2.4 User Interface Testing
2.4.1 Types of User Interfaces
De acuerdo a lo mencionado, al inicio de la etapa colonial el transporte y el sistema vial de los Andes son aprovechados de manera indiscriminada. Pero al mismo tiempo, los recursos y los conocimientos indígenas de alguna manera permiten a las comuni- dades locales, particularmente a aquéllas vinculadas al cuidado y a la movilización de ganado llamero, contar con espacios de poder y de negociación. Ahora bien, durante “…las primeras décadas del siglo XVII, existió un período de transición entre el tráfico caravanero tradicional y la arriería colonial, en [el] cual convivieron los camélidos con el ganado europeo” (Sica, 2010: 32). Posteriormente, las “mulas” introducidas por los españoles y todos los conocimientos de su gestión se extienden por los andes y dominan la movilidad comercial. Ese proceso también implica a las poblaciones origi- narias, tanto porque algunas de ellas encuentran en la arriería su actividad principal, como por las imposiciones y acciones coloniales que promueven e impulsan el uso y la comercialización de las mulas.
La transformación de los medios de transporte, su adaptación y la diversificación de las rutas por las cuales se transita, fue uno más de los cambios -profundos y complejos- que vive la sociedad colonial en su consolidación, pero también en su progresiva deca- dencia, directamente ligada con la extracción minera en Potosí en el caso de América del Sur entre los siglos XVII, XVIII y XIX.
Como se ha mencionado, las reformas promovidas por el virrey Toledo tienen entre sus principales objetivos el sustento tecnológico y el ordenamiento del territorio sufi- ciente para garantizar la extracción de la plata desde las empresas mineras de Potosí. Así, las reducciones indígenas y la aplicación de mita a un principio se muestran como elementos eficientes de ese sistema, pero a medida que los años van pasando, su fun- cionamiento va decayendo sistemáticamente.
Para ello un factor determinante es la dificultad de que la mano de obra mitaya efec- tivamente llegue y vuelva de Potosí sin “fugar” de su comunidad para evitar la explo- tación minera:
…las fuentes abundan en referencia a deserciones y ausencias, lo que sugiere que no era materialmente difícil abandonar la unidad de producción [minera], o la ciudad [de Potosí]. La deserción se constituía entonces en el único límite relativo que el empresario debía con- siderar a propósito de la intensidad de la explotación a la que se sometía al trabajador for- zado. Visto el problema desde el punto de vista del mitayo, la huida presentaba las mismas desventajas que el […] abandono definitivo de su pueblo de origen, pues en ambos casos el tributario perdía sus derechos en la comunidad (Tandeter, 1980: 29).
En ese marco, los indígenas -muchas veces convertidos en “forasteros”- encuentran acogida en los Valles de Cochabamba, junto a los hacendados y en la producción agrí- cola. Se genera entonces una rivalidad entre las explotaciones españolas, agropecua- rias y mineras, por la mano de obra local, casi gratuita, que permite las ganancias españolas sin mucha inversión tecnológica34 (Larson, 1992: 115).
34 Una consecuencia de este proceso es la preocupación de los caciques por solicitar el censo y recenso de la población de las reducciones y de que su cálculo se realice en función del cumplimiento
En Cochabamba, una élite conformada por hacendados, ingresa en ese juego de pode- res y de rivalidades complejas. La “hacienda” era un tipo de “propiedad privada” agro- pecuaria, obtenida principalmente en procesos de compra y venta de tierras de las comunidades -más o menos legales- que son reguladas durante el periodo toledano. En ese mismo tiempo se legisla el “yanaconaje”, a fin de permitir que los indígenas que ya viven con los españoles cuenten con una dotación mínima de tierras para su subsistencia, con el acceso a “arado y bestias” para la siembra, tela para sus vestidos, religión y cuidados de salud. “A cambio de esto los Yanaconas tenían que trabajar de sol a sol para su señor y a su petición” (Larson, 1992: 114).
