2. Background and Theory 32
2.5. Cost-effectiveness analysis 46
2.5.7. Using cost-effectiveness information with incomplete information 62
HACIA UN ESTADO DEL ARTE.
Emilia Arpini Instituto de Investigaciones Gino Germani, Universidad de Buenos Aires, Argentina [email protected]
Simposio Nº 8: “Juventudes latinoamericanas y activismo político: acciones colectivas, movilizaciones y militancias”.
Resumen:
La ponencia presenta de un mapa de las diversas y múltiples formas de participación de los y las jóvenes en la Argentina reciente, a partir de la apertura democrática, rastreando los trabajos existentes hasta el momento que den cuenta de estas experiencias. Nos centramos en las formas de participación política, a la que se entiende de forma amplia. Incluimos tanto a las formas de participación dentro del Estado y las organizaciones político-partidarias, como a las movilizaciones, protestas y formas de asociatividad que lo trascienden. Rescatamos trabajos que hacen referencia específicamente a la participación política juvenil, con el objetivo de dar cuenta del crecimiento y diversificación de este subcampo de estudios, y las potencialidades para su crecimiento.
Introducción
En Argentina, hace ya algunos años que viene creciendo sostenidamente la producción académica sobre las formas de participación política y sus transformaciones a lo largo de la historia. Sin embargo, esta preocupación no ha estado siempre presente en los estudios de juventud.
En su etapa fundacional, los temas principales de investigación se centraban en el empleo, la educación, el consumo de drogas y los consumos culturales, y predominaba un enfoque que consideraba a la juventud como una etapa de transición. La conceptualización de las maneras plurales y específicas de ser joven será posterior. Es a partir de 2005 que crecen los estudios sobre la participación política de los jóvenes (Macri y Guemureman, 2013) en un contexto de consolidación y de
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ampliación temática de las investigaciones en juventudes (Chaves et al., 2013). Es así que puede considerarse que los estudios sobre juventudes eran un campo en consolidación, pero todavía disperso (Chaves, 2009). Rescatamos trabajos que hacen referencia específicamente a la participación política juvenil, con el objetivo de dar cuenta del crecimiento y diversificación de este subcampo, y las potencialidades para su crecimiento.
Al menos hasta 2005, este subcampo de estudios era dominado principalmente por dos vertientes. La primera de ellas se centraba en la medición de los niveles de participación juvenil, tomando como modelo de participación al activismo clásico en partidos políticos y centros de estudiantes. La segunda vertiente buscó problematizar las prácticas culturales juveniles y sus rasgos estéticos (Chaves, 2009; Chaves y Nuñez, 2012). En la actualidad, la proliferación de estudios sobre las formas diversas a través de las cuales los jóvenes participan ha permitido trascender las fronteras que fijaban estas dos primeras vertientes. En esta ponencia, mostramos que en la actualidad el subcampo de estudios sobre participación política juvenil reconoce la existencia de formas diversas de participar.
Para construir el mapa de participación política juvenil mostraremos cuáles son las diferentes formas de participación política que emergen a partir de la apertura democrática. Organizaremos el texto en función de una serie de apartados. Cada uno muestra distintos formatos de activismo juvenil que hemos encontrado. En ese sentido, retomando el planteo de un conjunto de autores (Bonvillani et al., 2008), entendemos la importancia de definir de una manera amplia a la participación política. Esto es, tener en cuenta que la política no se reduce a sus manifestaciones institucionales y formales, y que no se reduce a la esfera gubernamental. Más bien, de lo que se trata es de rastrear las diversas formas bajo las cuales se producen las afiliaciones políticas de las juventudes, y cómo también ciertos espacios que podrían considerarse como alejados de la esfera política también pueden ser el locus de procesos de politización juvenil.
