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5. The SAFIR Finite Element Program 1 Introduction

5.3. Analysis Procedure

Mi cuerpo entero estaba temblando, por un momento pensé que me quedaría ahí parada por siempre sin poder moverme. Tenía dos opciones: golpearlo e intentar arrancar o pensar de manera racional en la manera de salir de ahí sin daños. La primera podría haber funcionado si no estuviese en un secuestro y la puerta no tuviera un sinfín de cerraduras. Así que:

—Joe, por favor —dije, lo miré a los ojos que tanto me aterrorizaban, pero debía intentar algo.

—¿Por favor qué?

—Piensa en lo que estás haciendo, por favor. —Solo quiero tenerte junto a mí, Alice —comentó.

—¿Desde cuándo me conoces? —pregunté intentando desviar sus acciones a una conversación.

—Te contaré. —Se alejó de mí unos metros y se sentó en la única silla que había ahí. Me quedé de pie mirándolo, no era capaz de moverme—. Todo comenzó cuando te vi salir de la escuela, creo que me enamoré de ti a primera vista. No sé cómo explicártelo. —Se removió con una sonrisa extraña en el rostro—. Estabas con un chico, supuse que era tu novio. Ya lo odiaba por besarte. De hace mucho tiempo estábamos vigilando la escuela para poder entrar, tú no estabas en mis planes… Solo apareciste ahí de pie con tu maldito rostro perfecto. —Su voz bajó, la sonrisa se le fue de la cara y sentí que se llenó de odio—. Creo que hiciste que tuviera muchas más ganas de secuestrar esa escuela.

Mi garganta se apretó, mis ojos picaban y quería correr. Joe definitivamente era un demente y yo no iba a poder contra él.

—¿Por qué tienes tantas fotografías mías? —Mi voz apenas salía de mi garganta, pero debía desviarlo, debía conseguir que no tuviera ganas de acercarse a mí.

—Porque te seguí —confesó, volvió a reír, risa que no entendí—, de alguna u otra forma iba a tenerte conmigo, Alice. Si debía matar a todos a tu alrededor, así iba a ser.

—¿Qué? —tragué saliva.

—¿Nunca te preguntaste por qué tu hermano comenzó a ir a llevarte por las mañanas a la escuela? —Sus ojos chocaron con los míos. Fruncí el ceño mirándolo—. Él se dio cuenta de que alguien estaba siguiéndote.

—Él nunca me lo dijo —susurré.

—Por supuesto que no iba a decírtelo nunca —aseguró con un tono de voz oscuro—. Él te quiere mucho como para asustarte con algo como eso.

Me mantuve en silencio mirando el suelo bajo mis pies. Todo comenzaba a unirse en mi cabeza. Todos esos momentos extraños, Liam preocupado por ir a dejarme, discutiendo conmigo cuando no le avisaba de que iba a ir a la casa de una amiga. Todo cobraba sentido ahora.

—No me hagas daño, Joe. Yo no te he hecho nada malo. —Mi voz se quebró al final y él de inmediato se puso de pie para caminar directo hacia mí.

—Lo último que quiero es hacerte daño. —Su mano se posó en mi rostro y lo acarició. Todo tipo de contacto me aterraba.

—No me tengas miedo —dijo y yo cerré los ojos con fuerza.

—Lo tengo —confesé y él se quedó mirándome—. No te conozco, no sé dónde estoy y te estás comportando como un demente. —Las palabras salieron de mi boca sin previo aviso y enseguida me arrepentí.

Vi su rostro tensarse.

—No me llames así. —Apretó sus puños.

—Una persona enamorada no es así… —intenté explicar—. Créeme que esto no es bueno.

—¿Qué quieres decir con eso? —su ceño se frunció como si realmente no me estuviera entendiendo. Sus manos estaban empuñadas, su mandíbula se mantenía apretada y todo su cuerpo indicaba peligro.

