• No results found

Chapter 4 MMEI: A Maturity Model for Enterprise Interoperability

4.4. Interoperability maturity models: review, analysis and mapping

4.4.2. Analysis and mapping

Cuando se trata de analizar los modos en que los textos producidos por los historia- dores y biógrafos del MLN-T representan a los trabajadores zafrales, especialmente a los cortadores de caña de Bella Unión que fundaron la UTAA, es imposible eludir las crónicas costumbristas que construyen para representarlos. En este canon, Blixen describe a los cor- tadores de caña “que llaman peludos porque trabajan encorvados sobre la tierra y porque quedan negros de tanta melaza adherida a la piel después de cortar la caña quemada; entonces se les ven solo los ojitos, una mirada inquieta y recelosa. Los peludos son crinu- dos, porque el indio, en las cruzas, ha sido más obstinado. Tienen un andar furtivo, del que vive siempre entre enemigos. Tienen una memoria alerta, porque siempre han sido golpe- ados [...] Fuman en chala ñaco y beben caña. Se juntan debajo de los puentes y no necesi- tan más de 300 palabras, en una especie de portuñol, para dar cuenta de las novedades. [...] Si alguno, entre los infelices, merece ser privilegiado, ese es el peludo” (2000: 62).

Si en las descripciones de los “peludos” predomina la imagen de la pobreza y la explotación a la que son sometidos, lo relevante es que en la bibliografía estos determi- nantes resultan intrínsecos al campo, especialmente a Bella Unión, como una suerte de locus de continuidad histórica.

En la mayoría de los textos producidos por los historiadores y biógrafos que milita- ron o militan en el MLN-T está presente la necesidad de rastrear los orígenes de los “pelu- dos” en los primeros pobladores del campo uruguayo para explicar en esa genealogía no sólo su “autenticidad”, también algunas de sus características culturales. Para describir a los “peludos” que formaron la UTAA, Ruben Gerardo Prieto alude a su “sangre charrúa que en Uruguay es sinónimo de rebeldía” y a su “cruza” con “los gauchos”. Los “peludos” son para Prieto el resultado de la “mezcla de ibéricos, esclavos negros fugados e indios libres” (1986: 134). A este origen el autor atribuye las razones por las que “los asalariados rura- les, tradicionalmente más cerca de la tierra y con una escasa participación en el proceso capitalista, estuvieron más próximos a la acción directa y a una experiencia solidaria que, junto con el liderazgo pedagógico ejercido por Sendic, los liberó de la influencia de los valo- res burgueses” (1986: 135).

Los textos de Mauricio Rosencof y Ruben Gerardo Prieto identifican lo que denomi- nan “los antepasados” de los trabajadores rurales con las formas de producción precapita- listas, con un modo de vida premoderno y, eventualmente, “puro”. Según esta lógica argu- mentativa, la incorporación de los “peludos” a la militancia revolucionaria es producto de un largo proceso histórico, un proceso que Rosencof introduce con las trayectorias políticas

de “los cañeros viejos” que participaron de la Marcha de Prestes, de las tropas de Aparicio Saravia y de De Souza. En la recuperación de una suerte de tradición rebelde y combativa que los autores atribuyen a los habitantes del campo y en especial a Bella Unión13, los tex- tos mencionados traman la singularidad que la UTAA implicó en el sindicalismo uruguayo. Sus integrantes, dice Rosencof, “no pedían solamente aumentos de salarios, exigían formar una cooperativa con las tierras de la estancia cimarrona de Silva y Rosas. Si llegaba la poli- cía para reprimirlos, la enfrentaban, la hacían recular. Si les prohibían la organización sin- dical, se reunían en el quilombo de María Bashiña [...] Cuando declararon que la huelga era ilegal se fueron a vivir al monte de Itacumbú [...] No vi nada igual en todo el país. Eran los más desposeídos. Eso fue lo que pesó en mí. Para mí, el punto de partida de mi conducta es la gesta de Raúl Sendic que se inspira en los arroceros y después se va al norte a orga- nizar a los cañeros. Lo que me sacudió a mí no fue el pensamiento de Mao, fue aquello que nació antes de la Revolución Cubana [...] Lo que más me tocó fue comprobar que era muy difícil organizar a los trabajadores rurales, pero cuando descubrieron la fuerza de la orga- nización sindical, chau, se acabó. Era el alzamiento. ¡Iban a la guerra! ¡Era 1904 en el plano sindical! No había tiempo que perder” (2003: 123-24).

