He tratado el tema del organismo como un sistema de vida mínimo, caracterizando su modo básico de identidad. Esto es, en rigor, tratar el tema en un nivel ontológico: el acento está puesto en la manera en que un sistema de vida llega a ser una entidad distinguible, y no en su composición molecular específica y las configuraciones históricas contingentes. Mientras exista, la organización autopoiética permanecerá invariable. En otras palabras, una manera de entender la especificidad de la autopoiesis es pensar en su autorreferencia como una organización que mantiene la organización misma con carácter de invariable. Toda su constitución físico-química está en constante flujo: pero los patrones permanecen y sólo a través de su invariabilidad se puede determinar el flujo de los componentes.
Me he referido aquí solamente a la organización mínima que da origen a tal autonomía de vida. Tal como he dicho, mi propósito es destacar la base biológica que sirve de fundamento desde el cual puede considerarse la diversidad visible de los organismos actuales. Sólo cuando hay una identidad, las elaboraciones pueden ser vistas como familias de variaciones de una clase común de unidades de vida. Toda clase de entidades tiene una identidad que le es particular: lo único de la vida reside en la clase de organización que posee.
Ahora bien, la historia de la biología está marcada por la tradicional oposición entre mecanicismo/reduccionismo por una parte y el holismo/vitalismo por la otra, como herencia del problema- espacio biológico del siglo XIX. Una de las contribuciones específicas del estudio de los mecanismos autoorganizados —de los cuales la autopoiesis es una instancia específica—, es que la tradicional oposición entre los elementos componentes y las propiedades globales desaparece. En el simple ejemplo de automatón celular ilustrado antes, es precisamente la causalidad recíproca entre las leyes locales de interacción (p.e. las reglas de los componentes, que son análogas a las interacciones químicas) y las propiedades globales de la entidad (su demarcación topológica que afecta la difusión y crea las condiciones locales para la reacción) la que se hace evidente. Me
parece que esta causalidad recíproca es importante para desechar la oposición mecanicista/vitalista, y, a la vez, nos permite avanzar hacia una fase más productiva en la identificación de varios modos de autoorganización, en donde lo local y lo global están juntos y explícitamente entretejidos a través de esta causalidad. La autopoiesis es el primer ejemplo de la dialéctica entre los niveles de componente locales y el todo global, unidos en una relación recíproca a través de las exigencias de constitución de una entidad que se autosepara de sus antecedentes. En este sentido, la autopoiesis, como la caracterización de la vida, no cae en los extremos tradicionales del vitalismo o el reduccionismo.
Una segunda dimensión complementaria de bio-lógica básica, central para focalizar nuestra discusión, es la naturaleza de la relación entre unidades autónomas autopoiéticas y sus ambientes. Es
teóricamente evidente que un sistema autopoiético depende de su
ambiente físico-químico para su conservación como entidad separada, de otro modo se disolvería en dicho ambiente. He aquí la intrigante paradoja de una identidad autónoma: el sistema de vida debe distinguirse de su medio, mientras que al mismo tiempo debe mantenerse ligado a él: esta unión no puede deshacerse por cuanto el organismo proviene precisamente de dicho ambiente. Ahora bien, en esta unión dialógica de la unidad de vida y el ambiente físico- químico, el equilibrio está ligeramente cargado hacia la vida, dado que tiene el rol activo. Ai definir lo que es en tanto unidad, en ese mismo momento define lo que queda fuera de ella, es decir, el ambiente que la rodea. Un examen más exhaustivo hace también evidente que esta exteriorización sólo puede ser entendida, por así decirlo, desde "adentro": la unidad autopoiética crea una perspectiva desde la cual el exterior es uno, que no puede confundirse con el alrededor físico tal como aparece ante nosotros en tanto obser- vadores; el campo de las leyes físicas y químicas en sí mismas, libre de la perspectiva del observador.