Esto lo realizaremos teniendo en cuenta las experiencias participativas según las distintas generaciones de jóvenes que se constituyen en protagonistas. Esto implica que tomaremos en consideración el momento histórico en el que se socializan los y las jóvenes y las vivencias compartidas que les permiten identificarse a través de criterios en común (Vommaro, 2015). Comenzaremos el rastreo de las formas de participación a partir de los años de la transición a la democracia, momento de un crecimiento en los
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niveles de involucramiento juvenil. La periodización del trabajo se basa en lo que las investigaciones mencionan como período de existencia de sus objetos de estudio. Este modo de abordaje se diferencia de otras maneras de estructurar la presentación de los “estados de la cuestión”, que se concentran en el momento de producción de las investigaciones. Creemos que ello nos permite centrarnos en identificar, a grandes rasgos, la diversidad de formas de participación.
El trabajo se divide en las siguientes secciones: I) la militancia en agrupaciones político-partidarias, II) la participación estudiantil, III) la participación gremial, IV) protestas, asambleas y movimientos territoriales, V) políticas públicas de impulso a la participación juvenil, VI) consumos culturales y expresiones artísticas.
La militancia en agrupaciones político-partidarias
Los autores que relevamos coinciden en señalar a la década del ochenta, más precisamente a los primeros años del gobierno de Raúl Alfonsín, como un momento de redefinición de las formas legítimas del quehacer político. El hito de apertura de la creciente participación política puede fecharse en 1982, con la derrota bélica en Malvinas, acontecimiento que conllevó un profundo descontento y malestar en la población4. La democracia como régimen político fue objeto de revalorización frente al autoritarismo. De allí se desprende la renovada centralidad que se le otorgó a la participación ciudadana en los actos electorales y a la representación de la sociedad articulada en partidos políticos.
En este contexto, hubo un gran crecimiento del activismo juvenil en agrupaciones político-partidarias. Por el contrario, la década del noventa es entendida como el escenario de una crisis de legitimidad de las instituciones políticas, incluyendo a los partidos políticos, y un alejamiento de los jóvenes de estas instancias de participación, canalizada por otras vías.
Blanco y Vommaro (2017) encuentran que durante los años ochenta la articulación de dos generaciones juveniles presentes en las nuevas experiencias políticas fue produciendo un activismo profesionalizado y complejo. Los autores hablan de un proceso de reconversión y al mismo tiempo de transmisión de
4 Es importante destacar la presencia juvenil en la denominada “Marcha del Pueblo por la Democracia y
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conocimientos por parte de los actores que contaban con experiencias militantes anteriores, en los años setenta. A su vez, la “promesa de la democracia” fue atrayendo a quienes se iniciaban en los ochenta en sus experiencias militantes. De esta manera, es posible distinguir entre jóvenes que comenzaron su proceso de socialización política en los ochenta y jóvenes cuya subjetivación se remontaba a la década anterior: ambas generaciones se encontraron para constituir experiencias militantes novedosas.
En los ochenta será el formato del partido político el que configure y canalice principalmente las experiencias de socialización política juvenil. Estar afiliado y ser militante de un partido devino un signo de prestigio social. Nuevos lenguajes en torno a la creencia en la democracia, la centralidad de las instituciones republicanas, las elecciones y los partidos políticos, la reivindicación de los derechos humanos, señalaron una diferencia y una falta de identificación con las experiencias de las generaciones anteriores, en especial por la crítica a la lucha armada.
