«Doctor Palinuro, válgame Dios, ¿qué hace usted allí?» «Lo que a usted no le importa. Entréguele una copia de la llave a este jovencito y váyase a desverbenar sus comadreos a otra parte. Ya no quiero verla por aquí. Espérese. Acérquese. Extienda la mano. Ajá. Abra bien los ojos. Más. ¡Más todavía! Mmmmm… Parece una Eritroblastosis fetal. ¿Ha sufrido de disnea últimamente? ¿De enuresis?» «Oh, doctor Palinuro, ¿me voy a morir?» «Todos nos vamos a morir tarde o temprano. Usted se va a morir si no se toma estas cápsulas de Clorhidrato de Clortetraciclina…» «Gracias, gracias, doctor Palinuro. ¿Cuánto le debo?» «Nada, la consulta y la medicina son gratis si me promete no molestarme de nuevo, nunca más, con que le pague la renta. Tómese media cápsula una vez al mes y regrese cuando se le acaben. Y tú —me dijo Palinuro— no te asombres de verme así. Tus pocos años no te permiten asimilar que en el laberíntico remozamiento de la especie tropieza uno con nimiedades como ésta, tan difíciles de arrancar.»
Me senté a la orilla de la cama, y por un instante supremo pensé, Estefanía, que jamás podría compartir un cuarto con un tipo como Palinuro que me recibía en esas circunstancias, alérgicas a toda esperanza.
«¿Estudias o trabajas?», me preguntó.
«Estudio. Acabo de inscribirme en la Escuela de Medicina.»
«¡Médico! ¡Médico! ¡Vas a ser médico, hermano, como yo! Te felicito. En toda tu vida, o cuando menos calculo que desde la cuarta semana de tu existencia intrauterina, cuando tu corazón medía apenas un cuarto de pulgada, hasta este momento en que tu corazón es tan grande que en él caben, estoy seguro, todas las bendiciones del mundo, sus horrores e incluso una catedral de libros y tu futuro amigo Palinuro, jamás, escúchame bien, jamás has tomado una decisión más sabia e importante. Pásame un cigarro. Están allí, en el librero. ¿Me lo enciendes, por favor? Tengo las manos mojadas con vinagre. Gracias…» Palinuro aspiró el cigarrillo y continuó: «Claro que los tiempos han cambiado mucho, los médicos ya no cauterizan las heridas con conchas marinas al rojo vivo ni enseñan el arte de la flebotomía con la ayuda de tallos de loto. Nuestra época ya no es romántica: los cirujanos cosen a sus pacientes con catgut de la Minnesota Manufacturera, y no como antes que se hacía con cuerdas de arpa, de modo que el doctor podía examinar al paciente y tocar un glissando al mismo tiempo. Nuestros días, en cambio, son muy distintos. ¿Cómo pueden ser románticos cuando las placentas congeladas se transportan en avión por miles y se le venden como hot-cakes de Findus al Instituto Mérieux para que todos tengamos nuestra ración de globulina gamma? pero de todos modos, no cabe duda, médico es la mejor profesión del mundo —dijo, hizo dos anillos de humo y prosiguió— porque cuando se es médico, mi cuate, se es todo. El médico es un arquitecto, un abogado, un cocinero, un mago, un policía, lo que tú quieras: el médico es todo. Pero por favor, pásame ese chaleco de rombos de colores, que me estoy muriendo de frío…».