En nuestra práctica de biólogos, nos movemos en uno y otro terreno. Usamos y manipulamos principios y propiedades físico- químicos, pero de inmediato podemos utilizar interpretaciones y significados vistos desde el punto de vista del sistema de vida.
Entonces, una bacteria que nada en un gradiente de sucrosa es analizada por conveniencia en términos de los efectos locales de la sucrosa en la permeabilidad de la membrana, viscosidad del medio, hidromecanismo del batir de los flagelos, etc. Pero, por otra parte, el gradiente de sucrosa y el batir de los flagelos, son dignos de ser estudiados sólo en la medida en que son relevantes para todas las bacterias: su significado específico como componentes de conducta alimenticia es posible sólo por la presencia y perspectiva de las bacterias como una totalidad. Si consideramos a la bacteria como una unidad, todas las correlaciones entre los gradientes y las propiedades hidrodinámicas se transforman en leyes químicas ambientales, evidentes a nuestros ojos de observadores, pero desprovistas de toda significación.
He dado todas estas explicaciones porque creo que esta relación realmente dialéctica es de suma importancia. En realidad puede parecer tan obvia que no alcancemos a apreciar sus profundas ramificaciones. Quiero decir la distinción entre el medioambiente de un sistema de vida tal como se presenta al observador y sin referencia a una unidad autónoma —lo que de ahora en adelante llamaremos simplemente el medioambiente— y el medioambiente para el sistema, que se define en el mismo movimiento que dio lugar a su identidad y que sólo puede existir en esa definición mutua —a partir de ahora el
mundo del sistema.
La diferencia entre medioambiente y mundo es el excedente de significación que acosa al entendimiento de la vida y del conocimiento y, a la vez, está en la base de cómo un sí mismo alcanza su individualidad. En la práctica es bastante difícil no perder de vista la dialéctica de esta definición mutua: ni aislamiento rígido ni sencilla continuidad con la química física. Por el contrario, es fácil combinar el mundo de las unidades con su medioambiente dado que es obvio que estamos estudiando esta o aquella interacción molecular en el contexto de una unidad celular autónoma y, en consecuencia, perder completamente el excedente agregado por la perspectiva del organismo. No hay significación alimenticia en la sucrosa, salvo cuando una bacteria remonta el gradiente y su metabolismo utiliza la molécula de modo tal que permite la
continuidad de su identidad. Este excedente no es indiferente a las regularidades y las texturas (por ejemplo "las leyes") que operan en el medioambiente, a que la sucrosa pueda crear un gradiente y atravesar la membrana de una célula, etc. Opuestamente, el mundo del sistema está construido sobre estas regularidades, lo que asegura que pueda mantener su unidad en toda circunstancia.
Lo que hace el sistema autopoiético —debido a su particular modo de identidad— es enfrentar constantemente los tropiezos (perturbaciones, golpes, acoplamientos) con su medioambiente y tratarlos desde una perspectiva que no es intrínseca a los tropiezos mismos. Es seguro que las rocas o las cuentas de cristal no atraen gradientes importantes de azúcar de sus infinitas posibilidades de interacciones físico-químicas, porque para que esto suceda es esencial una perspectiva desde una identidad constituida activamente. Es tentador, en este punto, dejarse deslizar hacia las vaporosas nubes del significado, reminiscencias de la peor clase de vitalismo del pasado o de la jerga informática del presente. Lo que quiero remarcar aquí es que aquello que es significativo para un organismo, está dado preci- samente por su constitución como proceso distributivo, con una indisoluble unión entre los procesos locales en los que ocurren interacciones (por ejemplo, las fuerzas físico-químicas actuantes en una célula) y la entidad coordinada que equivale a la unidad autopoiética, dando lugar al manejo de su medioambiente sin necesidad de acudir a un agente central que mueva los controles desde aíúera (como un élan vital) o un orden preexistente en una localiza- ción particular, como un programa genético que espera ser expresado.
