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Si alguna especie extraterrestre estuviera elaborando una historia del Homo sapiens, bien podría dividir su calendario en dos eras: AAN (antes de las armas nucleares) y EAN (era de las armas nucleares). La segunda empezó, por supuesto, el 6 de agosto de 1945, el primer día de la cuenta atrás de lo que puede ser el ignominioso final de esta especie extraña, que logró la inteligencia para descubrir medios eficaces con que destrozarse a sí misma, aunque no la capacidad moral e intelectual de controlar sus propios peores instintos, según todo parece indicar.
El día uno de la EAN estuvo marcado por el «éxito» de Little Boy, una bomba atómica simple. El día cuatro, Nagasaki experimentó el triunfo tecnológico de Fat Man, un diseño más sofisticado. Cinco días después llegó lo que la historia oficial de la fuerza aérea llama «el gran final», una incursión de mil aviones —una hazaña logística nada desdeñable— sobre las ciudades de Japón que mató a muchos miles de personas, mientras entre las bombas caían octavillas en las que se leía «Japón se ha rendido». El presidente Truman anunció esa rendición antes de que el último B-29 regresara a su base[1]. Así fueron los prometedores primeros días de la EAN. Ahora que entramos en su septuagésimo año, deberíamos contemplar con asombro el hecho de que hayamos sobrevivido. No podemos saber cuántos años quedan.
El general Lee Butler, antiguo director del Mando Estratégico (STRATCOM), que controla las armas nucleares y su estrategia, ofreció algunas reflexiones sobre estas perspectivas funestas. Hace veinte años, Butler escribió que hasta aquel momento habíamos sobrevivido a la EAN «por una combinación de talento, suerte e intervención divina, y sospecho que a este último factor le corresponde una proporción muy elevada[2]». Reflexionando más sobre su larga carrera de desarrollo
de armas nucleares y organización de las fuerzas para utilizarlas con eficiencia, los remordimientos lo llevaron a decir de sí mismo que había estado «entre los más entusiastas de los que tienen fe en las armas nucleares», pero, continuó, había terminado por comprender que era su «responsabilidad declarar con toda la convicción que puedo reunir que, en mi opinión, nos han hecho mucho daño»; y preguntaba: «¿Con qué autoridad una tras otra generación de líderes en los Estados con armas nucleares usurpan el poder de dictar la posibilidad de que la vida continúe en nuestro planeta? Y una cuestión más acuciante: ¿por qué se mantiene tal osadía en un momento en el que deberíamos temblar ante nuestra locura y unirnos en nuestro compromiso por abolir sus manifestaciones más letales?»[3].
sin cuartel automatizado contra el mundo comunista como «el documento más absurdo e irresponsable que he revisado en mi vida[4]». Sus homólogos soviéticos probablemente estaban todavía más locos. Pero es importante tener en cuenta que hay competidores, entre ellos la aceptación sin reparos de amenazas extraordinarias a la supervivencia.
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A SUPERVIVENCIA EN LOS PRIMEROS AÑOS DE LA GUERRAA SUPERVIVENCIA EN LOS PRIMEROS AÑOS DE LA GUERRA FRÍAFRÍA
Según la doctrina académica habitual y el discurso intelectual general, el objetivo principal de la política estatal es la «seguridad nacional». No obstante, hay numerosas pruebas de que la doctrina de seguridad nacional no incluye la seguridad de la población. La historia pone de manifiesto que, por ejemplo, la amenaza de destrucción instantánea por armas nucleares nunca ha estado entre las principales preocupaciones de los estrategas. Eso se demostró muy pronto y sigue siendo cierto hasta el momento presente.
