CHAPTER 1 ADR IN AUSTRALIA 10
1.3 ADR IN AUSTRALIA 24
Agustín González Enciso. Universidad de Navarra
La aristocracia –o nobleza, sinónimos aquí–, es un ideal y una prác- tica. La práctica, como siempre, implica problemas que pueden llevar a negar el ideal. Pero el ideal existe, a pesar de todo; no solo eso, sino que sigue siendo necesario, pues es lo que marca el sentido. No todos lo entendieron así en el decurso de los tiempos. Vaya por delante que aquí se va a hablar de ideales y de sentido, malgré tous!
El Diccionario de la Real Academia Española, en su versión electrónica, da tres acepciones de la palabra aristocracia: 1, “en ciertas épocas, ejerci- cio del poder político por una clase privilegiada, generalmente heredi- taria”. 2, “clase noble de una nación, de una provincia, etc.”, y 3, “clase que sobresale entre las demás por alguna circunstancia: Aristocracia del
saber, del dinero”. No me cabe duda que la acepción que más le cuadra a
Rafael Alvira es la tercera, lo que se dice antes de los ejemplos. En cuanto a los ejemplos que da el Diccionario, el que le corresponde, toda- vía con menos duda, es el de aristocracia del saber, si bien, cabe pensar que el Diccionario ha sido parco en ejemplos. Si Rafael Alvira es un aristócra- ta del saber, lo es también de otras muchas cosas, y quizás más que del “saber”, de la sabiduría.
Sirva lo anterior solo como proemio. Ya que no escribo esas líneas para halagar a nuestro amigo, no seguiré por ahí. Sencillamente quería resaltar, por si hubiera algún despistado, que no lo creo, que el espíri- tu aristocrático es algo muy cercano a Rafael Alvira; lo es, sobre todo, me parece, en referencia al origen griego de la palabra ἀριστοκρατία,
aristocracia, lo mejor. El gusto por lo mejor es fundamental porque nos eleva el espíritu: “aspirad a las cosas de arriba”, nos dice san Pablo en el capítulo 3 de su epístola a los Colosenses. Por supuesto que para el Apóstol las “cosas de arriba” son las del Espíritu, pues arriba es “donde está Cristo sentado a la diestra de Dios”; esa es, sin duda, la aristocra- cia fundamental. Pero de ella derivan las demás cosas buenas, lo mejor de lo que podamos encontrar en la tierra, por eso me parece razonable partir de lo “mejor más alto”, lo “más mejor”, que diría un niño peque- ño, a lo mejor de la tierra, que es el buen comportamiento personal en relación a uno mismo y a los demás.
Aristocracia, nobleza de sangre y virtud
Dicho esto, podemos permitirnos bajar un poco el listón y fijarnos en la segunda acepción del Diccionario, la aristocracia como clase noble de una nación, es decir, como un grupo social, el mejor, supuestamente. Y ahora, como no podía ser de otra manera, me voy a la historia. Clases dominantes ha habido siempre, en todas partes, y es de esperar que siempre las haya (veremos por qué). Son las que dirigen la sociedad, son las que, en lenguaje más moderno, llamamos clases dirigentes, o como dirían los castizos, los que mandan. En todas partes esos grupos sociales se han identificado bajo una palabra común, habitualmente utilizada en los textos de Historia, la nobleza.
Cuáles fueran las cualidades de tal clase en cada momento y lugar es algo que varía. También es cierto que nobleza y aristocracia no desig- nan un grupo social homogéneo, ni mucho menos, incluso hay autores que diferencian la nobleza de la aristocracia, esta última se referiría solamente a los más encumbrados en riqueza y poder1. Aquí utilizare-
mos el término nobleza de manera genérica, equivalente a aristocracia en el sentido mencionado, los mejores de la sociedad como grupo pri- vilegiado en su conjunto, según un ideal organizativo. Desde luego, hubo una época en la que a ese grupo se le quiso asignar un papel no solamente social, sino algo incluso superior. No bastaba con que alguien dirigiera la sociedad, sino que esa sociedad tenía que estar orientada hacia el bien común; ahora bien, tal expresión no se entendía solamente como conseguir lo bueno en la tierra, sino en el sentido de que en la tierra deberían darse las condiciones para que las personas pudieran alcanzar, a través de esta vida, el bien común superior, la sal- vación.
