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CHAPTER 3 SYSTEM DESIGN

3.4 C ONFIGURABLE R OUTING F RAMEWORK

3.4.2 Performance Analysis of Network Models

3.4.2.1 Total Number of Messages Exchanged

SURGEN CATILINA Y CESAR

En el capítulo anterior, el primer plano político esta­ ba ocupado por Pompeyo, apoyado por los populares y temido por los patricios. Un segundo término, menos brillante, pero no menos eficaz puesto que contaba como instrumento con el dinero, pertenecía a Craso. Hasta cierto punto, ambos representaban un ligero predominio del elemento popular sobre los apagados aristócratas. Junto a aquéllos, sin embargo, empezaban a despuntar algunos de los jóvenes que más tarde habían de hacer sentir su influencia de una manera más enérgica. Pres­ cindiendo de Cicerón, al que hemos dedicado preferen­ temente nuestra atención, porque en él más que en nin­ gún otro encontramos la explicación de la Roma de en­ tonces y, lo que, es más, de la Roma de todos lo§ tiem­ pos, empieaan a sonar por aquella época los nombres de César y, salvadas siempre las distancias, de Catilina.

Nacido el primero el 13 de julio del año 100 antes de Cristo, era hijo de Cayo Julio César y de la espiritual Aurelia. Su primer acto de audacia fué su boda con Cor­ nelia, la hija de Cinna; comenzó el servicio militar con el propretor Minucio Termo, en Asia, probablemente hu­ yendo de las cercanías (de Sila. Vuelto a Roma en el año 78 se hizo notar por una acusación contra Dolabela por concusión en la provincia de Macedonia por él gober­ nada en el año 80. Completó su formación oratoria con Molón Rodas y fué nombrado cuestor en el año 67, y en el 65, edil curul. Fué en este año cuando tuvo lugar la primera conjuración de Catilina con Publio Autronio

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Op ortunismo.

Peto y Publio Cornelio Sila, sobrino del dictador, cón­ sules para el año 65, destituidos por cohecho y susti­ tuidos por Lucio Aurelio y Lucio Manlio Torcuato. El plan de los conjurados era asesinar a los cónsules el día de su toma de posesión solemne y reivindicar para sí el honor del cargo. Un aviso a tiempo, y las precau­ ciones consiguientes, libraron a los cónsules de la muer­ te, que fué diferida por parte de los conjurados para el día 5 de febrero, con el mismo resultado negativo.

Si nosotros examinamos los sucesos que rápidamente vamos enumerando desde la muerte de Sila, podemos apreciar una especie de compás de espera, en el que empiezan a surgir posibles candidatos a la sustitución del general vencedor de Mario, pero sin que ninguno de ellos se hubiera atrevido a una acción directa, hasta que surge esta primera conjura >d'e los cónsules fracasados y de Catilina. Pero si nosotros continuamos el examen, encontraremos que, mientrag en los Gracos hubo un aliento ideal mal interpretado por el egoísmo ambiente, mientras en las feroces luchas de Mario y Cinna contra Sila, a pesar de que empezaron a mezclarse ambicio­ nes personales, había una auténtica posición tomada con todas sus consecuencias, aun en medi'o de las ho­ rribles ferocidades de ambos partidos, en las luchas que ahora comienzan, hemos tropezado primero con una no­ table defección: son dos de los más entusiastas benefi­ ciarios 'del triunfo de Sila los que derogan su constitu­ ción a los pocos años de muerto el dictador, recorriendo con cierta desaprensión la enorme distancia que va de organizador de partidas armadas en favor de Sila a la de halagador de los populares. Es indiscutible que un fino olfato político tenía obligación de percibir los cam­ bios, y nadie podía dudar que se producía una rever­ sión hacia las tendencias democráticas después de la fuerte tirantez de Sila ; sin embargo, dentro del concep­ to de hombres de una pieza que tenemos del tipo ideal

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romano, resulta un poco fuera de lugar esta aparición del oportunismo (1). Si esto vemos en Pompeyo y Craso, ¿cómo nos vamos a extrañar que sucediera lo mismo a Catilina, a quien, si hemos de hacer caso al retrato que de él nos han dejado Cicerón y Salustio, sus exigencias económicas le ponían en la urgencia de buscar en la política una salida a su falta de recursos? Salustio ca­ racteriza de manera terminante ese oportunismo en el capítulo V de La conjuración, de Catilina: ñeque id, quibus modis adsequeretur dum sibi régnum pararet, quidquam pensi habebat (2). Cierto es que ha habido una

