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Uncertainties about Some Existing Elements of Migration and Many Future Trends and Effects

In document Migration policy (Page 136-138)

Framing Ireland’s Ends and Means

2) Findings on the pattern, scale and effects of migration to Ireland to date; and 3) Uncertainties about some existing elements of migration and many future

6.2.4 Uncertainties about Some Existing Elements of Migration and Many Future Trends and Effects

En el capítulo anterior reconstruimos diferentes problemáticas en torno a las relaciones entre poblaciones humanas y camélidos en el paisaje puneño, en particular de las prácticas de cacería, así como también distintas perspectivas teóricas-metodológicas que han permitido acercamientos a estos interrogantes. En este marco, podemos abarcar dos posturas principales: una que se relaciona con una visión evolucionista donde las poblaciones humanas deben adaptarse a las características ambientales, frente a otra que pretende reconstruir las prácticas sociales en base a las relaciones entre los diferentes factores que participan de las reproducción cotidiana.

En relación al objetivo de esta tesis, las prácticas de caza suelen ser estudiadas en profundidad en el marco de sociedades definidas como cazadores-recolectores, es decir, donde esta práctica es parte principal de la obtención de calorías necesarias para la reproducción social. Este concepto implica ciertas características que guían la interpretación de los datos y por lo tanto de estas poblaciones. Es decir, se trata de grupos que poseen a la cacería y a la recolección como estrategias económicas principales, con una alta movilidad que implica el aprovechamiento de diversos recursos naturales, una elevada inversión de trabajo en la manufactura de instrumentos, libre apropiación de recursos, un modo simple de organización basado principalmente en relaciones de parentesco, etc. (Barnard 1979, 2001, Bettinger 1991, Binford 1980, Ingold 1987). De la misma manera, en la evolución social de las poblaciones puneñas, las sociedades cazadoras-recolectoras, irían evolucionando hacia formas más complejas que implican ciertas variables que se deben cumplir tales como diferenciación social o menor movilidad (Hocsman 2006, Price y Brown 1995, Yacobaccio 2001a). De esta manera la categoría implica una serie de supuestos que deben cumplirse para caracterizar a estas sociedades.

Sin embargo, estas descripciones no definen al fenómeno de la cacería, sino que sirven para describir a las sociedades cuya estrategia económica principal sería esta práctica. Algunas investigaciones han hecho intentos por definir esta práctica. Una de estas es la de Ratto (2003), quien propone tres escalas dentro de la cacería: una física, que implicaría los aspectos relacionados con las armas utilizadas por los cazadores para lograr su objetivo: una ecológica, donde se incluyen los aspectos ambientales, así como también las características etológicas de las posibles presas; y finalmente una escala social,

donde las relaciones entre los cazadores son definidas. De esta manera se propone una perspectiva que supone una variedad de factores que participan de las prácticas de caza. Sin embargo, esta visión presenta dos problemas principales: por un lado pretende una separación de los factores que son necesarios para la materialización de la cacería, analizando las características de cada uno de ellos por separado e interpretándolos de la misma manera y por el otro lado, los factores son entendidos como escalas de análisis, haciendo hincapié en la comprensión de la cacería como un fenómeno técnico, dejando de lado o minimizando la perspectiva social.

Por otro lado, otras investigaciones, tales como la de Aschero y Martínez (2001) plantearon algunos modelos de cacería, en base al estudio de los sistemas de armas, en los que se suman aspectos tales como la etología de las presas, el relieve y la organización de los cazadores. Sin embargo, surge una visión semejante a la planteada por Ratto (2003) ya que nuevamente el fenómeno de la cacería es segmentado en partes, donde el hincapié es ubicado en el sistema de armas siendo apoyado por los datos de los otros factores y no explicando su interacción indispensable para el desarrollo de estas prácticas.

