Tradicionalmente, la concepción del marxismo sobre los formatos estructurales para mirar la sociedad, su historicidad y todo lo que la rodea, habían sido determinantes en la concepción de lo que tenía que ser la organización de un trabajo de visibilización, conquista y reversión de inconformidades u opresión de clases dominantes, a través de la articulación y la concientización de las clases afectadas. Este trabajo de base, partió
siempre de la verdad de una sociedad reglada en términos de la configuración particular relacional entre Estado, régimen y partidos políticos, por un lado y base social por otro.
Este polinomio histórico es el que permite hablar de una matriz sociopolítica, que para el caso de América Latina, tenía en su haber profundos conflictos devenidos de las pugnas entre los diferentes proyectos de desarrollo, modernización, integración, e
incluso autonomía, (quizás un antecedente lejano de las pugnas contemporáneas por la descentralización).
Siguiendo a Touraine (1987, p. 28) la principal característica de esta matriz de la sociedad latinoamericana bautizada como “Nacional Popular”, en términos ideales, era la fusión entre sus componentes, - Estado, partidos políticos y actores sociales-. De tal forma que la precaria autonomía y autoreferencia de cada uno, los obligara a mezclarse y estar en constante enfrentamiento dialéctico. Sin embargo en nuestros países, regimenes políticos paupérrimos y acomodaticios terminaron en rupturas graves en el orden democrático. “la matriz político-céntrica o nacional popular que prevaleció desde la década de los treinta hasta los setenta, tuvo una acción colectiva cuya principal estrategia era la política. La parte más débil de la matriz era el vínculo institucional entre sus componentes, es decir, el régimen político; de ahí sus ciclos reiterativos entre democracia y autoritarismo”(Touraine, 1987, p. 28)
Con estas fallas sistémicas nació y se desarrollo con un futuro de represión y enfrentamiento con la acción social colectiva hasta entrada la década del 80. Sin embargo, el análisis que estaba a punto de refundarse era esta perspectiva propia del marxismo en donde el Estado desempeñaba un rol referencial para todas las acciones colectivas. Fungía como referente único del desarrollo, la movilización social, y la integración de los sectores populares.
En efecto, la transformación de las iniciativas colectivas desde la ciudadanía, sufre cambios drásticos y muy variados, pero quizás el trabajo de M.A. Garretón (2002) Ilustra eficazmente este tránsito de la acción social colectiva. Según el autor, vivimos un completo giro del paradigma clásico estructural que determinaba tanto el diseño y el pensamiento sobre la acción, como la definición del los roles individuales, -quizás el elemento peor librado por la obnubilación propia de la perspectiva estructural- que escindía al individuo en el locus omnipresente de la gran clase oprimida.
No obstante, “Producto de los cambios estructurales y culturales, la acción colectiva se configura a través de cuatro ejes: la democratización política; la democratización social o lucha contra la exclusión; la reconstrucción y reinserción de las economías nacionales (reformulación del modelo de desarrollo), y la redefinición de un modelo de modernidad”. (Garretón, Abril, 2002, p.7) Esta síntesis da la pauta precisa para entender
la nueva naturaleza de los actores y el accionar en las nuevas sociedades. Son, ahora, actores fluctuantes y diversos, más ligados a reivindicaciones particulares -desde lo sociocultural hasta lo biológico-, que a lo político-económico, y más centrados en reivindicaciones, es decir, la intensificación del papel del ciudadano. Más inclinados al trabajo por la inclusión, en vez de proyectos de cambio social, que, desde lo local, se articulan a una escala global. En palabras de Castells: una “globalización a partir de reivindicaciones y patrones societales comunes” (Citado en Rantanen, V 1, 2005, p.117).
El Estado como actor preponderante sigue siendo objeto de presiones y demandas que hacen de la acción colectiva y de las iniciativas, como los observatorios, organismos con papeles políticos centrales, con la diferencia de que, anteriormente, se trataba de una política movilizadora y detonante de otros procesos, ahora es un ejercicio político de búsqueda de representatividad, cuando las instituciones débiles de la matriz agonizan y pierden su poder y legitimidad por el desmantelamiento del estado tradicional.
Así pues, la desarticulación de las relaciones clásicas entre Estado y sociedad y la explosión de nuevos actores y perspectivas, también son producto de los cambios producidos por la misma comunicación y la tecnología, que van a permitir el nacimiento de reivindicaciones atomizadas pero adscritas a alguno de los elementos anteriormente mencionados, en aras de democratizar la sociedad. “También la globalización comunicacional ha tenido consecuencias como (...) la explosión de identidades adscriptivas o comunitaristas de género, la edad, la etnia, la región, etc. al igual que nuevas formas de exclusión que expulsan masas de gente estableciendo un vínculo puramente pasivo y mediático entre ellas y la globalización”. (Garretón, 2003, p 47.) Frente a este panorama ya es más fácil ubicar a los Observatorios de medios que nacen desde la sociedad civil, a diferencia de las NOMIC Y PNC propios de la esfera política, con la intención de que la observancia crítica de los contenidos mediáticos tenga incidencia en el acceso a la información, la calidad informativa, la ética y la calidad del ejercicio periodístico, en otras palabras, la democratización de la comunicación y la garantía de la libertad de expresión.
Si las iniciativas anteriores surgieron en la dirección contraria: desde el ejercicio institucional hacia los medios para llegar a la sociedad civil, ahora, la relación invertida
tipo top-down estaba definida por que la sociedad civil se decidía a producir discursos y
saberes con contenido y objetivo político, desde la reivindicación de banderas especificas devenidas todas del afán de la inclusión, el reconocimiento y la democratización política, en torno a un modelo de modernidad. “la demanda de lo político, es ahora una relación que deja atrás el manejo funcional de los medios por la política, como también la obsesión totalizante que presidió en otros tiempos la movilización social” (Rey, 2003, septiembre, p.13).