrentarse a las fuerzas terroristas dirigidas por Estados Unidos, mientras que en los países vecinos los terroristas que asaltaban a la población eran sus propias fuerzas de seguridad, armadas y formadas por Washington.
En el caso de Cuba, el presidente Kennedy y su hermano, el fiscal general Robert Kennedy, lanzaron las operaciones terroristas de Washington con toda su furia para castigar a los cubanos por impedir la invasión de la bahía de Cochinos, dirigida por Estados Unidos. Aquella guerra terrorista no fue una nimiedad. Participaron cuatrocientos estadounidenses y dos mil cubanos, y contó con un ejército privado de lanchas rápidas y un presupuesto anual de cincuenta millones de dólares. Fue dirigida en parte por la oficina de la CIA en Miami, que funcionaba infringiendo la Ley de Neutralidad y, presumiblemente, la ley que prohíbe operaciones de la CIA en Estados Unidos. Entre sus operaciones destacan el bombardeo de hoteles e instalaciones industriales, el hundimiento de buques pesqueros, el envenenamiento de cosechas y ganado, y la contaminación de exportaciones de azúcar, entre otras. Algunas de esas operaciones no fueron autorizadas por la CIA explícitamente, sino que las llevaban a cabo fuerzas terroristas que la agencia financiaba y apoyaba, una distinción irrelevante.
Como más tarde se supo, la guerra terrorista (operación Mangosta) fue un factor que influyó en que Jruschov enviara misiles a Cuba, así como en la crisis de los misiles, que estuvo a punto de provocar una guerra nuclear definitiva. Las operaciones de Estados Unidos en Cuba no eran una cuestión trivial.
Se ha prestado cierta atención a una parte menor de la guerra terrorista: los numerosos intentos de asesinar a Fidel Castro, en general subestimados como si fueran travesuras infantiles de la CIA. Aparte de eso, nada de lo ocurrido ha suscitado mucho interés o debate. La primera investigación seria en inglés del impacto de la guerra terrorista sobre los cubanos lo publicó en 2010 el investigador canadiense Keith Bolenter, en su Voices from the Other Side, un valioso estudio que en gran medida ha pasado desapercibido[8].
Los tres ejemplos subrayados en el artículo de The New York Times sobre el terrorismo de Estados Unidos son solo la punta del iceberg. No obstante, es útil contar con este destacado reconocimiento de la dedicación de Washington a operaciones terroristas asesinas y destructivas, y de la insignificancia de todo ello para la clase política, que acepta como normal y adecuado que Estados Unidos debe ser una superpotencia terrorista, inmune a la ley y las normas civilizadas.
Paradójicamente, el mundo podría no estar de acuerdo. Las encuestas globales muestran que se considera a Estados Unidos la mayor amenaza para la paz mundial con mucha diferencia[9]. Por suerte, a los estadounidenses se les ahorró esa información sin importancia.