época de Catilinarismo, en que se lian considerado exa­ geradas todas las descripciones que de su personalidad se nos habían dado y se ha llegado a pensar que tendría­ mos en él un heroico defensor de los derechos del pue­ blo. Prescindiendo de que, si esto fuera así, hubiéramos podido leerlo entre líneas, como nos sucedió con los Gra- cos y de que, si hubiera habido algo en este sentido, no hubieran coincidido de manera tan terminante autores de tan diversas tendencias, y aun personalmente enemigos, como Cicerón y Salustio, yo creo que en unas sencillas palabras de éste podemos encontrar una confirmación definitiva del mal concepto que tenemos de Catilina:

ln tanta tamque coflfupta cháfate... empieza Salustio

el Capítulo X IV de su Conjuración de Catilina: en estas palabras está explicado todo. Lo raro sería que en la Roma de entonces no hubiera surgido tal producto. El testimonio de sus contemporáneos nos ha hecho per­ sonalizar este producto natural, en Catilina. Las coinci­ dencias están tan llenas de sentido que resulta ridículo sustraerse a ellas. Catilina desde el punto· de vista del oportunismo político, prescindimos del moral, es un re­

tí) Tam bién sobre el oportunism o de C icerón, cfr. Car- cop in o, ob. cit., passim..

(2) «N i se preocupaba de qué m o d o conseguiría esto, con tal de hacerse con el p od er.»

P o s i b i l i d a d del C a ti li n a -

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sultado típico de su época, lo mismo que Pompeyo y Craso ; la diferencia consiste en que aquellos podían des­ lizarse cómodamente desde arriba, mientras Catilina de­ bía abrirse paso a codazos. Esto explica sus dos inten­ tos de apoderarse violentamente del consulado. Al prime­ ro ya hemos hecho referencia. El año 64 volvió Catili­ na a presentar su candidatura para el consulado al mis­ mo tiempo que Cicerón y Cayo Antonio. Catilina iba apoyado por Craso y por César, que ya se atrevía a ma- C o n s u i a d o de uifestarse como claro jefe de los populares. Estos re- Cicerón. fuerzos quebraron los escrúpulos de los optimates a fa­ vor de un hama itovus y junto con los caballeros die­ ron el triunfo a Cicerón por una abrumadora mayoría; en segundo lugar salió el incapaz Antonio, creándose con ello una situación muy propicia para Cicerón, pero muy desagradable para César. No era éste, como polí­ tico nato, hombre fácil para renunciar ante una repulsa semejante, y aún no había comenzado el mandato de Ci­ cerón, cuando ya por boca de un tribuno, Servio Rulo, presentó un proyecto de ley agraria fundamentada en la expropiación forzosa. Algo debió desgastar al nuevo cónsul la hábil maniobra de César y quizá también de Craso, principalmente entonces en que aún estaba sin estrenar su mandato, en cuanto éste tuvo que recurrir en su impugnación al espectro de los diez tiranos en que se convertirían los diez hombres que se eligieron para po­ nerla en práctica y al menosprecio que supondría su realización para Pompeyo, a quien el pueblo había ele­ vado a los más altos honores.

La proposición fué rechazada, pero aún César susci­ tó otra cuestión, por medio de Labieno, en el famoso proceso sobre Rabirio. Tratábase en él de condenar a este senador ya anciano, porque se decía que cuarenta años antes había intervenido en la muerte de los suble­ vados con el tribuno Saturnino en el consulado de Ma­ rio en el año 100. Según Labieno contra un ciudadano

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110 se podía emplear la pena de muerte. En el fondo lo que se pretendía conseguir era la supresión del senatus­

consultum ultimum, según el cual el Senado autorizaba

en caso de peligro a los cónsules a tomar las medidas necesarias para que no sufriera daño alguno el Estado. Cicerón por su parte defendió que, aunque Rabirio hu­ biera realizado la muerte de que se le acusaba, en reali­ dad no había hecho más que cumplir las órdenes del cónsul en defensa de la patria. Un segundo fracaso siguió a este nuevo intento de César; sin embargo, pa­ rece ser que su situación política no sufrió una merma muy- considerable, en cuanto fué elegido pontifex maxi­

mus aquel mismo año y pretor para el siguiente, junto

con el hermano de Cicerón.

Con estos preámbulos nos acercamos a un momento de la historia de la Roma de aquellos tiempos, que, aun­ que desde luego no tiene la importancia con que su pro­ tagonista, el cónsul Cicerón, lo quiso revestir, es extra­ ordinariamente significativo por las fuerzas que en él tomaron parte. Se trata de la conjuración de Catilina. Prescindiendo del afán protagonizador de Cicerón en sus propios escritos, Salustio, no tan directamente inte­ resado, nos da cuatro figuras: Cicerón, Catilina, Catón, César; sólo en el fondo la siniestra figura de Craso con su dinero. Catilina, como el tribuno Servio Rulo, como Labieno, no es otra cosa posiblemente más que un ins­ trumento ciego, quizá útil, porque gracias a él se vió hasta dónde se podía llegar, y con qué fuerzas convenía contar y a cuáles despreciar. La despreocupación con que Catilina y los suyos descubrían su juego, la insis­ tencia del primero en seguir siempre el mismo camino, sin fijarse si las cosas estaban o no aún maduras, re­ presentan una ingenuidad tan infantil, que muy bien podemos congratularnos de que haya significado muy

poco en la historia de Roma, salvo un afianzamiento de

la posición de Cicerón y por tanto un prudente retardo

^‘ onju racíón de

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I n t e r v e n c i ó n de César.