El comienzo de nuevas carreras militantes se dio con el ingreso de jóvenes en los partidos, en espacios que eran vividos como juveniles. Algunos de estos espacios fueron la Juventud Intransigente, la Federación Juvenil Comunista, la Juventud Radical, la Juventud Peronista5, el Partido Socialista de los Trabajadores- Movimiento al Socialismo6. Así, la democracia configuró en los ochenta una experiencia generacional común. Si antes se denostaba, a partir de los ochenta, los jóvenes comenzaron a ver a la democracia como un horizonte posible de construcción
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En el caso de la Juventud Peronista (JP), el proceso de readaptación a las reglas democráticas dio origen a nuevos liderazgos asociados a lo que se denominó renovación peronista y la construcción del Partido Justicialista como un “partido de renovación” (1984-1989). En los discursos sobre la renovación, se expandió la asociación de lo nuevo con el “ser joven” y el activismo juvenil pasó a ser considerado como motor de motivación de la ciudadanía. Se buscó encuadrar al peronismo al marco de la “democracia de partidos” (Lenarduzzi, 2012). Los militantes comenzaron a ver a la política como una actividad profesional, y las carreras políticas se fueron anudando y amoldando a las instituciones (Vázquez y Larrondo, 2017).
6 El Movimiento al Socialismo (MAS) fue creado en septiembre de 1982 en torno al liderazgo de Nahuel Moreno. Una serie de desplazamientos permiten dar cuenta de la transformación de la izquierda durante los años de la transición democrática: del socialismo revolucionario se pasa al socialismo democrático, mientras que la figura del obrero fabril va perdiendo centralidad ante la figura del vecino de los barrios populares, muchos desocupados o en situación laboral precaria e informal (Osuna, 2013; Vázquez y Larrondo, 2017).
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política. Los modelos de militancia, las causas militantes y los espacios partidarios fueron reelaborados (Vázquez y Larrondo, 2017). En especial aquellos que habían comenzado a militar en décadas anteriores, asociaron a este período con un proceso de reinvención personal y grupal, un “aprender a hacer política de otro modo”, aprender a militar en democracia.
Hacia 1987 estas claves de interpelación militante se fueron erosionando. La centralidad otorgada a la participación partidaria fue reinterpretada como crecimiento de la “partidocracia” y como falta de incidencia de las bases en las decisiones de los dirigentes. Como muestra Vázquez (2014), recién luego de 2003, reemergió un segundo proceso de recomposición de lo público-estatal en torno a los canales institucionales de participación política juvenil.
Las organizaciones partidarias, en particular las corrientes juveniles de los partidos políticos se relegitimaron como ámbitos de participación política. Sin embargo, no se trató de un simple regreso a las organizaciones partidarias anteriormente existentes, sino que el mismo encauzamiento militante fue objeto de transformaciones. Como sostiene Rocca Rivarola (2014), se trató de un fenómeno de adaptación (junto con elementos de referencia nostálgica) a un modo de militancia política “oficialista” que no se plasmó estrictamente bajo el formato de partido político, como en los ochenta. Más bien puede hablarse de agrupaciones juveniles que se constituyeron en apoyo al gobierno, no necesariamente ligadas orgánicamente a un partido, lo cual les brindó cierto grado de autonomía organizativa.
En este período la categoría “joven” se constituyó como principio de prestigio de los candidatos en las elecciones y como principio de reclutamiento de la militancia, bajo eslóganes como “la fuerza de la juventud” (Vázquez, 2014). Una de las organizaciones más importantes constituidas en apoyo a los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner fue La Cámpora. En esta agrupación la militancia fue definida centralmente en torno a la idea del compromiso en favor de la gestión en el Estado, de trabajar desde el Estado y militar para el Estado (Vázquez y Vommaro, 2013). Tuvo un gran crecimiento luego del fallecimiento del ex presidente en 2010, en donde para la agrupación el compromiso se redobló en un contexto que se entendía como de puesta en juego de la continuidad del modelo político.