Me estoy refiriendo, como es lógico, a la sociedad de ordenes, o esta- mental, que se desarrolló en la Europa cristiana a lo largo de la mal lla- mada Edad Media –la época de la Cristiandad, como ha resaltado J. R. Ayllón2– que sobrevivió durante la Época Moderna, hasta desaparecer
en el torbellino de las revoluciones que se desarrollaron desde finales del siglo XVIII y que darían al traste con la estructura aristocrática de la sociedad, en todos los sentidos. En aquellos largos siglos anteriores, la sociedad se concebía como un todo funcional en el que las personas, integradas en grandes grupos –los así llamados estamentos–, se debí- an al cumplimiento de una función social: los clérigos debían rezar, los nobles defender la sociedad y gobernar, y el estado llano, proveer a las necesidades organizativas y materiales diversas. Ahora bien, lo impor- tante de la nobleza no es solamente su doble función de gobierno y
2 Creo que merece la pena esta cita de Ayllón: “Grecia se llamó Grecia a sí misma.
Roma se llamó Roma. La Edad Media, a poco que se piense, no se llamó Edad Media. Se reconoció en el nombre de Cristiandad y protagonizó diez siglos de creatividad inagotable”. Ayllón, J.R. (2013), p. 79. Sobre una crítica al término “edad media” pue- de verse Heers, J. (1995).
defensa, el bastón de mando y la espada, podríamos decir, sino que la nobleza, al ser lo más elevado socialmente en el orden temporal, debía encarnar también unas virtudes ejemplares; si se le encargaba el man- do, podríamos decir, es porque era capaz de dar ejemplo. Hoy en día eso se llama liderazgo.
Como para lo espiritual estaba el clero, a simple vista parece que en la división de funciones falta unidad de vida, pues unos hacen unas cosas y otros, otras; sin embargo, tal falta de unidad es solo aparente, no solo porque hay unidad en el fin –el bien común, sino también por- que los nobles deberían ser virtuosos y esa virtud tenía que estar arrai- gada en la religión. Los demás también debían comportarse así, en pro- porción a su estatuto. Tanto en su función social, como en su vida personal, el noble se sentía urgido por la responsabilidad: nobleza obli- ga, dice el refrán castellano. En el noble idealmente constituido anida un sentido profundo de responsabilidad social, si bien entendido y ejer- cido desde los valores de aquella época. En todo caso, el noble de ver- dad debía ser una persona virtuosa y por ello los escritores de entonces redactaron tratados de educación, no solamente los más famosos, diri- gidos a los príncipes o futuros reyes, los primeros entre los nobles, sino también a los nobles en general, más allá de la educación en las armas, también necesaria para su función.
Que los nobles al final se dedicaran más a las armas que a la pluma, es otra cuestión. Por otra parte, nobles literatos hubo unos cuantos y, además, estaba el ideal cortesano, no exento de un fundamento cultu- ral y presente en libros, como el más famoso de Castiglione, El cortesano (1528). En todo caso, la enseñanza no olvidaba los altos ideales nece- sarios que un noble debería encarnar. Al respecto, Rodríguez Casado recordó en su día la pertinencia entonces del varón de deseos bíblico, ideal que popularizaría la mística barroca y que también se identificaba con
los ideales de los nobles3, un ideal cercano al estoicismo como postu-
ra ética de la nobleza de entonces4.
El prototipo del noble de entonces no es necesariamente el titulado. Hay algo más profundo que un título, es la sangre. Y la sangre está pre- sente en lo que podríamos llamar la nobleza básica, y queda encarnada en una figura que en castellano se llama hidalgo. El rey puede hacer nobles, se decía también en la Castilla medieval, pero no puede hacer hijosdalgos. Se aludía con ello a que el rey podía conceder títulos de nobleza a gentes de origen plebeyo, pero había quien tenía esa noble- za por sangre, desde hacía generaciones. Eso el rey ni podía suprimirlo, ni podía inventarlo. Los nuevos nobles serán eso, nobles nuevos, y ten- drá que pasar un tiempo hasta que sean socialmente aceptados por sus iguales. En más de un lugar y momento histórico se repitió lo que Saint Simon decía en la Francia de Luis XIV respecto a la vil burguesía, cuan- do se refería, en realidad, a los nuevos nobles: ya no eran jurídicamen- te burgueses, sino que habían pasado, por concesión real al estamento nobiliario, pero resultaban advenedizos para un noble de antiguo lina- je.