En los primeros años de la EAN, Estados Unidos era inmensamente poderoso y gozaba de notable seguridad: controlaba el hemisferio occidental, los océanos Atlántico y Pacífico, y también ambas orillas de esos océanos. Mucho antes de la Segunda Guerra Mundial, ya se había convertido en el país más rico, con mucho, del mundo. Su economía floreció durante la guerra, mientras que otras sociedades industrializadas quedaron arrasadas o muy debilitadas. Al inicio de la nueva era, Estados Unidos poseía alrededor de la mitad de la riqueza total del mundo y un porcentaje todavía mayor de la capacidad fabril.
No obstante, se cernía sobre el país una amenaza potencial: los misiles balísticos intercontinentales con cabezas nucleares. Esa amenaza se abordó en un análisis ya clásico de las políticas nucleares, llevado a cabo con acceso a las fuentes de más alto nivel: Danger and Survival: Choices About the Bomb, que firmaba McGeorge Bundy, consejero de Seguridad Nacional durante las presidencias de Kennedy y de Johnson[5]. Bundy escribió que «el oportuno desarrollo de misiles balísticos durante la Administración Eisenhower es uno de los mayores éxitos de esos ocho años. Sin embargo, es bueno empezar por reconocer que tanto Estados Unidos como la Unión Soviética podrían estar hoy en un peligro nuclear mucho menor si [esos] misiles nunca se hubieran desarrollado». Después añadiría un comentario instructivo: «No soy consciente de ninguna propuesta contemporánea seria, dentro o fuera de cualquier Gobierno, que diga que los misiles balísticos deberían de algún modo estar prohibidos por acuerdo[6]». En resumen, parece ser que no se pensó en tratar de impedir la única amenaza seria a Estados Unidos, la amenaza de la destrucción absoluta en una guerra nuclear contra la Unión Soviética.
desde luego no es inconcebible. Los soviéticos, muy por detrás en desarrollo industrial y sofisticación tecnológica, se hallaban en un entorno mucho más amenazador. Por lo tanto, eran mucho más vulnerables a tales sistemas de armas que Estados Unidos. Se podrían haber presentado oportunidades para explorar las posibilidades de desarme, pero en la extraordinaria histeria del momento lo más probable es que pasaran desapercibidas. Y esa histeria era realmente extraordinaria; sigue siendo impactante examinar la retórica de los documentos oficiales centrales de aquel momento, como el Documento NSC-68 del Consejo Nacional de Seguridad.
Una señal de que había alguna oportunidad de mitigar la amenaza se encuentra en la notable propuesta de 1952 del líder soviético Iósif Stalin en la que ofrecía permitir que Alemania se reunificara mediante elecciones libres con la condición de que no se uniera entonces a una alianza militar hostil. No era una condición estrambótica, a la luz de la historia del medio siglo pasado, durante el cual Alemania prácticamente destruyó Rusia dos veces con estragos terribles.
El respetado comentarista político James Warburg tomó en serio la propuesta de Stalin, por lo demás pasada por alto o ridiculizada en su momento. Algunos estudios recientes han comenzado a adoptar un punto de vista diferente. El kremlinólogo Adama Ulam, ferviente anticomunista, considera que las condiciones de la propuesta de Stalin son un «misterio no resuelto». Washington «no desperdició muchos esfuerzos y rechazó de plano la iniciativa de Moscú», escribió Ulam, y adujo para ello que «era embarazosamente poco convincente». El fracaso político, académico e intelectual dejó abierta la «cuestión básica —añadió Ulam—: ¿Stalin estaba realmente dispuesto a sacrificar la recién creada República Democrática Alemana (RDA) en el altar de la democracia real?», con consecuencias para la paz mundial y para la seguridad de Estados Unidos que podrían haber sido enormes[7].
En una investigación reciente que revisaba los archivos soviéticos, uno de los más respetados expertos en la guerra fría, Melvyn Leffler, observó que a muchos académicos les sorprendió descubrir que «Lavrenti Beria —el siniestro y brutal director de la policía secreta soviética— propuso que el Kremlin le ofreciera a Occidente un acuerdo sobre la unificación y neutralización de Alemania», y que para ello accediera a «sacrificar el régimen comunista de Alemania del Este para reducir las tensiones Este-Oeste» y mejorar las condiciones de política interna y económicas de Rusia; esas oportunidades se despilfarraron para asegurar la participación alemana en la OTAN[8].
