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3 Data analysis

VII. Land use:

5.3 Conclusion for the application of the indicator

5.3.2. Areas of application

Javier Tomeo, escritor considerado en Alemania como “una delicatessen literaria”, nos ofrece en Napoleón VII, el drama existencial de un hombre arruinado psicológicamente por la soledad. Hilario H se inventa otra figura que le permite vivir quiméricamente una vida en la que sus honras militares y el estatuto social le brindan todos los placeres relacionados con su rango. Hilario-Napoleón es la invención que usa para enfrentar a su antiguo y deshonrado abrigo, pues, a su parecer:

le parece ridículo que alguien que tiene en su vida tan pocas cosas de las que sentirse orgulloso no quiera renunciar para siempre a sus mediocridades y frustraciones y prefiera continuar siendo el mismo hombrecito que ha sido siempre (p. 95).

En efecto, si excluimos a los protagonistas fantasmagóricos como el viejo Hilario, el otro Hilario, el nuevo Hilario, Murat, Bourraine, Josefina, Maria Luisa, notamos que el protagonista vive solo en su piso y compensa esta soledad cuando sale al balcón, cierra los ojos y se imagina en presencia de miles de soldados. Miguel, el dueño de la tienda donde Hilario compró el disfraz de Napoleón, constituye la única presencia humana que interviene en el escenario y que aparece como un elemento perturbador, aunque su propósito era tan sólo “llevar el agua a su molino” (p. 24). Miguel representa un intruso en el mundo de Hilario-Napoleón y

sufre al final las consecuencias de una intrusión ciega en un escenario poblado con seres transfigurados.

No se debe considerar como algo anodino la presencia de la gaviota, ave acuática que huye de su medio ambiente para posarse sobre una antena enfrente del balcón de Hilario-Napoleón. Sus distintas posturas son sincrónicas respecto a la evolución del relato hacia el drama. En primer lugar, resulta curioso que “la gaviota afila las garras porque sabe que cerca se esconden un par de palomas incautas” (p. 86. Además, ni le asusta el intento de Hilario de espantarle cuando le descubre despierta a deshoras y, como si fuera poco, se nota “el extraño cloquear de la gaviota” (p. 98). Por fin, esta vez, “la gaviota suelta otra risotada” (p. 125), y los efectos se repercuten inmediatamente en Hilario, a quien “se le pone la carne de gallina” (p. 125).

Importa poco que Hilario esté tan disgustado que proyecte ordenar a “todos sus soldados que acaben con todos los pájaros”. En este contexto, la gaviota es una especie de mensajera, y tiene un papel funcional en el eje dramático del relato. Javier Tomeo lo dice sin cortapisas: “Lo repetiré una vez más. Dios puso a los animales en este mundo para instruir a los hombres. Lo dijo un famoso fabulista francés”8.

Aquí, la gaviota es un signo prodrómico, igual que “el loro amarillo y azul”, ave que el vecino del piso de arriba “tiene encerrado en una jaula dorada desde hace quince o veinte años” (p. 99), y que muere en el transcurso de La rebelión de los rábanos. Es un signo prodrómico que anuncia, a partir de sus diferentes presencias en la antena, el acercamiento progresivo y paulatino del protagonista a la catástrofe, a

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la tragedia, y al retorno a su verdadera condición: un ente soltero, sin hijos y solitario.

Puede parangonarse este regreso del protagonista con la figura del loco en la obra de Batalsar Gracián, que fue sanado por un médico pero no le quiso pagar sino citarle ante el juez, puesto que aquel médico le había sacado del mundo maravilloso en el que se imaginaba rey, papa, rico etc. Éstas son las palabras del narrador de El criticón:

Respondía que ni con él se había hecho el concierto, ni le había hecho buena obra, sino muy mala, en haberle vuelto a su juicio, diciendo que no había tenido mejor vida que cuando estaba loco, pues no sentía los agravios ni advertía los desprecios, de nada se pudría. Un día se imaginaba rey, otro, papa; ya rico, ya valiente y vitorioso, ya en el mundo, ya en el paraíso, y siempre en gloria; pero ahora sano, de todo se consumía, de todo se pudría, viendo cuál anda todo. Intimóle que pagase o volviese a ser loco, y él escogío esto último (Gracián, 1985: 381).

