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Laurence Whitehead Nuffield College Universidad de Oxford

Introducción

Democratización y desarrollo son, ambos, conceptos prospectivos. En otras palabras, se refieren a procesos de cambio social acumulativo que pueden derivar en futuros resulta- dos políticos y económicos cualitativamente diferentes y superiores a los actuales. Como tales, son necesariamente dos conceptos de largo plazo, dinámicos y de alcance macrohis- tórico. Asimismo, ambos denotan un punto de vista normativo. Pues no tendría sentido clasificar como “desarrollo” la transformación hacia una situación que pudiera juzgarse como cualitativamente inferior a la del punto de partida. De hecho, desde una perspecti- va genealógica, estos conceptos son ramificaciones del ideal de progreso, propio de la época de la Ilustración en Occidente.

En la fase inicial de la teorización de las ciencias sociales, ambos estaban subsumidos en el discurso abarcador de la “modernización”. Pero conforme la ciencia política y la economía fueron profesionalizándose y diferenciando la democratización y el desarrollo, estos conceptos fueron incluidos en compartimientos analíticos distintos y se procuró desligarlos de sus connotaciones históricas y subjetivas. Fueron aislados, objetivados, divididos en variables representativas mensurables y separados de sus fundamentos éti- cos. Inicialmente, estos procedimientos analíticos constituyeron un saludable antídoto contra las distorsiones ideológicas y los prejuicios teleológicos implícitos en gran parte de los análisis clásicos del “progreso” y, más recientemente, de la “modernización”, pero el antídoto produjo sus propios “efectos colaterales” nocivos. Desde el final de la Guerra Fría, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y otros han intentado conciliar los requerimientos de la metodología contemporánea de las ciencias sociales con las características holísticas de aquellos conceptos, así como volver a poner en con- tacto los estudios sobre democracia y desarrollo, y restaurar a la vez sus compromisos con valores vigorizantes.

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Este capítulo constituye un esfuerzo más en esa dirección. Pero la hipótesis clave en el tema tratado es que no existe una manera fácil de conciliar posiciones teóricas incompa- tibles y que un enfoque acertado implica un retorno a los primeros principios. Por consi- guiente, el principio rector de este capítulo es el de reculer pour mieux sauter (dar un paso atrás para saltar mejor).

En el plano más abstracto, tanto la democracia como el desarrollo pueden conceptualizarse de manera tan amplia que convergen en una única imagen de la “buena sociedad”. Se trata de la imagen occidental del progreso, predominante en el mundo de la Posguerra Fría, el “único y verdadero paraíso”, analizado en detalle recientemente por Christopher Lasch (1991). Aun después del colapso soviético, ésa no es, de ningún modo, la única imagen disponible de la buena sociedad, pero sí se trata de la única imagen universal. Las restantes alternativas son ya sea teocráticas (limitadas a los verdaderos creyentes) o bien, de alguna manera, particularistas (restringidas a localidades, etnias, nacionalidades o grupos culturales particulares). Quienes tienen mayor seguridad de acceder a esa buena sociedad –parece– estan cada vez más preocupados por sus inseguridades e insuficien- cias, y tienen buenas razones para ello. Pero la proporción de la población total que vive en los denominados países “industriales” ha descendido de 31% en 1960 a 22% en 1992, y la proporción que habita en los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha caído de 21% a 15% durante el mismo período, según el PNUD (1994). Muchos ciudadanos de países que integran la OCDE –probablemente el número va en aumento– carecen de acceso pleno y garantizado a los beneficios de la buena sociedad occidental, y la gran mayoría de los habitantes de países que no confor- man la OCDE tiene apenas la pretensión más nominal y precaria de acceder a la condición sociopolítica de la ciudadanía moderna.

Este trabajo es una reflexión sobre las interrelaciones entre dos componentes funda- mentales de la imagen liberal secularizada de la “buena sociedad”: la democracia política y el desarrollo económico. Estos dos componentes pueden desligarse de sus amarras teóricas, definirse con precisión a fin de reducir la superposición que existe entre ellos y, luego, representarse mediante variables empíricas simplificadas (competencia y alternan- cia electoral, PIB per cápita, etcétera) que pueden someterse a prueba para determinar la asociación y la covarianza.

En los últimos tiempos ha habido una suerte de industria floreciente en este tipo de investigación, aunque los conocimientos generados pueden parecer escasos teniendo en cuenta los esfuerzos realizados. En un análisis reciente (Campos, 1996), por ejemplo, se examinan 46 estudios y se rechaza la hipótesis de que la democracia política tenga una asociación negativa con el desarrollo económico. La educación, la inversión y la “gober- nabilidad” fueron identificadas como potenciales portadores de una asociación positiva. Si se buscan patrones de asociación entre democracia y desarrollo económico en el mun- do Postguerra Fría, las muestras se inclinarán marcadamente en favor de una clase de democracia en particular y de una noción de desarrollo económico actualmente en boga.

Esto no implica, bajo ningún aspecto, que las variantes de la democracia tanto previas a

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1989 como del siglo XXI estén asociadas de la misma manera con el desarrollo económi- co, como se entendía en períodos anteriores (o, quizá, posteriores).

Desde ya, es posible elaborar indicadores ahistóricos y “objetivos” de democracia y desarrollo, sin tener en cuenta estas significaciones contextuales. Así, de acuerdo con indicadores estándar, Chile era una democracia tanto en 1940 y 1970 como en 1990, aun cuando lo que ello significó en términos de representación social y objetivos de desarro- llo haya sido radicalmente distinto en cada caso. En el mismo sentido, durante algunos períodos y en función de algunos indicadores agregados, Botsuana puede ser equiparada con Singapur (¿y por qué no con Arabia Saudita?) como un caso excepcionalmente exito- so de desarrollo económico, sin considerar las desigualdades extremas entre estos países en cuanto a la estructura sociopolítica y a las creencias y aspiraciones colectivas, que tanto los separan.

Pero este capítulo pretende identificar líneas de interacción entre democracia y desa- rrollo y no generar correlaciones supuestamente objetivas. Con este fin, resulta importan- te especificar el contexto, el significado y los subtipos de las categorías en cuestión. El presente trabajo procura brindar un remedio a las tendencias ahistóricas y reduccionistas de los estudios mencionados, restableciendo la conexión entre las dos categorías clave dentro de sus respectivos contextos teóricos e históricos. La intención es devolver un sentido de perspectiva a los juicios sobre el presente inmediato y restaurar el poder de reflexión latente en estas dos nociones, es decir, la democracia política y el desarrollo económico. Si bien estos dos conceptos tienen supuestos comunes, poseen raíces y asociaciones distintivas y pueden analizarse en forma separada. Sin embargo, en la con- clusión de este trabajo se ofrecerán algunas sugerencias sobre la posibilidad de conver- gencia de ambas nociones.