• No results found

3.2 Blackwork Embroidery Pattern Generator

3.3.4 Transfer Planning

contemporáneo que ignore o desdeñe la teoría de los quanta...3. Bajo su forma

pintoresca, la observación es justa, a condición de que se especifique que el acusado era el Dios de los cristianos.

De este proceso se hablaba, en efecto, en las cartas que se cruzaban a través de Europa; se hablaba en los periódicos; se hablaba en las epístolas, odas, ditirambos y hasta en los versitos ligeros que se mezclaban con la prosa. Se hablaba de él junto a los reyes y las reinas, en el Hermitage que Carolina de Anspach había adornado, en Richmond, con los bustos de Wollaston, Clarke, Locke y Newton, y donde el obispo Butler iba a exponer todas las tardes, de siete a nueve, las verdades de la religión; en Rheinsberg y en Potsdam; en la corte del rey Estanislao-Augusto; en San Peters- burgo, ante Catalina de Rusia. Se daban noticias de él en los salones, entre las conversaciones que dirigían Mme. de Tencin, Mme. du Deffand, Mlle. de Lespinasse. Se aludía a él en las sesiones aca- démicas. Se le volvía a empezar en las oficinas de la Enciclopedia, en París. En Berlín, en medio del humo de las pipas y del ruido de los vasos, compañeros a los que unía el mismo afán de conocer al fin el veredicto hablaban del proceso en los bancos de la cervecería. Los hombres de ciencia, en sus laboratorios, se inclinaban sobre sus microscopios con la esperanza de descubrir en la naturaleza algún nuevo documento que incorporar a los autos; los viajeros que se iban al extranjero intentaban saber si se tenía allí algún modo de plantearlo y resolverlo. Díderot se encontraba en la casa de campo de su amigo d'Holbach; se había comido copiosa- mente y bebido en abundancia; se reía, se bromeaba, se tenían grandes bromas bufonescas. Y luego, como si todo lo que no se refería al proceso no hubiese sido más que una diversión pasajera para un instante de olvido, por una pendiente insensible se volvía, como a la fuerza, a las «cuestiones que no son indiferentes». «La sensibilidad general, la formación del ser que siente, su unidad, el origen de los anímales, su duración y todas las cuestiones con que eso se relaciona, no son cuestiones indiferentes. No es indiferente negar o admitir una Inteligencia suprema...»4.

Y siempre, por parte de los que lo intentaban, una amargura, un rencor; siempre la idea de una responsabilidad que se había aumentado de siglo en siglo: era más que tiempo de pedir cuentas.

3 The Havenly City of the Eighteenth Century Philosophers, by Carl L. Becker, New Haven, Yale University Press, 1932.

IV. El Dios de los cristianos, procesado 53 El Dios de los cristianos había tenido todo el poder y se había

servido mal de él; se había confiado en él y había engañado a los

hombres; éstos, bajo su autoridad, habían hecho una experiencia que sólo había llevado a la desgracia. ¿Por qué, se preguntaba, es Cristo sombrío y triste? «Sin la religión, seríamos un poco más alegres»5. ¿Por qué su reino no era de este mundo?

«Lejos de combatirlo, que la religión fortalezca en el hombre el apego a las cosas terrenas» 6. ¿Por qué ha aconsejado la humillación de la carne?

¿Qué triunfo desolador, qué indigna victoria Intentáis tristemente lograr sobre vosotros?

Vuestro espíritu ilustrado ¿podrá nunca creer De un doble testamento la quimérica historia,

Y los sueños sagrados de esos, místicos locos Qué, devotos holgazanes, tontos y piadosos crueles,

Abandonan placeres verdaderos por una gloria falsa? El placer es el objeto, el deber y el fin

De todos los seres, racionales...

Racional, esto es lo que no era, justamente; ni siquiera era lógico. Juzgado según las leyes de nuestra lógica y nuestra razón,

el plan de su Providencia era incoherente. Esto es lo que decía Vol- taire, continuando su Épître a Uranie, resumen de sus agravios:

Quiero amar a ese Dios, busco en él un padre, Me muestran un tirano que debemos odiar.

Creó humanos semejantes a él mismo Para envilecerlos mejor; Nos dio corazones culpables

Para tener derecho a castigarnos;

Nos hizo amar el placer Para atormentarnos mejor con males espantosos Que un milagro eterno impide terminar.

Acababa de crear un hombre a su imagen; Se lo ve arrepentirse de repente,

Como si el obrero no hubiera tenido que advertir Los defectos de su propia obra...

O para resumir todos los reproches en uno solo: Dios nos ha propuesto un enigma; podía explicárnoslo, no ha querido. Un día, La Condamine había compuesto uno y se lo había leído a unos

5 Diderot, Entretien avec la Maréchale, Œuvres, ed. Tourneux:, tomo II, pagina 514. 6 Helvétius, De l'homme, sección I, capítulo XIII.