Tanto la exaltación de la imagen de los “peludos” decidiendo la medida que identi- fica la acción sindical de la UTAA _las marchas a Montevideo_, como su inscripción en el alzamiento protagonizado en 1904 por Aparicio Saravia, integran los “sucedidos” que narran los textos. En estas descripciones los trabajadores rurales alcanzan la relevancia épica que requiere la figura de Sendic como heredero legítimo del gral. José G. Artigas y de Aparicio Saravia.

Las descripciones de las “marchas cañeras” a Montevideo terminan de elaborar la representación de los “peludos” como el vehículo más eficaz en la ruptura de la imagen del Uruguay como “la Suiza de América”. Estas descripciones parecen tener por objetivo des- pertar la sensibilidad política de los montevideanos, más que la denuncia de las condicio- nes en que vivían y trabajaban los “peludos” en Bella Unión. El relato central es el del “impacto” o la “irrupción” del campo en la ciudad, es el relato de las diversas reacciones de los habitantes de Montevideo ante el arribo de los “peludos”. De este “encuentro”, los auto- res hacen un hito, especialmente de la primera “marcha cañera” que narran como un hecho excepcional, dominado por la novedad. El énfasis de los autores está centrado en la solida- ridad y el recibimiento que la UTAA encontró en los montevideanos, especialmente entre los obreros de algunos sindicatos urbanos y entre los estudiantes de la Universidad de la República.

El arribo de los “peludos” a Montevideo completa la épica que los textos construyen para la lucha de la UTAA y el efecto que describen para los habitantes de la capital uru- guaya: “la presencia en Montevideo de aquellos hombres de pelos largos, de las mujeres y de sus niños provocó una gran conmoción entre los habitantes de la capital que hasta entonces ignoraban su existencia” (Campodónico, 2003: 120). Las “marchas” consagran a los “peludos” como militantes que “obligaron” a los montevideanos a “tomar posición” ante la situación del campo y promueven la construcción de la polarización entre “la izquierda y la derecha montevideana”. Mientras que los textos identifican a la “derecha montevide- ana” con las acusaciones que circularon sobre los manifestantes14, desafían a los sectores progresistas de la capital. Con las “marchas”, afirma Prieto, “estos ‘peludos’, empeñados en lograr su tierra y politizados por una súbita y fulgurante toma de conciencia, dan lec- ciones de solidaridad, de espíritu combativo e imaginativo a muchos intelectuales urbanos” (1986: 42). En los textos reseñados, las descripciones de las “marchas” trascienden amplia- mente la lucha sindical de la UTAA para centrarse en el eco que lograron en la sociedad montevideana y para denunciar a la izquierda tradicional, al punto de afirmar, que los cor- tadores de caña “se transformaron en bandera, ejemplo de lucha y proyección revolucio- narias, en medio de una izquierda silenciosa y paralizada” (1986: 70).