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Finalmente, en oposición al kirchnerismo y en apoyo a la gestión de Mauricio Macri en la Ciudad de Buenos Aires surgió Jóvenes PRO, agrupación que, a diferencia de las organizaciones juveniles kirchneristas, sí integra orgánicamente un partido. La participación juvenil en el PRO ha sido trabajada en Grandinetti (2015) y Núñez y Cozachcow (2016). Una especificidad de esta agrupación es la definición de la juventud en términos etarios. Jóvenes PRO es integrada por personas menores de 30 años. Dentro de Jóvenes PRO hay diferentes subagrupaciones que responden a distintos referentes adultos dentro del PRO. Las tareas asignadas se centran en la difusión electoral. En ese sentido, ocupa un lugar subordinado, aunque esto entra en tensión con las apelaciones a la juventud realizadas por los referentes como la energía vital del partido, y como metáfora de renovación. Los jóvenes son pensados como aquellos que no están contaminados por las “prácticas perversas” de la “vieja política”. Circula un discurso que apela a que los jóvenes se formen en el partido “desde cero”, sin haber tenido experiencias previas, como una cuestión positiva. Sus integrantes sostienen haber iniciado su participación como forma de canalizar la “indignación” y la oposición al kirchnerismo. El hecho de que lo hagan en el marco de un partido político indica la existencia de una transformación de más amplio alcance: el de la legitimación como modos de participación política del Estado y los partidos7.
La participación estudiantil
La diversidad de repertorios que fue adquiriendo el activismo juvenil con el devenir histórico fue afianzado la noción de “movimiento estudiantil” para referirse a éstos. El formato más clásico de participación es el de los centros de estudiantes, que representan los intereses de los estudiantes en la escuela y en la comunidad. Se trata de un formato de organización que puede funcionar mediante representantes y delegados. Pero también existe un conglomerado de acciones que han dado vigor a los reclamos del movimiento estudiantil, que pueden estar o no enmarcados como acciones de los centros de estudiantes. Dentro de este repertorio de acciones encontramos las protestas mediante las “tomas” de escuelas, las “sentadas”, las movilizaciones callejeras, así como las negociaciones que establecen los estudiantes con los adultos (directivos,
7 En un sentido similar, Nelson (2013) ha señalado la importancia que tiene para los militantes las estructuras partidarias para los casos del Partido Socialista (PS) y el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS).
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legisladores, funcionarios de gobierno). Es en este sentido que Larrondo (2013) habla de “colores”, para referir a la diversidad de acciones que despliegan los estudiantes.
La década de los ochenta fue escenario del crecimiento de las organizaciones militantes en el nivel secundario y universitario. Estas organizaciones se caracterizaban por estar fuertemente ligadas a los partidos políticos. A nivel universitario, algunas de estas agrupaciones fueron la Franja Morada (vinculada a la Unión Cívica Radical), la Juventud Universitaria Peronista (JUP), la Juventud Universitaria Intransigente (JUI), el Movimiento al Socialismo (MAS) o la Unión para la Apertura Universitaria (UPAU) (ligada a la Unión del Centro Democrático).
Por otro lado, en esta década, las políticas públicas que regularon la participación juvenil de los estudiantes secundarios se centraron en la figura del ciudadano. Entendían a los jóvenes como estudiantes en formación, y se proponían crear mecanismos de promoción de la cultura cívica y el aprendizaje para convertirse en ciudadano pleno. Asimismo, se fomentó la formación de centros de estudiantes, aunque estas políticas tuvieron sus propias complejidades, ya que establecían una frontera entre el mundo de la política partidaria y el mundo de la escuela secundaria (Larrondo, 2013).
En tanto, la visión que ha primado sobre el movimiento estudiantil a principios de la década de 1990 ha sido la de la falta de involucramiento de los jóvenes. Sin embargo, Manzano (2011) muestra que el movimiento estudiantil no se desactivó, sino que se articuló en movilizaciones alrededor de casos de jóvenes asesinados que conmocionaron a la opinión pública: el de María Soledad Morales, en 1990, y la de Walter Bulacio en 1991. En particular, el caso de Bulacio fue muy influyente para lograr la concientización sobre la violencia policial que se ejerce sobre los jóvenes. Otra marcha que la autora rescata es la que se realizó en oposición a la Ley Federal de Educación en 1992. Sin embargo, como sostiene Enrique (2010), las organizaciones político partidarias masivas (como Franja Morada Secundarios o la Federación de la Juventud Comunista) perdieron vigor, y el movimiento estudiantil se fragmentó en numerosas organizaciones flexibles y efímeras.
