Independiente de algunas instancias oficiales que generó la Unidad Popular para desa- rrollar e incentivar la cultura, como el Departamento de Cultura, en el primer año de gobierno se realizó una serie de importantes actividades, pero también se formuló una serie de dudas. Más allá de iniciativas oficiales, aquellos individuos que sentían en la aspiración socialista su sentido de acción, siguieron creando y componiendo.
El Departamento de Cultura de la Presidencia, dirigido por Waldo Atías, organizó en el verano de 1971 “El Tren de la Cultura”. Fue una caravana compuesta por artistas, poetas y folkloristas que recorrió más de mil quinientos kilómetros del país presentando sus creacio- nes a numerosos poblados que no tenían acceso a estas formas de expresión. La idea era incorporar a la masa, haciéndola partícipe del proceso revolucionario incipiente. La mejor herramienta para esto era, nuevamente, la música. En la gira, el peso lo llevaron conjuntos como Quilapayún, Inti Illimani, los hermanos Isabel y Ángel Parra, y varios más.
Los esfuerzos del gobierno por fomentar la cultura se notaban en las iniciativas del de- partamento recién mencionado, y desde algunos medios públicos, como Canal 7 de televisión y Chilefilms, intentando generar un acceso masivo a las grandes manifestaciones artísticas. Asimismo, la Consejería Nacional de Desarrollo Social, a través de su Departamento de Co- municaciones, disponía de una serie de instructores que se dirigían a las poblaciones del país para enseñar a los trabajadores a conquistar sus propios instrumentos culturales y so- ciales, para hacer frente a los poderosos medios de influencia masiva burguesa. El equipo tenía el nombre oficial de Grupo Motivador de Comunicaciones en Terreno (GMCT), y sus integrantes fueron conocidos popularmente como “Los Saltamontes”.
En el ámbito rural, mediante un convenio suscrito entre el Instituto de Desarrollo Agro- pecuario (INDAP) y la Confederación Ranquil, en julio de 1971, se formó una serie de centros culturales campesinos en todas las zonas agrarias del país. En este convenio se establecía la realización de cursos para encargados generales de cultura y monitores en las diversas ra- mas artísticas: teatro, folklore, títeres, artesanía, pintura mural y periodismo popular.
Más allá de una política gubernamental coherente, sistemática o efectiva, eran las inicia- tivas particulares, tanto a nivel institucional como individual o grupal, las que conseguían aportar eventos, muestras, proposiciones de una nueva cultura. Y ello en la más amplia gama de campos posibles.
En enero de 1971 se informaba sobre el nacimiento de la Compañía Teatral “El Ángel”, con sede en la sala San Antonio, ubicada en el pasaje Maru. Estaba integrada por Anita González, Alejandro Sieveking, Bélgica Castro, Dionisio Echeverría y Luis Barahona. Su intención era contar historias simples, nada de intelectuales ni de difícil comprensión, ofreciendo profesio- nales montajes sobre la obra de clásicos como Shakespeare o Chejov, constituyendo un teatro más “cultural” que de acción política directa, aunque igualmente con un sentido social al hacer cercana al público masivo aquella cultura que le parecía ajena.
También en este ámbito, la Central Única de Trabajadores, CUT., fundó el mismo año el Teatro Nuevo Popular, TNP. A diferencia del anterior, el objetivo de éste era generar arte desde el propio trabajador. Según explicaba Mario Jiménez, encargado de los asuntos cultu- rales de la CUT:
“Nuestro propósito fundamental es llegar a los trabajadores que hasta ahora han estado marginados del espectáculo. Se trata de realizar un teatro más identificado con la realidad nacional. Y queremos que sean los propios trabajadores quienes apor- ten ideas y sugerencias al contenido de las obras”389.
Fruto de esta experiencia, la compañía montó en octubre de 1971 la obra “La maldición de la palabra”, experiencia mixta entre actores y asentados que obtuvo el primer lugar en un concurso de teatro social organizado por la misma CUT a mediados de dicho año.