Inicialmente la capacidad de comerciar de esos indígenas sometidos a la hacienda es “legalmente limitada”, ya que pueden acceder a los espacios de mercado exclusiva- mente al momento de movilizar la producción de su “patrón” y -solo entonces- tienen opción de comercializar los excedentes de sus propias cosechas (115). Pese a tal prohi- bición, la lenta decadencia colonial supuso que muchos hacendados se vean forzados a transformar sus formas de contrato con los “yanaconas” y con los nuevos contingentes de indígenas que constantemente llegan hacia la región de los valles centrales huyendo de la explotación potosina para buscar nuevas alternativas de subsistencia.
Así, se inicia una serie de dotaciones y alquileres de tierras, de formas de producción compartida y de diversificación de las actividades productivas y de comercialización (Larson, 1992: 234-237). Los indígenas que acceden a ese tipo de tratos ya no son conocidos como “yanaconas”, sino “arrenderos”, sujetos que cambian su régimen iden- titario oficial lejos de sus comunidades y pueblos de origen. De ese modo:
…el poder de los antiguos encomenderos, luego asumido por los hacendados, fue siendo sutilmente compartido por nuevos actores sociales: los arrenderos que encontraron en la alternativa del mestizaje la llave que les permitió controlar el floreciente mercado interno regional que habían logrado estructurar (Solares, 2011b: 50).
Sin embargo, en términos globales, el siglo XVIII registra un importante decrecimiento económico de las colonias sudandinas y principalmente de su motor minero (Larson, 1992: 141). Eso termina afectando a los hacendados, ya que el destino principal de su producción agraria son las explotaciones potosinas (Solares, 2011a: 33 - 32). En ese marco de contracción de mercado, varios intentos desde las autoridades españolas van a tratar de regular y relanzar la economía.
Un ejemplo de esas innovaciones normativas es la monetarización del tributo. Esa medida busca evitar el pago de los aportes toledanos a la corona en productos y obliga a las comunidades a vender su fuerza de trabajo en los mercados locales en caso de no contar con suficiente producción excedente para comercializar. De esa manera, varios fenómenos van a articularse, por un lado el desarrollo de una producción agrícola indí- gena principalmente de “subsistencia” no comercializable; por otro lado, la “moneda” se convirtió en un elemento cada vez más ligado a los pagos tributarios y menos a los intercambios; y -finalmente- se reduce la capacidad de consumo de mercancías y por lo tanto otros sectores económicos se ven afectados, como el comercial y el manufactu- de la mita y del tributo de acuerdo al decrecimiento de la población local, para evitar la recarga pro- ducida por las deserciones. (Larson, 1992: 128)
rero artesanal (Golte, 1980: 68 y Larson, 1992: 155).
Ese proceso tuvo además como correlato el desgaste y los abusos de la burocracia colonial y particularmente de sus articuladores locales: los corregidores. Se trata de españoles y criollos que muchas veces son al mismo tiempo comerciantes, hacendados y/o dueños de obrajes. En algunos casos son ellos quienes facilitan el subregistro y/o ocultan a los tributarios: “Convertían a los indios de los pueblos en braceros perma- nentes en sus haciendas y en sus talleres textiles” (Larson, 1992: 157).
Sin embargo, para paliar la baja de la circulación monetaria y el descenso del consumo, primero algunos corregidores y luego las autoridades virreinales legalizan el sistema de “repartimientos” (Roca, 2011: 125). Se trata de un procedimiento a través del cual se impone la compra forzosa de una serie de productos a las poblaciones indígenas y española. Así, lo requirieran o no, se ven forzados a adquirir productos como herra- mientas de trabajo, paños de Quito, telas importadas desde ultramar y/o textiles de algodón (Golte, 1980: 88-89 y Roca, 2011: 124-125), muchas veces obtenidos de las mismas haciendas y talleres de los corregidores (Larson, 1992: 161). Parte esencial de los productos distribuidos y movilizados son las mulas:
Los repartos forzosos de mercancías a los indígenas realizados por los corregidores fueron uno de los motores del mercado interno colonial; en ellos las mulas del Tucumán figuraban como una de las mercancías más frecuentemente repartidas en grandes cantidades. Las mulas llegaban de este modo a la población indígena siempre a precios más altos que los de mercado (Paz, 1999: 53).