De las cuarenta y cinco apariciones de Palinuro en mi vida, ésa, la primera, jamás la olvidaré. La relojería del invierno, exacta en su blancura, se prendió al primer escalón sepia de la casona colonial de la plaza de Santo Domingo, tú la recordarás muy bien, Estefanía, porque así como tú y yo nacimos en el mismo cuarto de la misma casa de la misma ciudad, así Palinuro vino al mundo —es decir, vino a mi mundo— en el mismo edificio y no otro en toda la ciudad de México donde tú y yo vivimos y nos soñamos juntos, y lo que es más: el cuarto donde vivía Palinuro en el quinto piso, era el mismo cuarto y no otro en todo el edificio, en toda la Plaza de Santo Domingo y en el universo entero, donde tú y yo, Estefanía, incansable y asombrosamente hicimos el amor en la cama, en el piso y en el espacio, desnudos, vestidos, despiertos y alelados, para la envidia de nuestros amigos, de nuestros parientes y del Almanaque para Granjeros. El mismo cuarto donde nos peleamos con las palabras y con las cosas y nos reconciliamos con ellas. El mismo cuarto, en fin, que mandamos hacer a la medida de nuestros deseos y de nuestros recuerdos y al que tú llegabas en las madrugadas después de tus guardias nocturnas en el hospital, cansada de rasurar los pubis de los operados y de precalentar cómodos y de lavar las llagas de enfermos en coma perpetua, y adonde yo regresé después de haber pasado por las agencias de publicidad y otras islas imaginarias, cansado de hacer campañas y anuncios para Cañada Dry, slogans para Palmolive y jingles para las sopas Campbell, y decidido a inscribirme de nuevo en la Escuela de Medicina y no abandonarla jamás. La portera me precedió en la escalera donde tú y yo encontraríamos una noche a Palinuro arrastrándose para alcanzar la gloria, y en el segundo piso, ¿te acuerdas?, donde vivía el cartero, la portera me explicó que iba a compartir y aderezar mi cuarto con un rancio estudiante de medicina, y mi alegría no pudo ser más grande. Un acopio de tréboles divergentes entrelazó sus hesperidios, por un hilo de plata se deslizó un esturión de hielo que desgajó su?, huevecillos en el aire, y aquel caviar espléndido se transformó en una frutería volante. «Siempre pone el tocadiscos así de fuerte, ya se acostumbrará usted», me dijo la portera sin escatimar alguno que otro eructo. De un rincón a otro, en los copos de nieve que los cuervos blancos llevaban en sus picos, las tazas desportilladas se espolvorearon de Nescafé y por el redondel del tragaluz, magro y fervoroso, la luz se desmenuzó en los cabellos de medusa de la portera. «Y para colmo no tiene sino un solo disco. A ver si usted lo convence para que se compre otro.» Llegamos así al cuarto piso, ¿te acuerdas, Estefanía?, donde vivían el doctor borracho y la vecina loca, y se escuchaban, aquí y allá, las esporas de una conversación gelatinosa y yo seguía subiendo la interminable escalera del viejo edificio colonial de espumilla roja, sumergido en una oscuridad de brebaje de algas, entre verdosa y opalina, con sugerencias de alcanfor de manzanas y yemas podridas, hacia el inmenso órgano de viento ardiente que formaban los matraces, los tubos de ensayo y las retortas de la catedral alquímica de Palinuro, a quien iba a conocer de un momento a otro, me dijo la portera, a la vuelta de una cornisa o en el desagüe de la penumbra que se transformó, de pronto, en una diafanidad tempestuosa. Y así fue, te juro que no lo voy a olvidar: bajo aquella luz de celofán oleoso, en medio del cuarto y a tiro de flecha de la ventana que daba a la calle y a la tarde, estaba Palinuro desnudo de la cintura abajo y de la cintura arriba, recetándose un baño de asiento en una tina de aluminio llena de vinagre. Para entonces era tal el escándalo, y reincidía tanto aquel vaivén dulcísimo del Invierno de Vivaldi donde se demoraba un helecho de notas esbeltas, que tuve que acercarme al tocadiscos y apagarlo.
brazo en actitud flamígera, y dijo: «Pero antes de continuar, hermano, déjame saludarte: ¡Salve! Bienvenido a esta reencarnación decadente de los personajes más conocidos de la fauna medicoliteraria. Bienvenido, y resígnate a la idea de que tú y yo iniciemos en nuestro país dos generaciones inolvidables de hombres dedicados a la gaya ciencia de la medicina, así como los Norcini y los Preciani de Norcia y Preci, de modo que nuestros hombres quedarán unidos para siempre, como los de nuestros ilustres colegas y antecesores San Cosme y San Damián. Y ahora supongo que tengo que darte una explicación abracadabrante de las razones por las cuales me encontraste así, rascándome los dicotiledones y dándome un baño de cuelo en este vinagre purísimo. ¿Sabes una cosa? Me pegué un susto enorme cuando te vi entrar, porque creí que me había desdoblado. Somos iguales, como dos gemelos univitelinos. O quizá sea más correcto decir que tú eres como yo seré y que yo soy como tú eras…»
Caminó hacia una mesa y me mostró un cráneo.
«En otras palabras, lo que escribí en la frente de este braquicéfalo. “Como te veo me vi, como me ves te verás”. ¡Qué estupidez! ¿Hay alguien que pueda verse a sí mismo cuando ya está muerto? Bueno, ésta es la culpable, no la calavera, sino la muchacha de la fotografía. Resulta, hermano, que estoy inundado de ladillas, los fatales piojos del pubis. Se dan casos, por supuesto, de ladillas en los bigotes. Pero yo no me dejo los bigotes porque soy supersticioso: tengo trece pelitos de cada lado. Y tú, ¿has tenido alguna vez estos desgraciados anopluros inguinales? ¿Los has sentido interiorizar alguna vez tus poros pudendos y darte una comezón de uvas calientes?»
«¿Son una enfermedad venérea?», le pregunté.
«Bueno, tanto como enfermedad, no. Y como venérea, tampoco. ¿Dónde se ha visto una enfermedad con patas? Pero el caso es que se adquieren sólo mediante el contacto sexual. ¿Nunca te las han pegado?»
«Estefanía nunca ha tenido nada de eso.» «¿Quién es Estefanía?»
«Mi prima.»
«Pero otra amiga, otra prima…»
«Aparte de Estefanía nunca me he acostado con otra mujer.»
«¡Ah, qué me has dicho! Hoy mismo entrarás conmigo en el reino de los burdeles. Acabo de decidir, en este segundo, convertirme en el hierofante, en el mistagogo que te iniciará en los misterios no sólo de la Medicina, sino también de la vida airada. ¡Lo juro por Apolo Médico, por Esculapio, por Higea y Panacea! —gritó, señalando el Juramentó de Hipócrates colgado en la pared, y me tomó de la mano—. Te conduciré por las casas de enfermos y por los hospitales de ultramar. Te enseñaré los secretos no sólo de las enfermedades venéreas sino de todas las calamidades no previstas en los urinarios. Haré que te aprendas de memoria los cuatro puntos cardinales de la inflamación que componen el cuadrilátero de Celso: rubor, tumor, calor y dolor. Y te iniciaré en el arte de la asideración, o muerte violenta por inmersión en agua helada, para que mates a tus acreedores con un cubetazo de agua fría, sin que jamás se descubra el crimen. Supongo que también se puede hacer con vinagre. Mira, tócalo. Está helado, ¿verdad? Después, para establecer vínculos paulatinos, nos iremos a cabaretear como los hiperbóreos desde la punta de esta noche hasta el oasis de un mediodía muy distante, más allá de las fronteras del vicio. Te advierto que mi Bebiculum Vitae es muy
impresionante, así que después de mandar a la nostalgia de regreso por correo ordinario vamos a beber a trompa de elefante en la cantina de Pepes, donde no sólo puedo firmar las paredes con orines sino también algunos vales que pago cuando se me da la gana y el dinero. Luego, podríamos ir a un cabaretucho donde va toda la broza nostra y que le llamamos “El Tijuana”, porque allí, como los turistas gringos, te puedes conseguir unos tragos baratos, una puta barata y una gonorrea barata. O si prefieres, nos vamos a un burdel al que yo le puse el nombre de los Campos Elíseos, o Delíceos, porque allí el alma y el cuerpo encuentran el premio merecido: las huríes de azafrán prometidas por Mahoma, las odaliscas de cabellos largos y azules como el Nilo. Además, soy muy amigo de la madrota, la Doña Amábile. ¡Qué comezón, carajo! ¿Qué te parece el plan? ¿Tienes algún inconveniente?»
