3 Data analysis
VII. Land use:
3.2 Analysis and assessment of alternative data sets for Germany
Como ya queda dicho, tenemos en la trilogía cinco apellidos con rasgos diferenciadores propios. En El misterio de la cripta embrujada, el personaje del loco se presenta ante un inspector como Don Ceferino Sugrañes, “Concejal de ayuntamiento y propietario de bancos, inmobiliarias, aseguradoras, financieras, constructoras” (p. 63), y también se presenta ante el primer jardinero del colegio San Lazarista, como don Aborio Sugrañes, “profesor de lo verde en la Universidad de Francia” (p. 71). Y finalmente se presenta en casa de Peraplana como Don Toribio Sugrañes, “compañero de mili del señor Peraplana” (p. 87).
Cabe notar el empleo repetitivo del tratamiento “Don”, utilizado en su sentido etimológico como signo diferenciador de nobleza, de grandeza y de respeto. Se trata de una voluntad por parte del personaje del loco de demostrar a sus interlocutores que pertenece a una clase social elevada. En este sentido, Philippe Hamon subraya:
Le nom, avant d’être un signe (plus ou moins “arbitraire” plus ou moins ‘motivé’, plus ou moins chargé de ‘sens’) peut donc être une ‘enseigne’, c’est à dire inscription publique qui signale, indique, souligne et denote un ‘notable’ (Hamon, 1983: 139).
En efecto, consciente de que su oficio de detective necesita ciertas cualidades de las que no dispone, el protagonista recurre también a la usurpación de títulos sociales, astucias que le permiten eludir algunos escollos, plantear el problema que le ocupa, y sonsacar algunas informaciones necesarias para la realización de sus pesquisas. El triple uso de “Don” y las usurpaciones de las funciones sociales, denotan el deseo de disimular su vida humilde. Conviene señalar que se trata de un elemento estrechamente ligado a la misión del protagonista narrador, encargado de conducir pesquisas, por consiguiente, necesita, mostrar una personalidad imponente para dominar psicológicamente a los personajes sospechosos con los que se enfrenta. Tenemos aquí, puesto de relieve, lo que Marcel Bataillon llama “respetabilidad externa”, uno de los temas más recurrentes en la novela picaresca. A semejanza del personaje del loco, Pablo de Segovia, protagonista de El Buscón, usurpa los nombres cuando llega a la corte. En un primer momento dice que se llama don Álvaro, luego don Ramiro y por fin, Felipe Tristán. En La aventura del tocador de señoras, se presenta dos veces con apellidos casi idénticos: “Sugrañes. Onán Sugrañes” (p. 38); “Sugrañes, agente de Seguros” (p. 84). Un elemento importante nos llama la atención: la ausencia del tratamiento “Don”. Definiéndolo, Julio Casares dice que es:
Un tratamiento honorífico y de dignidad, que antepuesto al nombre propio y no al apellido, se daba antiguamente a contadas personas de la primera nobleza. Actualmente se da este título y tratamiento a toda persona bien portada (Casares, 1977: 306).
La desaparición de “Don” es la manifestación de la estabilidad y de la rehabilitación social del protagonista. Ya no es cliente del manicomio donde pasó su infancia y su adolescencia; es peluquero y afirma:
De este modo obtuve el primer trabajo honrado de mi vida. Huelga decir que puse en el empeño toda la energía acumulada en tantos años de ociosidad, toda la ilusión que me infundía la perspectiva de verme finalmente integrado en la sociedad de los hombres […] (p. 30).
Esta obra, por oposición a El misterio de la cripta embrujada y El laberinto de las aceitunas, revela la segunda etapa de evolución del personaje. Se puede considerar La aventura del tocador de señoras como una etapa de “gloria”, de euforia, de realización de sus sueños, de aceptación de su estatuto de peluquero. La supresión del tratamiento “Don” es reveladora de esta evolución psicológica y social. Aquí, estamos a mediados de los años noventa y la palabra ha sido víctima de una desemantización. Ya no significa hoy en día “un título de hidalguía” como advierte Joan Corominas (1980: 516).