Los corregidores entonces se constituyen en mercaderes que administran el tráfico de mercancías, cargadas en las mulas desde las costas y desde los mercados principales de los andes, y posteriormente “reparten” las mismas mulas, cerrando un negocio altamente rentable y con un mercado seguro (Golte, 1988: 109).
En ese marco no tardan en presentarse quejas de los pobladores “...contra el reparti- miento, [indicando que] su posesión de mulas por regla general no era deseada, debido a sus altos costos” (87). Por otra parte, la falta de circulante y la contracción de las comunidades suponen en varios casos la imposibilidad de pago y la acumulación de deudas que en ciertos extremos genera el decomiso del ganado y de la producción comunitaria o de los mismos bienes repartidos previamente (122-123).
Es importante notar que los repartimientos no sólo afectan a las comunidades indí- genas y a las zonas de producción agropecuaria, sino también a las ciudades y a las poblaciones mestizas y criollas (Larson, 1992: 165); sin embargo, en el caso de Cocha- bamba, son las poblaciones indígenas, por sus cargas tributarias y por el peso que ya significa la mita, las que se levantan -primero contradictoria y desordenadamente (Golte, 1980: 146 y Larson, 1992: 162-164) y luego colectivamente, lideradas por una élite cacical- contra el sistema de repartimientos y la burocracia estatal española, hacia fines del siglo XVIII.
Los levantamientos indígenas de 1781 que se originaron en Tinta a la cabeza de José Gabriel Tupac Amaru, tuvieron ramificaciones en el Alto Perú acaudilladas por Julián Apaza (Tupac Catari). Las ramificaciones comprendieron [a una parte del] valle de Cochabamba, en […]
Arque, Tapacarí, Ayopaya y Tarata (Escobari, 2001: 193).
La participación cacical se introduce con intereses particulares. Varios caciques desa- rrollan actividades comerciales que se ven limitadas tanto por la acción de los corregi- dores como por la contracción de los mercados locales. Al mismo tiempo, ellos son los encargados de garantizar en algunas zonas el desarrollo del repartimiento, existiendo casos en los que son vistos como cómplices de las acciones coloniales de explotación (como lo muestra Larson para el caso de Tapacarí, (1992: 189-19)).
Las luchas y represiones de ese periodo suponen para los Andes -y para el área de Cochabamba35- una crisis de la movilidad y del comercio de mulas y de ganado, que
hasta entonces se consolida a través de las rutas coloniales (Paz, 1999:54). Los bandos enfrentados hacen del bloqueo de caminos, del pillaje y del secuestro de ganado parte de sus estrategias de combate. Así se registra una profunda crisis de la movilidad y de la transitabilidad que marca aún más el paisaje de decaimiento.
Sofocadas las revueltas, se imponen nuevas reformas coloniales y se reestructura el sistema administrativo colonial bajo el dominio “Borbónico” (Roca, 2011: 91), en bús- queda de renovar la forma de administrar los recursos y de facilitar el comercio que no sólo enfrenta una crisis profunda en la colonia peruana, sino además en la capital de España frente a los otros Estados e Imperios europeos36.
Cabe mencionar que varias reformas tratan de imponerse ya antes de las revueltas y de alguna manera se cimientan en ese proceso (Larson, 1992: 333-41). Entre las que más afectaron a los valles se puede mencionar:
• La apertura de nuevos puertos en el atlántico sur, entre los que sobresale el de Bue- nos Aires (1767), fuera de los que hasta entonces monopolizan el comercio oficial colonial, intensificando el ingreso de mercaderías europeas.
• El intento de reestructuración del sistema toledano y revisión de censos sobre la totalidad de la población, a fin de revitalizar la mita y la tributación.
• La creación y el cobro de impuestos sobre el comercio y la minería (alcabalas) en las rutas de movilización de productos.
Así, se asiste a la aparición de una nueva burocracia en Cochabamba encargada del cumplimiento de esos mandatos, que encuentra en el Intendente Francisco de Viedma 35 En ese marco de revuelta, el enfrentamiento entre las fuerzas reales, convocadas por los espa- ñoles y las comunidades indígenas, los combates y las represiones en Cochabamba se situaron en las localidades de Vinto, Arque, Colcha, Tapacarí, Palca, Tarata, Sacabamba y Paredón (Escobari: 2001). Asimismo, se encuentran testimonios de 1782 dan cuenta de cómo el corregidor envió “…de Cochabamba el destacamento compuesto de más de 5.000 hombres de las provincias circunvecinas y de ésta, “a acabar a todos los indios que nos han hecho tanto daño en Tapacarí y Ayopaya”” (SINB, 1975: 21).