Dadas las circunstancias, no era imposible alcanzar acuerdos que habrían protegido la seguridad de la población estadounidense de la amenaza más grave en el horizonte. Sin embargo, parece que esa posibilidad no se consideró, una tremenda señal del escaso papel que desempeña la auténtica seguridad en la política estatal.
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Esa conclusión se recordó repetidamente en los años que siguieron. Cuando Nikita Jruschov tomó el control en Moscú tras la muerte de Stalin, reconoció que la URSS no podía competir militarmente con Estados Unidos, el país más rico y más poderoso de la historia de largo. Sin tener la esperanza de escapar de su atraso económico y de los efectos devastadores de la última guerra mundial, la Unión Soviética necesitaba revertir la carrera armamentista.
Por consiguiente, Jruschov propuso bruscas reducciones recíprocas del arsenal de armas ofensivas. La nueva Administración Kennedy contempló la oferta y la rechazó, y prefirió buscar una rápida expansión militar, aunque ya llevaba mucha ventaja. El difunto Kenneth Waltz, respaldado por otros analistas estratégicos con estrechas conexiones con la inteligencia de Estados Unidos, escribió entonces que la Administración Kennedy «llevó a cabo la mayor escalada militar estratégica y convencional en tiempo de paz que el mundo ha visto […] pese a que Jruschov estaba tratando de llevar a cabo una drástica reducción en las fuerzas convencionales y seguir una estrategia de disuasión mínima, y lo hicimos aunque el equilibrio de armas estratégicas favorecía, con mucho, a Estados Unidos». Una vez más, el Gobierno optó por perjudicar la seguridad nacional y aumentar el poder del Estado.La reacción soviética a la escalada de Washington fue colocar misiles nucleares en Cuba, en octubre de 1962, para tratar de corregir el desequilibrio, al menos parcialmente. El movimiento también estuvo motivado en parte por la campaña terrorista contra la Cuba de Fidel Castro organizada por Kennedy, que tenía programada una invasión ese mismo mes, como Moscú y La Habana debían de saber. La crisis de los misiles, que siguió a aquello, fue «el momento más peligroso de la historia», en palabras del historiador Arthur M. Schlesinger Jr., consejero y confidente de Kennedy. De no menor significado es el hecho de que Kennedy sea alabado por su valor y su habilidad política de tomar decisiones frías en el momento culminante de la crisis, aunque por razones de Estado y de imagen personal hizo que la población corriera un riesgo enorme innecesariamente.
Diez años después, en los últimos días de la guerra árabeisraelí de 1973, Henry Kissinger, entonces consejero de Seguridad Nacional del presidente Nixon, decretó una alerta nuclear. El propósito era advertir a los rusos de que no interfirieran con sus delicadas maniobras diplomáticas diseñadas para garantizar una victoria israelí (una victoria limitada, de manera que Estados Unidos mantendría unilateralmente el control de la región). Y las maniobras eran de hecho delicadas: Estados Unidos y la URSS habían impuesto conjuntamente un alto el fuego, pero Kissinger informó en secreto a los israelíes de que podían no acatarlo. De ahí la necesidad de una alerta nuclear para aterrorizar a los rusos. La seguridad de los estadounidenses mantuvo su estatus habitual[9].
Diez años después de eso, la Administración Reagan lanzó algunas operaciones para sondear las defensas aéreas rusas, simulando ataques aéreos y navales y una alerta nuclear de alto nivel que los rusos debían detectar. Esas acciones se llevaron a
cabo en un momento muy tenso: Washington estaba desplegando misiles estratégicos Pershing II en Europa, con un tiempo de vuelo a Moscú de diez minutos. El presidente Reagan también había anunciado el programa Iniciativa de Defensa Estratégica (popularmente conocido como «Guerra de las Galaxias»), que los soviéticos comprendían que era un arma de primer golpe, una interpretación estándar de la defensa con misiles en todos los bandos. Y había otras tensiones que iban en aumento.