El personaje sabe que a todo hombre o “personajillo” se le puede anteponer el tratamiento de “Don”, y lo quita por orgullo. Hablando de la importancia del nombre en la sociedad, Milagros Ezquerro dictamina:
Le nom est donc le signe d’un pouvoir social qui s’exerce sur l’individu, souvent contre lui, avec plus ou moins de violence, mais c’est aussi un signe de reconnaissance, une marque d’intégration sociale (Ezquerro, 1983: 122).
Además, la pluralidad del uso del apellido “Sugrañes” (cinco veces), merece una atención particular. En efecto, tanto Philippe Hamon como Milagros Ezquerro consideran su uso frecuente en un relato como un elemento semántico muy importante. Es la revelación de la presencia de la herencia y del apoyo del protagonista a su familia.
Esto queda reflejado en El misterio de la cripta embrajada. Vemos que, aunque el leit-motiv del protagonista detective es aclarar la desaparición de una niña en el colegio San Gervasio, también le preocupa mucho demostrar la inocencia de su hermana Cándida, acusada de ser responsable de la muerte de un sueco. Por eso afirma que “del éxito de mis pesquisas dependen mi libertad y la de mi pobre hermana” (p. 92).
En efecto, Cándida, consciente de los esfuerzos que su hermano despliega en su favor, recuerda esta profecía de su madre: “Mamá siempre decía que tú [...] me protegerías cuando papá y ella faltaran” (p. 186). La trilogía policíaca presenta la estrechez del lazo que existe entre el protagonista y su hermana, lo que traduciría, por ende, el afecto que tiene a su familia.
Además, el apellido puede ser una señal a la vez “anafórica” y “catafórica”. En cuanto al aspecto “anafórico”, el apellido “Sugrañes” nos remite al pasado del personaje, pues su padre se llamó Sugrañes. Se trata de un pasado caracterizado por una ascendencia indigente. Aunque nos dice en El misterio de la cripta embrujada que su padre era “hombre bueno e industrioso que mantenía a la familia fabricando lavativas con unas latas viejas de combustible muy en boga en aquel entonces” (p. 137), y que salió mutilado de la cruzada fratricida del 36-39, cremos que era, de veras, un ocioso. Una vez más, puntualiza en El laberinto de las aceitunas:
Mi padre liaba cabizbajo sus pitillos de estiércol seco, incapaz de hablar después de haber pasado ocho horas cantando el Cara al Sol a la puerta de la Delegación de Obras Públicas en un vano intento de conseguir empleo (p. 200).
En cuanto a su madre, ama de casa, fue a parar a la cárcel de mujeres de Montjuich. Puede decirse que se trata de una situación triste y misérrima que tuvo
una influencia negativa en la educación del protagonista y de su hermana Cándida. Dado que se encontraba en un callejón sin salida, en una vida sin esperanza, la única solución que le quedaba era lanzarse a la calle con su hermana. Estas son sus palabras en la primera obra de la trilogía:
El hecho de que faltara mamá y de que papá nos hubiera abandonado hizo que tanto mi hermana como yo tuviéramos que espabilarnos a muy temprana edad. [...] aunque ella ya contaba por entonces nueve años de edad y yo sólo cuatro (p. 139).
Así, se puede decir que caen en el pobre protagonista del loco las fuerzas apremiantes de un determinismo fisiológico y social. Por lo que reza con lo fisiológico, sus padres llevan una vida no muy decorosa, lo que le impide aprovechar una educación adecuada: “Nunca me he sentado en un pupitre, siendo mis estudios, por decirlo así, deficitarios” (p. 103).