Es cierto que esa nobleza básica y fundante, la hidalguía, también había sido concedida alguna vez por algún rey. Para obviar eso, los nobles castellanos querían hacerse descender de los reyes godos. Des- de luego es una patraña si se toma en términos generales, aunque es razonable suponer que aquellos reyes alguna descendencia dejarían; sea lo que fuere, tal suposición –afirmación, más bien–, daba una aure- ola de misterio a unos orígenes que a veces eran difíciles de trazar. En todo caso, tenían prestigio ante los demás, lo cual era muy importante. Cuando alguien quería demostrar su hidalguía, si alguna instancia
3 Rodríguez Casado, V. (1981), p. 125. 4 Carrasco Martínez, A. (2001).
administrativa no se la reconocía, una de las mejores pruebas que se podían aducir era que en su lugar de residencia habitual su familia había sido considerada noble desde tiempo inmemorial. Era el recono- cimiento de los otros lo que demostraba la calidad de noble, porque eso no se concedía a cualquiera y la aceptación del plebeyo era necesa- ria. Esa calidad tenía que ver también con el tiempo y las generaciones. El noble permanece y es esa permanencia, referente de la tradición, lo que unos representan y otros reconocen. Todo ello forma el entramado de la sociedad, por eso, allí donde la tradición importa, los nobles, se hacen necesarios.
Virtud hidalga frente a vida material
Más allá de los intríngulis históricos, nos interesa ver cuál era el ideal social de los hidalgos, ese grupo social clave como grupo dirigen- te del conjunto social, también garante de la tradición durante siglos en España. Como “hombre ejemplar en la sociedad antigua” calificó al hidalgo V. Palacio Atard5, quien destacaba dos rasgos esenciales: la
contención, que es prudencia y sobriedad, y la ejemplaridad. “Cuando saturados de ansias de lucro, de excluyentes afanes por la conquista del dinero, volvemos los ojos hacia el español antiguo, señala Palacio, el brusco contraste que se nos muestra es este: el de un hombre que no funda su exaltación sobre las riquezas… sino que el reconocimiento de su rango se hace radicar en la conducta atemperada por ciertas normas morales y en la intencionalidad de sus obras”. Lo importante para él, insiste nuestro autor, no es tanto el resultado de aquello que empren- de, por más que esto le interese, sino “lo esforzado del intento”6. Porque
5 Vicente Palacio Atard ha fallecido precisamente uno de estos días en los que se
escribían estas páginas. Sirvan ellas también de recuerdo y reconocimiento a un gran historiador, a quien me unía una filiación académica, pues fue maestro del mío.
en lo que se intenta, podríamos añadir, se manifiesta lo que realmente interesa, y el esfuerzo, a su vez, marca la intensidad del deseo.
Eso que hemos llamado contención puede ser el resumen de un cúmulo de virtudes, como las que enunciaba Moreno de Vargas en 1622. Los hidalgos, decía, “son justos, templados, prudentes y sabios, fuertes, animosos, industriosos y cuidadosos, magnánimos y dadivosos, mesu- rados y sufridos…”. Señalaba luego virtudes de sociabilidad (corteses, afables, conversadores) y religiosas (piadosos, misericordiosos, teme- rosos de Dios). Terminaba este autor señalando la función estamental: son los que “sirven y acompañan al rey, los que defienden la tierra, amparan la república en paz y en guerra, como cabezas que son de ella”7.
La vida virtuosa puede hacerse onerosa, el ser noble puede llegar a ser una carga, pues la virtud tiene que acreditarse con la conducta, y eso en todo momento y ocasión. La consecuencia de tal peso es que muchos nobles no respondieron a ese ideal; de hecho, los moralistas se lo recriminaron con frecuencia y muchos autores pensaron, en diferen- tes momentos, que la nobleza era un cuerpo inútil, precisamente por- que los nobles no solo no eran virtuosos, sino que tampoco cumplían sus obligaciones estamentales. Esta idea es recurrente en diferentes momentos históricos, como si fuese un problema generacional8. Pero
como recuerda también Palacio, lo grave para una sociedad no es que sus individuos infrinjan el código moral, “sino que ignoren que tal códi- go existe”9. Eso no ocurría entonces, pues había código y tal código era
aceptado en la teoría y defendido por las instituciones.
7 Moreno de Vargas, B. (1622). Apud Palacio Atard, V. (1961), pp. 25-26, quien cita por
la edición de 1636.
8 González Enciso, A. (2013). 9 Palacio Atard, V. (1961), p. 27.
Con la pervivencia del ideal, a pesar de que la práctica pudiera tan- tas veces fallar, se mantiene la estimación colectiva del mismo y, por lo tanto, su carácter ejemplarizante a largo plazo. Una vez más, el ejemplo no lo dan necesariamente los nobles ricos, los titulados más distingui- dos, los de más alta alcurnia, diríamos; son más bien los pobres –pobres en relación a los otros–, los simples hidalgos, quienes encar- nan las virtudes prototípicas y se hacen ejemplares. Estos hidalgos lle- van una vida más cercana al pueblo llano y, precisamente por ello, pue- den ser más fácilmente imitados, de manera que el pueblo común pueda llegar a hacerse noble, si no por su sangre o título, sí por sus vir- tudes.