Como es natural, esas acciones causaron gran alarma en la Unión Soviética, que a diferencia de Estados Unidos era muy vulnerable y había sido repetidamente invadida y prácticamente destruida. La situación condujo a una gran amenaza de guerra en 1983. Hay archivos desclasificados hace poco que revelan que el peligro fue mayor incluso de lo que los historiadores habían supuesto. Un estudio de inteligencia de alto nivel de Estados Unidos titulado La amenaza de guerra era real concluyó que la inteligencia de ese país podría haber subestimado las preocupaciones rusas y la amenaza de un ataque nuclear preventivo de Moscú. Los ejercicios «casi se convirtieron en el preludio de un ataque nuclear preventivo», según un artículo del Journal of Strategic Studies
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El peligro fue todavía mayor, como descubrimos en otoño de 2013, cuando la BBC informó de que, justo en medio de estos acontecimientos de amenaza mundial, los sistemas de alerta de la Unión Soviética detectaron la llegada de un ataque de misiles de Estados Unidos, lo cual puso su sistema nuclear en la alerta máxima. El protocolo de los militares soviéticos consistía en vengarse con un ataque nuclear propio. Por fortuna, el oficial al mando, Stanislav Petrov, decidió desobedecer órdenes y no informar de la advertencia a sus superiores. Recibió una reprimenda oficial; y gracias a su negligencia en el deber, seguimos vivos para hablar de ello[11].
Para los estrategas de la Administración Reagan, la seguridad de la población no fue una prioridad mayor que para sus predecesores. Y así siguen las cosas hasta el presente, incluso dejando de lado los numerosos accidentes nucleares al borde de la catástrofe que se han producido a lo largo de los años, muchos de ellos examinados en el pavoroso estudio de Eric Schlosser Command and Control[12]. En otras palabras, es difícil contestar a las conclusiones del general Butler.
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UPERVIVENCIA EN LA ERA POSTERIOUPERVIVENCIA EN LA ERA POSTERIOR A LA GUERRA FRÍAR A LA GUERRA FRÍAAnalizar las acciones y doctrinas posteriores a la guerra fría tampoco tranquiliza nada. La doctrina Clinton se refleja en el eslogan «multilateral cuando podemos, unilateral cuando debemos». En una declaración ante el Congreso, la expresión «cuando debemos» se explicó más a fondo: Estados Unidos tiene derecho a recurrir al «uso unilateral del poder militar» para garantizar el «libre acceso a mercados clave, suministros de energía y recursos estratégicos[13]».
Entretanto, elSTRATCOM produjo en la era Clinton un importante estudio titulado Essentials of Post-Cold War Deterrence, publicado mucho después de que la Unión Soviética se hubiera derrumbado y cuando Clinton estaba continuando el plan del presidente George H. W. Bush para extender laOTAN hacia el este, violando, por tanto, las promesas verbales que le había hecho al presidente soviético Mijail Gorbachov, con secuelas que llegan hasta el presente[14]. El estudio se interesaba por «el papel de las armas nucleares en la era posterior a la guerra fría». La conclusión principal es que Estados Unidos debe mantener el derecho a dar el primer golpe, incluso contra Estados no nucleares. Además, las armas nucleares siempre deben estar preparadas porque «proyectan una sombra sobre cualquier crisis o conflicto». Es decir, se estaban utilizando constantemente, igual que estás usando un arma si apuntas pero no disparas al robar una tienda (un extremo que Daniel Ellsberg ha destacado repetidamente). El STRATCOM también opinaba que «los estrategas no deberían ser demasiado racionales al determinar […] lo que más valora el adversario». Cualquier cosa es un objetivo posible. «Nos hace daño retratarnos como completamente racionales y con la cabeza demasiado fría […]. Que Estados Unidos puede llegar a ser irracional y vengativo si sus intereses vitales son atacados es algo que debería formar parte de la personalidad nacional que proyectamos». Es «beneficioso [para nuestra posición estratégica] que algunos elementos puedan parecer potencialmente “fuera de control”», ya que plantea una amenaza constante de ataque nuclear, lo cual es una grave violación de la Carta de las Naciones Unidas, por si a alguien le importa.