En cuanto a la señal catafórica, es decir, por lo que atañe a una acción futurista, el contexto social en que se encuentra el protagonista tiene un impacto significativo en su evolución. En El misterio de la cripta embrujada afirma: “Nací en una época que a posteriori juzgo triste” (p. 137), o sea, durante la España franquista, razón por la cual en El laberinto de las aceitunas se plantea la siguiente pregunta:
Cómo podía uno encarar el futuro con confianza y rectitud de miras si el pasado era una madeja entreverada de grietas y sombras, valga el símil, y el presente una incógnita tan poco esperanzadora [...] (p. 313).
De ahí la imagen de un personaje errante, un detective que no se cruza de brazos, un inquisidor que no sólo analiza su propia vida, sino también los casos que le encargan las autoridades.
De estos detalles vemos, desde una perspectiva hipertextual, que la trilogía está entroncada con la más genuina tradición picaresca de España. El personaje del loco es el heredero de Lázaro, de El Lazarillo de Tormes, de Pablo de Segovia, de El Buscón y, de Guzmán, protagonista de Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán. Comparte con éstos pícaros los mismos rasgos, sobre todo a nivel social con un inmovilismo aparente. Antonio Rey Hazas hablando de esta figura en la narrativa española afirma que “Todo pícaro está en gran medida predeterminado [...] socialmente a permanecer en la misma clase” (Rey Hazas, 1990: 74). Lo que da a conocer, pues, la estrecha relación que existe entre la escritura mendocina y la literatura clásica española:
Soy bastante tradicional en mis concepciones y gustos literarios, creo que hay que ir innovando, experimentando, a la vez que utilizando formas que por el mero hecho de estar aquí tienen un claro arraigo cultural. La gran novela española picaresca, de caballería, existe y la gente la tiene olvidada, dejada (Alzueta, 1979: 53).
En resumidas cuentas, tenemos aquí algunos de los rasgos del detective privado y esto demuestra el apego de Eduardo Mendoza al personaje clásico de la novela picaresca.
Respecto al estudio de los nombres, puede decirse que igual que el apellido, el nombre es un elemento importantísimo para caracterizar al personaje. Según Philippe Hamon,
Le prénom est au nom ce que le féminin est au masculin, introduisant dans la fiction une accentuation de ‘l’effet de personne’, une caracterisation et une particularisation plus affirmée du personnage romanesque (Hamon, 1983: 120).
En cuanto al nombre “Arborio”, que se parece a las palabras “arbóreo” y “arbolar”, esto es, “izar”, “levantar” o “subir”, traduce pertinentemente el carácter del demente en su lucha por lograr la grandeza, imponerse en la sociedad, y de rebote cambiar de estatuto social y medrar. Se pueden averiguar estos rasgos en La aventura del tocador de señoras, cuando el personaje del loco sale del manicomio y se vuelve una figura representativa en la ciudad barcelonesa. Es por eso que confiesa:
Huelga decir que con mi diligencia y mi honradez, mis prendas y mi donaire, encajé sin el menor problema en este sano ambiente. Era conocido, respetado y muy apreciado en el barrio (p. 34).
Sin embargo, estos nombres contrastan con “Toribio” que puede significar “tonto” o “mentecato”. En efecto, con gran frecuencia, el cliente del manicomio actúa de forma insensata. En la última obra de la trilogía, al hablar de su actitud frente a la clientela de la peluquería, dice: “Escuchando la conversación de los clientes simulaba entrar en trance y reía sus bromas hasta dar de cabezazos contra el suelo” (p. 32). Hablando del valor del nombre, Roland Barthes dice que, en cuanto signo, el nombre:
S’offre à une exploitation, à un déchiffrement. C’est un signe volumineux, un signe toujours gros, d’une épaisseur touffue de sens qu’aucun usage ne vient réduire, aplatir (Barthes, 1964: 38).
Así, el nombre es un lexema cargado de sentido. Los nombres “Ceferino”, “Arborio” y “Toribio” ilustran dos ideas antagónicas que caracterizan al demente.
Los dos primeros traducen sus rasgos positivos mientras que el último simbolizaría la negatividad. A continuación, volveremos a hablar de esta dualidad.