Catón.

de la venida de César. En éste y Catón, sitúa Salustio los dos extremos de la tensión de aquellas difíciles ho­ ras. Cuando el cónsul, mediante una serie de habilida­ des, cuya alabanza sólo nos hace regatear su constante insistencia en recordarlas, y entre las que ha de contar en primera línea la desorientación producida por la mar­ cha die Roma de Catilina, provocada por el Quousque

tandem famoso, ha conseguido detener a los conjurados

que quedaban en la ciudad, les ha convencido de su crimen, por lo que aparece ante sus ciudadanos como salvador de Roma y recibe por ello el título de «padre de la patria» y el homenaje del pueblo, llega entonces el momento decisivo ide que el Senado decrete las penas a que se ha dig someter a los conjurados hechos prisio­ neros. Los cónsules designados y los consulares votan unánimemente por la última pena. Esta unanimidad se quiebra en el pretor designado para el año siguiente, Cayo Julio César. En su intervención flota el espíritu de la maniobra contra Rabirio: no era lícito matar a un ciudadano. Hábilmente hacía notar que podía ser más grave castigo una vida alejada de la Ciudad y con­ fiscados sus bienes, que una muerte inmediata en la que quedarían rápidamente saldadas sus cuentas. La im­ presión del discurso de César o quizá más bien el miedo a las consecuencias fué decisivo. El propio hermano del cónsul, Quinto, también pretor designado para el año siguiente, se adhirió a la opinión de César. La primi­ tiva unanimidad se deshacía. Parece ser que entonces intervino Cicerón para subrayar la legitimidad de cual­ quiera de las dos soluciones, dadas las condiciones ex­ cepcionales en que se encontraba la república, aunque manteniéndose al margen de la discusión. Pero la olea­ da producida por la opinión de César fué pronto sose­ gada por la intervención contraria de Catón. Realmente fué ésta su primera manifestación, aunque no la única

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eficaz. El Dr. Julius Kocli (1) dice de él que al lado de su gran antecesor el gran estadista de la tercera guerra púnica, el descendiente era una caricatura El que una pulcritud excesiva de conciencia le llevara a no some­ terse a las reglas, no precisamente pulcras, que eran de comercio corriente, no da derecho a hablar de alcances limitados. Podemos opinar sobre su ineficacia en el sen­ tido que lo hacía Cicerón, cuando decía de él «se cree en la república de Platón y no en el lodo de Rómulo» ; pero aun con todo, nunca dejará de haber constituido la contrafigura de César. Este hábil, despreocupado de medios, ambicioso, triunfador, gustador epicúreo de la vida; aquél rectilíneo, renunciador de honores a costa de cohecho, vencido, estoico. El hacer digna y posible la réplica de César es un servicio hecho a la humani­ dad. En el caso que nos ocupa, frente a la defensa de los conjurados como de unos ciudadanos, Catón los acusa como enemigos: «Por todas partes estamos sitia­ dos, Catilina con su ejército nos aprieta la garganta, aún tenemos otros enemigos en el seno de la Ciudad, nada podemos preparar ni consultar ocultamente». Este argumento, apoyado por las noticias que se recibían del campo de Catilina, dieron la victoria a su propues­ ta. Sin embargo, de todo el discurso de Catón nada nos puede sonar tan terriblemente como aquellas palabras que caracterizan la época y sus crisis: inter bonos el

malos discrimen nullum. Si hay algo que pueda señalar­

se como el jugo de aquellos tiempos, com o el resultado de aquellas luchas ciudadanas, a las que primero la pa­ sión ciega y después el frío cálculo hicieron perder toda conexión con una finalidad noble, es esta falta de crite­ rio. En las antiguas luchas entre Catón y los Escipio- nes aún tremolaba y se imponía el bien patrio como últi­ ma invocación; en los momentos que comentamos el ho-

Cris is de p r i n ­ cipios.