—Que estás mal, que esto solo lo haría alguien enfermo —dije mientras mantenía mi mirada en la de él.

Él cerró sus ojos con fuerza casi tragándose mis palabras con amargura, como si le estuviese destrozando la garganta. Ni siquiera fui capaz de ver su puño llegar a mi rostro, pero me golpeó tan fuerte que me dejó de rodillas en el suelo. Me había dolido, todo retumbó dentro de mi cabeza e intenté mantener la calma.

—¡No me llames así! —gritó con histeria. De inmediato, comencé a llorar con fuerza e intentaba controlar mi respiración, pero no podía. Su voz me perturbaba—. ¿Acaso quieres terminar como Jamie? ¿Que abusen de ti como Lía? ¡¿Eso es lo que quieres?! —gritó mientras yo seguía mirando el suelo de rodillas. Veía las gotas de sangre chocar con el piso directamente desde mi boca. Intenté ponerme de pie para enfrentarlo una vez más, pero él me dio un empujón que me dejó en el mismo sitio—. ¡Respóndeme! —continuó.

—No —alcé la voz. Él me jaló el cabello hacia atrás y me quedé mirándolo directamente a los ojos.

—Entonces no me provoques, Alice.

Se acercó a mí y besó mi boca ensangrentada. Recibí su beso con asco, llorando e inmóvil de rodillas en el piso.

—Quítate todo eso —ordenó refiriéndose a mi ropa. Me soltó y esperó con ansias a que le obedeciera, pero no lo hice. Prefería morir golpeada—. ¡Hazlo!

—No lo haré —dije, me puse levemente de pie—. Déjame en paz, por favor — supliqué.

Él no estaba razonando, no estaba teniendo empatía ni un grado de condescendencia conmigo. No había un signo de lástima en sus ojos y yo esperé a que la tuviera, pero no llegó.

Colocó sus dedos entre mi pantalón y mi piel de la cadera, luego quiso bajar mi ropa, pero lo detuve a golpes, pero mis pequeñas manos no se comparaban a la fuerza que tenía Joe Denovan, menos en un estado mental como en el que se encontraba.

—¡Suéltame! —grité con fuerza, pero él pareció no escucharme—. ¡Por favor, suéltame! —pedí.

—¡Ya cállate!

—¡Por favor! —Rompí en llanto.

Me encontraba desesperada intentando zafarme de su agarre, no estaba pudiendo con él. Debía salir de ahí como fuera y solo se me ocurrió pensar en la única persona que probablemente me salvaría: Ashton. Lo necesitaba ahí.

Joe me agarró de la cintura con fuerza y de un solo movimiento me dejó bocabajo en el suelo.

—¡Ayuda! —grité sintiendo mi garganta rasgarse, incluso podía sentir el sabor metálico de la sangre en mi lengua.

—¿A quién estás pidiéndole ayuda? —dijo con sarcasmo—. Te recuerdo que estás secuestrada.

El llanto me ahogaba, no me dejaba respirar, pero la desesperación era mucho peor, pues estaba sintiendo mi cuerpo temblar con fuerza y no sabía si podría controlarlo.

—Quiero que seas mía, Alice Brenden —murmuró cerca de mi oreja.

En lo que bajó la guardia para decirme eso, de un movimiento me deslicé hacia un costado y salí de debajo de su cuerpo. Rápidamente me puse de pie bajo sus fugaces ojos oscuros y tomé lo primero que encontré en una mesa; no supe lo que era hasta que se lo lancé. Era una botella de vidrio que apenas se estrelló en su pecho, se quebró al caer al suelo. Lo vi sobarse con fuerza, quejumbroso y adolorido. Me acerqué a la puerta y comencé a forcejear con los pestillos, pero no conseguí nada más que doblarme estúpidamente las uñas. Apenas pude dar un nuevo respiro cuando Joe me atrajo hacia él con agresividad. Apretó con fuerza mi brazo mientras me observaba a los ojos con amenaza.

