Me viene a la memoria una paciente de mediana edad, Sofía, casada y empleada en unos grandes almacenes. Acudió a mi consulta muy agobiada con su situación personal, que podría resumirse, inicialmente, en un nerviosismo y un rubor incontrolable cuando sus compañeros de trabajo contaban algún chiste con alusiones al sexo. Cada vez que algún compañero se acercaba a ella en tono amistoso y la situación se distendía, ella se tensaba y sentía cómo le subía calor por todo el cuerpo, enrojeciendo su cara. Su cabeza era un hervidero de pensamientos e imágenes que le causaban un sufrimiento muy real. De hecho, en algún momento llegó a pensar —incluso— en el suicidio, si bien reconocía que era más una idea de escape que un deseo de acabar con su vida.
Su cuadro podía encajar en lo que denominamos en el primer capítulo fobia social. Pero lo realmente interesante, en este momento, es comprender cómo su mente convertía una situación que debía ser agradable en una fuente tan importante de sufrimiento. Al principio yo pensaba que tendría algún tipo de inhibición por su educación, que le haría ver el sexo de forma sucia o desagradable. Sin embargo, revisando sus primeros años de vida no había rastro de una educación especialmente represora en estas temáticas. Explorando el origen de su ansiedad social no encontraba ningún hecho traumático que pudiera explicar su situación actual. Ella no había sido siempre así, pero de un tiempo a esta parte el problema había ido en aumento de forma considerable. Pensando en el pequeño Albert y los experimentos con la rata del Dr. Watson que citaba en el capítulo anterior, no lograba comprender el origen de su miedo.
Las sesiones pasaron y siempre encontraba mucho sufrimiento, pero pocas respuestas al origen de ese malestar. Su mente se quedaba en blanco cuando sentía ansiedad. Sofía no era capaz de mirar hacia su interior para contarme qué ocurría. O, quizás, no sentía la confianza suficiente para hacerlo. Escuchando con paciencia su historia, y avanzando y retrocediendo sobre ella, finalmente accedió a hablarme de su vida privada, en la alcoba. Entonces, todo se hizo lógico y comprensible, al fin.
La relación con su marido estaba tensa desde hacía un tiempo. Curiosamente, tanto tiempo como ella venía sufriendo por su rubor y su nerviosismo cuando se hablaba de sexo, aunque fuese en un chiste no muy picante. A él siempre le había gustado mucho el sexo y esto no había sido un gran problema para ella, según me contaba. Sin embargo, llegó un momento en el que el marido quiso avanzar en la puesta en escena de sus fantasías y comenzó a comprar juguetes sexuales, tales como vibradores y otros artilugios. A Sofía esto no le parecía especialmente excitante; más bien le resultaba algo desagradable. Pero el marido no aceptaba un “no” por respuesta. Podía llegar a ser extraordinariamente “persuasivo”, por decirlo de un modo suave, cuando deseaba llevar a la práctica sus fantasías sexuales. Nunca hubo violencia física, pero sí mucha coacción psicológica: silencios atronadores, insinuaciones veladas y otras formas de maltrato psicológico. Sofía, se sentía mal si accedía a participar en las relaciones sexuales cada vez más sofisticadas —“parecía una película porno”, me decía— y también se sentía mal si se negaba, pues ya temía las “consecuencias”. Más adelante, el marido pidió practicar la cópula anal. Algo que a ella le parecía sucio. La
consecuencia lógica fue la que ocurrió: su malestar aumentó, tanto si accedía al sexo, como si se negaba (pues la coacción era aún mayor también). Finalmente, en un intento de que la entendiese, le espetó “¿A ti te gustaría que fuese yo quien te hiciese lo que tú me haces a mí?” Cuál fue su sorpresa al decirle el marido que sí estaría dispuesto a probar. Ella esperaba un poco de empatía y se encontró con que la “perversión” —así se lo parecía a ella— aumentaba. Al final se vio a sí misma utilizando un artilugio sexual para ser parte activa en la cópula anal. Fue ése el momento en el que decidió acudir a terapia, pero estaba tan avergonzada que no era capaz de contármelo en las primeras sesiones. Ahora sí podía entender, a la perfección, su malestar.
¿Qué ocurría en su mente en las situaciones que tan nerviosa le ponían? Pues que le acudían todos los recuerdos de las escenas de cama que tanto le avergonzaban y su cabeza se plagaba de pensamientos automáticos como “Se van a dar cuenta”, “Se me nota”, “¿Qué van a pensar de mí? Perderé mi trabajo”, “Soy sucia… cómplice”, etc. Todo ese diálogo interior, que se ponía en marcha en cuanto la temática sexual flotaba en el ambiente distendido, le ponía en un estado de alerta que activaba el mecanismo de supervivencia que todos tenemos para responder a las amenazas. Su corazón se aceleraba, su respiración se hacía superficial y a veces le dolía un poco el pecho, notaba oleadas de calor por su cuerpo, y, sobre todo, su cara se ponía roja como un tomate, expresión, por otro lado, clásica en la vergüenza. La cara roja era algo muy visible y temía que en cualquier momento le preguntasen sobre el sexo, lo que le llevaba a realizar esfuerzos titánicos para no ruborizarse. Al mismo tiempo, se veía cómplice de la situación y débil para acabar con el maltrato que sufría, lo que, a su vez, generaba también muchos más pensamientos espontáneos que le ponían triste con frecuencia (“No tengo salida”, “No merezco otra vida”, “No soy buena madre”, “No soy buena esposa”, “No es justo”…). Esto reforzaba su papel de víctima, su indefensión, y su miedo a la crítica de la gente.
Sin duda, el miedo social de Sofía tenía un mensaje para ella sobre su vida íntima y cómo debía replantearse su vida personal y su matrimonio.