Este modo de representar a los trabajadores zafrales ubica a los “peludos” en un lugar ejemplarizador, por lo general ligado a aquellos que fueron secuestrados, desapareci- dos o asesinados en los años previos, en el transcurso de la dictadura en Uruguay, o en los países vecinos. En el texto de Fernández Huidobro, estos “heroicos cañeros” están repre- sentados por la figura de Juan Bentín, un militante de la UTAA que llegó a Montevideo para entregar a la dirección del MLN “los humildes pesitos de una colecta hecha entre los ran-

13 No podemos extendernos demasiado sobre este punto. Sólo mencionar que los his- toriadores y biógrafos del MLN-T se remontan a la fun- dación de Bella Unión, en el año 1829, para explicar que Bella Unión es “tierra aguerri- da” desde su creación (Prieto, 1986), pues “fue fun-

dada por familias guaraníes traídas desde Rivera y que, hambrientas, se sublevaron pocos años después instiga- das por Lavalleja” (Rosencof,

1989: 11). Incluso, algunos de los autores citan las cróni- cas escritas a mediados del siglo XIX por los primeros via- jeros europeos que visitaron el norte del Uruguay para demostrar que, en Bella Unión, “el cuadro de pobreza

tiene más de 130 años de antigüedad” y que, así como

este pueblo “nació de la

aventura, el riesgo y la auda- cia”, la UTAA se basó en

esas mismas cualidades. Los textos reseñados se empe- ñan en demostrar el modo en que Bella Unión condensa gran parte de la historia nacional: allí se asentaron los últimos charrúas, en Bella Unión asesinaron a Bernabé Rivera, fue el lugar de asen- tamiento del Cuerpo de Blandengues al mando del gral. José G. Artigas, y lugar de paso de las tropas de Aparicio Saravia (Aljanati, 1970). Los textos describen al departamento de Artigas, la última frontera, el lugar más postergado (Blixen, 2000: 64) en la tensión entre su histórica relegación desde la derrota del proyecto arti- guista y su revalorización desde la fundación de la UTAA. 14 Entre las “acusaciones” que reseñan los textos y que atribuyen a “la derecha mon- tevideana” figuran que la

chos de Bella Unión”. Este cortador de caña, desaparecido en territorio argentino, fue el encargado de “vigilar el rancho del Bebe [Sendic] y de realizar un inestimable aporte en la primera reconstrucción de la organización” que, hacía 1967, había sufrido la detención de varios de sus militantes. La representación de Juan Bentín _y transitivamente la del resto de los “peludos” de la UTAA sumados al MLN_ como militantes valiosos y destacados asume en la conclusión de Fernández Huidobro un carácter más que relevante: “edificarí- amos el nuevo MLN sobre la piedra fundamental de Bentín el cañero. Tú eres Pedro y sobre esta piedra...” (1999: 109).

El aporte de los “peludos” en la construcción del MLN-T y en los procesos revolu- cionarios en el resto de Latinoamérica completa el relato que Mauricio Rosencof inició con

La rebelión de los cañeros, en 1969. Este relato pone en evidencia el modo en que la cons-

trucción de la figura de Sendic y la trayectoria política que los autores establecen para los “peludos” se retroalimentan en la reiterada apelación a la historia nacional “la gente –for- mada por Sendic_ que entró en Montevideo, con sombreros aludos, ponchos y muchos de ellos descalzos, terminaron en la dirección del MLN. Gente que terminó combatiendo en la Argentina y desapareciendo en la Argentina. El Gauchito Leal fue a luchar con la revolu- ción sandinista. Otros compañeros estuvieron peleando en Colombia, en todas partes del mundo. Con conciencia, con lucidez, con formación. Cuando Artigas decía que los más infe- lices serían los más privilegiados parecía que estaba pensando en ellos. No había más infe- lices que los cañeros” (Campodónico, 2003:124).

La representación de los “peludos” que ofrecen los historiadores y biógrafos del MLN-T sostiene el “redescubrimiento del campo” que se atribuyen y que les permite ins- cribir el nacimiento de la organización en una continuidad histórica de larga duración que se remonta a las guerras por la independencia del siglo XIX. La imagen que configuran para el campo y sus habitantes, construida en la articulación de la trayectoria política de los inte- grantes de la UTAA y la folclorización que los autores narran en los “sucedidos”, tiene por destinataria tanto a la izquierda tradicional, como a la militancia revolucionaria montevi- deana. Por esta razón, la representación de los “peludos” informa más sobre los autores que forman o que formaron parte de esa militancia, que sobre el universo cultural al que se refieren. Sus intervenciones, fundadas en el “atraso”, la “miseria”, la “explotación” y la representación del mundo social que condensan en la figura de los “peludos”, es parte fun- damental de la utopía negativa que erigen frente a la definición del Uruguay como la “Suiza de América”.

