Chapter 5 Case Application
5.4. MMEI application
RE
SE
ÑA
Sin embargo, el mundo de los activistas, aún contemplando el grado de influencia que ejercen en la lucha social, es un emisor entre muchos otros que, a su vez, construyen múltiples y diversas imágenes del pasado, como la llamada Teoría de los dos demo- nios, divulgada durante décadas por los medios de comunicación.4 Es en el marco de esta otra visión
esquemática pero fundante, que los condenaba a ser uno de los sectores demoníacos de la sociedad, que muchos ex militantes de diversos niveles escribieron apologías y hagiografías que intentaban reubicar el compromiso montonero en el seno de las luchas populares.
Cuando Rodolfo Walsh volvió a la escritura para intentar cambiar el drama que se avecinaba, Carlos Flaskamp padecía en solitario los horrores del campo La Perla; en 1975 se había separado crítica- mente de su organización. Había comenzado militando en el GEL, se había relacionado con las FAP y las FAL, para integrarse definitivamente en las FAR. Cuando este grupo se fusionó con Montoneros en 1973, Carlos ya era un cuadro combatiente experimentado. Como tantos otros militantes, había recorrido el azaroso camino desde la izquierda a la opción peronista.
Concebido como un relato testimonial, el libro de Flaskamp plantea-sintetiza –de una buena vez–, la mayoría de las claves que constituyen el cen- tro del debate necesario sobre la participación de la organización Montoneros en las luchas populares de la Argentina en las décadas del 60 y 70. El argu- mento central de los primeros capítulos es que los combatientes de las diferentes organizaciones se propusieron librar una guerra prolongada hasta el derrocamiento de la dictadura y el establecimiento de un régimen popular revolucionario. El conjunto de las acciones armadas de los diferentes grupos se sumó al creciente conflicto social protagonizado por la clase obrera y desgastó las pretensiones autorita- rias de las Fuerzas Armadas. Para ellos, la variante de una salida política mediante elecciones libres no estaba contemplada. Esta concepción hizo que la mayoría de los grupos insurgentes “...interpretaran la apertura política de Lanusse exactamente como lo que era en las intenciones del gobierno militar: una maniobra continuista para aflojar las tensiones socia- les y políticas e investir al mismo régimen oligárqui- co de legitimación legal.” [...] “Ciertamente, una solución democrática auténtica obligaría a revisar toda esta estrategia, quitando fundamento a la idea de que la guerra sólo podría terminar con la toma del poder por parte de las propias organizaciones arma- das a la cabeza del pueblo. Por eso las organizaciones político-militares, incluidas las peronistas, tardaron mucho en convencerse de que la “salida electoral” iba en serio y mostraron resistencia a encarar replan- teos estratégicos que se desprendían de esta com- probación.”5
Fueron los Montoneros los primeros en com- prender –tardíamente– “...que se estaba producien- do un desarrollo político que no figuraba en sus pla- nes y al que era necesario adaptarse. La importancia del desarrollo político de la organización mediante su protagonismo en la campaña electoral, convirtió a los Montoneros de un grupo armado clandestino en una potente organización política con fuerte capacidad de movilización callejera, que intentaba disputar el poder político en barrios, fábricas, villas, estableci- mientos de servicios, universidades, colegios secun- darios”. Sin embargo, “...los montoneros entendie- ron su adaptación a este giro como un acierto táctico y no como el inicio de una revisión estratégica”. En definitiva, su prestigio en las propias bases residía en los orígenes, en la lucha heroica y solitaria de los fundadores.
Dado que la consecuencia lógica del giro político de la organización implicaba la participación en el futuro gobierno como una parte del frente nacional armado por Perón, la segunda consecuencia del mismo giro debió haber sido –para Flaskamp– establecer una política de alianzas, lo que implicaba reconocer una limitación a las aspiraciones políticas de la organización: la de ser reconocida como direc- ción política por haber estado a la vanguardia de la lucha armada.