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mónimo del viejo censor y pretendido continuador de sus maneras se debatía contra el fantasma de la próxima heroificación de los levantados en armas. Catón y Cé­ sar, decíamos, representan los extremos de una tensión : privilegios, tradición, anquilosamiento, por un lado, re­ volución y un salto audaz, un poco ciego, en el otro. Nosotros sabemos desde la altura lejana en que los con­ templamos, que, como en una carrera de relevos, lo an­ tiguo, lo tradicional, próximo al final de sus facultades, tiene que detenerse para que se lancen a la carrera las fuerzas de refresco; pero para que aquella carrera sea válida, es necesaria la entrega de la antorcha; si entre una y otra fuerza se produce una solución de continui­ dad, la marcha hacia el triunfo se quiebra. Por eso no es lícito ensañarse contra Catón. Es muy cómodo desco­ nocer su pajpel, agriarse contra sus tenacidades, pero en eso y en la presencia de una virtud que derramaba luz y era capaz de operar, aunque desde luego nunca con la soltura de la audacia sin escrúpulos, está su mérito. Salustio, probablemente con alguna parcialidad1, nos ha escamoteado en aquella sesión-eje la presencia de Ci- P a p e i de ci- cerón. Un poco de barato podríamos pensar de él en un

cerón. puente entre lo viejo y lo nuevo. No nos engañemos: si recordamos lp que con respecto a Cicerón decía Hein- ze (1) de que su línea recta consiste en una aversión simultánea y continua a la arbitrariedad de los pauci y a los excesos de la demagogia, podemos ver que se trata de una posición de asepsia, pero de un valor abso­ lutamente negativo o, por lo menos, pasivo. Podía com­ prender el avance mejor que Catóa, pero no contribuir directamente a él. Tanto él como Catón, se movían en límites demasiado estrechos; parodiando su frase so­ bre Catón, podríamos decir que si éste no se manchó con el lodo· de Rómulo, Cicerón no supo salir de su cié-

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naga. No comprendió los anchos límites del Imperio. Poco después de ser elegido cónsul, y para deshacer los contactos de Antonio, su compañero de consulado, con Catilina, le ofreció la provincia de Macedonia, que le correspondía para el gobierno del procónsul para el año siguiente, porque no pensaba salir de Roma. Sobre él gravitaba aquel desengaño de la vuelta de Sicilia, cuan­ do encontró que nadie tenía noticia de sus méritos. Fué un lastre del que no se supo desprender. Quizá en el fondo respondiera a una limitación de facultades. El no se sentía «general». En su nostalgia por la manera de ser del círculo de Escipión, pretendía conservar para sí el papel de Lelio, el cónsul y gobernador de Roma, mientras Escipión hacía las campañas militares. En su caso el papel de Escipión lo dejaba para Pompeyo. Es decir, por falta de aptitud se sentía incluso inclinado a desechar esa conjunción político-militar, que constituía la característica de los altos cargos de Roma: el impe­

rium de los cónsules y pretores. Cicerón no era, pues,

un puente hacia César; también estaba infectado por estrecheces ciudadanas, si no oligárquicas. De ahí su falta de perspectiva ¡jara medir la magnitud de sus projpios hechos, de que hablamos inmediatamente. En el célebre Juicio de los conjurados de Catilina, el Senado votó al fin la pena de muerte. Al cónsul corres­ pondía ejecutar la orden. Muy acertadamente Maffio Maffi escoge para darnos idea de aquellos momentos la descripción que de ellos hace Plutarco (1):

«Salió en seguida del Senado hacia los conjurados, pues no estaban todos reunidos en un solo lugar, sino cada uno vigilado por un pretor distinto, y tomando primero a Léntulo en el Palatino lo condujo a través de la Via Sacra y de la plaza, rodeado y defendido por

(1) M a ffio M affi, C icerón y su drama p olítico, B arcelo­ na, 1942, pág. 125.

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los hombres más eminentes, en medio del temor del pueblo que dejaba hacer en silencio, sobre todo de los jóvenes, a los que parecía que eran iniciados, en medio de la admiración y del temor, en los misterios patrios de una aristocracia poderosa. Cicerón atravesó la plaza y llegado a la prisión entregó a Léntulo al verdugo. Des­ pués condujo al suplicio a Cetego y a cada uno de los otros conjurados. Como viera que un gran número de cómplices de la conjuración permanecían reunidos en la plaza, aún desconocedores de lo que se había hecho, y que esperaban la noche para liberar a los conjura­ dos pensando que aún vivían, gritó en alta voz: Vi­

xerunt (1 ); pues esta era la manera cómo los romanos

significaban el morir, cuando no querían pronunciar palabras de mal agüero.»

Leyendo entre líneas en lo arriba transcrito, podemos inferir una tensión, propicia a cualquier estallido por parte del pueblo; como diría Tácito, es el silencio de las grandes cobardías o de las grandes resoluciones. Su existencia, en medio del pasar vigilante de los sena­ dores, no define más que una crisis de indecisión, un volteo en el cuerpo a cuerpo de la lucha, sin valor ter­

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