La naturaleza es el escenario principal en la poesía de Botello, como de tantos otros escritores de su época. Legado de los moldes petrarquistas y, afianzado por los modelos pastoriles, el soneto sigue siendo un instrumento para desarrollar las quejas amorosas en un entorno natural idealizado, en el siglo XVI fue común encontrar sonetos íntegramente pastoriles u otros en los que se sobreentiende dicha voz aunque no se explicite (Alonso, 2002a:27). Muchos sonetos de los que vamos a citar a continuación están inscritos en un
locus amoenus, del que aun no ahondando en descripciones, sí se incide y se focaliza en los
efectos que el sentimiento ocasiona en los elementos naturales. Esta imagen perfectamente diseñada, se extiende como la pólvora en España entre los primeros iniciadores petrarquistas. Entre cientos de ejemplos: los del propio Garcilaso en su célebre "Oda a la Flor de Gnido" y los guiños al poeta de Tracia, y su poder transformador sobre animales y naturaleza. Botello asedia un motivo sumamente agotado y ahonda en él hasta la saciedad bajo unos patrones
bastante repetitivos. La naturaleza en estos sonetos se representa, básicamente, de dos formas con algunas variantes. Por una parte como receptores del sufrimiento sobre el que se provocan alteraciones (poetizado en tercera persona), y por otro lado y una fórmula usual (Alonso 2007:15-51), pero que Botello emplea en este punto de forma poco original y excesiva, salvo alguna solución más ingeniosa, que es el empleo del apóstrofe. El portugués emplea cinco veces este sistema en una serie de diez poemas en los que se funden amor- naturaleza, por supuesto lo hace otras muchas veces, pero no es el caso que tratamos. De manera que Botello solo varía el interlocutor, en lo que va alternando una fuente, un arroyo, un laurel, un jilguero y un ave. Los sistemas estructurales son idénticos, y la fórmula se encuentra encorsetada en patrones sintácticos rígidos. Suele comenzar con el apostrofe y terminar con unos tercetos comparativos, equiparando su situación con la del elemento natural, utilizando una fórmula "tú ...yo..."
Las referencias a los efectos del amor en los animales en tercera persona se manifiesta en los sonetos XV y IV. En este último la referencia es muy general,
Suelen al fin enmudecer las aves, pensativos quedar los elementos, gemir los montes y llorar las plantas.
(IV, vv. 12-14)
El soneto XV se refiere al ruiseñor, del que encontramos numerosísimas referencias en este sentido. Desde Virgilio (Geórgicas, Lib. IV, 1994:281), pasando por Petrarca (CCCXI, 2012:888), Garcilaso (Égloga I, vv. 231-234, 324-337). Sería infinita la nómina de autores que introducen al ruiseñor en la poesía de los siglos XVI y XVII, generalmente se relaciona con el mito de Filomela, o directamente se alude a él bajo esta denominación (o Filomena), como en el soneto que nos ocupa "tan dulcemente aquella Filomena" . Este texto no añade matices especialmente originales si nos atenemos a otras composiciones (debe verse Poggi, 2006:257-269). Únicamente constituye una reiteración amplificada de un motivo clásico, que en el XVII pudo obtener brillantes soluciones en Góngora, por ejemplo, baste con la lectura del soneto "con diferencia tal/ con gracia tanta". Botello no pasa por estos filtros y se queda en una vuelta más a un motivo no poco utilizado:
Sintiendo bienes y dudando males, recibe de la suerte parabienes, quedando ufana con sabores tales. Padeciendo mi amor siente desdenes, llorando entre congojas inmortales, presentes males y pasados bienes.
(XV, vv.11-14)
En el soneto XVI la repercusión en la naturaleza se extiende al sol, el mar y las estrellas, a causa de los suspiros del poeta, en el último terceto, el poeta se aparta de la explicación de los distintos efectos y se centra en su estado de sufrimiento, terminando con un trimembre a modo de queja "breve el bien, largo el mal, corta la vida"(v.14).
En el soneto XX se alude a naturaleza idealizada del pasado, contrapuesta a una naturaleza desolada en el momento de la enunciación. Botello emplea un sistema de metáforas sencillo, pero efectivo en el que, explicitando el objeto real se alude metafóricamente al elemento del pasado y al del presente. Así las "plantas" fueron "verdes muros" y son "rotas espías", los "ramos" fueron "celosías" y son "postigos que desmayan asombrados".
Estas que fueron ya plantas sombrías, doceles de jazmines plateados.,
que fueron verdes muros de estos prados, son de estos prados ya rotas espías. Estos ramos, que fueron celocías, son abiertos postigos derrotados, postigos que desmayan asombrados del ardiente combate de los días.