36 Braudel, en su análisis sobre “el tiempo del mundo”, referido a la relación América-Europa, pone en evidencia que los cambios propuestos por los Borbones tienen que ver con diferentes medidas burocráticas militares que buscaban fortalecer los controles del frente al contrabando y la corrupción instaladas en sus colonias del Nuevo Mundo, de las cuales -pese a ser los principales explotadores formales- no eran efectivamente principales beneficiarios, fortaleciendo más bien los dominios ho- landeses y luego ingleses en la “economía-mundo” centrada en Europa (1984, tomo 3:349-350).
una de sus máximas expresiones. En su “Descripción geográfica y estadística de Santa Cruz de la Sierra”, intendencia que comprendía las regiones de Ayopaya, Tapacarí, Cochabamba, Mizque, Moxos y Santa Cruz, se retrata el escenario de fuerte migración de identidades étnicas y sociales de los últimos años y la dificultad de aplicar las nor- mas y propuestas.
En ese marco, es interesante notar que tanto los conflictos que obstruyen la movilidad como la competencia de la mercadería europea ingresada de ultramar, afectan más a la élite colonial y hacendal que a los mestizos, comerciantes menores y agricultores arrenderos. Por el contrario, esos últimos actores lentamente generan un mercado interno de alta vitalidad sobre todo en la región de los valles. La “chicha”, bebida alco- hólica prehispánica de gran valoración en los valles, es uno de sus motores comerciales más importantes (Solares, 2011a: 36-37).
La crisis de las rutas y mercados para los grandes comerciantes desde y hasta el valle, pronto se ve nuevamente intensificada por las revueltas y tensiones encabezadas por criollos y mestizos, que llevarán al “Alto Perú” (que luego toma el nombre de Bolivia) y a los otros países de Sudamérica a su independencia (Sica, 2010: 34 y Solares, 2011a 45). Las hambrunas, las crisis climáticas y los procesos de empobrecimiento urbano y rural con los que Bolivia nace a su vida independiente no implican que los mestizos, artesanos y comerciantes -relacionados con el mercado interno- pierdan los circuitos comerciales iniciados en el siglo XVIII. Es más, el sistema de ferias durante la primera etapa republicana se expande y fortalece, tejiendo un sinnúmero de caminos y de espa- cios de intercambio intrarregionales de gran intensidad hasta pasada la primera mitad de siglo XIX:
Hacia 1870 se calculó, por ejemplo, que la harina elaborada en Cochabamba, molida en los innumerables molinos hidráulicos establecidos en las quebradas que circundaban sus valles principales, abastecían un 70% del consumo de La Paz, Oruro y los centros aledaños. […], Cochabamba era todavía una importante zona artesanal-manufacturera, tal vez la única de esa magnitud en Bolivia. Sus jabones, cueros curtidos y zapatos, notablemente estos últimos, se vendían por miles en las minas argentíferas potosinas e incluso en los alejados territorios del litoral Perú-Boliviano como Tarapacá y Antofagasta (Rodríguez, 1993: 31).
