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Intransparencies and problems with data processing

3 Data analysis

VII. Land use:

4.1 Analysis of methodological weaknesses and points of criticism

4.1.5. Intransparencies and problems with data processing

aspectos físicos, psicológicos y comportamentales del personaje, y por otro lado, en su función dramática.

Las obras que nos interesan no nos proporcionan un retrato fijo y preciso del loco. Incumbe al lector resaltar la representación del personaje a partir los rasgos esparcidos en el texto. Así, frente a esta caracterización indirecta del personaje, tenemos que recurrir al uso del “emblema” y pasar revista a la interrelación que existe entre el protagonista y el mundo en que vive. A este respecto, Bernard Valette (1992: 38) nos dice que los rasgos constitutivos del personaje de la novela derivan de algunas señales “intrínsecas” y “extrínsecas” que dependen de los niveles narrativos, descriptivos, o discursivos.

Por lo que se refiere a la caracterización física, en El laberinto de las aceitunas, el personaje nos habla de su estatura refiriéndose a la de Suzanna Trash: “Aun descalza era tan alta como yo” (p. 85), y, respecto a su peso, en La aventura del tocador de señoras señala que “no paso de los sesenta y cuatro kilos” (p. 59). Estos datos nos permiten representar al loco como un hombre esbelto y delgado. Se trata, no cabe duda, de una delgadez que resulta de una larga y penosa vida encerrada en un sanatorio mental barcelonés. Mas, siendo hombre del público, es decir, un detective, el personaje del loco es un hombre atractivo. Hablándonos en esta última novela de su elección para solucionar un caso, nos dice lo siguiente:

Yo había alimentado la fatua convicción de haber sido elegido por aquella monada y por su supuesto y pajolero padre (q.e.p.d) por mi reputación, otrora no insignificante, en los círculos gremiales del latrocinio, la marrullería, la garfiña, la impudencia y la cancamusa, e

incluso, a qué negarlo, por una inclinación de ella hacia mi apariencia física, mi elegancia en el vestir, mi simpatía, mis maneras y, en suma, mi capacidad de seducción (p. 98).

Basta decir que es un personaje que tiene bazas físicas para cumplir con destreza su papel de detective. Respecto a la indumentaria, es un operador de clasificación del personaje en el medio socio-profesional donde tiene que cumplir un papel preciso. Cuando debe encontrar a una persona importante a nivel social, el protagonista va vestido con americana. En El laberinto de las aceitunas, cuando tiene que encontrar al director de la Agencia Teatral, pone los vestidos que Don Plutarquete le regaló, pero los viste alocadamente. En efecto, ya que le faltaban zapatos, consideró que nadie se percataría de ello, pues los calcetines eran negros (p. 147). A veces, hace la caricatura de sí mismo. Así es cómo para escapar de la policía, se estrella huevos en la cara con el propósito de dar a su “cetrina tez un tinte más acorde con su vestimenta” (p. 142).

Sin embargo, cabe señalar que, debido a su ascendencia humilde, muy a menudo va vestido con harapos a lo largo de la trilogía. Al principio de la última obra, nos dice que “iba descalzo”, vestido en paños menores” (p. 20). Así, se puede decir que el detective es un personaje miserable pero con predisposiciones físicas notables.

En cuanto a sus rasgos psicológicos y comportamentales, el protagonista ostenta dos estados diferentes a lo largo de las obras. El rasgo psicológico que presenta en El misterio de la cripta embrujada y El laberinto de las aceitunas difiere del de La aventura del tocador de señoras.

En las dos primeras obras, el personaje está en el manicomio bajo la custodia del Dr. Sugrañes, un psicoterapeuta. Pero si de una manera concertada, el Comisario

Flores y el doctor Sugrañes le obligan a salir de allí momentáneamente para investigar sobre el caso de la cripta, no pasa lo mismo en El laberinto de las aceitunas, donde el Comisario le sacó sin que lo supiera el doctor Sugrañes. En este nivel, nos enfrentamos con un personaje cuyo equilibrio mental es variable. El protagonista es a veces víctima de las proyecciones de sus propias obsesiones, de los recuerdos infantiles almacenados en el inconsciente y, por ende, presenta a veces crisis de locura. En El misterio de la cripta embrujada, enfrentado con una reacción semejante, el doctor Sugrañes, su terapeuta, subraya:

Todo tiene una explicación muy sencilla [...] llevas cinco años de tratamiento psiquiátrico, tu mente no es ya una barquichuela a la deriva en el proceloso mar de los delirios, como antes, cuando creías, pedazo de bruto, que las fobias eran esas ventosidades silenciosas […] (p. 121).

