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Try It Out Creating an Exception with Its Explanation

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cesidades de redistribuir esa mayor producción de la mejor manera entre todos los ciudadanos.

La edad y la falta de creatividad nos vuelve (o al me- nos a mí) autorreferenciales. Con las disculpas del caso, permítanme reproducir un texto de mi último li- bro “La Trampa Populista”, que amplía brevemente lo que quiero plantear a este respecto.

(…)

Hace algunos años, leí una gran defi nición de la evolución

biológica: “Evolución es tradición más sorpresa”.

Con sólo “tradición”, todavía seguiríamos confi nados a

vivir bajo el agua o a caminar en cuatro patas. Con sólo “sorpresa”, es probable que fuéramos parecidos a la

forma en que las películas de ciencia fi cción de clase B

personifi can a los supuestos invasores extraterrestres,

con varios ojos, tentáculos, sonidos extraños y formas cambiantes.

La evolución, por lo tanto, es un lento proceso que va adaptando la tradición, es decir, la herencia genética, a las nuevas condiciones del contexto, del entorno. Me parece apropiado llevar este concepto a la vida de las agrupaciones sociales, a las comunidades, a los países.

Las sociedades que funcionan, defi nida esta característi-

ca como una mejora continua y sistemática de la calidad de vida de sus ciudadanos, más allá de las fluctuaciones

coyunturales y de crisis momentáneas, son sociedades que combinan, adecuadamente, esta idea de tradición y sorpresa. Son sociedades que se adaptan al ritmo de los cambios del contexto internacional, cultural y tecnológi- co, pero respetando el paraguas de la tradición institucio- nal, aún cuando ello represente pagar ciertos costos de corto plazo.

Sociedades que van incorporando a la herencia genética de sus instituciones, cada tanto, una sorpresa de actuali- zación. Una sorpresa de adecuación a los cambios. Son sociedades que, superando la tentación de la revolu- ción permanente, en los términos que estamos utilizando aquí de la “sorpresa permanente”, evolucionan.

Ampliando el concepto, lo presento de otra manera. Las sociedades enfrentan diariamente una serie de dilemas. Realizan elecciones ante diferentes alternativas. Deci- den, explícita o implícitamente, los caminos a seguir ante cada encrucijada.

Resolver estos dilemas, tomar decisiones ante diferen-

tes opciones, obliga a evaluar costos y benefi cios, a es-

tablecer prioridades, a sacrifi car ciertas cosas a cambio

de otras, a proyectar consecuencias futuras respecto del presente, a aceptar restricciones, a superar obstáculos. En economía se transita permanentemente en un deli- cado equilibrio entre diferentes objetivos e instrumen- tos y se encuentran soluciones de compromiso. Entre

efi ciencia productiva y distribución del ingreso. Entre

consumo y ahorro. Entre gasto corriente e inversión. En- tre impuestos y gastos. Entre precios y subsidios. Entre presente y futuro.

Del resultado de esas decisiones, de lograr mantener el balance adecuado ante cada uno de estos dilemas ge- nerales y ante cada decisión instrumental particular, de-

pende el éxito o el fracaso de dicha sociedad (defi nidos

ambos con los parámetros culturales de cada momento, en términos absolutos y relativos).

La clave de nuestro atraso relativo es la pérdida de equilibrio

entre los incentivos a una mayor producción y las nece-

sidades de redistribuir esa mayor producción de la mejor

manera entre todos los ciudadanos.

49 Pr oy ección E conómica | Julio 2015

Los países abiertos y democráticos, que han progre- sado en estos años, han respetado, para resolver es- tos dilemas, para tomar las decisiones colectivas, esa combinación delicada entre tradición y sorpresa. Han desarrollado sistemas institucionales que le dan un marco, un contexto, que trazan un límite, una frontera, al ámbito en que se definen las soluciones particulares de estos dilemas. Permiten incorporar las “sorpresas”, las pequeñas revoluciones, inclusive las grandes, las que implican verdaderos “cambios de régimen”, sin destruir la tradición, sino complementándola, actuali- zándola, respetándola.

Obviamente, las instituciones, la tradición, limitan el grado de libertad en la elección de las respuestas a los problemas que se enfrentan. Le quitan margen de maniobra a los gobernantes, pero, a su vez, incorporan cierto grado de “certeza” para todos los actores, en un contexto, de por sí, incierto y complejo como el que brin- da el mundo global de hoy.

Esta limitación garantiza que, cualquiera sea la solución

fi nalmente elegida, cualquiera sea la respuesta a cada

dilema, la misma no creará un “monstruo” de cuatro

ojos, seis brazos y tentáculos. Como tampoco la natu- raleza, cuando tiene que “solucionar” el desafío de la evolución, genera monstruos. Obviamente que puede y, en muchos casos es necesario, dado que ahora todo cambia a la velocidad electrónica de los bits, incorporar las “sorpresas” con mayor periodicidad, pero, insisto, dicha incorporación se da en un contexto y dentro de ciertos límites.

La sociedad argentina, en cambio, parece haber perdido, en algún momento, este equilibrio biológico entre tradi- ción y sorpresa. Parece haber abandonado ese balance natural. Padece de una enfermedad que destruye ese equilibrio. Insistiendo con la analogía de la biología, es como si las células, de pronto, desconociendo ese mandato inserto en el ADN, de tradición que admite sorpresas, hubieran comenzado a funcionar al margen de este orden, destruyendo la tradición y admitiendo cualquier tipo de sorpresa.

Por lo tanto, por esta enfermedad, la Argentina no evolu- ciona, si no que retrocede, involuciona.

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