Si bien esa dinámica se mantiene a lo largo de los primeros decenios de la vida repu- blicana, el alcance de los mercados del Pacífico y del altiplano es truncado por la guerra con Chile, por la consecuente pérdida de las costas para Bolivia y por la introduc- ción -contradictoria y desfavorable- de las primeras líneas férreas desde el pacífico. Esos fenómenos producen el desplazamiento de la pujante iniciativa artesanal cocha- bambina frente a sus principales plazas de comercialización (Solares, 2011a: 66-67 y Rodríguez, 1993: 34-35). Sin embargo, el perfil de Cochabamba, particularmente de los valles centrales, queda ligado a los arrenderos, mestizos urbanos, comerciantes, arrieros y artesanos, quienes:
…habían dado forma al perfil de la sociedad clasista de la región, y se habían enfrentado a las injusticias del colonialismo, en sus actividades cotidianas, de una manera prosaica más que heroica. La tradición local de resistencia no era una tradición de acciones visibles y colectivas guiadas por una ideología nativa o de clase. Más bien, el desafío de los campesi- nos se expresaba por medio de actos de resistencia secundarios, tales como colarse de los
intersticios del sistema tributario. (Larson, 1992: 352-353)
Ahora bien, ese tipo de dinámica valluna no era exclusiva, homogénea ni represen- tativa de la extensión del actual departamento. Hacia el sur, en la región de los Valles Menores, de Totora-Pocona, se reconstituyen los circuitos de coca a fines del siglo XIX a partir del establecimiento de una fuerte estructura “terrateniente” (Meruvia, 2000:168-171 y Loza, 2008:109-134). Asimismo, las comunidades indígenas del alti- plano y de los accidentados valles de Ayopaya se incorporaron a la dinámica comercial en menor escala y -en muchos casos- se mantienen dentro de su lógica de “ayllu” y de tributación al sistema dominante criollo, que lejos de modificarse se profundiza.
2.1. Actores y operadores entre la colonia y la república
En el proceso histórico se transforman y adaptan los actores estudiados en la etapa previa (ver gráfico 5). La crisis del mercado potosino y la aparición y decadencia del sistema de repartimientos no solo implican para las rutas la imposición de un tipo de transporte y de movilidad, sino además el germen de la recomposición de las estructu- ras sociales de poder y de su forma producir intercambios.
En ese marco, los hacendados son actores centrales de esa recomposición. Se trata de un grupo principalmente criollo, que si bien guarda su espacio de residencia principal en las ciudades, mantiene su propiedad de tierra y sus medios de producción inver- tidos en la agricultura rural, en general a cargo de “mayordomos” que administran sus recursos (Escobari, 2001:92). Como se ha señalado, se trata de un sector lo sufi- cientemente poderoso como para ganar la mano de obra destinada originalmente a la mita minera (Larson, 1992:173) pero que al momento de afrontar las crisis del decre- cimiento económico general fomenta una suerte de fragmentación de la tierra, que desembocará en el empoderamiento del comercio campesinos (246). De esa manera, autores como Zavaleta (2008) van a sostener que se trata de una élite que guarda una relación “fetichista” y “parasitaria” con la tierra, que la monopoliza sus recursos sin desarrollar ni invertir en su producción, pero obteniendo excedentes a partir de la explotación de los recursos humanos locales.
Aun así, los hacendados son parte de la élite política y económica de Cochabamba hasta mediados del siglo XX y, a diferencia de los pequeños productores agrícolas:
…eran capaces de usar las vicisitudes de la naturaleza para su propio provecho […] Las cose- chas malogradas en las tierras altas y valles favorecían a los terratenientes de Cochabamba de dos maneras. Primero, reducía o eliminaba la competencia por parte de productores y comerciantes a pequeña escala. Segundo, obligaba a más indígenas altiplánicos a comerciar directamente con los terratenientes y especuladores de diezmos quienes, por el momento, monopolizaban el suministro de cereales” (265 y 286-287).
Ahora bien, respecto a los caminos, ese sector guarda una relación doble, por un lado se constituyen en sus productores directos; es decir, cada hacendado, más aun los grandes terratenientes, construyen y mantienen “sus propios caminos”37 utilizando
37 Hipótesis desarrollada por Humberto Solares en entrevista del 08/11/2011, realizada para el desarrollo del presente documento.
para eso la fuerza de trabajo de arrenderos y yanaconas a su servicio (424-243). Pero por otro lado, para la comercialización de productos y su conexión con los centros urbanos y mineros, se mantiene una dependencia importante de las rutas principales y -particularmente en las rebeliones y guerras- eso los lleva a ser altamente vulnerables frente la “situación de encierro” en las montañas andinas (257).
Precisamente como contrapunto, se intensifica el arriendo que -de acuerdo a lo seña- lado- es una nueva forma de adaptación al trabajo agrícola de forasteros, mestizos y