La sangre, desde luego, no podían cambiarla, como señala bien cla- ro Moreno de Vargas: “Bien es verdad que el hombre a quien el rey con- cedió nobleza, si de su nacimiento era plebeyo, hijo de padres oscuros, no mudó aquella su naturaleza y sangre, porque el rey no le pudo qui- tar lo pretérito y lo que meramente era natural, pero pudo mudarle la condición y estado, y lo político y lo civil, que es lo que basta para obte- ner la calidad y dignidad de la nobleza, por ser como es de derecho positivo y no natural”10. Ahora bien, si lo más propio de la nobleza es la
virtud –“la verdadera nobleza es la virtud”, decía también Moreno de Vargas11–, y el plebeyo puede ser virtuoso, ello quiere decir que el ideal
noble puede ser transmitido a todos, aunque no obtengan la condición civil y política de nobles. Y en efecto, de eso se trataba, de que el ejem- plo de un noble virtuoso, en la amplia variedad de situaciones vitales, fuera realmente imitado por los plebeyos. Esa era, precisamente, una de las funciones de la nobleza, ser modelo social. También aquí un caso de liderazgo social.
10Moreno de Vargas, B. (1622), discurso II, párrafo 8. 11Moreno de Vargas, B. (1622), discurso II, párrafo 8.
La literatura del Siglo de Oro ha inmortalizado en algunos tipos inol- vidables el aprecio que el pueblo tenía por los hidalgos. Sancho sigue a don Quijote, a pesar de su locura, que tantas veces señaló su escude- ro; el Lazarillo se vengaba de todos sus amos, menos del hidalgo pobre a quien sirve. Algunos, según una mentalidad heroica, estaban dispues- tos hasta a dar la vida por sus señores en la línea de la devotio señorial, si bien en una actitud extrema de la misma. Sin necesidad de llegar a ese extremo, la lealtad es la virtud más señalada en todos los ejemplos literarios, una lealtad que está por encima de cualquier interés perso- nal, material o de cualquier tipo. De la misma manera, la deslealtad, o la doblez ante el señor, califica rápidamente de manera muy negativa al personaje ante el lector, si de literatura hablamos. Esta postura se manifiesta entre señores y vasallos, por lo tanto entre nobles, aunque sean de distinto rango, pero también es la propia de un criado, lo que indica que la lealtad, el sentido de la deferencia, tiene dentro de sí el germen del servicio, otro aspecto básico del orden social.
¿Cómo consigue el hidalgo tal comportamiento? Ello exige despren- dimiento. A las necesidades que le acechan, a las pasiones que le pro- vocan, el hidalgo responde en un primer impulso con tendencia a domi- narlas. La respuesta del hidalgo tiene, interesa recordarlo aquí, un valor social. En ese dominarse a sí mismo está la razón de su señorío y el fun- damento de su ascendiente social. Estas actitudes son las que hacen exclamar a V. Palacio que la conducta del hidalgo viene determinada, en último término, por “un vivir con sobriedad y un darse a los demás”12,
es decir, desprendimiento y preocupación social concreta.
Aristocracia, clases dirigentes y revolución
La tercera acepción de aristocracia en el Diccionario de la Real Academia
Española señalaba una “clase que sobresale entre las demás por alguna
circunstancia”. Esta acepción se puede referir a cualquier época y cir- cunstancia. En ese sentido, cualquier grupo dirigente puede ser consi- derado aristocrático en la medida en que destaca de los demás grupos sociales. Esa dirigencia puede ubicarse en distintos campos, y ahora el que nos interesa es el de la economía, más en concreto, la empresa. Los empresarios, al menos los de un determinado nivel, son considerados en todas partes clase dirigente desde la perspectiva de un análisis sociológico.
En este sentido, R. Alvira ha identificado a los empresarios como los aristócratas y nobles de nuestros días. Nobles no por la sangre, ni por los privilegios, desde luego; tampoco porque tengan capacidad de gobierno sobre hipotéticos vasallos. No. Es importante señalar, para evitar equívocos, que no se trata de una identificación, sino de una ana- logía. De la misma manera que los nobles de antaño sobresalían sobre el resto de la sociedad, los empresarios de hoy sobresalen también del resto de la sociedad. De la misma manera que aquellos tenían un poder económico, también estos lo tienen en nuestros días. De la misma manera que los nobles de antaño eran el elemento básico de la organi- zación social de entonces, también los empresarios tienen hoy en día un papel similar. De la misma manera, en fin, que muchas personas estaban en dependencia de los nobles en tanto vasallos, hoy muchas personas dependen de los empresarios para tener trabajo, porque es la empresa la que genera empleo y es en la estructura empresarial donde hoy trabaja la inmensa mayoría de la población.
Podemos recordar esa analogía con palabras del propio R. Alvira: