En el capítulo anterior estudiamos cómo la comunidad familiar y social son condiciones para el desarrollo de la propia personalidad y por tanto para la autorrealización. No es posible vivir de acuerdo a nuestra propia naturaleza y marginar al mismo tiempo nuestro carácter social. En este capítulo estudiaremos brevemente las relaciones que existen entre ética y política, es decir, entre el arte de vivir bien y el arte de gobernar.
Se ha difundido la idea de que la ética y la política no tienen nada que ver. A partir de Maquiavelo (pensador italiano del Renacimiento), la política suele entenderse como una técnica que está regida únicamente por los criterios de utilidad y eficiencia, como arte de conseguir y conservar el poder. El poderoso primer ministro de la Reina Victoria de Inglaterra, Disraeli, solía repetir:
"En política no existe el honor". Muchos piensan hoy de la misma manera, y se imaginan que la política es manipulación, capacidad para engañar o, en el mejor de los casos, un conocimiento de las leyes económicas. En pocas palabras, en política no hay ética.
Esta postura comete dos errores:
a) Si el fundamento de la ética es la naturaleza humana, podemos decir que en cualquier sitio —en la universidad, en la empresa, en el gobierno— llevamos esta naturaleza. El ser humano no deja de serlo cuando es elegido diputado o secretario de gobierno. Por tanto, todas nuestras acciones, sea cual sea su ámbito, nos perfeccionan como personas o nos alejan de nuestro modo natural de ser. La política no es la excepción.
La actividad política, por ser una actividad humana, ejercida libremente, tiene intrínsecamente una dimensión ética. Dondequiera que se ejerza la libertad, dondequiera que se tomen decisiones, hay ética. El ser humano es esencialmente un animal ético.
b) Suponer que la política no tiene nada que ver con la ética implica que la vida pública no tiene nada que ver con la vida privada. Algunos piensan que las convicciones y comportamientos morales privados nada tienen que ver con las decisiones de gobierno. La decisión de embriagarse es del ámbito ético y no tiene ninguna relación con el gobierno de un pueblo. Esta postura no es del todo exacta; la vida pública influye en la vida privada, y la vida privada en la pública. Esto quiere decir que un pueblo constituido por ciudadanos ebrios seguramente tendrá serios problemas laborales. La vida privada sí influye -al menos remotamente- en la vida política. La pobreza producida por la corrupción de muchos gobernantes latinoamericanos es la prueba más palpable.
Hay personas sin embargo que llevan —intentan llevar— una doble vida (parece que tienen el síndrome del Dr. Jekill y Mr. Hyde: buenos en unos momentos, pero despiadados y monstruosos en otros). Son las personas que se comportan de modo corrupto y deshonesto en el trabajo, pero se enojan porque a su hijo lo corrieron de la escuela por copiar. Son los alumnos que copian, pero se enojan porque su novia los engaña. Son los empresarios que "sueltan una lana" para obtener un contrato, pero se molestan porque hay que dar una mordida para sacar la licencia de conducir. Esta doble vida daña a la persona y, tarde o temprano, el individuo tiene que elegir una de sus "vidas". La doble moral es más un mito que una realidad, pues llega un momento en que el individuo se decide por una de sus "dos morales". El "Padrino" (aquel famoso personaje cinematográfico) termina por utilizar su moral de mafioso (sin respeto por la dignidad humana) en su vida privada.
No sólo se trata de que el arte de la política esté regido por la ética, como lo está la medicina o el periodismo. Toda actividad humana libre tiene una dimensión ética, pero la política está vinculada a la ética de un modo más estrecho. El fin de la política es gobernar, y un buen gobierno es aquel que busca el bienestar de los ciudadanos. Un estado se legitima en la medida en que logra esta meta; un gobierno que no busca el bienestar de los ciudadanos es ilegítimo. Se trata de una
dictadura o una tiranía.
El bienestar de los ciudadanos tiene dos aspectos: material y espiritual. Un gobierno que sólo persiguiera el bienestar material de sus ciudadanos tendría una visión miope y estrecha del ser humano. Somos por naturaleza un animal racional. El Estado tiene como finalidad facilitar la realización del ser humano en su integridad: como ser racional y ser corpóreo.
a) Una responsabilidad primordial del Estado es procurar para sus ciudadanos las condiciones para que haya un desarrollo económico adecuado y una justa distribución de la riqueza. Un gobierno que rige una sociedad donde la diferencia de clases es abrumadora, y donde el trabajo honrado no permite vivir dignamente, es un gobierno fracasado. El gobierno debe desarrollar mecanismos para lograr que la gente que trabaja tenga un nivel de vida digno.
b) Íntimamente unido al anterior se encuentra el aspecto espiritual. El Estado no debe preocuparse únicamente porque sus ciudadanos ingieran el número de calorías y proteínas necesarias para mantener la salud. Un país no es una granja de animales de engorda. Tampoco debe comportarse como los emperadores romanos, que daban a sus súbditos "pan y circo". Dar a una persona sólo comida y entretenimiento es tratarlo como animal, es amputarle su racionalidad. El gobierno debe promover los bienes espirituales para sus súbditos en dos campos:
i) Los bienes de la cultura y de la ciencia. No se trata de que el Estado ni los gobernantes elaboren la ciencia y la cultura aunque pueden hacerlo-- sino de que faciliten que estos bienes sean accesibles a todos los ciudadanos. El ser humano, por ser animal racional, tiene derecho a que la comunidad le facilite el desarrollo de su racionalidad. La educación en general y la investigación científica, junto con las artes y el desarrollo de la tecnología, son tareas que el gobierno debe promover.
ii) El estado de derecho debe ser promovido por el gobierno.
Por estado de derecho entendemos la situación de una comunidad regida por leyes justas que realmente se aplican. Las leyes tienen como función castigar acciones malas, es decir, acciones que van en contra de la naturaleza humana. En el estado de derecho, por ejemplo, se castiga el robo y se protege la vida de los individuos. No se persigue el robo únicamente porque deteriora la convivencia, sino porque efectivamente atenta contra la dignidad humana, y en esa medida deteriora la convivencia.
Esto no quiere decir que Derecho y Ética sean equivalentes.
Las normas éticas no se agotan en el Derecho. El Derecho castiga fundamentalmente aquellas acciones externas que dañan a la comunidad, pero no castiga acciones que, siendo irracionales, no dañan más que a la persona que las realiza. Por ejemplo, el Estado persigue a los padres que atentan contra la integridad física de sus hijos, pero no puede castigar a los padres que no les muestran cariño. Odiar a nuestra compañera de banca y alegramos porque reprobó y la dejó el novio, es inmoral, pero no está contemplado en el código penal.
En definitiva, el gobierno tiene el deber de hacer atractiva la virtud y repugnante el vicio, es decir, facilitar a sus ciudadanos la tarea de plenificar libremente sus capacidades naturales.
Ejercicios
1.- Ve la película El hombre de dos reinos. ¿Cómo resuelve Tomás Moro el dilema entre
ética y política? ¿Piensas que para este personaje nada tiene que ve la ética con la política? ¿Por qué?
2.- Dividir al grupo en equipos. Cada equipo elaborará una propuesta concreta y sencilla
para difundir los bienes de la cultura en su preparatoria.
3.- Leer al azar tres o cuatro notas sobre política nacional de cualquier periódico. ¿Cuál te