Además, la cacería es comprendida en términos de un fenómeno económico, donde los factores se cruzan para obtener a una presa y sus recursos. Sin embargo, en las cacerías participan diversos factores que explican cómo y por qué se desarrollan estas prácticas. Es decir, aún cuando el objetivo de la cacería es el de obtener una o más presas, hay muchas formas posibles de realizarse, diversas presas que pueden ser apropiadas, diferentes armas utilizadas o sectores del paisaje aprovechado. Es por ello que la cacería implica diferentes escalas (sociales, espaciales, temporales) que interactúan dando sentido a estas prácticas.

Esta perspectiva adaptativa o economicista ha sido discutida desde diversos ámbitos científicos, por lo que no nos interesa introducirnos en detalle (ver por ejemplo Ingold 1987, 2000). En resumen, se ha mostrado desde diversos aspectos, que la cacería no es un escalón más bajo en la evolución humana, sino que es una prçactica cultural y por lo tanto no es necesaria la domesticación y posterior industrialización para avanzar, sino que son prácticas, que muchas veces interactúan, dando sentido a la reproducción social. Todas estas ideas fueron discutidas en primer instancia por DeVore y Lee (1968), en el simposio titulado ‘Man the Hunter’, donde se mostró que los grupos cazadores-recolectores en realidad tenían una vida mucho más sencilla que los agricultores y pastores e incluso tenían mucho

más tiempo para ‘producir cultura’, que era el principal argumento de aquellos estudiosos de las sociedades denominadas complejas, con producción agrícola, ganadera y manufactura cerámica.

Además, esta visión involucra una determinación de las decisiones culturales por parte del ambiente y de la necesidad de adaptación a él. La acción social, por lo tanto, era automatizada respondiendo al desarrollo de estrategias adaptativas, sin opción a elecciones individuales por fuera del sistema (Brooks 1989-90, Ingold 1987, 2000).

Pero más allá de la discusión a macro-escala o teórica, la forma en que son pensadas las estrategias de caza, desde una perspectiva adaptativa, se relaciona con el modo de construcción del paisaje puneño, donde las prácticas sociales tienen el único objetivo de permitir la adaptación de los grupos humanos frente al inhóspito paisaje, sin dejar espacio para la toma de decisiones culturales (Haber 2000, 2003c, 2006). Es decir, el modelo de adaptación al ambiente ha sido criticado en diferentes contextos, pero en particular en el paisaje de la puna ha tenido una muy fuerte influencia en la comprensión de las sociedades a través del tiempo, generándose el modelo que presentamos en el capítulo I. Sin embargo, notamos que este modelo presenta muchos aspectos que deben ser puestos en tela de juicio, ya que ponen por delante el supuesto de la marginalidad del paisaje frente a los registros culturales. Es decir, siempre se busca comprender de qué manera las poblaciones se adaptaron a ese duro ambiente a lo largo del tiempo, siendo la cacería, la agricultura o el pastoreo opciones que pueden tomar los grupos humanos, seleccionando aquellas que impliquen menores riesgos (Olivera 1991). Por ejemplo, la producción de alimentos se presenta como una opción frente a otras, basadas en un desequilibrio entre la demografía y los recursos naturales (Olivera 1991, Yacobaccio et al. 1994). Sin embargo, notamos a través de algunas críticas, que estas estrategias lejos están de ser opciones, sino que son prácticas que han ido reproduciéndose a lo largo del tiempo, que implican una red de relaciones tanto entre las personas como con los demás seres, que no pueden ser comprendidos como opciones. Haber (2006: 25, destacado en el original) ha planteado, en contraposición a la conceptualización de la opción productiva, afirmando que “al margen de suponer que las poblaciones de cazadores habrían estado en condiciones de evaluar las opciones a disposición y, aún más, considerar cuál de ellas resultaba la más conveniente evolutivamente hablando, es decir, a largo plazo, es el carácter preteórico de la interpretación hipotética lo que es necesario remarcar”. Este supuesto evolutivo implica una sobredeterminación del ambiente cuando se pretenden explicar los procesos sociales (Haber 2006), por lo que las opciones productivas surgen como la explicación segura frente a este paisaje.

Es innegable la importancia del ambiente en la reproducción de la vida social, siendo variables tales como el clima, la altura, el recurso hídrico o la distribución de recursos, preocupaciones frente a las que las personas se enfrentaron y generaron estrategias para solucionar los problemas, “pero ello no implica que la búsqueda de la subsistencia haya sido la única ni la más visible de las preocupaciones humanas, ni que ella baste para alcanzar una comprensión de la cultura e historia de las sociedades puneñas. Tampoco es posible aducir una primacía tal de la subsistencia en ningún caso histórico ni etnográfico en ningún lugar del mundo, por más desértico y marginal que aquel sea, o por lo menos respecto de la cual pueda decirse que haya acuerdo. En este sentido, es preciso adoptar un marco que, en vez de asumir la independencia nunca demostrada

de las esferas económica, social y simbólica, entienda que todo fenómeno es, a la vez, económico, social y simbólico” (Haber 2006: 27, destacado en el original).

Es en estos términos que la cacería debe ser comprendida como un fenómeno complejo, formado por diversos aspectos necesarios para la materialización de los encuentros entre cazadores y presas, entre los que podemos nombrar: personas, animales, agua, viento, dioses, tecnología, relieve, etc. y las interacciones entre cada uno de ellos. Es decir, todos estos factores son necesarios para la realización de la cacería ya que en la interacción entre las relaciones entre los cazadores, las características del relieve, los conocimientos acerca de la etología de las vicuñas, las relaciones con los dioses hacen a la práctica de cacería y no pueden entenderse sino es en esta interacción.

Es por esta complejidad inherente que creemos que la cacería debe ser comprendida en términos de una práctica social. Por práctica comprendemos cualquier acción que posea connotaciones políticas, entendido este concepto en sentido amplio, es decir que pueden producir cambios intencionados o no intencionados en el ámbito social (Bourdieu 1977, 1988, Bourdieu y Wacquant 1995, Giddens 1984). Es decir, la cacería implica acciones físicas concretas, tales como la elaboración de armas, la preparación de paisajes de caza y la selección de las presas, pero a su vez, acciones sociales (como por ejemplo los participantes de las partidas de caza) o religiosas (tabú de cazar ciertos animales o la prohibición de cazar algunos animales en ciertas fechas o lugares) dan sentido a esta práctica. De esta manera, los conocimientos, las experiencias o los habitus (en términos de Bourdieu 1977, 1988, Bourdieu y Wacquant 1995) implican en la interacción entre los agentes sociales, de acuerdo a relaciones de parentesco, a asociación con los antepasados, a formas de interacción con los dioses. En este sentido, toda práctica cotidiana

tiene la capacidad de modificar o reproducir las relaciones sociales establecidas, y en nuestro caso particular los modos de apropiación de los recursos.

La teoría de la práctica, surgida en los estudios sociales, tuvo como origen la búsqueda de una mediación entre las dicotomías clásicas de las disciplinas sociales tales como ideología-materialismo, individuo-estructura, etc. (Bourdieu 1988, Scribano 1999). Esta perspectiva supone una interacción constante entre las propuestas enfrentadas, surgiendo relevante para la propuesta analizada aquí, ya que rompe con la segmentación de los fenómenos sociales propuesta por el funcionalismo, donde la cacería implicaría esencialmente una actividad económica, debido al presupuesto adaptativista (Haber 2006). Desde la teoría de la práctica, entonces, la cacería sería desarrollada por las poblaciones humanas a la vez que ellos mismos se constituían como agentes frente a esta práctica, definiendo relaciones tanto entre las diferentes personas, así como con los otros aspectos que entran en juego en la cacería.