“Si tenemos que desenterrar las armas…”:

el actual MLN como “custodio” del pasado

Finalizada la última dictadura militar, en 1985, y tras la liberación de los presos polí- ticos y el retorno al Uruguay de los exiliados15, los militantes tupamaros iniciaron una serie de reuniones destinadas a discutir la pertinencia de la reorganización del MLN-T. Entre 1985 y 1989 realizaron una campaña de asambleas callejeras en todos los barrios de Montevideo a las que llamaron “mateadas”. En 1987, el MLN-T junto a otras fuerzas polí- ticas16 creó el Movimiento de Participación Popular (MPP) y, en 1989, el Frente Amplio (FA) aprobó el ingreso de esta organización a sus filas. A pesar de las alianzas políticas que el actual MLN-T desplegó para insertarse en la legalidad y en el concierto político uruguayo de fines de la década de 1980, este movimiento puso particular atención en no renegar de su pasado. Más bien, el actual MLN-T se presenta, como sugiere Mujica, “como ayudame- moria” de ese pasado identificado especialmente con los primeros años de la organización y con el desarrollo de la lucha armada en Uruguay. Este pasado es el que hoy se encuentra material y simbólicamente escenificado en el local montevideano del MLN-T.

Al atravesar la puerta de entrada de la antigua casona de la calle Tristán Narvaja en la que funciona el local central del MLN-T se pueden observar dos amplios espacios. A la derecha se encuentra la recepción y la pequeña librería en la que están expuestos los tex- tos que reseñamos aquí. A la izquierda está ubicado el salón en el que el MLN-T realiza sus reuniones, recibe a los visitantes, y lleva a cabo sus conferencias de prensa. Sobre la pared opuesta a la arcada que marca la entrada a este salón, en el centro de la pared y sujetados a una madera lustrada, pueden verse unos cinco fusiles máuser de repetición modelo 1908

mayoría de los “peludos” que integraban la “marcha” en realidad no eran trabajado- res, que las mujeres eran obligadas a acompañarlos, que habían alquilado a los niños en Brasil para exhibirlos y despertar compasión, que al paso de la marcha habían quemado diversas instalacio- nes. Al respecto véase: Blixen (2000), Campodónico (2003) y González Sierra (1994).

15 Para un análisis del esce- nario político uruguayo tras la restauración democrática véase: Caetano, Gerardo y Rilla, José (1998) Breve his- toria de la dictadura. Montevideo, Trilce. 16 El MPP está integrado por el MLN, el Partido por la Victoria del Pueblo (PVP), el Partido Socialista de los Trabajadores (PST) y el Movimiento Revolucionario Oriental (MRO).

corroídos por el óxido y dos cajas con sus respectivos cartuchos de balas. Debajo de los fusi- les hay una pequeña placa que explica: “1963: fusiles de la aduana de Bella Unión” y, a la derecha, una serie de fotografías que documentan el “desentierro” de las armas y las balas en exposición. A la izquierda de esta misma pared tres mástiles sostienen la bandera uru- guaya, la de los “33 Orientales”, y la artiguista. Enfrentadas a estas banderas, colgadas sobre la pared opuesta, completan el cuadro la bandera tupamara, la del Frente Amplio, la del MPP y la lista con los nombres de los “compañeros muertos y desaparecidos” en los años previos y en el transcurso de la última dictadura militar uruguaya.

En este salón me invitó a sentar debajo de los fusiles, Valeria, la “encargada de docu- mentación” del MLN. Después de comentarme qué documentos podría encontrar en el archivo, se dedicó a explicarme la “historia” de todo lo que podía ver en la habitación en la que nos encontrábamos. Con un trato distante, midiendo permanentemente mis reaccio- nes, se refirió a los fusiles expuestos en el salón y resumió la “operación de la Aduana” de Bella Unión como “una acción muy importante, más importante en el plano político que en el militar”. Lo que Valeria quería explicarme era que la “operación” en la que fueron “recu- perados” los fusiles fue significativa en sí misma pues, además de ser uno de los primeros operativos en busca de armas que realizó el MLN-T, la llevaron a cabo reconocidos dirigen- tes de la UTAA y militantes tupamaros. Valeria continuó, en una suerte de visita guiada por el salón, que “acá vos podés ver las raíces de la organización” y, volviendo a referirse a los fusiles, me dijo: “esta es la cuna, ¿te das cuenta?”

La distancia que había establecido al comienzo de nuestra charla fue disminuyendo, fundamentalmente cuando mencioné el nombre de un “compañero” que es uno de los “antiguos militantes” que integra el actual MLN-T. Si el pasado condensado en el salón se propuso en los años sesenta y setenta interpelar la sensibilidad montevideana, hoy parece sumar entre sus destinatarios a los que llaman “antiguos militantes”, quienes fueron tupa- maros pero hoy no son parte del MLN-T. Existen distintas razones con las que los “antiguos militantes” explican el hecho de no integrar el actual MLN. Algunos rechazan de plano la idea de ver convertido al MLN-T en un partido legal que participa en los procesos electora- les. Otros, como Mauricio Rosencof, sostienen que “ser tupamaro” no implica formar parte del MLN-T o del FA, sino asumir una “postura histórica” que incluye “muchos compañeros muertos, mucha cana, muchos desaparecidos, mucha gesta, muchas acciones, muchas marchas de cañeros, mucho debate y una actitud de desprendimiento, de vitalidad [y] de justicia social” (Campodónico, 2003: 188). El problema para los actuales militantes del MLN-T radica entonces en cuáles son los elementos que sintetizan la condición de “tupa- maro”: si es la participación en la organización en los años sesenta, la prisión política o el exilio o, en cambio, la inscripción histórica de una práctica política. La diferencia entre una y otra opción es el modo en que, dentro del actual MLN-T, opera la inclusión de las nuevas generaciones entre los militantes tupamaros y aquello que los legitima como tales. Por esta razón, la inscripción de la organización en la continuidad histórica que recupera el “redes- cubrimiento del campo” como elemento central de esa inclusión vuelve a resultar eficaz. Tal como me confesaba una joven integrante del actual MLN-T: “si para ser tupamaro tuvis- te que estar en cana o estar en la toma de Pando17 hay muchos que quedamos afuera”.

Por otra parte, la reivindicación del pasado sin eufemismos en lo que respecta a la lucha armada –tal como lo indicaría la exposición de los fusiles en el local_ muestra al MLN como una experiencia política excepcional en relación a la suerte corrida por el resto de las organizaciones revolucionarias latinoamericanas políticamente activas en los años sesenta y setenta. La “sobrevivencia” del MLN-T, para José Mujica, prueba la diferencia entre la “derrota política” y la “derrota militar”. Según este ex integrante de la dirección del MLN- T y actual parlamentario por el MPP, los tupamaros pudieron evitar la atomización que sigue a la derrota militar, en cambio “la inmensa mayoría de los movimientos de América Latina de aquella época desaparecieron [...] De las que fueron las guerrillas latinoamerica- nas creo que, salvo Colombia y alguna más, no queda ninguna. El propio sandinismo es pos- terior [al MLN-T], los salvadoreños también. Y si contabilizamos en la Argentina, el ERP, los Montoneros, y otros que hubo antes, todos desaparecieron. Y algunos desaparecieron muy mal” (Campodónico, 2001: 159-60).

Esta lectura que enorgullece a la “vieja guardia” tupamara que se avocó a la tarea