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Ramón, el paciente que te presenté en el apartado de trastorno de pánico y agorafobia del primer capítulo, consultó de nuevo a los pocos meses de haber superado sus crisis de ansiedad, cuando ya era capaz de ir con sus amigos a esquiar a la montaña y realizar otros deportes de aire libre que había abandonado por su agorafobia. La ansiedad estaba de nuevo llamando a su puerta. En estos meses había ocurrido algo que parecía una buena noticia, pues se trataba de un ascenso, pero que “inexplicablemente” le estaba haciendo recaer en sus crisis de ansiedad. Le habían propuesto para jefe de tienda en una gran cadena comercial, en reconocimiento por su buena labor al frente de su equipo de ventas en el departamento de pequeños electrodomésticos de su actual tienda. Esto fue motivo de alegría en la familia, aunque suponía trasladarse a otra ciudad. Su pareja estaba contenta y dispuesta a desplazarse con él para acompañarle en su ascendente carrera profesional. En un principio me sentí tentado de valorar esto como un indicio de que su mejoría no era tan sólida como parecía, como un síntoma de que la agorafobia no estaba resuelta del todo. Pero decidí indagar un poco más, explorando si había algún mensaje oculto en esta aparente recaída.

Descendiendo a los detalles de su vida personal, encontramos que Ramón no tenía en realidad vocación de comercial. Para él, el ascenso era una condición para llegar a la meta que se había marcado tiempo atrás. Ramón tenía estudios universitarios de informática y su sueño era ejercer en el equipo técnico de la oficina central de la cadena comercial en la que trabajaba. La política de esta empresa era que todo su personal tenía que ascender desde dentro, incluso el personal técnico. Para llegar a un puesto de alta responsabilidad se valoraba positivamente pasar por un puesto directivo como el que le habían ofrecido. Todo parecía cuadrar. Los sueños podían cumplirse. Pero ahí estaba esa odiosa ansiedad para no dejarle disfrutar de su momento de gloria. Y yo, desconcertado con lo que encontraba: si tan bueno era para él este ascenso, ¿por qué se ponía tan mal? ¿Sólo por la agorafobia? Al parecer no era sólo por eso, sino, más bien, la agorafobia le intentaba avisar de que caminaba hacia una vida desgraciada, como pudimos comprobar algunas sesiones después.

Ramón era una persona muy familiar. Disfrutaba de los amigos y de la familia. El ascenso supondría una merma importante en su calidad de vida emocional, y, lo que era aún más importante, el futuro podía ser aún peor. Alguna pieza de su mente se había movido con el ascenso para advertirle que el destino final de esta carrera acabaría, probablemente, con una vida familiar destrozada. Nos pusimos a imaginar ese futuro “perfecto” que impulsaba su carrera profesional. Se veía, con 50 años, casado y con hijos, pero teniendo que estar viajando por todo el país cada semana, pues ese puesto profesional que anhelaba implicaba supervisar in situ cada una de las tiendas de la cadena comercial cuando se realizaban cambios informáticos. Es decir, cada semana vería a sus hijos sólo los fines de semana y no todos los fines de semana. Tuvo claro que ése no era el futuro “perfecto” que quería para sí. A los pocos días renunció a su ascenso laboral y las crisis de ansiedad desaparecieron.

Como podemos ver en el caso de Ramón, las decisiones que tomamos en cada momento de nuestra vida están conectadas de una forma sutil con nuestros valores, metas y prioridades, y es fácil perder la pista de nuestras necesidades básicas persiguiendo

espejismos. Ramón valoraba el contacto con la familia, pero en su proyecto de futuro sólo había tenido en cuenta que un ascenso laboral siempre es bueno, ya que ganas más dinero y eso te permite ser más feliz. O, al menos, eso dice “la teoría” cuando vives en una sociedad consumista como la nuestra. Pero la ansiedad, en su caso concreto, le alertaba del riesgo de aceptar un ascenso que le alejaba de lo que en el fondo le podría hacer feliz realmente.

Otro paciente que acude a mi memoria había caído en una trampa similar a la de Ramón. Para él, la jubilación perfecta incluía un yate y dinero abundante para tomar el sol y jugar al golf todo el tiempo que quisiera. Esto es una muestra de lo que daba sentido a su vida en el largo plazo. La traducción en metas a corto y medio plazo era una jornada de trabajo infernal, que apenas le dejaba tiempo entre semana para ver a sus hijos y a su mujer. Cuando acude a consulta tenemos que los estados de ansiedad le estaban bloqueando cada vez más en su tarea comercial, disparando síntomas de fobia social: sobre todo, miedo a hablar en público. Su preocupación era no lograr hacer nuevos clientes debido a este miedo a hablar en público. El mensaje oculto de su ansiedad, tras charlar en profundidad, era que para qué quería más trabajo si se estaba perdiendo ya mucho de su vida familiar. ¿Para qué pelear tanto por un yate, si no te deja tiempo para estar con tus hijos o para jugar al golf? Si sólo te interesa el golf, ¿por qué ocupar todo tu tiempo trabajando para tener una jubilación dorada como golfista cuando ahora podrías tener la oportunidad de jugar todas las semanas, si renuncias a parte del trabajo?

Hallazgos de un antropólogo marciano