3.2 Analysis of XQuery Evaluation
3.2.3 Using Automata for Pattern Retrieval
Mi madre no estaba bien, me quedé con ella la noche antes de la operación. Pobre mujer, cuidándonos a todos durante toda su vida y cuando empezaba a tener tiempo para ella le vino esa enfermedad de la cual nunca se recuperó. Perdí el norte con la enfermedad de mi madre; me desembarqué, estuve cuidándola lo mejor que pude pero no lo hacía bien, no sabía qué hacer.
Me llamó mi agente de Silbao para embarcar de primero en un bulk-carrier con opciones de pasar a capitán; el barco pertenecía a la empresa El Tano. Embarqué en Gran Pimplán, el Barco cargaba mineral en Cáfrica para una terminal procesadora en Gran Pimplán.
Cuando embarqué me encontrab mal, no podía soportar estar en el barco, lo único que quería era salir corriendo, una sensación de angustia, se clavaba en el estómago y no me dejaba comer ni dormir, sólo quería volver a casa. ¿Qué me pasaba?, no lo sabía, sólo quería salir huyendo.
Le dije al capitán que no podía zarpar con el barco, que no me encontraba bien, él se portó muy bien; me dijo que no me preocupara y que me fuera a casa.
El agente se enfadó y no quiso saber nada más de mí, no le importaba si tenía o no dinero para volver a casa, nunca me preguntó cómo estaba o qué me pasaba, sólo me repetía por el teléfono: -!¿Y ahora qué hago YO, qué
hago YO?!- Mandó a otro primero aprisa y corriendo y el barco zarpó sin ninguna demora.
No tenía apenas dinero y el capitán me ayudó dándome diez mil pesetas de su bolsillo, le dije que se las devolvería pero no le volví a ver, no supe su nombre o por lo menos nunca lo recordé, pero todavía le debo ese dinero y ese gran favor. Salí andando desde el muelle hasta la ciudad para poder ahorrar lo máximo posible.
Me sentía avergonzado, igual de avergonzado que el “Ladrón de Bicicletas”, de la película de Vittorio de Sica, cuando trata de robar una bicicleta delante de su hijo y los viandantes que le detienen no hacían más de darle golpes en la cabeza y decirle -!Vaya ejemplo le estás dando a tu hijo!-
Le doy gracias a Dios porque mis hijos no estaban allí para ver a su padre totalmente hundido. No sé qué iban a pensar de mí la gente de la profesión, pero estaba enfermo y no podía embarcar por el momento.
Fui en autobús hasta Ruco y desde Ruco a Mandril en otro autobús. Desde Gran Pimplán a Madrid tardé más de 50 horas; fui andando a casa con la bolsa de unos 30 kilos a la espalda; más de tres horas, hasta que por fin llegué; estaba muy cansado pero sólo quería andar y andar, no quería estar parado, no quería sentarme, no tenía hambre, sólo quería huir y que no se acabara nunca ese camino a ninguna parte que me ayudaba a no pensar. ¿A dónde iba?... yo que sé....
Y Copiando una frase de Héctor Roberto Chavero Aramburu, alias, “Atahualpa Yupanqui”, me repetía a mí mismo: -Detenerme... para qué, de poco vale un marino, sin barco y sin poder embarcar-.
No sé qué me pasaba, sabía que no estaba bien. Sólo andando me encontraba algo mejor, no quería ver a nadie nadie me podía consolar, ni la mejor canción de legionarios me podría animar.
No le podía contar nada a mi padre, él estaba peor que yo. Mi padre salía todos los días a ver a mi madre, al principio bien pero empezó a perder la cabeza, se perdía por el metro, no sabía volver a casa, gracias a la buena gente que le conocía le acompañaban hasta el portal y desde allí el portero le subía a casa.
Como te puede cambiar todo en un instante, de estar en un barco contento sonriéndote la vida y ofreciéndote incluso ganar una medalla, aunque fuera de mentira, a no tener nada, no ser capaz de trabajar, ver como tu familia se ha roto, lo único que quieres es salir huyendo, no ver a nadie y no mirar hacia atrás.
El maestro José Larralde cantaba, “Cuando uno sale al camino es difícil de saber, si podrá pegar la vuelta o morirá sin poder... Los caminos son para dirse y las penas para volver”
Antes de finales de año me llamó mi amigo Tignacio; él tenía una empresa de reparaciones marítimas y buceo en Calicante; me necesitaba para tirar una piezas de hormigón en una zona de reserva natural, con el fin fundamental que los pescadores no pudieran arrastrar sus redes.