Así, las dos investigaciones llevadas a cabo por el protagonista en estas obras, son pruebas, test psicológicos a los que le someten dichas autoridades para averiguar la evolución de su estado mental. El personaje “anónimo” es un hombre celoso de su libertad, y consciente de que es algo precioso, una riqueza incomensurable. Es la razón por la cual rechaza tajantemente el punto de vista de su hermana Cándida que, teniendo en cuenta las ventajas que le proporciona la vida del manicomio, le pide al principio de El misterio de la cripta embrujada que abandone las investigaciones sobre el caso: “Vuelve al manicomio: techo, cama y tres comidas diarias, ¿qué más quieres?” (p. 42). La respuesta lacónica del protagonista respecto a esta pregunta es la siguiente: “-La libertad” (p. 42). Esto demuestra su espíritu quijotesco, pues en la respuesta, recuerda la frase que don Quijote dirige a Sancho Panza:

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres (Cervantes, 2004: 984-985).

Invadido por el deseo de salir del manicomio, lleva sus pesquisas con determinación y, afirma en El laberinto de las aceitunas:

Mi pasado remoto dista mucho de ser ejemplar, y mi pasado reciente ha transcurrido entre los muros de un manicomio […] Llevo años tratando de demostrar a las autoridades competentes que me he rehabilitado, pero hasta el momento no he tenido suerte, pese al empeño que en ello llevo puesto (pp. 125-126).

Con este estado de ánimo, el personaje del loco recurre a todos los medios susceptibles de ayudarle para alcanzar el objetivo. Dado que el oficio que desempeña necesita cierto grado de personalidad y de influencia, usurpa los títulos sociales. En la primera obra de la trilogía, se presenta, ora como “concejal del Ayuntamiento y propietario de bancos, […]” (p. 63); ora como “profesor de lo verde en la Universidad de Francia” (p. 71), o como “un hombre de la secreta” (p. 153), y al final, como “siquiatra infantil” (p. 157). Estos falsos oficios traducen la voluntad del personaje del loco de ocultar su verdadera personalidad. El rechazo de su “yo” representa un complejo de inferioridad y un deseo de ascensión social.

Además, se trata de un apasionado. Siempre le gusta, como investigador, saber el porqué de las cosas, aclarar enigmas, y nunca se desanima o se deja vencer por alguien. Desde el principio de la trilogía, se puede tener una idea del carácter de nuestro personaje. La primera página de este libro nos presenta al protagonista

discutiendo un partido de fútbol y desempeñando dos papeles en el estadio: “Por fortuna doblaba yo mis funciones de delantero con las de árbitro y conseguí, no sin protestas, anular el gol que acababan de meternos” (p. 7).

Es más, el demente es un hombre de carácter, un ambicioso obnubilado por la idea de dominación que se manifiesta también en el ámbito del conocimiento y de la sabiduría. Esto lo confiesa cuando se pierde en una central nuclear, al final de El laberinto de las aceitunas:

Es triste constatar, al levar anclas, que jamás he poseído las virtudes más excelsas de la hombría: soy egoísta, timorato, mudable y embustero [...] Dejo mil cosas por hacer y otras mil por conocer, de entre las que citaré, a título de ejemplo, las siguientes: ¿Por qué ponen huevos las gallinas? ¿Por qué el pelo de la cabeza y el de la barba, estando tan juntos, son tan distintos? ¿Por qué nunca he conocido a una mujer tartamuda? ¿Por qué los submarinos no tienen ventanas para ver el fondo del mar? (p. 299).

Al final el protagonista halla la justificación de lo que precede en su falta de educación, en su estado psicológico y su desequilibrio mental. Por eso dice que “Como soy un asno, todo es un enigma. No sé si me pierdo gran cosa” (p. 299). Se trata, pues, de una etapa de inestabilidad, un periodo sombrío y angustioso en la existencia del personaje. El largo tiempo pasado en el sanatorio mental –desde su infancia hasta ahora- representa para él un momento de desengaño, durante el cual pone todo su empeño, sin éxito, para convencer a las autoridades de que lo liberen.

Non obstante, la figura del loco, en La aventura del tocador de señoras, contrasta con las dos primeras obras de la trilogía. Aquí, salido definitivamente del manicomio, el personaje es ahora peluquero integrado en la sociedad barcelonesa con mucha esperanza en el porvenir. Ya con un certificado acreditativo de su curación,

echa una mirada retrospectiva a su propia vida, y considera su estancia en el sanatario mental como un verdadero infierno: “Por nada del mundo habría vuelto a franquear motu proprio la malhadada verja” (p. 14).

Su integración en esta sociedad se concretará rápidamente y gozará de una gran notoriedad en la misma. El protagonista, ayer confinado en el manicomio, es hoy un hombre libre y abierto a la sociedad entera. Se convierte en una personalidad importante, un consejero, en suma, queda a la escucha de todos. Esta popularidad viene subrayada en las siguientes aseveraciones:

Era conocido, respetado, y muy apreciado en el barrio. Los padres me pedían consejo sobre el futuro de sus hijos, los comerciantes sobre la marcha de sus empresas, los pensionistas sobre la forma de investir sus haberes (p. 34).