54 Primera parte. El proceso del cristianismo

amigos que formaban círculo alrededor de él. Con gran asombro suyo, éstos habían encontrado en seguida la clave. Es que la había escrito en caracteres grandes al dorso del papel. ¡Ah, por qué no ha hecho Dios otro tanto! «Si Dios nos hubiera tratado como el aturdido y bueno de La Condamine, no nos habríamos roto la cabeza desde hace cinco o seis mil años; pero es burlarse de la gente remitirla al Mercurio del otro mundo para saber la clave» 7.

Tal fue la atmósfera: antes de trazar a grandes rasgos la historia de este combate, consideremos algunas de las almas ulceradas que fueron de las primeras que dieron al tiempo su color. Un francés, un italiano, un alemán.

No era una novedad la defensa del poder temporal contra las intrusiones del sacerdocio: incluso era el final de una larga querella; veamos el giro que tomó.

Pietro Giannone había nacido en la Apulia, el 7 de mayo de 1676; había estudiado la escolástica, luego había ido a Napóles para aprender allí derecho. Derecho romano, derecho canónico, derecho feudal; historia, historia eclesiástica; filosofía, convertido de gassendista en cartesiano; lo había aprendido todo. No era malo; había rectitud en su carácter, honradez, confianza en la justicia. Pero no era cómodo: espinoso, amante de las batallas; testarudo y poseído por una idea fija, a la cual iba a consagrar su vida. Siempre habían querido los eclesiásticos usurpar las prerrogativas de los gobiernos; nunca habían sido legítimas sus pretensiones: esto es lo que mostraría él, Giannone, a Nápoles, a Italia y a Europa. Para ello componía, apresurada y febrilmente, la Istoria civile del regno di Napoli, que apareció en 1723.

No enteramente historia, pues el autor no se fijaba demasiado en la exactitud de las fuentes, y en su furor de demostración tomaba fácilmente el bien ajeno; tampoco una obra de arte: era un ariete, una catapulta. Había que entender bien a Giannone; que no se esperaban de él relatos de hazañas y batallas, pinturas de paisajes, consideraciones arqueológicas: su propósito era enteramente civil. Remontándose hacia atrás cuanto fuera necesario y llegando hasta el período contemporáneo, probaría que se había entablado una sola lucha, desarrollada a través de las diversas peripecias: la de los sucesores de Pedro contra los representantes de César. La Iglesia, siempre interesada, siempre dispuesta a aprovecharse de las flaquezas humanas, a seducir a los corazones vacilantes, a jugar

IV. El Dios de los cristianos, procesado 55 con los terrores del más allá ante el lecho de los enfermos y de los agonizantes, acumulando el dinero, las propiedades, las ventajas de todas clases, había traicionado su misión a lo largo de los siglos.

El movimiento que arrastra la Istoria civile es apasionado; el tono es amargo; el procedimiento habitual es la repetición; Política ecclesiastica, Monaci e beni temporali; lo veis, exclama Gíannone, a través de los siglos la política eclesiástica es la misma, a través de los siglos los frailes tienden a apoderarse de los bienes temporales; argumentos idénticos son repetidos con un furor creciente. El resto de adhesión a la Iglesia que conservan a veces los que pretenden conseguir su salvación a pesar de ella, desaparece en sus diatribas; y Giannone, defensor del Estado, se convertía en un iconoclasta que se embriaga con su furor. Se lo veía en el modo como hablaba de las imágenes sagradas, de las reliquias, de las peregrinaciones, de los milagros también; en su odio al clero regular; en su desprecio de la jerarquía; en la ironía que era su medio de defensa contra los ataques de que era objeto; para complacer a sus contradictores, creería en adelante que el Papa era el dueño del mundo entero y que tenía derecho a servirse de todos los medios, tales como multas, prisiones, calabozos, confinamientos, des- tierro, a fin de asegurar la salvación eterna del género humano; creería que la autoridad pontificia no se limitaba a la superficie de la tierra y del mar, sino que se extendía al infierno, al purgatorio, al paraíso, de suerte que en los reinos celestes podía mandar a los ángeles...

Pietro Giannone continuaba defendiendo su tesis, indomable. No sin peligro; no sin desencadenar las persecuciones de las potencias que desafiaba, multiplicando los escritos polémicos, queriendo salvar la Istoria civile y difundirla, atacando siempre. Excomulgado algún tiempo, puesto en el Indice, se había refugiado en Vie- na, donde había encontrado un abrigo junto al Emperador, cuyas prerrogativas sostenía. Pero cuando en 1734 Nápoles dejó de pertenecer a Austria y el Emperador dejó al mismo tiempo de interesarse por Giannone, a éste se le puso en la cabeza volver a Italia. Llega a Venecia, de donde es expulsado; a Milán, de donde lo arrojan. Entonces va a Ginebra, donde es bien acogido. La casa de Saboya, considerando que su permanencia en esta última ciudad era peligrosa por contagio, lo atrae a una trampa: a la llamada de un hombre que creía amigo suyo, se traslada a un pueblo piamon- tés, y la noche misma de su llegada lo prenden. Lo encierran, lo trasladan de prisión en prisión y muere en la ciudadela de Turín, en 1748.

