• No results found

OpenCL Performance and Optimization

Option 5 Direct GPU access to a zero copy host buffer (requires zero copy support)

5.7 Using Multiple OpenCL Devices

les producidos. Además los Intendentes de los tres Partidos eran del mismo signo político y en algunos casos reelectos por lo menos en dos períodos consecutivos. En La Plata por el Intendente Julio César Alak (1991-2007) que ocupó el cargo durante cuatro períodos electorales sucesivos; en Berisso, los Inten- dentes Eugenio Juzwa (91/ 95); Néstor Juzwa, (12/ 95 al 12/ 03) y Enrique Slezack, (2003/ 2015); y en Ensenada los Intendentes Adalberto Rodolfo Del Negro (1991/ 2003) y Mario Secco (2003 y continúa).

cambio estructurales que hicieron emerger conflictos propios de ámbitos urbanos y/o rurales que necesitaban ser enfrentados por políticas locales, y también de ór- denes superiores. Desde los municipios se gestionaron políticas urbanísticas con instrumentos, estrategias, ideas y valores múltiples, muchas veces contradictorias entre ellas o con las políticas más generales, intentando solucionar problemas no siempre con las herramientas apropiadas. Sin embargo, el manejo de los problemas sociales de tipo estructural como el desempleo y el aumento de la informalidad urbana no se enfrentó, quizás entendiendo que los municipios ante esto carecían de herramientas válidas, o por desconocimiento del proceso, o de cómo enfrentarlo. Entre las estrategias aplicadas, se utilizaron desde los planes estratégicos al uso de eventos, de la valoración del espacio público a la participación ciudadana, o la reconversión de áreas. Todas acudiendo a la ciencia, la práctica política y la gestión que sustentan las políticas territoriales, y especialmente las de ordenamiento. Jordi Borja (2003) reflexionando sobre el tema avanza sobre tres hipótesis:

• Que no existe un modelo formal dominante de ciudad del siglo XXI;

• Que coexisten por lo tanto la integración o cohesión ciudadanas con la frag- mentación del tejido urbano, social y territorial y,

• Que mientras los fenómenos de privatización de la vida social se multiplican, paralelamente se revaloriza el espacio público, como elemento de calidad de vida y de cohesión sociocultural.

De lo expuesto se deduce que no existía –en el período analizado– un modelo de política urbana y de ordenamiento territorial dominante. Por lo tanto no es po- sible exponer ni proponer una clave interpretativa única, ni un modelo formal de validez general. El futuro de los territorios parecía estar muy abierto, y su desarrollo no podía someterse mecánicamente a un modelo único.

Desde este posicionamiento teórico conceptual, se interpreta que las políticas públicas son los proyectos/ actividades que un Estado diseña y gestiona a través de un gobierno y una administración pública, con fines de satisfacer las necesidades de una sociedad. También se puede entender como las acciones, medidas regulatorias, leyes y prioridades de gasto sobre un tema, promulgadas por una entidad guberna- mental. Asimismo el concepto, según diversos académicos, se puede entender como: El conjunto de iniciativas, decisiones y acciones del régimen político frente a situaciones problemáticas, que buscan la resolución de las mismas o llevarlas a nive- les manejables (Ministerio de Planificación Federal, Inversión Pública y Servicios, 2004); “Todo lo que los gobiernos deciden hacer o no hacer” (Dye, 2008);

La suma de: “a) el diseño de una acción colectiva intencional, b) el curso que efectivamente toma la acción como resultado de las muchas decisiones e interac- ciones que comporta y, en consecuencia, c) los hechos reales que la acción colectiva produce” (Aguilar Villanueva, 1996).

En particular las políticas territoriales, son las dirigidas a coordinar y armonizar las actuaciones con incidencia territorial de los diferentes niveles y sectores, concep- to equivalente al de ordenamiento territorial (Ministerio de Planificación Federal, Inversión Pública y Servicios, 2004). El/los modelos de ordenamiento dependerán de quién/ es interpreten los problemas y quiénes, cómo y con qué traten de resol- verlos en el día a día y a futuro.

La Carta Europea de Ordenación del Territorio de 1983 considera al Ordena- miento Territorial como “disciplina científica, técnica administrativa y actividad política” y por lo tanto como “expresión espacial de las políticas económicas, socia- les, culturales, y ecológicas de la sociedad, cuyo objetivo es un desarrollo equilibra- do de las regiones y la organización física del espacio, según un concepto rector” (CEMAT, 1983).