No hay muchas menciones a los objetivos nobles constantemente proclamados ni, para el caso, a la obligación, por el Tratado de No Proliferación de hacer esfuerzos de «buena fe» para eliminar ese azote de la tierra. Lo que resuena es más bien una adaptación del famoso pareado de Hilaire Belloc sobre la ametralladora Maxim (por citar al gran historiador africano Chinweizu):
Pase lo que pase, digo yo:
Tenemos la bomba y ellos no.
Después de Clinton llegó George W. Bush. Su amplio respaldo a la guerra preventiva se parece al ataque de Japón en diciembre de 1941 de bases militares en dos posesiones de ultramar de Estados Unidos, en un momento en que los belicosos aponeses eran bien conscientes de que las fortalezas voladoras B-17 salían apresuradamente de las cadenas de montaje y se desplegaban en aquellas bases con la intención de «arrasar el corazón industrial del imperio con ataques mediante bombas incendiarias sobre los hormigueros de bambú de Honshu y Kyushu». Así describió los planes anteriores a la guerra su arquitecto, el general de la fuerza aérea Claire Chennault, con la aprobación entusiasta del presidente Franklin Roosevelt, el
secretario de Estado Cordell Hull y el jefe del Estado Mayor, el general George Marshall[15].
Luego llegó Barack Obama, con palabras amables sobre trabajar para abolir las armas nucleares, combinadas con planes para gastar un billón de dólares en el arsenal nuclear de Estados Unidos en los treinta años siguientes, un porcentaje del presupuesto militar «comparable a lo gastado por el presidente Ronald Reagan para la adquisición de nuevos sistemas estratégicos en la década de 1980», según un estudio del Centro de Estudios sobre la No Proliferación James Martin, del Instituto de Estudios Internacionales de Middlebury, en Monterrey[16].
Obama tampoco ha dudado en jugar con fuego para obtener rédito político. Tomemos por ejemplo la captura y asesinato de Osama bin Laden por parte de los SEAL de la Marina. Obama lo sacó a relucir con orgullo en un importante discurso sobre la seguridad nacional en mayo de 2013. El discurso tuvo una amplia cobertura, pero se pasó por alto un párrafo crucial[17].
Obama aplaudió la operación; sin embargo, añadió que no podía ser la norma. La razón, dijo, era que los riesgos «eran inmensos». Los SEAL podrían haberse visto «envueltos en un tiroteo masivo». Aunque, por suerte, eso no ocurrió, «el coste en nuestra relación con Pakistán y el retroceso en la valoración por parte de la opinión pública paquistaní por la intrusión en su territorio fue […] muy importante».
Agreguemos ahora unos pocos detalles. A los SEAL les ordenaron huir combatiendo en caso de necesidad. No habrían quedado abandonados a su suerte si se hubieran visto «envueltos en un tiroteo masivo»: se habría usado toda la fuerza del ejército de Estados Unidos para rescatarlos. Pakistán posee un ejército poderoso y bien entrenado, muy protector de la soberanía del país. También tiene armas nucleares y los especialistas paquistaníes están preocupados por la posible penetración de elementos yihadistas en su sistema de seguridad nuclear. Tampoco es un secreto que la población está resentida y radicalizada por la campaña de terror con drones y otras políticas de Washington.
Cuando los SEAL estaban en el complejo de Bin Laden, el jefe de Estado Mayor paquistaní, Ashfaq Parvez Kayani, fue informado de la incursión y ordenó a su