Además, como ya se sabe, el protagonista no tuvo la oportunidad de seguir, ni siquiera, una educación elemental. Puesto en libertad, se da como primer objetivo acabar con su déficit cultural e intelectual. En la víspera de su salida del manicomio, se considera como “un asno”, un hombre para quien todo es enigmático, pero que tiene una sed, un deseo insaciable por todo lo que al campo del conocimiento se refiere. Es la razón por la cual precisa:

Para recuperar tantos años de atraso, me suscribí a unos cursos de cultura general por correspondencia. Cada mes me enviaban unos apuntes fotocopiados, una lista de preguntas y, por un módico suplemento, también las respuestas. Desprovisto del hábito del estudio, a menudo me desanimaba advertir el escaso rendimiento de mis esfuerzos. En estos casos, una vez más, mi cuñado Viriato me brindaba el sostén de su sabiduría (p. 34).

Además, a lo largo de la trilogía, tenemos dos imágenes antitéticas del personaje del loco. El misterio de la cripta embrujada y El laberinto de las aceitunas nos presentan al protagonista sumergido en una situación caótica, mientras que La aventura del tocador de señoras lo presenta en un momento de pleno ascenso social, un momento en que llega al cumplimiento de la plenitud existencial. Ello es también una clara demostración de la imagen de la España post franquista y la España de hoy en día. Así, contestando a la pregunta del periodista Gérard Cortanze en Marzo de 1995, a propósito de la situación actual de España, Eduardo Mendoza alude a las obras de la trilogía y las considera como reflejo de los cambios que se puede notar en todos los ámbitos de la sociedad española actual:

Esas dos novelas (El misterio de la cripta embrujada y El laberinto de las aceitunas) son el testimonio de un momento particular, mágico, que pude encontrar en ciertos países que han tenido, como España, la oportunidad de salir de una situación para arribar a otra, hecha de una libertad reencontrada. Se trata de un momento donde todo parece posible. La fiebre del cambio puede durar un día, un mes, un año...Una mañana, uno se despierta y el desencanto está allí5.

Por lo que se refiere a la función dramática, en El laberinto de las aceitunas tenemos algunas acciones espantosas que conmueven profundamente. La determinación del protagonista, acompañado por don Plutarquete y la Emilia, de ir hasta el centro de su aventura, esto es, visitar un monasterio, verdadera vorágine y lugar misterioso que traga a los seres humanos, desafía las siguientes advertencias del tabernero:

5

Reportaje a Eduardo Mendoza por Gérard Cortanze en Magazine littéraire nº330. Marzo de 1995, trad. de Mario Cámara en www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/mendoza/artículo4.htm.

-Mire, señor, […]. El verano pasado estuvieron aquí mismo, donde están ustedes ahora, unos franceses. Tres chicos y dos chicas. Hacía una noche parecida a ésta. Se empeñaron en ir al monasterio. A lo mejor en Francia no tienen monasterios. O estarán drogados. Los franceses, ya se sabe. La cuestión es que no hicieron caso de lo que se les dijo. Nunca los volvimos a ver (p. 258).

Que el protagonista consiga llegar a este monasterio e incluso dialogar con los monjes endemoniados, denota su estado de ánimo y mantiene al lector en vilo y en suspense. Es más, muy significativa es la actitud del loco cuando quiere rescatar a María Pandora. Cae en una “encerrona” donde “toda escapatoria es imposible y toda resistencia, inútil” (p. 227). La firmeza del tono que emplea el protagonista para dialogar con una voz invisible y amenazadora, traduce su carácter heroico. La voz le recuerda: “Ustedes no me importan, porque no saldrán vivos de aquí” (p. 231). Ante esta amenaza, y pese a las emboscadas y al peligro que les asechaba, él muestra su sangre fría.

En efecto, desde el principio de El misterio de la cripta embrujada, se vislumbra la fuerza de carácter, la valentía, el espíritu de liderazgo y de elevación del que hemos hablado antes. Huelga decir que este espíritu es un ingrediente que permite al protagonista acertar en todas sus indagaciones. Por ejemplo, la resulución del caso de la “cripta embrujada”, ante lo cual el Comisario Flores manifestó su extrañeza: “encendió un puro y me miró como si se dirigiera a una persona inteligente, cosa que hasta entonces nunca había hecho” (p. 200).

La trilogía policiaca de Eduardo Mendoza constituye un todo indisociable donde el detective, dotado de una ley de inmunidad, se acerca mucho a los arquetipos de las figuras del guión cinematográfico, que siempre logran alcanzar su objetivo. El protagoista de la trilogía exhibe, ufanamente, en El laberinto de las aceitunas, el poder misterioso del que se vale para acertar en sus indagaciones. Cuando inicia el ascenso por la pared de la “AGENCIA TEATRAL. LA PRÓTESIS” (p. 73; énfasis en el original), se autoproclama “hombre-mosca en acción” (p. 73), y, más adelante, le dice a don Plutarquete y a la Emilia: “Yo tengo, por más que me avergüence confesarlo, una práctica en entrar y salir de las casas sin ser visto de la que usted carece” (p. 193), lo cual denota la aptitud y el privilegio del que se beneficia el detective en el ejercicio de sus funciones, convirtiéndose así en el orientador de toda la dinámica de la trilogía.

2.2 Estudio del estatuto semiológico del personaje del loco en Lejos de Veracruz,