Este mismo conglomerado sentó las bases de la Federación del Nuevo Teatro, organismo cuyo objetivo era coordinar y agrupar la actividad de diversas compañías dispuestas a asu- mir un papel activo en el proceso político encabezado por el gobierno. En la convocatoria, además, se incluía el Teatro del Nuevo Extremo, el Teatro Aleph, el Ballet Popular y los Mimos de Noisvander. El principal objetivo que se planteaba era:
“1.- Incorporar activamente a las grandes masas de trabajadores al proceso cultural, facilitando su participación en las expresiones teatrales”390.
Bajo el concepto que a través de la cultura se realizaría “la producción de identidades políticas y sociales funcionales al proceso revolucionario y a la consolidación de la sociedad socialista, relegando a un segundo plano las dimensiones propiamente estéticas o de entreten- ción inherentes a los hechos de cultura”391, una de las modalidades que asumió el Estado fue la
de apropiarse de empresas que ya tenían una trayectoria de producción cultural importante.
389 Mayoría Nº1, 20 al 26 de octubre de 1971, p. 14. 390 Mayoría Nº 44, 16 de agosto de 1972, p. 25.
391 Catalán, Carlos; Guilisanti, Rafael y Munizaga, Giselle. Transformaciones del sistema cultural chileno entre
El caso más significativo fue el de Zig-Zag. La acción más relevante y que generó mayores resultados, fue la fundación de la Editorial Nacional Quimantú.
Quimantú fue el nombre que recibió Zig-Zag luego de haber sido comprada por el Esta- do. La empresa tenía problemas de solvencia económica, cosa que se plasmaba en las condiciones laborales de los trabajadores. Fue así como éstos iniciaron una huelga el 6 de noviembre de 1970, por cierto influenciados por el frenesí reivindicativo que vivía la clase obrera en torno a la asunción del gobierno popular. Los delicados hechos condujeron a la formación de un tribunal arbitral integrado por representantes de la empresa, trabajadores y el Gobierno, lo que permitió la reincorporación a las faenas. Al constatarse la incapacidad de los dueños para resolver la situación, se acordó la venta completa de las instalaciones al Estado. Fue así como el 12 de febrero de 1971 se firmó el documento de estatización entre el Gobierno, representado por el ministro de Economía y Comercio, Pedro Vuskovic, y el direc- tor del Instituto de Economía de la Universidad de Chile, Jorge Arrate; y la Empresa Editora Zig-Zag, representada por su presidente, Sergio Mujica Lois. Nacía así, oficialmente, Edito- rial Nacional Quimantú.
En aquella ocasión Salvador Allende, en su discurso, señaló:
“Desde nuestro punto de vista, el paso que hemos dado significa el inicio de una nueva etapa en la difusión de la cultura en nuestro país. La nueva Editorial del Esta- do contribuirá eficazmente a la tarea de proveer a los estudiantes chilenos de sus textos de estudios, de promover la literatura nuestra y de permitir que el libro sea un bien que esté al alcance de todos los chilenos...”392.
Al poco andar, Editorial Nacional Quimantú se transformó en el referente cultural del gobierno. Desde sus dependencias se otorgó a la población colecciones, revistas, documentos de trabajo y, en fin, numerosos impresos coherentes con la política de democratización de la cultura. La “cultura para todos” parecía rendir sus frutos.
Se constituyeron dos departamentos, encabezados por el escritor Joaquín Gutiérrez: De- partamento Editorial, dirigido por Luciano Rodrigo, y Publicaciones Especiales, a cargo de Alejandro Chelén Rojas. El Departamento Editorial tenía por objetivo publicar las coleccio- nes “Quimantú para todos”, “Cordillera”, “Conversaciones con...” y “Letras hoy”, todo esto en materia exclusivamente literaria. También le correspondía a esta sección la edición de textos escolares y cuentos infantiles. El caso de Publicaciones Especiales, que pretendía convertir al libro en un mecanismo de información y de vehículo que relacionara a todos los chilenos, con- taba con dos líneas de trabajo: la colección “Nosotros los Chilenos”, dirigida por Alfonso Alcalde, y los “Cuadernos de Educación Popular”, escritos por Marta Harnecker y Gabriela Uribe.