Mas, si el loco de Gracián prefiere la locura a la sensatez, el protagonista de Napoleón VII evidencia su firme voluntad de volver a su condición inicial rechazando el deseo de Miguel de reafirmar en él la persona de Napoleón Bonaparte, es decir, mantenerle fuera de las orillas de la razón. Por eso es por lo que Francisco Javier Higuero considera al protagonista como verdadero misántropo. Napoleón VII, nos dice:

Evidencia una indeleble incapacidad para relacionarse socialmente y de forma aceptable con nadie que transcienda los límites estrechos de su calenturienta imaginación (Higuero, 2000: 826).

El asesinato de Miguel traduce la insatisfacción de Hilario-Napoleón en su nuevo universo, manchado por la presencia del vecino, el intruso, quien desgraciadamente:

Comprende por fin que la ira de Hilario es auténtica y se le hiela la sangre en las venas. Aquí no hay teatro [...]. Hilario no le permite levantarse. Le coge por el cuello y aprieta con todas sus fuerzas. Las falsas perlas ruedan en todas direcciones. ¡Auxilio, auxilio! -grita Miguel, que acaba de ver la muerte reflejada en los ojos de su Napoleón (pp. 135-136).

Este acto cruento pone de relieve, no sólo el hecho de que “Mala cosa es la megalomanía” (p. 139), como precisa “el rábano desertor” en La rebelión de los rábanos, sino también un problema existencial y filosófico. El ser humano es una creación incompleta y, también, un eterno insatisfecho de su propia condición. Los delirios napoleónicos representan la elevación de Hilario hacia una dimensión sublime, punto culminante de su verdadera razón de ser. Paradójicamente, aún en esta metamorfosis, da a conocer su insatisfacción quitándole la vida a la persona que le proporciona un apoyo sustancial.

Este desenlace traduce, en cuanto a la perspectiva de Javier Tomeo, “una preferencia por el humor absurdo” (Molina, 2002: 311). En efecto, “el Kafka aragonés” quiere demostrar su filiación a la visión de su maestro Franz Kafka para quien lo más difícil es “ser”. Por eso es por lo que Bernard Groethuyen, en un prólogo a Le Procès, de Franz Kafka apostilla:

To be or not to be. Ce qu’il y a de difficile, c’est d’être. Quand on n’est pas encore né, tout est simple, de même quand on est mort.

Personne alors ne vous demande: qu’est-ce que vous faites là? Mais vivre, c’est faire, c’est commettre quelque chose, c’est se commettre (Kafka, 1957: 21).

Todas las interrogaciones retóricas de Hilario que cierran la novela: “¿Quién soy yo? [...] ¿Soy Napoleón? ¿No lo soy? ¿Soy un ser divino o un demonio? ¿Adónde voy? ¿De dónde vengo? ¿Qué mágico fluido me envuelve y me oculta las cosas que más me interesan?” (p. 137), traducen la angustia existencial del protagonista y permiten que Napoleón VII se convierta en una obra que toma como pretexto los delirios napoleónicos de Hilario para desembocar en el problema de la condición humana. Basándonos en esta experiencia de Hilario-Napoleón, podemos decir que Javier Tomeo se adhiere a la perspectiva de David Cooper (1981) quien alude a una locura que está más o menos presente en cada uno de nosotros, y no sólo de la locura que recibe el bautizo psiquiátrico. “Cada uno de nosotros tiene sus propias locuras, sus propios caminos”, afirma (Cooper, 1981: 14). El deseo de subir los escalones en la vida, de denegar nuestra condición propia para ansiar algo más elevado, es un rasgo que caracteriza a cualquier ser humano. Pero la insaciabilidad del Hombre hace que nunca se contenta con lo que es. La evolución del personaje Hilario-Napoleón traduce, entre otros detalles, esta eterna avidez. Desde el punto de vista de la creación artística de Javier Tomeo, esta obra le sitúa a caballo entre una inclinación hacia la novela histórica y la ficción, ya que la obra nos hace revivir, con tintes de utopía, un momento importante de la vida del emperador francés Napoleón Bonaparte. Napoleón VII, de Javier Tomeo, ofrece, a partir de los delirios napoleónicos de Hilario, los dos elementos ineludibles para la creación de la novela histórica cuyas bases se sientan, según Felicidad Buendía (1963: 21) en el abrazo de la “Historia” y de la imaginación.

2.4 Estudio semiológico del personaje del loco en Un mundo exasperado, de