Le dije que sí; fui a Calicante; embarqué en una especie de pequeña draga de madera con una grúa en el centro con la que cargábamos las piezas de hormigón de unas... tres a cuatro toneladas cada una. Las piezas había que fondearlas en las coordenadas marcadas previamente en la carta de la zona. Al punto exacto llegábamos guiados por un GPS diferencial que nos daba la situación exacta de donde teníamos que tirar cada pieza.
El trabajo no era malo, pero no me encontraba bien; estuve dos días y le dije a Tignacio que me iba, me pidió, por favor, que estuviera un día con el otro capitán y así lo hice. Me pagó por tres días de trabajo treinta mil pesetas.
Con ese dinero me dirigí a las afueras de Calicante a unas naves donde vendían al por mayor juguetes chinos y demás artículos de regalo. Allí compré ese año los juguetes de Reyes para mis hijos.
Compré muchos juguetes que no tenían valor material alguno, pero que bien envueltos parecerían algo más de lo que realmente eran; también compré una cesta de Navidad, con muchos productos sin marca, o de marca desconocida; melocotón en almíbar donde el frasco en el cual venían metidos los melocotones estaba hecho con cristal de aumento, los melocotones parecían enormes lo mismo con los espárragos; una botella de sidra sin etiqueta, turrón hecho en la provincia de Calicante pero no en Pijona, una botella de brandy y otra de ginebra, dos barras de salchichón muy blando, peladillas y piñones, dos latas de caballa y otras dos de atún portuguesas, unos polvorones repartidos por la cesta y una caja de mazapanes, la cesta no contenía ibéricos por la falta de organización dentro de esa nave y por no ser considerados artículos de primera necesidad.
Llegué a Mandril con un billete de mil pesetas en el bolsillo, los juguetes y la cesta de Navidad. Estaba arruinado, muy arruinado, tenía la peor ruina que un ser humano podía tener, la ruina moral, igual de arruinado que George Bailey en la película “It is a Wonderful Life”... ¡Valía más muerto que vivo!.
Pasaron las Navidades y me llamó mi agente de Silbao, para embarcar otra vez en el J.J. Brother, me necesitaba urgentemente por eso me llamaba; los agentes nunca olvidan ni perdonan, si se la haces se la pagas y no te vuelven a llamar jamás.
Embarqué en Malaca, el barco se había vendido a la misma compañía que había comprado su gemelo, el Samuel Coto, sólo tenía que estar allí hasta que se efectuara la venta.
Conocí a un electricista jungaro, me comentó que estaba trabajando en un petrolero en Timeria, el sueldo era bueno y de armador romanio, me dio el teléfono le dije que le llamaría. El J.J. Brother se vendió y me volví a Mandril.
Fui a ver a ese armador romanio que tenía dos barcos en Timeria. El armador se llamaba Inger Livada, era un hombre nervioso y muy ocupado; me dijo que tenía un barco en Drasil listo para zarpar hacia Timeria. Le di largas, no le dejé mi teléfono no veía las cosas claras, demasiada intriga para tan poca naviera.
Entre tanto, me llamaron de My-ship para traer un ferry desde Morosella a Solmería y empezar la línea de Solmería-Candor. El puerto de Candor lo habían dragado y ahora si podían atracar barcos de cierto calado. Llegué a Morosella antes de su compra para hacerme cargo cuando se firmara la venta; me pareció un buen ferry con gran capacidad de carga y pasaje. El barco se llamaba, “Testerel”, pertenecía a la compañía francesa de navegación, una especie de Trashmediterrané, con mejores barcos y mejores sueldos. Generalmente esos barcos hacían Morosella-Cortegal. Me ofrecieron un buen sueldo y la vida a bordo supongo que también sería buena.
A Morosella vino un superintendente de My-ship Rondon; tuve una charla con él que duro muy poco, él estaba borracho, no me gustó su actitud y decidí marcharme al día siguiente; había estado dos semanas que esperaba alguien me las pagara, el motivo por el que me iba no era lo suficiente importante como para quedar bien con los agentes, pero necesitaba ese dinero, del cual andaba muy corto.
Entretanto me salió un trotón en Cáliz, para hacer la línea Cáliz-Talgel, fui exclusivamente a ver el barco. El barco estaba tripulado por tumecidos, no
había por dónde cogerlo, yo era el tercer capitán que pasaba por allí y se había marchado, al final creo que Lomberto lo cogió y duró un mes hasta que desembarcó. Todo lo que me ofrecían eran candráis de miseria.