En diversas investigaciones etnográficas se ha hecho hincapié en la diversidad de aspectos que implican las prácticas de caza, más allá de la obtención de alimentos y recursos secundarios. En estas investigaciones se ha mostrado a la cacería como una actividad altamente ritualizada, donde los ritos, los dioses, las premoniciones, jugaban un rol predominantes más allá de las cuestiones técnicas necesarias para la performance de la cacería. Esta diversidad muestra claramente la interacción de diferentes aspectos en la realización de la cacería, donde la misma no puede ser conceptualizada sin la participación de todos ellos. Aspectos económicos, sociales, rituales, técnicos, etc. se entremezclan, dando sentido a la práctica1.

A pesar de la diversidad de aspectos que se perciben en las prácticas de caza a través de los relatos etnográficos, somos conscientes que la arqueología tiene una limitación metodológica para la interpretación de esta diversidad, dadas las características teóricas y metodológicas propias de esta disciplina. Sin embargo, existen aspectos que pueden ser evaluados y que por lo tanto podrían permitirnos un acercamiento a esta visión de la cacería. Creemos que hay tres aspectos centrales que son relevantes para entender las prácticas de caza en el largo término en la Puna de Atacama y que pueden ser visibles desde una metodología arqueológica: el paisaje, las presas pretendidas y la tecnología que se utiliza en estas prácticas. A continuación detallaremos cómo proponemos y pretendemos evaluar cada uno de estos aspectos en los términos descriptos más arriba y a partir de metodologías analíticas específicas.

Paisaje

En el marco que estamos construyendo, el paisaje será entendido como un factor dinámico, en continua modificación, siendo construido, aprovechado y modificado por las poblaciones humanas, a la vez que participa en la construcción, mantenimiento o modificación de las relaciones sociales imperantes (Bender 1993, Curtoni 2007, Ingold 1993, Thomas 1996, 2001, Tilley 1994). El paisaje, por lo tanto, puede ser interpretado como un lugar creado por las personas, es decir que se encuentra impregnado de acciones y significaciones humanas. Estas acciones tienen el poder de ser reservorios de las experiencias vividas por poblaciones humanas a lo largo del tiempo. Es por ello que al circular por un paisaje determinado se corporalizan experiencias que luego son incorporadas a la memoria de los sujetos. Los cuerpos humanos se conectan con el paisaje y con los aspectos materiales presentes en ellos de manera que perduran en el tiempo perpetuando y reificando los significados culturales (Potter 2004). De esta manera “…viviendo en el paisaje, este se vuelve una parte de nosotros como nosotros nos volvemos parte de él” (Ingold 1993: 154, traducción del autor). Es decir que a la vez que vamos estructurando, preparando, viviendo el paisaje, nosotros construimos nuestra identidad en relación al paisaje, los aspectos que lo conforman y a las demás personas que lo comparten.

De esta manera el concepto de residencia, de morar un espacio cobra relevancia, ya que la relación cotidiana, la observación diaria, el cultivar los campos, el cazar algún animal, el criar los hijos, y todo tipo de práctica tiene como marco este paisaje y es en el marco de cada una de esas experiencias que se lo construye, ya que diversos aspectos del mismo remiten a experiencias vividas en el pasado. El paisaje cuenta así una historia que es cualitativa y heterogénea (Ingold 1993), o mejor dicho polisémica (Bender 1993), ya que las historias que cuenta son diversas y responden a las experiencias personales de cada agente.