Los trabajos que indagan el período posterior al cambio de milenio coinciden en señalar el año 2004 como un punto de inflexión para el movimiento estudiantil, al menos en lo que respecta a la Ciudad de Buenos Aires (Enrique, 2010; Núñez, 2010). Este fue el año en el que se produjo el incendio del local bailable Cromañón, causando la muerte de jóvenes que habían asistido al recital de la banda Callejeros. En este
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contexto, se motorizó la problematización pública en torno a la seguridad de las condiciones edilicias, y, en particular, incidió en la atención al estado de la infraestructura de las escuelas públicas. A partir de 2005, señala Enrique (2010), las jornadas de protesta “franquearon los métodos pacíficos habituales y exhibieron medidas más acentuadas como cortes de calles, ocupación de edificios escolares, abrazos a las escuelas, entre otras formas de lucha” (p. 6), y las experiencias de organización en distintos centros confluyeron en la conformación de la Coordinadora de Estudiantes Secundarios (CES), luego Coordinadora Unificada de Estudiantes Secundarios (CUES), con la presencia de vertientes estudiantiles ligadas a partidos políticos.
Las tomas de escuelas en la Ciudad de Buenos Aires del año 2010 visibilizaron enormemente el activismo de los estudiantes en la escena pública, y se convirtieron en un “caso prototípico”. Las tomas fueron acompañadas por manifestaciones, cortes de calles, pintadas, stencils y convocatorias mediante blogs, Facebook y mensajes de textos, valorizando la importancia de “poner en cuerpo” como forma de reclamar derechos (Núñez, 2017). Al año siguiente, desde el Estado nacional se decidió impulsar la participación estudiantil a través del programa “Organizarnos para Transformar”, política que tenía el objetivo de ayudar a crear o consolidar centros de estudiantes en las escuelas (Vázquez, 2015b).
Por último, una de las novedades identificadas en la literatura en torno a la militancia universitaria en este período se muestra en el trabajo de Blanco (2014). El autor identifica que al menos desde 2001 puede observarse un marcado crecimiento de los tópicos en torno al género y la sexualidad en la agenda de las agrupaciones estudiantiles. Su trabajo se centra en las facultades de Psicología y de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires. Para el autor, la renovación de las agendas de las agrupaciones respondió a la necesidad de generar claves más eficaces de interpelación a los estudiantes y movilizar su participación. Por un lado, esto se asocia a un cambio en las conducciones de los centros de estudiantes, que desde 1983 hasta 2001 habían sido conducidos de forma continuada, en su mayoría, por Franja Morada. A partir de ese momento, nuevas agrupaciones “de izquierda” y/o “independientes” comenzaron a asumir las conducciones de los centros. Por el otro, el ascenso en el debate público-político de temáticas vinculadas a la diversidad sexual y al feminismo (aborto, matrimonio igualitario, la problemática de la violencia de género, entre otras cuestiones), incidió fuertemente en las agendas militantes.
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La participación gremial
Una de las líneas de estudio menos trabajadas en la literatura es la que aborda los procesos de activismo juvenil en los espacios laborales. Hemos relevado artículos de dos autoras que dan cuenta de las experiencias gremiales juveniles en el pasado reciente: Natalucci (2014a, 2014b); y Wolanski (2016). Los casos estudiados pueden enmarcarse en el proceso que se denominó como “revitalización sindical” a partir de 2003, período en el que las organizaciones sindicales recuperaron su posición como interlocutor privilegiado en el espacio público, un protagonismo que había sido dado por perdido en la década anterior (Senén González y Haidar, 2009). Este fenómeno fue parte de un contexto de recomposición de los indicadores del mercado de trabajo, impulsada por políticas macroeconómicas que promovieron el desarrollo del mercado interno.