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3.2 Blackwork Embroidery Pattern Generator

3.2.2 Architecture

302 a 291 fue embajador del Seléucida de Bactriana en la Corte del rey Chandragupta, en Pataliputra; hasta el siglo xvi figuró en todas las crónicas de viaje clásicas y medievales. Estas «hormigas», del tamaño aproximado de una zorra y recubiertas de vistosas pieles semejantes a las de pantera, vivían, según re­ fiere Megástenes en uno de sus informes diplomáticos, en agu­ jeros del suelo. A modo de topos acumulaban la tierra excavada en sus construcciones subterráneas en la salida de sus madri­ gueras, y luego los indígenas no tenían sino tamizar aquellos montones de tierra para extraer el oro que contenían. «Con todo sigilo», termina Megástenes su relato, «saca la gente el oro. Pues si los animales se dan cuenta, salen en persecución de los hombres y les dan muerte, asi como a sus animales de tiro».

¿No suena esto a ingenua conseja infantil? Y, sin embargo, sólo en parte es producto de la fantasía. Pues han existido de verdad hormigas excavadoras de oro, y las hay todavía. Por ejemplo, se nos dice de Tejas y Colorado que la hormiga co­ lectora que vive en aquellas regiones (pogonomyrmex occi-

dentalis), tiene la costumbre de acorazar sus montículos con un

mosaico de piedrecitas muy pequeñas, principalmente granitos de oro, por lo que la explotación de aquellos hormigueros re­ sulta remunerativa de veras. Ahora bien, las «hormigas» mine­ ras de Megástenes fueron en realidad topos, muy abundantes en las zonas del Brahinaputra y el Sadley, en el Penjab, que abren en las capas superiores del suelo numerosas galerías, huecos y nidos. Si estos animales, vegetarianos y absolutamen­ te inofensivos, acertaban a desarrollar sus actividades en una localidad abundante en ^arenas auríferas, nada tiene de extra­ ño que la tierra por ellos removida contuviese oro. Pero esto es todo. Lo que luego cuenta Megástenes acerca de la fiereza de los topos, su tamaño y su rapidez, es naturalmente pura fábula, imaginada por los traficantes con el fin de ahuyentar a los com­ petidores que pudieran sentirse tentados a acudir a aquellos lugares para lavar y tamizar los preciosos montículos.

¡Hormigas excavadoras de oro! En verdad que la cosa me­ recía la pena de contarse. Y no porque fuera excepcional. Pues cuando se dijo que en la India, aparte de oro, cobre, hierro, estaño y piedras preciosas en cantidades enormes, había una especie de caña «que producía miel sin el concurso de abejas» —nuestra caña de azúcar—, y que el Sol subía tanto en el cielo, que las sombras se inclinaban hacia el Sur, ambas afirmaciones parecieron igualmente maravillosas. Por lo tanto, era muy po­ sible que en un país como aquél viviesen hormigas mineras grandes como zorras.

Sin embargo, el interés principal de los descubridores anti­ guos se concentró sobre un animal completamente distinto: el elefante indio. Ya vimos cuánto había contrariado a Alejandro

LA LEYENDA GUI EGA 1 3 1

Magno el no poder llegar a la misma patria de esos probosci- dios. Y lo mismo parece haber sentido H general Flavio Arria- no desde su escritorio de Nicomedia el año 150 de nuestra lira. Quedaban muy atrás las Guerras rúnicas, en el curso de las cuales también los romanos habían tenido ocasión de ate­ rrorizarse ante los elefantes. Y no hay <pie pensar que, en tiempo de Arriano, los enormes proboscidios, pardos o coloi­ de arena, hayan desempeñado ningún papel en el terreno mi­ litar. A lo sumo, pueden haber sido utilizados alguna que o i r á

vez por los indígenas de la frontera sudoriental del linpi riiim

Romanum contra las patrullas exploradoras romanas. A pesar

de todo, se mantenía vivísimo el interés por los elefantes, que el pueblo de Roma veía con frecuencia en el circo. Un todo caso, los informes de Arriano sobre los elefantes eran acogidos con avidez en los salones de Roma y Alejandría —y, sin duda, no sólo por curiosidad zoológica.

Nuestro general ha escrito de manera muy documentada, con muy pocas concesiones a la imaginación; de otro modo no le habrían prestado crédito los romanos, que conocían bien aquellos animales. Pero esta reserva no se explica sólo por la prudencia bien meditada del escritor, que sabe cuándo debe mantenerse objetivo y cuándo puede permitirse fantasear un poco. Pues los libros de Arriano fueron compuestos, según toda probabilidad, a base de las crónicas de los «bematistas» del Estado Mayor de Alejandro. Muestran, por consiguiente, de qué modo fue informado el gran macedonio —y podemos contar con que no dejó tranquilos a sus oficiales científicos hasta que se hubieron acostumbrado a informarle de manera completa­ mente concreta y objetiva—. Cuando, por ejemplo, Arriano nos cuenta cómo se cazaban en la India los elefantes salvajes, ve­ mos que su relato coincide casi exactamente con los procedi­ mientos de captura que todavía se emplean en la actualidad:

«Los indios cazan algunos animales salvajes per el mismo sistema que los griegos; pero su forma de capturar los elefantes no se parece en nada a ningún otro procedimiento de caza. Pues tampoco el elefante puede compa­ rarse a ningún otro animal. Después que han plegido un lugar llano y calu­ roso, excavan un foso a todo su alrededor, tan hondo, que detrás de él podría acampar todo un ejército. Este foso ‘lene aproximadamente cinco brazas de anchura y cuatro de profundidad. La tierra excavada, la acumulan a ambos lados de la zanja y les sirve de una especie de m uralla.

«Luego introducen en el recinto tres o cuatro elefantes hembras, particu­ larmente mansas, y dejan un solo paso por encima del foso, cubriéndolo con tierra y hierbas de manera qu<- los animales no puedan figurarse que aquel puente es obra hum ana ni sospechar que se trata de una tram pa. Durante el día, los elefantes salvajes no se acercan a los parajes habitados, pero de noche rondan por los alrededores, paciendo en grandes manadas, en las que van a la cabeza los mayores y más valientes, a los cuales siguen los otros como las vacas al toro. Al llegar a las proximidades del cercado y oír las voces de las hembras, se precipitan hacia él. Una vez en el borde del foso, lo rodean hasta dar con el puente mencionado y entonces se apretujan para entrar en el recinto. Cuando los cazadores ven que los elefantes se hallan en el interior,

1 3 2 L A A V E N T U R A DE L O S PRIMEROS DESCUBRIMIENTOS

acuden a quitar el puente., mientras algunos corren a los pueblos cercanos a comunicar la fausta nueva de que han sido cazados elefantes salvajes.»

Es seguro que este detallado relato procede de fuentes de la época de Alejandro, que Arriano pudo consultar todavía, y que sin duda procedían de los archivos del ejército macedónico. Pero Flavio Arriano sabe muy bien lo que debe a su público, y que conviene añadir algunas aclaraciones de su propia cose­ cha. Y asi escribe a continuación:

«Parece que ha habido elefantes que han llevado a la tum ba a los que los montaban, muertos en la batalla. Otros siguieron combatiendo por los suyos, a pesar de yacer éstos en el suelo, sin vida. Unos terceros se expusieron al peli­ gro aun viendo a sus amos caldos. Un elefante que habla matado a su dueño en un acceso de cólera, murió a su vez de arrepentimiento y pesar. Yo mismo he visto un elefante que tocaba ei címbalo, mientras otros bailaban a su compás. Al músico le habían atado dos címbalos en las patas delanteras y otro en la trompa. Golpeaba rítmicamente, uno tras otro, los platillos que tenía en las patas con el de la trompa. Los bailadores saltaban en circulo, levantando alternativamente las patas anteriores ai compás marcado por el músico.»

Claro está que Flavio Arriano sólo pudo ver elefantes baila­ dores en el circo, del mismo modo como nosotros hemos admi­ rado estos animales amaestrados por Paula Busch, en el circo Krone o en Barnum. Y hasta aquí llegan sus conocimientos per­ sonales. En cambio, las primeras líneas de este párrafo son sacadas también de la obra del Estado Mayor griego, y uno puede imaginarse a los aplicados autores del cuerpo castrense macedónico escribiendo una monografía titulada: «Elefantes, su utilización táctica y estratégica», y, mascando su estilete, de­ vanarse los sesos para dar reglas fácilmente comprensibles so­ bre la introducción de aquella nueva arma.

Pero, bromas aparte. Ignoramos, naturalmente, si existieron estas «ordenanzas sobre el empleo de elefantes» en el ejército imperial griego. Pero lo que si puede deducirse claramente de las obras de Arriano, es que en el cuartel general de Alejandro se estudió muy a fondo la posibilidad de organizar el valor combativo de aquellas bestias gigantescas, el modo de utilizar­ las, qué medidas debían tomarse para municionar a los ar­ queros montados y suministrar agua y pienso a los animales —consideraciones que no se apartan mucho de los problemas modernos relativos a las unidades acorazadas—. Una demostra­ ción más de que la vida del hombre ha sido siempre la misma, y que nosotros, los representantes actuales de este ser, el más notable de cuantos pueblan la Tierra, no tenemos por qué for­ jarnos ilusiones ni sobre nuestros progresos técnicos ni sobre el presunto exceso de terrores que nos abruman.

Cual resplandeciente meteoro cruzó Alejandro el cielo cada vez más apagado de la Grecia clásica. Nadie vio en su época lo engañoso de aquel brillo centelleante, ni que con su genial per­ sonalidad de autócrata la Historia del Mundo se había permi-

LA ley enda gh ik oa 133

lido una trágica broma. Pues con todo y ser el héroe macedo- iiío un hijo de su época, con haber eslado en posesión de todos los conocimientos técnicos y la cultura csoirituul de su tiempo, en realidad fue un anacronismo viviente. Se le lia presentado «•orno una especie de romántico, y, sin embargo, nada de soñador hubo en la naturaleza de Alejandro: todo fue en él razonamien­ to, rápida aprehensión, inexorable fuerza de voluntad, llevada basta el asesinato fríamente meditado. Hubo en su persona aquella misma intrepidez infantil ante la inmensidad del mun­ do, aquella misma despreocupación, hija de la ingenuidad, frente a los limites nacionales o geográficos, aquella misma incom­ prensión, nacida de la seguridad de sí mismo, de la gran tras­ cendencia de un proceso evolutivo que había durado siglos, que mil años antes encontramos en las familias reinantes de Tirinto y Micenas. Alejandro pertenecía mucho más a aquellas generaciones que a la suya: un hombre arcaico que un capri­ cho del alma cósmica situó en una época en que no había lugar para él.

iQué grandiosa burla, hacer que los descendientes de aque­ llas desaparecidas generaciones, cuyos carros de guerra fueron un dia aniquilados por los arqueros montados asiáticos, vencie­ ran ahora, con sus arqueros montados, al ejército de carros de guerra persas en la batalla decisiva de Gaugamela! iQué refi­ nada ironía, poner en manos de este hombre una parte tan extensa de Asia, en un momento en que el polo magnético de la evolución política, después de deviarse de las costas orienta­ les y meridionales del Mediterráneo, llevaba ya tanto tiempo en plena deriva hacia Italia! iQué grandiosa concepción, im­ presionante por su total absurdidad, el que, por así decirlo, a la hora postrera de Alejandro, coincidiesen embajadas roma­ nas, cartaginesas, galas e iberas que iban a poner a los pies del gran rey griego la mitad occidental del mundo: como si el dios de la Historia hubiese vacilado un instante, pensando si alte­ raría la marcha del mundo en favor de su hijo predilecto.

En aquel preciso instante, la muerte se llevó a Alejandro, a la edad de treinta y tres años, tras doce días de calentura. En el 323 a. de J. C. quedó decidido que no se modificarían los des­ tinos del mundo, que debían empujar al primer plano a los itá­ licos. A ellos deberemos dedicar ahora la atención, y dirigir nuestras miradas a Roma.

La obra de Alejandro, aunque modesta en sus consecuencias políticas inmediatas, fue, con todo, de enorme trascendencia. Y no sólo en el aspecto geográfico, por más que la simple com­ paración de la imagen que del Mundo dio Heródoto con un mapa de los descubrimientos de Alejandro ponga inmediata­ mente de manifiesto la enorme ampliación de la Ecúmene grie­ ga conseguida por éste. Más importante fue aún el efecto psico­ lógico de su radiante aparición. Toda una literatura surgió de

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los mitos que en el Lejano Oriente lo tuvieron por protago­ nista: él, el héroe radiante y funesto de Occidente. Como es natural, no fue menos intensa la impresión que su vida y su gesta produjeron en el Oeste. Y tal vez la máxima significación de su vida no está tanto en los efectos tangibles que hubo de determinar. Infinitamente más trascendentales son las conse­ cuencias imponderables, el alza en la estima de si mismo que desde aquella época empieza a sentir el hombre blanco y que fue acaso una de las premisas espirituales básicas del Imperio romano. Contrariamente al simple ejercicio del po­ der, la soberanía es, en último término, superioridad moral. Los millares de copleros que, al cabo de siglos de la muerte de Alejandro, se ganaban la vida cantando sus gestas verdaderas e imaginarias; los poetas cuyos versos guardaron para el mun­ do culto el recuerdo de Alejandro; todas las influencias inco- mensurables e imponderables que nacieron de aquella vida de héroe, obraron en una misma dirección: mostrar que fue un europeo, que fue el Occidente, el que sometió al Mundo. Al po­ der ganado por Alejandro vino a juntarse, feliz coincidencia, la irradiación de una floreciente y elevada cultura, una de las más maravillosas que jamás haya producido Europa. Asi, la orgu- llosa conciencia de su condición de griego dio a Alejandro el máximo impulso moral para realizar su hazaña, y asi esta con­ ciencia prestó a su campaña india aquellos resultados cultu­ rales de que antes hablamos y que rebasan tanto la trascenden­ cia política de sus empresas.

P A R T E V

De Roma al Lejano Oriente y a América