56 Primera parte. El proceso del cristianismo

Pero dejó un manuscrito, no publicado durante su vida, y cuyo contenido acaba de caracterizar su pensamiento. II Triregno: los tres reinados. Ha habido en el mundo tres reinos sucesivos, el pri- meto de los cuales ha sido el de la tierra. Pues la civilización hebraica era completamente terrena, y sus creencias no implicaban ninguna idea de supervivencia, ninguna esperanza de inmortalidad. Moisés sólo había prometido a los que obedecieran a su ley recompensas materiales, fertilidad de los campos, abundancia de los rebaños, salud, prosperidad; no había concebido en modo alguno el alma como algo que ha de escapar a la muerte. Los egipcios habían proporcionado a los griegos, raza ingeniosa, las imaginaciones que estos últimos habían de complacerse en desarrollar, sobre las lagunas estigias, sobre el Aqueronte, sobre los Campos Elíseos; y aún en este desarrollo sólo se encontraba todavía una continuación figurada de las cosas de la tierra. Después vino el reino celestial. Los Evangelios nos dicen cómo Dios ha enviado a su Verbo al mundo, a fin de que el Mesías sirviera de guía en el camino, por el cual los hombres, de terrestres y mortales que eran, se harían celestes e inmortales: entendiéndose que la salvación se obtenía menos por la creencia que por la práctica de algunas virtudes muy sencillas, tales que cualquier rústico o villano, cualquier mujercilla, por tosca que se la suponga, pudiera adaptarse a ellas. En tercer lugar había venido la abominación de la desolación, el reinado del Papa. Unos hombres se habían apoderado de ese cristianismo primitivo y sobre sus bases habían levantado un edificio enteramente contrario a su espíritu. Se habían adueñado de la ley de lo justo y de lo injusto, habían calificado las acciones de lícitas o prohibidas, a su arbitrio, habían hecho creer a la multitud que les correspondía a abrir o cerrar las puertas del cielo. Aprovechándose de la ignorancia de los príncipes y de la estupidez de los pueblos, habían enseñado que se podían cambiar bienes temporales por bienes espirituales, que donaciones y legados tenían la virtud de rescatar las almas, y que el paraíso se pagaba con buen dinero contante. Así se había vuelto al reinado terreno; para reconquistar el reinado celestial, había que abolir la Iglesia.

No era la primera vez que un miembro del clero bajo estaba descontento con su suerte, se quejaba de su miseria, sufría por el desprecio de los grandes. Pero veamos la forma que tomó en uno de ellos esta protesta.

Vivía en Etrépigny, en Champaña, un buen cura, o al menos un cura bastante bueno, a juzgar por las apariencias. Era de una

IV. El Dios de los cristianos, procesado 57 familia acomodada, que había dado varios doctores a la Iglesia; cultivado, se lo veía dedicado a leer y releer los libros de su biblioteca. Es cierto que había tenido altercados con el señor del país y que se había negado a encomendarlo en la plática; el arzobispo de Reims lo había desaprobado, exigiendo de él una satisfac- ción pública. Con lo cual había subido al pulpito, el domingo que había seguido a esta orden: «Esta es la suerte ordinaria de los pobres curas de aldea; los arzobispos, que son grandes señores, los desprecian y no los escuchan: sólo tienen oídos para la nobleza. Encomendemos, pues, al señor de este lugar y recemos por el señor De Cléry; pidamos a Dios su conversión y que le haga la gracia de no despojar a los huérfanos.» Como estas palabras no arreglaron las cosas, como es natural, la lucha desigual había continuado; y se cuenta que él señor mandaba tocar la trompeta bajo las ventanas de la iglesia, el domingo, mientras el cura predicaba. Jean Meslier no estaba considerado muy favorablemente, pero cumplía asiduamente sus funciones y decía sus oficios; sin otra aventura, murió en 1729.

Ahora bien, dejaba tres ejemplares de un testamento animado por tales furores, que después de haber pasado doscientos años no se lo puede leer sin un estremecimiento: amargura que se exhala a oleadas; cúmulo de rencores y de odios exasperados por su impotencia; apelación a una revuelta que Meslier no se había atrevido a emprender abiertamente por su cuenta: el reproche de cobardía que se hacía a sí mismo participaba en el frenesí de los insultos que dirigía a la religión y a Dios. Rabia de haberse dejado conducir al estado eclesiástico, de haber tenido la apariencia, de un sacerdote ortodoxo, de haber estado oprimido, de haber rechazado toda creencia, de haberse callado. Había estado cien veces a punto, explicaba, de haber dejado estallar esa cólera contenida durante el curso de toda una vida; pero no había querido exponerse a la indignación de los sacerdotes y a la crueldad de los tiranos, que no habrían encontrado suplicios bastante duros para castigar su temeridad.

El testamento del cura Meslier partía del deseo de felicidad que hay en el corazón de los hombres. ¿Por qué ha sido defraudado siempre este deseo? Porque, como algunos quieren mandar y algunos otros adquirir reputación de santidad, se habían instituido dos poderes, uno político y otro religioso; y aliados estos dos poderes, la desdicha del mundo había quedado decidida para siempre. Juntos, los reyes y los sacerdotes habían consumado su iniquidad.

58 Primera parte. El proceso del cristianismo