(XX, vv.1-8)
Como dijimos en un comienzo, cinco sonetos se abren con apóstrofes dirigidos a elementos de la naturaleza, bien una fuente (V), un laurel (VIII), un arroyo (XIX), el jilguero (XVIII) y con motivaciones distintas un ave, (XII). Los sonetos V, VII y XIX establecen en los tercetos una ordenación sintáctica similar. De forma excepcional hay un sexto soneto en
el que se alude al Ebro, pero en tercera persona, utilizando un sistema parecido al de los anteriores.
Si anhelas por llegar con paso incierto, yo, con incierto paso en mis temores, muero por ver de mi esperanza el puerto. Contempla cuáles son males mayores, tú de saudades, yo de amores muerto, si morir de saudades, si de amores.
(V, vv.9-14)
Con implicaciones explícitas mitológicas sobre el laurel y sus muchos significados, pero a la vez tenido en su sentido vegetal, el poeta refiere la equiparación entre ambos. El acierto de este soneto está quizás en el juego metafórico de los primeros cuartetos en los que se establece una relación de elementos, entre el poeta, el laurel y una fuente en la que ambos se contemplan. Teje el portugués una concatenación de metáforas en la que la fuente es el espejo del laurel, mientras que la memoria sería el espejo del poeta. Cito sin embargo aquí, por el interés comparativo con otros textos, el fragmento en el que se produce la identificación poeta-laurel:
Los dos pagando estamos igualmente, yo con suspiros, que a memorias debo, con sombras tú, que debes a la fuente. Muertos los dos al trasmontar de Febo, tú por pagar de nuevo a la corriente, yo por volver a suspirar de nuevo.
(VIII, vv. 9-14)
En cuanto a la referencia directa a las aves mediante el apóstrofe encontramos las composiciones XVIII y XII . En el primer caso se trata el tema del jilguero que se manifiesta mediante construcciones sintácticas muy similares a las anteriores. En esta ocasión el pájaro llena el campo con su melodía que inspira pausa y equilibrio, mientras que el poeta lo hace con sus lágrimas, pero como puede apreciarse no hay complicaciones formales:
Llenando el campo con igual porfía, yo, de tiernos suspiros que tributo, y tú de saludable melodía,
pagando al campo con igual tributo, tú rendiendo por fruto el armonía, yo tributando lágrimas por fruto.
(XVIII, vv.9-14)
El soneto XIX aborda la cuestión del ave como mensajera de amor. Dirigido a un pájaro cantor que es mencionado como "laúd de plumas", el poeta insta al ave a volar hasta su amada y comunicarle sus desvelos. Ponce (2008:365-381) y Pezzini (2015:63-73) trataron este tema en dos interesantes trabajos en relación con Góngora y el soneto lorquiano, que más bien parecen estar relacionados con un grupo de composiciones asociadas a la ofrenda o el regalo, como bien explica Ponce Cárdenas en el artículo citado. La verdad es que en este caso solo podemos afirmar el carácter mensajero del ave, aunque no se expresa la forma de comunicación empleada si se hace un uso reiterado de verba dicendi: "repite", "comunica", "muestra", "publica" que posiblemente hagan alusión al canto como transmisor del estado de ánimo del poeta.
Laúd de plumas, cuya ligereza entorpece del viento la corriente, vuela de mi afición al centro ardiente, verás del mundo la mayor belleza. Repite de mis ansias la fineza, comunica el dolor que el alma siente, muestra la confusión de un triste ausente, publica al dueño mío mi tristeza.
(XII, vv. 1-8)
Para concluir con este tipo de relaciones poeta-naturaleza, Botello incorpora una pequeña variación en el sistema, que como vemos emplea continuamente, y es adoptar la tercera persona, realizando un cambio del "tú" a "él", en este caso las relaciones entre el poeta y el río (en este caso y no casualmente, el río Ebro):
Sintiendo de su ausencia los enojos, el feudo pago al piélago inconstante, donde el Ebro también paga tributo. Él con risueños, yo con tristes ojos, él con dulce raudal siempre abundante, yo con amargo llanto nunca enjuto.
(XXVIII, vv.9-14)
Como ya se anunció existen también dos sonetos pastoriles explícitos (XIII y XVII). En una composición revestida de motivos frecuentes, la pastora recostada "al pie de un pino" mientras “de pacer el ganado se olvidaba" hila vertiendo lágrimas sobre el tejido. Dentro de una tradición también bastante localizada, el poema XIII trata en sus primeros cuartetos la tormenta que amenaza al monte mientras que Aonia, no se atrevía a subir. El poeta se dirige a ella en el primer terceto indicando que no ha de temer, pues la tormenta desaparecerá con su luz. Colón Calderón (2006:14-15) documenta no pocos textos en los que esto ocurre (Hipólita Narváez, Luis Martín de la Plaza o el propio Lope entre otros).