3.2 Blackwork Embroidery Pattern Generator
3.3.2 An Abstract Knitting Machine
El campo de la liberación se ha abierto; no hemos llegado, no nos detendremos nunca, pero estamos en el buen camino...2. Tal fue, como quería ser
vista bajo su forma más elevada y en el ideal, la Aufklärung.
Varios hechos, en lo que concierne a la historia de las ideas, han contribuido a establecer su reinado: la influencia de Bayle, el fracaso de Vico, el éxito de Wolff, el triunfo de Locke.
Bayle no ha dejado de actuar. Era obra pía refutarlo: hacía medio siglo que había muerto; desde hacía tres cuartos de siglo se encarnizaban todavía con él, como el primer día; hasta tal punto seguía apareciendo en la primera fila de los escépticos. En verdad, su Diccionario figuraba en el puesto de honor en las bi- bliotecas; lo reeditaban, lo traducían; ya se hinchara de edición en edición o se lo redujera en extractos, en análisis, era siempre el arsenal de donde se sacaban todas las armas, cuando se trataba de sustituir la autoridad por la crítica. Discípulos más o menos directos explotaban el pensamiento central del gran enemigo de los religionarios, a saber: que religión y verdad eran inconciliables, que religión y moral no estaban ligadas; estos discípulos iban repitiendo que no se veía que los cristianos fuesen mejores que los incrédulos, y que era muy posible que una república de ateos fuese más virtuosa, y al mismo tiempo más desinteresada, que una república de católicos o de protestantes. No dejaba de servir incansablemente hasta uno de sus procedimientos favoritos: en que consistía en decir que, siendo tal dificultad insoluble por la razón, había que recurrir a la creencia para salir del apuro; de suerte que la fe era el recurso del absurdo. «Sí nuestra Sagrada Escritura ha dicho que existía el Caos, que Zipizape ha sido adoptado por ella, lo creemos sin duda y con la fe más viva. Aquí sólo hablamos según los resplandores engañosos de nuestra razón...»3. El alumno
es más desenvuelto, pero se reconoce bien la lección del profesor. Con frecuencia, por último, esa influencia se fragmenta: trátese de los cometas, o de Spinoza, o de la historia, o de la Biblia, Bayle está en las memorias, Bayle dirige los espíritus.
Si fuera menester hacer aquí alguna atenuación se diría sólo que, en un momento dado, este culto es menos fervoroso. Por
2 I. Kant, Beantwortung der Frage: Was ist Aufklärung.?, 1784. 3 Voltaire, Le philosophe ignorant. Tout est-il éternel?
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una parte, en efecto, lo que parecía audaz alrededor de 1700 parece relativamente benigno alrededor de 1750; por tanto, se necesita menos un ejemplo cuya violencia se ha atenuado con el tiempo. Desde el artículo David del diccionario, David ha tenido que oír otras cosas, se ha acostumbrado. Por otra parte, los epígonos estiman que la duda, actitud inicial y primera precaución, debe ser seguida, de una actividad positiva a la que el pirroniano por excelencia se negó. Del Diccionario histórico y crítico a la Enciclopedia, de la colección de los errores al inventario de los conocimientos humanos, se afirma una evolución por la cual Pierre Bayle se encuentra rebasado.
Si Italia hubiera escuchado a Giambattista Vico, y si, como en el tiempo del Renacimiento, aquélla hubiera servido de guía a Europa, ¿no habría sido diferente nuestro destino intelectual? Nuestros antepasados del siglo XVIIIno hubiesen creído que todo lo que era claro era verdadero, sino, al contrario, que «la claridad es el vicio de la razón humana más que su virtud», porque una idea clara es una idea finita. No hubiesen creído que la razón era nuestra facultad primaria, sino, al contrarío, la imaginación; la razón, llegada tardíamente, no ha hecho más que desecar nuestra alma; y tal vez hubieran sentido nuestros paraísos perdidos. No hubiesen creído que había que iluminar la tierra en la superficie, sino, al contrario, que la explicación de las cosas venía de las profundidades del tiempo. No hubieran creído que nos dirigimos en línea recta hacia un porvenir mejor, sino al contrario, que las naciones estaban sometidas a vicisitudes que las hacían salir de la barbarie para ir hacia la civilización, y de la civilización las volvían a la barbarie. Todas sus ideas se habrían trastornado, toda su concepción del mundo.