«Lo que tengo es hambre.»
«Yo también, no te creas», dijo Palinuro, se quitó el chaleco, se puso una camisa, y de nuevo el chaleco de rombos de colores. «Mira, te decía que ésta es la amiga con la que me metí, y te lo cuento para que no confíes en las amigas y menos si son de la clase de prostitutas que trotan por las madrugadas al margen de las leyes y de tu conocimiento. En el día, no lo creerás, era una cenicienta, una cocinerita que me quería tanto, que cada vez que pelaba una zanahoria se acordaba de mí y cuando la rebanaba le dolía en carne propia. Desde que descubrí las ladillas, un coraje se me prendió con avaricia en esta víscera, esquina con el cordón de Arancio. Quitarse las ladillas es fácil, les echas DDT en polvo y se van volando, por así decirlo. Pero los huevecillos, que se llaman liendres, se pegan a los pelos y no se quitan con nada. Luego, naturalmente, nacen las ladillas bebé que apenas abren los ojos comienzan a chuparte la sangre, y es cuento de nunca acabar. Me recomendaron los baños de vinagre, pero ha sido inútil: las liendres permanecen inefables. Y lo peor, es que desde hace tres días todo me sabe a ensalada de Sanborn’s: el café con leche, los cornflakes, el ron. Además, mi sudor huele a vinagre, mi orina huele a vinagre, mi saliva huele a vinagre. He llorado de desesperación, y por supuesto los ojos me ardieron una barbaridad porque lloré vinagre. —Palinuro apagó el cigarro en la tina y lo arrojó después por la ventana. Cogió un espejo de mano. Vio su cara triste. Luego, vio su cara alegre y exclamó, inundado de felicidad—: ¡El médico es el actor por excelencia! Si tú no sabes fingir, nunca podrás ponerle cara alegre al paciente que se está muriendo de carcinoma gástrico y decirle “naturalmente que se va usted a aliviar, hoy tiene muy buen color: ayer estaba usted amarillo y hoy está verde: ¡y verde es el color de la esperanza!” Bueno, pues, ¡a vestirse se ha dicho! Después te tocará hablar a ti, contarme toda tu vida y la de Estefanía, ¿de acuerdo? Hablaremos y brillaremos alternativamente, como Cástor y Pólux. Para eso, te prestaré en su oportunidad mi chaleco, que tiene virtudes mágicas: cuando te lo pones, te pones la elocuencia y la cultura, te vuelves ventrílocuo de corazón y cambian todos tus puntos de vista, la forma en que ves la vida y hasta tu manera de andar y hablar. Y no te preocupes del hambre: en la cantina de Pepes nos darán unas botanas sensacionales además de unas in creíbles cebollas en vinagre. ¿En vinagre? ¡Estoy loco!»
«Bueno, ¿no nos vamos a ir nunca?»
«Ahora mismo acabo de vestirme», me contestó y se puso un calcetín. «Pues sí, me alegro infinito que estudies para médico, porque insisto, no ha habido nunca un oficio tan noble y tan rico como el de un médico. El médico, y sobre todo el cirujano, conjuga todos los oficios y profesiones del
universo. Aunque claro, todo médico es cirujano y todo cirujano es viceversa, como decía Lanfranc: Omnis practicus est theoricus: atqui omnis chirurgus est practicus, ergo omnis chirurgus est theoricus. Más claro ni el agua…»
«No entendí nada. No hablo latín.»
Palinuro aventó el libro y se sentó en la cama.
«No se necesita hablar latín para saberse algunas cosas en latín, o incluso para inventarlas. Por ejemplo: ¿has escuchado la expresión Cogito, ergo sum?»
«Pienso, luego existo.»