Hay un aspecto importante a tener en cuenta en esta perspectiva que es el cuerpo. En el discurrir cotidiano, las relaciones sociales, así como con el entorno van inscribiéndose y reproduciéndose en los cuerpos, incorporándose de esta manera a las experiencias individuales. De esta manera paisaje y cuerpo son conceptos complementarios que no pueden ser comprendidos independientemente (Ingold 1993). Pero además, las prácticas constituyen los paisajes en su continuo

derrotero, ya que cada tarea genera una connotación tanto en el paisaje como en el cuerpo. A estas tareas que conforman y son conformadas por el paisaje, Ingold (1993) otorga el nombre de taskscape

que es un conjunto de tareas que interactúan. A través de esta interacción, que es llevada a cabo por un agente capacitado constituyen los actos de morar el paisaje. Es por ello que las tareas o prácticas son las que conforman el paisaje a través de la repetición de su realización en el tiempo y en el espacio. Teniendo en cuenta esta definición, la realización de las prácticas en el paisaje dejan marcas que pueden ser identificadas mediante estrategias metodológicas propias de la arqueología. Un ejemplo de esto son las prácticas de cacería, las que, a lo largo de la historia, dejan huellas, como por ejemplo, ciertas estructuras construidas por los cazadores, las que asociadas a las características naturales del entorno y de la estructuración del paisaje por parte de las presas, permiten construir la forma en que se interrelacionan cazadores, paisajes y presas para la puesta en marcha de la cacería.

Las presas

En el primer capítulo hemos mostrado la importancia de los camélidos a lo largo del tiempo para las poblaciones locales, más allá de la perspectiva teórico-metodológico aplicada para su estudio. Sin embargo, en esta tesis, hacemos un hincapié en la vicuña como eje de las prácticas de caza. Esto tiene una explicación relevante para la investigación, ya que se trata de un concepto polisémico.

Cuando definimos un concepto construimos una categoría que nos permite ubicarlo en el mundo. De esta manera se vuelve un discurso acerca de nuestro objeto que si posee el suficiente poder de verdad podrá ser naturalizado como el discurso más importante o mejor dicho el discurso verdadero acerca de dicho objeto. Esto sucede por ejemplo con las vicuñas, sobre las que se han construido innumerables discursos y que continúa siendo debate en los principales congresos de especialistas. Sin embargo esta multiplicidad de discursos tiene la potencialidad de mostrar unos y silenciar otros, ya que, por ejemplo, la relación que poseen las comunidades actuales con los animales en general ha sido silenciada, mientras que los informes técnicos de, por ejemplo, algunos veterinarios surgen como la única palabra autorizada. Es por ello que creemos relevante centrar esta investigación en las vicuñas. Ahora bien, ¿cuáles son algunas de estas definiciones? La vicuña puede ser conceptualizada como un mamífero de la familia Camelidae que habita en ciertos territorios con gran altitud sobre el nivel del mar y que vive generalmente en tropillas familiares o de machos. Sin embargo, esta es sólo una definición,

que podríamos decir que se ajusta a los principios de la etología de estos animales. Otra perspectiva es aquella que plantea la prohibición de la cacería, ya que la vicuña se convierte en una animal que debe ser protegido para evitar su desaparición. Pero la vicuña, también puede ser pensada como un recurso económico, sobre todo, si tenemos en cuenta tanto la perspectiva histórica de la caza de vicuñas, como los intereses actuales de los proyectos de desarrollo local, donde la fibra de este animal se vuelve un importante factor para la reproducción de estas poblaciones. De esta misma manera, la vicuña es parte de los planes gubernamentales, ya que bajo su esfera se realizan todas las prácticas de control, encierro, esquila y venta de los productos obtenidos.

Todas estas conceptualizaciones acerca de las vicuñas son conocidas y planteadas, generalmente, desde diversas disciplinas científicas o centros de toma de decisión (por ejemplo el estado), promoviéndose un modo de definir a esta especie. Sin embargo, otros conocimientos o saberes son, en casi todos los casos, negados por estas definiciones, tildándolos de mitos, rituales u otra definición que lo aleja del conocimiento científico y veraz. Aquí se insertan los saberes locales y los modos tradicionales de relación establecidos entre las poblaciones locales y las vicuñas.

La cosmovisión andina promueve la no separación de los fenómenos naturales y sociales,

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