Un último proyecto, que finalmente no se concretó, era la publicación de una Historia de Chile narrada en fascículos con abundantes fotografías e ilustraciones que perseguía “dar una
visión real de la historia, no acudiendo a las fuentes tradicionales de información, sino a aque- llas que permitan analizar momentos históricos y temas antes olvidados como la historia del trabajo o del sindicalismo. Para ello se cuenta con la asesoría de seis profesionales universi- tarios, encabezados por Hernán Ramírez Necochea y Julio César Jobet”393.
En noviembre de 1971 se informaba la emisión de un libro por semana, con un gran tiraje, que se instalaría en los quioscos y a un precio completamente accesible (12 escu- dos)394. Los impresos se ordenarían en distintas ediciones, cada una con un sentido particular.
La primera era “Nosotros los chilenos”, conjunto de estudios del acontecer histórico y cultu- ral del país “cuya tarea esencial es permitir que los chilenos nos conozcamos a nosotros mismos”395, destacando los momentos más importantes de la historia del pueblo chileno y
redescubriendo a personajes históricos, dentro de los que el anónimo trabajador era el más importante. Esta colección se dividió en tres partes: “Hoy contamos”, “Nosotros trabajamos” y “Primera persona”. El objetivo inicial de esta colección era que estuviera integrada por 56 libros, cada ejemplar de 96 páginas y con 50 a 60 fotos, y de aparición quincenal.
La segunda colección era “Quimantú para todos”, consistente en una selección de la mejor literatura del mundo, particularmente latinoamericana. “Cuadernos de educación popular”, la tercera de la serie, eran textos ideológicos y de educación política que ayudaban en la com- prensión del proceso al socialismo, “cuya misión es llevar a los trabajadores una serie de obras de estudio y análisis”396. Finalmente, “Camino abierto” era una serie de textos que recopilaban
los diversos debates y discusiones que provocaba el momento histórico. Entre noviembre y diciembre de 1971, contando estas cuatro colecciones, se vendieron 265 mil 321 escudos en libros que se distribuyeron por intermedio de las instituciones y los sindicatos.
En el mismo período se anunciaba la aparición de nuevas colecciones como “Clásicos del pensamiento social” (escritos marxistas), “Colección Cordillera” (clásicos de la literatu- ra) y “Cuentos infantiles”. A la misma fecha Quimantú estaba lanzando ediciones de 50 mil ejemplares de libros semanales, fenómeno nunca visto en el país. La labor de difusión la reseñaba el encargado del área, Enrique Penjean, de la siguiente forma: “Por ejemplo, de los 50 mil ejemplares de una obra, 30 mil son distribuidos en los quioscos (20 mil en Santiago y 10 mil en provincias) y 20 mil a través de otros canales (librerías, instituciones, organizacio- nes sindicales, centros de estudio)”397.
El slogan de los libros de la editorial era: “Una llave para abrir cualquier puerta”. La culturización del pueblo, su acceso efectivo a la cultura, se intentaba a través de la industria editorial. Precios bajos, ediciones numerosas, distribución masiva, todo ello formaba parte del concepto que se intentó generar con Quimantú.