«¡Muy bien, muy bien! Pero lo que no has escuchado, es la variante que inventé —Palinuro se señaló el miembro— Vergo, luego cógito. Genial, ¿verdad? —Palinuro se acercó a la ventana y señaló las azoteas, el campanario de la iglesia de la Santa Expiración, los rascacielos de cumbres plateadas—. ¿Te parecen magníficos todos estos edificios y estas casas? ¿Puedes incluso imaginarte una vieja Escuela de Medicina cuya arquitectura se pueda inventar a discreción, adornar con voluptuosidades hediondas y atlantes patinados que sostienen aulas oscuras? Pues eso no es nada: el médico, caro amigo, es el arquitecto del cuerpo que compone fracturas y esguinces y fabrica cúpulas y fémures de platino.»
Palinuro se puso el otro calcetín y caminó hacia un enorme baúl que había en un rincón, lo abrió y sacó una gorra de cuadros y una pipa. «Olvídate del ropero del abuelo Francisco. Mi cofre tiene tesoros que te dejarán con el esfínter bucal abierto y lanzando juramentos médicos como ¡sístoles y diástoles!» se puso la gorra, se colocó la pipa en los labios, y comenzó a gatear por el suelo. «El médico, hermano, es el detective… el investigador que le sigue el rastro al rigor mortis, el inspector que interroga a las circunvoluciones cerebrales… ¡qué sucio está el suelo! Tenemos que barrerlo mañana sin falta o a más tardar la semana próxima. Toma, también te presto mi gorra para que vayas desarrollando tu sentido de la observación como lo hizo el famoso doctor Joseph Bell, en quien se inspiró Conan Doyle para crear a Sherlock Holmes. Tengo aquí libros y revistas viejas: nada menos que treinta o cuarenta números de Lacent; el I Ching, y un chambelán de la tía Luisa que todavía huele a Roger et Gallet», Palinuro alzó el brazo y fingió que se perfumaba la axila. «Pero otro día te enseñaré todo lo que guardo aquí. Por ahora, recuérdame que cuando salgamos, me lleve mis Electromusigramas, que quiero enseñarte mientras caminamos. Y también mi ropa sucia para desinfectarla en el autoclave del hospital. Hay calzones que llevan aquí tres meses. Y calcetines… bueno, éstos ya están para la basura: ¡tienen más agujeros que un queso Emmental!»
«Será que un queso Gruyère», le dije.
Palinuro me quitó la gorra, se la puso, frunció la nariz y afirmó:
«Emmental, mi querido Watson… y a otro asunto: ¡Hoy, las tapas de los libros saltan como cabras al olor de la yerba fresca! Nunca podrás leer completo este ejemplar del Malleus Maleficarum, porque mira: le hice un agujero a todas las páginas en el centro, para guardar otro regalito de Walter: Cannabis del más verde de todos sus valles. O sea mariguana, como su nombre indica. Pero ésa la reservamos para el regreso. Ah, aquí están mis trajes. En realidad no tengo sino dos, pero también puedo prestártelos cuando quieras. Este, que como ves tiene un lindo color azul Francia, lo uso para ir a las bodas y los bautizos. Y este otro, negro, no me lo he puesto nunca: lo estoy guardando para mi entierro, al que pienso asistir de incógnito para ver qué tanto me lloran mis
amigos.»
«¿Por qué hablas tanto de la muerte?»
«Es la muerte la que habla por mis labios: va te acostumbrarás como estudiante de Medicina, a la muerte de todos los días. Pues como dijo Claude Bernard: Lu vie c’est la mort. Aunque prefiero lo que dice el Divino Marques, que consideraba a la muerte como una de las preciosas leyes de la naturaleza. Mira —me dijo Palinuro enseñándome un barco de juguete—: éste fue el primer barco, y el último, que armó mi padre para mí. Lo que me hace pensar que el cirujano, mi cuate, cuando está en la sala de operaciones rodeado de su tripulación de enfermeras vestidas de verde y blanco, ¡es el capitán de un buque que navega en un mar de sangre y linfa, sobre las cistotomías y las trepanaciones,