“En particular las organizaciones peronistas habrían debido ubicar su propio lugar en el marco del amplio frente que había logrado articular Perón. La coyuntura política era favorable a las propuestas radicales. El peronismo revolucionario estaba en condiciones de ejercer fuerte influencia, si a la vez era capaz de aceptar sus límites temporarios, reco- nociendo que el proceso político lo había sobrepasa- do y que el frente nacional era más amplio que el sector que él podía aspirar a controlar.”6
De todas maneras, el movimiento peronista no resultaba el mejor escenario para desplegar aspi- raciones hegemónicas y Perón y la derecha les harí- an sentir el peso de un creciente marginamiento que solo les dejaba las opciones de la capitulación o la radicalización. Aunque ahora fuera más dramático, algo similar había sucedido con muchos militantes durante la resistencia peronista.
Para Flaskamp, el frente que asumió el 25 de mayo representaba un frente político muy amplio, contradictorio y heterogéneo, por lo que consistía un error que fueran los Montoneros los protagonistas de su ruptura, con la consecuencia de enfrentar a todos los demás sectores del peronismo. Pero la organiza- ción mantuvo su optimismo pese al creciente enfren- tamiento interno, basados en tres certidumbres fun- damentales: el carácter nacional emancipatorio del Movimiento Peronista; la necesidad, dentro del mismo, de una corriente revolucionaria que impulsa- ra el proceso en una dirección socialista; la tercera,
la de que ellos mismos, eran esa corriente. Montoneros fue, efectivamente, la alternativa para la mayoría de los peronistas combativos de diversas épocas, no por sus aciertos sino por la comprobación de que “...la izquierda peronista había alcanzado en Montoneros, como nunca antes, una fuerza numérica y organizativa que parecía consolidarla como alterna- tiva política real dentro del Movimiento.”7 Para
Flaskamp, la organización, finalmente, dilapidó el apoyo recibido en la implementación de un “van- guardismo suicida”.
Una de las más importantes diferencias entre las organizaciones armadas de izquierda y las pero- nistas consistió en que la adopción de la identidad peronista llevó a las segundas a ser la izquierda armada de un movimiento nacional-popular, diferen- ciándose de las experiencias marxistas-leninistas que optaban por erigir sus propios partidos. Por este carácter, las organizaciones político-militares pero- nistas constituyen un caso particular de la insurgen- cia armada en América Latina en aquella etapa.
El carácter nacional del movimiento del que formaban parte los constituía como la izquierda nacional revolucionaria, con su identidad y sus parti- cularidades. Pero el planteo que en 1973 hicieron las conducciones de FAR y Montoneros antes de la fusión, como forma de
organización de la van- guardia, se alejaba de aquellas concepciones. Proponían dejar de lado el concepto de organización político-militar para adoptar la forma de parti- do. La adopción del esquema leninista signifi- có –para Flaskamp– una rigidez organizativa y una
nula contribución a las luchas políticas nacionales. El carácter de clase que se atribuía la organización no guardaba relación con el carácter policlasista de un movimiento popular como el peronismo, ni tampoco era la realidad interna de la tendencia revolucionaria, que era tan policlasista como el movimiento al que pertenecía. Lo que constituye un error son las ver- siones de aquellos que quieren verla como la expre- sión de las clases medias radicalizadas. El centro de la política de la organización era el trabajo territorial de miles de jóvenes de la JP; la expresión auténtica de una corriente política, y no de una clase: “El esfuerzo por encorsetar al peronismo en un esquema de clase-pueblo-Nación que debía reflejarse en la relación partido (como conducción de la clase)-movi- miento (del pueblo)-frente nacional (de la Nación), entorpecería en el futuro la capacidad de análisis montonera.”8
Junto con la incorporación de conceptos teó-
ricos del marxismo dogmático, Flaskamp consigna la consolidación del empleo de categorías militares para describir fenómenos políticos, lo que considera expresión de la persistencia de la concepción de gue- rra popular. El análisis político también adquiría así los signos de rigidez de la forma organizativa.