Listas y foros constituyen entornos para la comunicación pública que pueden vehicular y fomentar fuertes sentimientos de pertenencia grupal. Ello ha llevado a que, en ocasiones, se hable de comunidades virtuales para refe- rirse a los colectivos que se forman en la red. Se trata de una denominación controvertida, pues algunos autores se muestran recelosos con el uso del con- cepto para referirse a esas colectividades surgidas gracias a tecnologías CMO de muchos a muchos. En su opinión, las comunidades tradicionales, las que se dan en la «realidad presencial» conllevan necesariamente una serie de carac- terísticas básicas que serían ineludibles para poder hablar propiamente de co- munidad. Estas características son: la territorialidad compartida, el sentido de continuidad, el compromiso y la obligación (moral, ética y, a veces, jurídica) hacia la comunidad.
Los defensores del término «comunidad virtual» señalan que sus detrac- tores mantienen una visión nostálgica de un fenómeno que ha desaparecido hace tiempo de cualquier contexto. Y, en este sentido, el concepto de comu- nidad tradicional sería igualmente ineficaz para describir las comunidades modernas. Por todo ello, muchos analistas del fenómeno prefieren centrar su atención en las interacciones que crean colectivos, y los sostienen, y en los procesos grupales que los estabilizan y los hacen duraderos en el tiempo. En esa línea, e intentando salir de este debate sobre el concepto de comunidad, algunas propuestas (Wellman y otros, 1996) definen los colectivos virtuales en términos de redes y nudos de conexiones.
Tales colectivos no serían artefactos construidos por redes, sino entida- des producidas en las redes y de forma continuada por sus participantes. Así, los colectivos virtuales se encuentran estrechamente relacionados con el fe- nómeno de la comunicación. Ésta, la interacción entre mensajes, crea, recrea y mantiene el sentimiento de colectivo en los foros y listas de discusión. Sin participación, el colectivo deja de existir como tal.
Esta manera de concebir los colectivos virtuales tiene una clara repercu- sión metodológica: es imprescindible observar y estudiar los usos de los foros y listas como instrumentos para construir comunidades a partir de los proce- sos simbólicos iniciados y mantenidos por individuos y grupos. El concepto de interacción ocupa, pues, una posición central en esta manera de concebir los colectivos o comunidades virtuales. En otras palabras, la comunidad es el re- sultado de la acción conjunta y organizada que llevan a cabo los participan- tes dentro de un foro o lista (Vayreda, Núñez y Miralles, 2001).
Participar en un espacio virtual de estas características supone, en con- trapartida, llevar a cabo un tipo de actividad socialmente organizada que im- plica por parte de sus participantes el haber adquirido un cierto tipo de conocimientos sociales y culturales, más allá de las habilidades técnicas para desenvolverse en un medio electrónico. Definir un foro o lista como comu- nidad implica, por ejemplo, la existencia de unos modos apropiados de parti- cipación. Es decir, unas reglas explicitadas o no, que determinan quiénes pueden ser considerados participantes legítimos y quiénes no. Si sólo nos de- tuviéramos en aspectos más cuantificables, como son el número de partici- pantes o el volumen de participación para decidir si un foro es o no es una comunidad virtual, no conseguiríamos dar respuesta a los interrogantes acer- ca del significado de participar en él.
Del mismo modo, describir y analizar un foro o lista de discusión como acción conjunta supone preguntarse por su particular organización interacti- va. Para afirmar que en un foro o lista efectivamente se da interacción es pre- ciso que entre los mensajes publicados se dé cierta interconexión. En efecto, si los correos electrónicos no se interpelan los unos a los otros, no podemos hablar propiamente de acción conjunta. El funcionamiento de las listas de distribución es un buen ejemplo de ello.
A diferencia de las comunidades tradicionales, las comunidades virtua- les son comunidades de elección que reúnen personas que comparten unos mismos intereses, pasiones, temas, proyectos, objetos, ideas. Aunque muchas de las comunidades virtuales tienen una base local, institucional o lingüísti- ca, lo que es importante señalar es que en el ciberespacio las proximidades geográficas o institucionales son electivas, es decir, no se imponen. Ello ha provocado otro alud de críticas que cuestionan la posibilidad de que en este contexto se puedan dar lazos fuertes y duraderos entre los participantes y hacia la misma comunidad. Así, la interacción generada en estos colectivos que se sustenta abiertamente por compartir intereses particulares no parece conducir a la definición de un lazo social tal y como lo han entendido tradi- cionalmente las ciencias sociales. En este sentido, otro argumento que se plantea contra la definición de «comunidad virtual» tiene que ver con el nivel de compromiso y responsabilidad que une a quienes participan en las forma- ciones sociales on-line. Éstas no pueden ser consideradas comunidades, ya que cualquiera puede finalizar una sesión con tan sólo pulsar un botón. Para tales críticos, el nivel de conexión e intimidad no es suficiente y estamos más bien ante pseudocomunidades.
Sin embargo, otras investigaciones sostienen todo lo contrario. La CMO facilita experiencias de relaciones sociales tan sustanciosas como complejas, y la interacción que posibilitan es diferente a la presencial, pero no por ello más limitada. El autor más conocido en esta línea es Rheingold (1993). Sus expe- riencias en WELL (Whole Earth ‘Lectronic Link) muestran que las CMO generan verdaderas comunidades, ricas, complejas, variables y multidimensionales. Sus trabajos hablan de grupos de personas comprometidas, que se apoyan entre sí, se aconsejan, sostienen relaciones personales muy intensas y sufren decepcio-
nes dolorosas. Hablan de unas tecnologías de la comunicación que acercan a las personas, generan interacciones idiosincrásicas y reformulan el lazo social. Recogiendo esta línea de trabajo, otros autores han descrito dimensiones como las estructuras sociales que emergen en los entornos virtuales, su mo- dalidad e intensidad; o los dispositivos lingüísticos, tales como los iconos (emoticones), los chistes, los códigos locales y las abreviaturas, y su contribu- ción a la formación de una comunidad de prácticas de conocimiento, lengua- je y bienes compartidos. Igualmente, otros (Gálvez, 2004) han mostrado que los foros son capaces de gestar toda una sociabilidad en pantalla basada en la producción conjunta de una serie de derechos y obligaciones que implica y afecta, a través de medios textuales, a los participantes de un entorno virtual.