Desde lo conceptual se considera pertinente la interpretación de Barragán (Roma Pujadas y Font,1998) que dice: “Se entiende al Ordenamiento Territorial como una disciplina científica para el estudio o análisis del territorio, mientras que la planificación sería la actividad administrativa y práctica y ambas permitirían realizar la gestión del territorio” separando y asociando a su vez tres cuestiones: el ordenamiento territorial, la planificación y la gestión, que articulados tendrían la virtud de hacer operativo el ordenamiento territorial con la posibilidad de utilizar distintas perspectivas y enfoques conceptuales aplicados en la interpretación –el análisis territorial– y también en las propuestas de intervención.

Los objetivos del Ordenamiento Territorial constituyen aspiraciones permanen- tes que se alcanzan en forma paulatina, a través de acciones concretas escalonadas en el tiempo y coordinadas por la gestión institucional en el espacio geográfico con continuidad. A su vez, estos objetivos deben constituir el gran marco de referencia para actuar sobre los problemas coyunturales y estructurales. Se trata en definitiva de no llegar a futuro a través de la suma de acciones coyunturales. Como señala Gatto: “No ser indiferentes con el futuro” (Citado por Roccatagliata, 1993).

En forma general, el Ordenamiento Territorial tiene como objetivo mejorar las condiciones de vida de los hombres, propendiendo a una distribución regional de las actividades económicas y propiciando una utilización del espacio más adap- tada al establecimiento de un desarrollo sostenible. Sin embargo, en este marco, los enfoques pueden variar de acuerdo al valor que se le otorgue a cada sector del territorio, funcional, patrimonial, de paisaje, u otros. Es decir pensar el valor del territorio, así como su organización y acondicionamiento ha de surgir de las inicia- tivas y de los valores que puedan otorgar y proponer los diferentes actores públicos y privados, conciliando corto, mediano y largo plazo.

Por lo tanto, luego de conocer e interpretar el territorio, desde visiones que pueden ser diferentes deben establecerse las orientaciones, directrices o lineamientos genera- les ya que las cuestiones básicas del ordenamiento consisten en saber, para quiénes, qué acciones políticas/estrategias hay que poner en práctica, con quiénes y dónde.

La diferencia entre el esquema heredado de la organización del territorio y el aspirado (deseado/posible/necesario) indica las necesidades a cubrir a través de dis- tintas estrategias, y las acciones concretas que las lleven a cabo. Por lo tanto, el gran objetivo constituye el escenario futuro de referencia, y los objetivos subordinados se expresan a través de políticas, programas y proyectos.

A partir de esto último, se entiende que la ciudad y el territorio deben ser una oferta global y no una serie de enclaves en medio de un paisaje degradado y/o banal excluido, cuyo carácter debe resultar de la acción e interacción entre factores natu- rales y humanos entendiendo el territorio también como “paisaje” y, a este como: “cualquier parte del territorio tal como la percibe la población”.6 Pero ordenar el

territorio a partir del valor de su imagen y/o potencialidad paisajística, así como tra- bajar en el diseño del paisaje prospectivamente, no es lo habitual en Latinoamérica especialmente en territorios de llanura tanto urbanos como rurales y/o periurbanos. Sin embargo, desde los inicios del nuevo siglo, y a partir de la degradación ambiental y urbana registrada –sólo por algunos actores– así como la importancia que emerge del cumplimiento de la función ecológica del territorio y de su tránsito hacia el desa- rrollo sostenible han surgido algunos enfoques y miradas que reiniciaron un camino de valoración del paisaje como Paisaje Cultural, concepto como se explicitará más adelante, surgido a principio del siglo XX pero no de forma explícita ni integral.

Entendiendo que esta última mirada colaboraría a valorar e interpretar el territo- rio, pareció oportuno interpretar “paisaje cultural” tanto para calificar el territorio heredado como para observar y evaluar las políticas urbanas y territoriales que lo modificaron. Categoría que involucra tanto paisajes extraordinarios, como cotidia- nos y degradados con los cuales todos los actores –políticos, técnicos y población– pueden calificar y valorar a través de su percepción los lugares que habita, filtrando la organización y el significado de cada sector de territorio. Tanto la teoría como la empírea exploraran ese camino poniendo a prueba una mirada más integradora.

Dice Borja: “la revalorización del paisaje junto a la necesidad del desarrollo sostenible han entrado con toda legitimidad en el urbanismo, no como un com- plemento sino como un elemento principal, a veces incluso ordenador. El paisaje urbano hoy es concebido como algo más que el verde, el rol de la calle, el mobiliario urbano, el monumento, el diseño de plazas y parques, las fachadas, las perspecti- vas… Es también el uso del espacio público, el ambiente urbano entendido como seguridad, animación y transmisión de significados, el uso (o reúso) del patrimonio y de la memoria, el lugar de la información y de la publicidad” (2003).

El desafío del paisaje, es la respuesta que puede darse como factor cualificante de la ciudad y de las periferias difusas metropolitanas, que se pierden en “espacios medios” asignificantes.