Los experimentos del pequeño Albert y todo el trabajo posterior, hasta el modelo de las vías del miedo de LeDoux, nos permiten comprender que es una ventaja, la mayor parte de las veces, que haya en nuestro cerebro una capacidad magnífica para aprender a temer situaciones por su conexión con otras que, en realidad, sí son verdaderamente temibles. ¡De lo contrario ya se habría extinguido la especie humana!
Son muchas y variadas las técnicas de tratamiento para la ansiedad y las fobias que se han desarrollado a partir de esa primera ola de tratamientos basados en estudios científicos de los problemas emocionales. Así encontramos, entre otras, técnicas como la desensibilización sistemática, la implosión, la inundación, la práctica programada o la exposición guiada. El elemento principal que todas esas técnicas comparten es la exposición, de una u otra forma, a las situaciones a las que se ha aprendido a temer sin que sea de utilidad dicho aprendizaje. El caso más evidente es el miedo que aprendió el pequeño Albert a las ratas blancas de laboratorio por su asociación a ruidos que le asustaban, y, por generalización, a otros animales blancos y con pelo o a la careta de Santa Claus, con su frondosa barba blanca (como vimos al principio del capítulo). Estas técnicas pertenecen a la terapia de conducta y se conocen en la actualidad bajo el término técnicas de exposición, que las engloba.
La idea que hay detrás de estas técnicas es sencilla —todas las buenas ideas suelen ser sencillas—: si te da miedo la barba blanca de Santa Claus, la mejor forma de reducir el miedo es aproximarte a esa barba blanca, para que tu miedo vaya extinguiéndose conforme compruebas que no ocurre nada malo cuando estás junto a esa barba. Como explicaba en otro libro[25], en la práctica, la aplicación de las técnicas de exposición no consiste en enfrentarse a las situaciones temidas sin más. De hecho, esto puede ser contraproducente, bajo ciertas circunstancias. Enfrentarse a esas situaciones que te asustan mejorará tu ansiedad sólo si se hace teniendo en cuenta una serie de reglas.
La exposición a lo que tememos puede realizarse en la imaginación o en vivo, es decir, imaginando que estamos en la situación que nos da miedo o acudiendo realmente a esa situación real. También es posible graduar o no la exposición, según nos enfrentemos directamente a lo que más miedo nos da (exposición brusca) o vayamos de forma gradual enfrentándonos a lo temido de forma progresiva, comenzando por los miedos más soportables (exposición gradual). Diversos estudios científicos, y mi propia experiencia profesional, me llevan a pensar que la exposición es más efectiva si: 1. Se hace en vivo. 2. Durante mucho tiempo (tres o más horas). 3. Con mucha frecuencia (tanta como sea posible). 4. Con la atención plenamente concentrada en lo que se está haciendo (sin distracciones para sentir menos ansiedad).
5. Libre de medicación ansiolítica. 6. Libre de cualquier medicación psicotrópica, si no está expresamente recomendada para el paciente en buena praxis clínica. 7. Libre de alcohol u otras sustancias no prescritas por un facultativo y que se empleen para reducir la ansiedad. 8. Libre de cualquier amuleto u objeto que nos ayude a sentirnos aliviados.
La gran eficacia de la exposición a los estímulos temidos reside en el hecho de que nuestro organismo no puede producir ansiedad de forma indefinida más allá de un límite. Cuando dicha ansiedad se da ante estímulos inofensivos, mantenernos en la situación temida hace que la respuesta de ansiedad se agote y entonces nuestro cerebro puede consolidar un nuevo aprendizaje: “esa situación es inofensiva”. Siempre y cuando no aparezcan objeciones del tipo: “He tenido suerte”, “En realidad, hoy me sentía más fuerte”, “Que hoy no me haya dado la crisis de ansiedad no quiere decir que otro día no me vaya a dar”, “Esta gente con la que estaba me daba confianza, pero hablar delante de otros desconocidos sería aterrador”, etc. Siempre me sorprende la habilidad que encuentran mis pacientes para quitarse mérito cuando logran superar con éxito una situación que antes les angustiaba mucho. Es como si estuvieran pendientes siempre de la botella medio vacía y se olvidasen de la parte medio llena.
No obstante, en la parte negativa tenemos que las técnicas de exposición no siempre eliminan la ansiedad y el miedo por completo. Es habitual que, si el paciente responde bien al tratamiento, su estado mejore bastante en algunos casos. Sin embargo, cuando la ansiedad se conecta con relaciones problemáticas o con un estilo de vida alienante, por ejemplo, las técnicas de exposición no suelen resolver el problema del paciente. Nosotros, a diferencia de las ratas de laboratorio y de los niños (como el pequeño Albert), tenemos emociones más complejas, que requieren sacar partido de nuestro cerebro —más complejo también—. La nueva forma de abordar la ansiedad y el miedo que propondremos en los próximos capítulos implica reforzar lo que LeDoux denomina la vía superior del miedo.
Si estás interesado en llevar a la práctica las técnicas de exposición te recomiendo que, antes de lanzarte a la tarea, leas mi libro Superar la ansiedad y el miedo. En él se explica con detalle cómo programar la exposición a las situaciones que te provocan miedo. Si padeces trastorno de pánico (con o sin agorafobia) te recomiendo también mi libro Dominar las crisis de ansiedad, pues en él se describen ejercicios complementarios, bastante imaginativos, para trabajar el miedo a las sensaciones corporales. Para el caso particular de las obsesiones y las compulsiones, nuestro libro Dominar las obsesiones puede resultar de utilidad también.