393 Ahora, Nº 29, 2 de noviembre de 1971, p. 45. 394 Mayoría, Nº 3, 3 de noviembre de 1971, p. 7. 395 Ibid.
396 Mayoría, Nº 9, 15 de diciembre de 1971, p. 20. 397 Ibid.
El fenómeno Quimantú abarcó a otras empresas. Tanto por motivos de competencia comer- cial como por convicción principista, generó un importante auge de ediciones y colecciones masivas, accesibles a casi todo público. Esta explosión editorial se plasmó en hechos como que Editorial Nascimento, dirigida por Hernán Loyola, abriera hacia fines del año 1971 su Biblioteca Popular; que la editora Austral, por su parte, inaugurara, esta vez sí con claro tinte ideológico, la Colección Camino de Victoria; que las Ediciones de Prensa Latinoamericana continuaran con nuevos bríos su colección América Nueva; y que las universidades, en general, incrementaran notablemente sus impresiones. Editorial Universitaria, por ejemplo, editó en 1971 ciento treinta y cuatro títulos, 84 de ellos pertenecientes a la Colección Cormorán (que era la que presentaba el formato masivo, de gran distribución), y 50 textos escolares. En ejemplares se publicaron más de un millón, según contaba el gerente de la editorial, Eduardo Carrasco398. El mismo año nació Editorial Huda, pro-
piedad de Hugo Debandi, la que se proyectaba a partir de octubre con la emisión de diez títulos. El libro de bolsillo, soporte principal de esta nueva cultura editorial masiva y popular, se transformaba en uno de los principales símbolos del acceso generalizado a la cultura formu- lado e incentivado por la Unidad Popular. La idea de cambiar el concepto de libros y cultura: que había que combatir las librerías cerradas a la hora que se sale del trabajo, los altos precios de los libros, los bajos tirajes, el poco conocimiento de los valores literarios naciona- les y -lo más esencial- el concepto del libro como mercancía, se estaba cumpliendo.
Conjuntamente a esto, Quimantú ofreció al público una serie de revistas, de distribución semanal, quincenal o mensual, que abarcaban distintos temas cotidianos y que en parte se transformaban en una respuesta a la cultura ofrecida por la industria hasta el momento399.
La gama de revistas abarcó todos los aspectos posibles. En el ámbito de la historieta, desta- caban títulos como El Manque, Delito, Agente Silencio o Espía 13. En términos de realidad nacional, los títulos fueron Ahora y Mayoría. La revista La Firme: revista de información
popular tenía el objetivo de mostrar a la población valores y objetivos del gobierno popular
mediante un formato de historietas. La Quinta Rueda, por su parte, fue la revista cultural por excelencia. Dirigida por Hans Ehrmann, su nombre hablaba justamente de la Cultura como la quinta rueda del carro que había que empujar, y en sus páginas se leía debate intelectual e información cultural de muchas de las más prestigiadas mentes del país.
De las dirigidas a segmentos definidos de la población, las significativas fueron: Paloma, destinada a la mujer; Cabrochico, revista infantil; y Onda. Esta última merece especial mención,
398 Mayoría, Nº 14, 19 de enero de 1972, p. 23.
399 Debemos precisar que hubo algunos títulos de continuidad respecto a la anterior Zig-Zag. Un ejemplo fue Vivir mejor, continuación de la anterior Saber comer...vivir mejor, que había aparecido en marzo de 1965. Bajo Quimantú se publicó entre junio y diciembre de 1971.
El segundo título, que ha sido una de las revistas más interesantes aparecidas en Chile en la segunda mitad del siglo XX por su variedad y profundidad temática, fue Hechos Mundiales. La revista fue la conti- nuación de Sucesos, cuyo primer número apareció en junio de 1967. El cambio de nombre se dio aún bajo la administración de Zig-Zag, en el número correspondiente a junio de 1969.
pues fue la revista dirigida al segmento juvenil el cual, ya por aquella época, estaba consoli- dado con una identidad propia y potencialidad definitoria dentro de cualquier progreso social. Su slogan fue “Hoy es el primer día del resto de tu vida”, sobre el cual incluso se compusieron dos canciones para su promoción, interpretadas por el grupo Amerindios, inte- grante del movimiento Nueva Canción Chilena. Fue producida con la participación de la Dirección Nacional de Centros Juveniles, la Consejería de Desarrollo Social, ODEPLAN y el Departamento de Educación de la Universidad de Chile, y en sus páginas se podían leer temáticas como el despertar sexual, el compromiso político, biografías de estrellas de cine, crítica cultural, música rock, Nueva Canción Chilena, etc.
La revista Onda fue una muestra de cómo la cultura propuesta por el gobierno popular, debía mezclarse con elementos de la cultura burguesa para, aprovechándose de esta última, generar el esperado cambio. Si bien la temática estaba claramente definida por los intereses de la vía chilena al socialismo, en su contenido incorporaba temáticas anexas. La misma canción de promoción distaba, en su estilo, de la música de raíz folklórica tan identificada con las reivindicaciones sociales.