Hay que admirar a este héroe del pensamiento, a este genio original y, hasta en su derrota provisional, el hombre que hubiese querido dar otro curso al río del siglo. Por virtud de la enfermedad que lo había mantenido alejado de las escuelas, y por la de un orgullo que le había hecho medir de un solo golpe la insuficiencia de los maestros que repetían y ya no reflexionaban, no había sufrido la influencia de la escolástica, que contaba todavía tantos devotos. Por virtud de su propia fuerza, no había sufrido la influencia de las doctrinas de moda, como la de Descartes, que, según él, había embotado los espíritus, dispensándolos del saber, enseñándoles a desdeñar los esfuerzos y la paciencia, poniendo su confianza en una percepción distinta, la cual había favorecido la
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pereza de nuestra naturaleza, que quiere conocerlo todo en el tiempo más breve y con el menor trabajo. No había sufrido la influencia de Locke, recién venida de Londres, y que representaba la novedad del día. Su carácter no había cedido tampoco a las fuerzas de la esclavitud, al poder de los grandes, a la pobreza, al fracaso de su carrera profesoral. En los apuros había continuado trabajando, buscando, sumergiéndose en el estudio de las disciplinas más diversas, hasta el día en que, juzgando al fin que sus aproximaciones eran suficientes, había publicado el libro que proponía nada menos que dar los principios de una ciencia nueva sobre la naturaleza de las naciones, sobre el derecho de gentes y, a decir verdad, sobre la ley que presidía la evolución de la humanidad: Principi d'una Scienza Nuova intorno alla natura delle nazioni, per li quali si ritrovano altri principi del diritto delle genti; y era el año 1725. Se desprendía de él la idea grandiosa de que el sujeto y el objeto del conocimiento eran la historia que cada pueblo, y todos los pueblos, crean inconscientemente al vivirla y conscientemente cuando la conciben como el devenir mismo de nuestra especie. Para él, la historia era la realidad siendo vivida; y era también el conjunto de los testimonios que dejamos tras de nosotros y que, antes de ser recuerdos, son las modalidades de la existencia; era todos los monumentos, desde las primeras piedras de las cavernas hasta los productos más refinados de la civilización; todas las lenguas que alguna vez se hubiesen hablado o escrito; todas las instituciones que se hubiesen fundado; todos los hábitos y todas las costumbres; todas las leyes. No había objeto que Vico tocara sin transformarlo en oro; el lenguaje no era ya la ciencia abstracta de las palabras, sino una serie de inscripciones que había que leer buscando en ellas el reflejo de nuestros estados psicológicos anteriores; la poesía no era ya el resultado de un artificio, una dificultad vencida, un acierto tanto más perfecto cuanto más se conformara a los preceptos de la razón, sino nuestra alma espontánea e ingenua, un valor primitivo, que se iba degradando. La Ilíada y la Odisea no eran ya epopeyas sabiamente compuestas por un aeda ciego, llenas a la vez de bellezas singulares y de faltas de gusto, debidas éstas a la tosquedad de su tiempo, sino una de las voces que habíamos hablado, una de las formas de nuestro ser, cogida en un momento de la duración y llegada hasta nosotros. Y la ciencia nueva no era ya la geometría o la física, sino la interpretación de los signos, cuyo conjunto constituía la humanidad y la vida.
En vano se dirigía Giambattista Vico a los sabios, a sus compatriotas de Nápoles, a aquel Jean Leclerc que, en su gaceta de Holanda, distribuía el renombre a los escritores que revelaba a
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Europa. Europa permanecía sorda, y para empezar, Italia. Sin embargo, le había proporcionado uno de sus títulos de nobleza, mostrando en la lengua latina las huellas de una civilización autóctona, De antiquissima Italorum sapientia, sabiduría que no debía nada más que a un pueblo digno de volver a ser el mismo. Sólo más tarde será oída y recogida esta llamada. Por el momento quedaba sin eco; este innovador no tenía discípulos ni seguidores; su pensamiento no tenía acción, y ni siquiera los suyos lo aceptaban.
Christian Wolff era un profesor muy doctoral; se lo adivinaría sin más que mirar su retrato, su peluca solemne, la gruesa corbata en que se oprime su cuello, sus ojos desorbitados de hombre que ha leído y escrito demasiado, su fisonomía llena de la seguridad del pedagogo. Enseñaba en la Universidad de Halle, donde había empezado por las matemáticas, en 1706: siempre guardará la huella de la geometría. Después se había hecho filósofo de profesión. En 1712 había publicado su primer gran libro, Vernünftige Gedanken von den Kräkten des menschlichen Verstandes, und seinen richtigen Gebrauch im Erkenntniss der Weisheit: Pensamientos racionales sobre las fuerzas del entendimiento humano y sobre su buen uso en el conocimiento de la sabiduría. Desde entonces no había cesado de profesar, de poner en publicaciones más materia de sus cursos. Sesenta y siete obras de 1703 a 1753; algunas, en varios volúmenes, y muchos, en cuarto. Todos los años, en torno a su cátedra y en el esplendor de su renombre, había reunido prosélitos; se había convertido en el maestro del pensar de Alemania.
Quería, ciertamente, haber sido discípulo de Leibniz, a condición de que no se tomara la palabra en sentido estricto, de que no se lo considerase como el simple divulgador de las doctrinas de un hombre más grande, que se reconociera muy alto que había transformado, corregido, mejorado la herencia de que había re- sultado más que el mero depositario; Philosophia Leibnitio-Wolffiana: de los dos, siendo para él la mejor parte. Leibniz le había proporcionado un punto de partida de donde se había lanzado para tomar más altos vuelos.
Pronto, del pensamiento magníficamente conciliador del autor de la Teodicea había hecho un pensamiento sistemático; lo había llevado a afirmaciones categóricas, casi a un dogma. La filosofía era para él la ciencia de lo posible, de todo lo posible; y, por ende, hacía entrar todo lo posible en compartimentos bien cerrados, de manera que nada se desbordara ni se escapara; lo aprisionaba en definiciones sin fisuras. «Las ciencias», interpreta su traductor y
44 Primera parte. El proceso del cristianismo
admirador Formey, «no son ni pueden llamarse tales más que si resultan de una reunión de verdades sólidamente ligadas, sin ninguna mezcla de errores. El señor De Wolff se ha pasado la vida entregado únicamente al cuidado de transformar en ciencias reales y verdaderas ese cúmulo indigesto de conocimientos filosóficos que entonces se habían acumulado más que edificado.» ¡Oh, qué hermoso tablero de ajedrez rectilíneo tomaba como espejo! Lo existente se encontraba cogido, y bien cogido, en sus casillas.
LA FILOSOFIA
I. Teorética que, se divide en
1. Lógica;
2. Metafísica, que tiene como partes:
a) Ontología, b) Cosmología general, c) Psicología — empírica, — racional. 3. Física, que es a) experimental,
b) dogmática, en la cual se consideran las causas
— eficientes, y — finales. II. Práctica, que se divide en
1. Filosofía práctica universal;
2. Etica o moral;
3. Económica, y
4. Política 4.
Esta manía de rigor formal reaparecía cuando Christian Wolff intentaba dar un criterio de verdad. Es verdadero todo lo que no contiene contradicción en sí; la claridad es el signo de la verdad; la oscuridad es el signo del error. La inteligencia de las cosas es pura, si su noción no comprende ni confusión ni oscuridad; es impura si comprende oscuridad y confusión. Para él no contaba la realidad de un hecho, sino la aplicación del raciocinio a un hecho, su consecuencia rigurosa, su desarrollo sin defectos; era menos
4 En los Principes du droit de la nature et des gens, extrait du grand ouvrage latin de M.
de Wolff, por Formey, Amsterdam, 1758, tres vols, en 12° Mémoire abrégé sur la vie et les ouvrages de M. de Wolff.
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la concordancia del ser con la afirmación que debe traducirlo que la concordancia de las diferentes partes de una afirmación una vez dada. Una vez dicho lo cual, admiraba su obra y la encontraba perfecta.
Pensamientos racionales sobre Dios, sobre el mundo y sobre el alma. Pensamientos racionales sobre el hombre. Pensamientos racionales sobre la sociedad; de estos pensamientos racionales y de su filosofía racional, puestos en alemán para los profanos, en latín para los doctos, inundó su país primero, luego los países vecinos. Es cierto que su carrera había sufrido un accidente enojoso: en Halle, el 12 de julio de 1721, había pronunciado un discurso sobre la moral de los chinos, reiterando el tema, que un largo uso hubiese debido hacer inofensivo, de la elevada moralidad de las enseñanzas del Confucio, las cuales llevaban al bien, no por efecto de alguna revelación divina, sino de una sabiduría enteramente humana que inspiraba la razón, de una sabiduría racional. Inmediatamente, los profesores pietistas, sus colegas y enemigos, se habían escandalizado; y el asunto, después de haber conmovido a la Universidad, había sido llevado hasta Federico Guillermo, su soberano. La leyenda cuenta que un cortesano hizo ver al rey sargento que aquel señor Wolff enseñaba la doctrina de la armonía prestablecida; que ésta conducía al fatalismo; que, por tanto, los soldados de S. M. no eran más que máquinas, y que era un error castigar a esas máquinas sí desertaban. Al oír lo cual, el rey se había enojado y había dado orden de expulsar al señor Wolff: si se encontraba todavía en Halle al cabo de veinticuatro horas, que lo ahorcaran. Pero el desquite había llegado. Al advenimiento de Federico II había sido devuelto a su ciudad, a su Universidad, a su cátedra, donde apenas tuvo ya que hacer más que rumiar su gloria: lo que hizo hasta su muerte, en 1754. Inmenso renombre, que se ha llevado el viento: se decía que era el Sabio, pues el nombre de filósofo era demasiado poco para él; que lo admiraban naciones enteras; que los franceses lo habían agregado a la Academia de Ciencias, honor supremo; que los ingleses habían traducido varios de sus tratados, señal infalible de la aprobación de un pueblo que se cree el único en pensar y filosofar; que los italianos se habían dado pronto cuenta de su mérito y que habían sido los primeros, tanto en Roma como en las escuelas de Italia, en recomendar sus obras. Su Majestad Napolitana había introducido, incluso, por car- tas patentes el sistema wolffíano en las Universidades de sus Estados. El Norte no había estado helado para con él; Rusia le había conferido el título de profesor honorario de su Academia imperial, y los otros reinos de aquellos climas le habían dado testimonios