Si invertimos nuestra perspectiva, esta constante producción de significado puede ser descrita como una permanente falta en lo vivo: está constantemente produciendo una significación que está
perdida, nunca pre-dada o pre-existente. La relevancia debe ser
adquirida ex nihilo-. distinguir especies moleculares relevantes e irrelevantes, seguir un gradiente hacia arriba y no hacia abajo, aumentar la permeabilidad de este ion y no de aquel, etc. Se manifiesta un inevitable contratiempo entre un sistema autónomo y su medioambiente: siempre hay algo que el sistema debe proveer desde su perspectiva de totalidad en función. En el hecho, un en-
cuentro molecular adquiere significación en el contexto del sistema operacional completo y de muchas interacciones simultáneas.
La fuente de esta creación-de-mundos es siempre "un quiebre" en la autopoiesis, ya sea menor como los cambios en la concentración de un metabolizado, o mayor como la ruptura de los bordes. Debido a la naturaleza misma de la autopoiesis —ilustrada por la reparación de la membrana en el ejemplo mínimo simulado más arriba—, todo colapso puede verse como el inicio de una acción, por parte del sistema sobre lo que falta, de manera que se mantenga la identidad. Repito: no hay una teleología implícita en este "de manera que": esto es lo que implica la lógica autorreferencial de la autopoiesis, en primer lugar. La acción se hará visible como un intento de modificar su mundo: cambio de lugar de diferentes nutrientes, aumento de la corriente de un metabolizado por síntesis metabòlica, etc.
En resumen, esta acción permanente e inexorable sobre lo que falta, se convierte, desde el punto de vista del observador, en la actividad cognitiva del sistema, que es la base de la diferencia inconmensurable entre el medioambiente, en cuyo interior es observado el sistema, y el mundo, en cuyo interior opera el sistema. Esta actividad cognitiva se encuentra paradójicamente en su base misma. Por una parte, la acción que produce un mundo es un intento por reestablecer una relación con un medioambiente que desafía la coherencia interna mediante encuentros y perturbaciones. Pero estas acciones, al mismo tiempo, demarcan y separan al sistema de ese medioambiente, dando lugar a un mundo distinto.
El lector puede sorprenderse del uso que hago del término "cognitivo" hablando de sistemas celulares. Como dije antes, uno de los puntos que me interesa hacer notar aquí es que ganamos al observar la continuidad entre este nivel fundamental del sí mismo y otros sí mismos regionales, incluyendo el neural y el lingüístico, de modo que no debemos titubear en el uso de la palabra "cognitivo". Supongo que otros preferirían introducir aquí la palabra "información". Sí, pero hay razones por las cuales creo que esto sería incluso más problemático. Aun cuando sea claro que podemos describir un factor X que perturba desde el exterior del organismo,
X no es información. En rigor, para el organismo sólo se trata de un
eso, de un algo, un material básico para in-formar desde su propia
perspectiva. En términos físicos hay material, pero no está dirigido a nadie. En el momento en que hay cuerpo —incluso en su forma más mínima— se transforma en algo in-formado para un sí mismo, en la dialéctica recíproca que expliqué recién. Esta in-formación no es nunca una significación fantasmal o bit de información a la espera de ser recolectado por el sistema. Es una presentación, una ocasión para un enlace, y es, en este entre-deux, que surge la significación ( 1 7 , 1 8 , 1 9 ) .
Por lo tanto, el término cognitivo tiene dos dimensiones constitutivas: primero su dimensión de enlace, esto quiere decir, la conexión con su medioambiente que le posibilita mantener su individualidad; segundo —admito que forzando un tanto el lenguaje-— su dimensión imaginaria, esto quiere decir, el excedente de significación que adquiere una interacción física, debido a la perspectiva otorgada por la acción global del organismo. Muchos lectores no estarán de acuerdo conmigo y considerarán el uso que hago de "cognitivo" e "imaginario" como abusos de lenguaje. A estos lectores les ruego que sean indulgentes y que me acompañen hasta el final de mi argumentación, para comprobar los méritos o desméritos de este tipo de análisis.