En cuanto a la literatura presentada, Quimantú se preocupó de editar varios clásicos universales, pero también una serie de novelas donde la temática principal era la denuncia del conflicto social. Varios escritos de autores chilenos daban cuenta de problemas contin- gentes, así como obras de literatura universal se presentaban dentro del marco teórico que implicaba la búsqueda del socialismo a través del gobierno en curso.
Entre las obras chilenas, hubo algunas emblemáticas. La principal fue ...Y corría el bille-
te, de Guillermo Atías, editada el primer semestre de1972 y tildada por el mismo autor como
“novela-tabloide”. En sus páginas se relataba el drama de los trabajadores de las empresas estatizadas debido a los intereses de privados400. El libro tuvo una segunda edición lanzada
el 21 de diciembre de 1972, luego de agotar una tirada de treinta mil ejemplares.
Otro libro importante fue El miedo es un negocio, de Fernando Jerez, novela que hablaba sobre el pánico financiero que desataron los sectores reaccionarios desde el 4 de septiembre de 1970, pánico reflejado en su protagonista, a la sazón un empleado bancario401.
Promoviendo la labor literaria desde el compromiso social, Quimantú convocó a un con- curso de poesía el año 1972. Se presentaron más de 300 escritores al concurso, de los cuales fueron seleccionados diez. El primer premio lo ganó Fernando Quilodrán con su obra “Los materiales”. En el jurado habían representantes de la Sociedad de Escritores de Chile, Mi- nisterio de Educación, Universidad de Chile, CUT y Quimantú. Se publicó un libro con los autores seleccionados, cuyo prólogo lo escribió Jorge Jobet, académico de Literatura Gene- ral de la Universidad de Chile. En éste se señalaba:
400 Atías, Guillermo. ...Y corría el billete. Santiago; Editorial Quimantú, 1972, p. 5. 401 Jerez, Fernando. El miedo es un negocio. Santiago; Editorial Quimantú, 1973.
“En este salto le cabe al escritor una responsabilidad grande. Es, por condición, uno de los motores del cambio. Su misión humana y artística cobra un valor trascenden- tal, por contener su mensaje las angustias y esperanzas del hombre en su eterna lucha por alcanzar los propósitos más elevados de su espíritu; los sucesos y contin- gencias que lo rodean; la realidad que ensombrece o exalta a la persona; los perfiles característicos de los grupos o las comunidades; las fuerzas primarias y bestiales en pugna con el bien y la justicia; los desbordes del odio, del abuso o del menosprecio sobre el amor, la equidad y la dignidad del hombre. En fin, la descripción, interpreta- ción y explicación de la existencia dentro de los márgenes propios de la naturaleza creadora de su arte. El escritor es un hombre comprometido con su tiempo, que lo alimenta y vivifica, compromiso que no debe significar sujeción a consignismos de- terminados, sino libre expresión de nuestro ser moral”402.
Éste era el sentido de la propuesta cultural del gobierno popular: la libertad creadora responsable con el proceso de cambios que estaba viviendo Chile. Quimantú pretendía cons- tituirse en el reflejo de esta intención, de lo cual daban justa cuenta sus numerosas publicaciones. Su oposición fue ciertamente severa, tanto como lo era la oposición política del momento. El edificio de la empresa terminó sufriendo un atentado con cinco bombas molotov a mediados de octubre de 1972.
Paralelamente, en medio de un ambiente donde la música foránea tenía importante pre- sencia en los medios de comunicación, la Nueva Canción Chilena seguía pretendiendo ser la alternativa que el país en transición al socialismo necesitaba.
Fue así como el 20 y 21 de noviembre de 1971 se realizó el Tercer Festival de la Nueva Canción Chilena, esta vez auspiciado por un organismo oficial como lo era el Departamento de Cultura de la Presidencia. El evento se enmarcó en las Jornadas de la Nueva Moral del