—Te detienes o seré peor de lo que pensaba ser. —Joe… —pedí, pero él apretó con más fuerza. —Cállate.

Nuevamente me lanzó al suelo, esta vez se sentó encima de mí y amarró mis muñecas con un plástico y con su cuerpo encima no tenía escapatoria. Me observó, me recorrió como si le perteneciera y esbozó una sonrisa enfermiza. Sabía lo que iba a hacer, sabía lo que estaba pensando y lo que me deparaban mis siguientes minutos en esa habitación oscura, pero yo no merecía algo así. Rehusaba pensar que esto les sucedía a todas las personas que desaparecían de la noche a la mañana.

Pude verlo desnudo, pero apenas pude observarlo sin tener ganas de vomitar. No sabía a qué aferrarme, así que mi única opción fue quedarme quietísima y pedir por todos los malditos cielos que alguien llegara y abriera la puerta para rescatarme. Acercó su cuerpo al mío, me abrió las piernas con violencia y, cuando iba a posicionarse, alguien golpeó con fuerza desmedida la puerta. Fue en ese momento que volví a respirar bien.

—¡Joe! —escuchamos—. ¡Abre la puta puerta! —Era Ashton. —¡Vete de aquí! —gritó Joe a medias, medio mirando lo que iba a hacer y medio mirando la puerta llena de trabas.

—¡Dijiste que traerías a Alice hace dos putas horas! ¡¿Dónde la tienes?!

—Estamos ocupados —comentó Joe, luego me observó y se le vio una sonrisa. Su mano cubrió mi boca.

—¡Voy a botar la puerta, imbécil! —amenazó Ashton, y yo claro que quería que lo hiciera.

Vi a Joe ponerse de pie, se subió los pantalones y yo, de inmediato, me deslicé por el piso hasta alejarme de él a pesar de que mis manos siguieran atadas.

—¡Vete, Ashton! —le gritó él mientras abrochaba su cinturón. —¡¿Estás con ella?!

—¡Sí! —grité con la poca fuerza que me quedaba.

Joe me observó con enfado y antes de que pudiera ponerme de pie, la puerta ya estaba hecha pedazos. Ashton había entrado con toda su fuerza. Su mirada se posó en Joe y luego en mí. En una patética y lastimosa yo. Sus gestos se endurecieron, hizo puños sus manos y fijó la mirada en Joe Denovan.

—¡Eres un demente! —lo encaró Ashton—. ¡¿Qué demonios crees que hacías, hijo de puta?!

Hasta yo me quedé congelada ante la descarga de mi compañero de salón. Me quedé inmóvil mirando la situación desde atrás con un Joe casi desfigurado mirando a su medio hermano.

—Ashton… —La voz de Joe se cortó.

Ashton no escuchó, no creo poder definir la mirada de él en ese minuto, solo lo vi acercarse a él para golpearlo de manera desenfrenada, tan rápido y duro que dejó a Joe en el suelo en un par de segundos. No pude hablar, ni llorar, ni decir absolutamente nada. Solo me causó aún más terror la situación, pues, por un momento, pensaba que iba a matarlo a golpes justo enfrente de mí, pero de un momento a otro se detuvo con su respiración agitada, elevó su mentón y chocó conmigo.

Se acercó a mí, me quitó el plástico de las muñecas y luego me tendió el pantalón que se encontraba en el suelo. Rápidamente me coloqué todo y seguí a Ashton como un robot a través del pasillo. Mi corazón latía con fuerza, el nudo de mi garganta cada vez era más grande y sentía que en cualquier momento me caería de sopetón al cemento.

Apenas pisé la habitación que me quedaba junto a Ashton, me sentí segura. Miré detenidamente el lugar sintiéndome ajena. Todo había sido demasiado rápido y no había conseguido procesar toda la información que había recibido, menos todo lo que Joe me había hecho pasar. Caminé lentamente hacia el colchón, dolorida y con la mirada puesta en un lugar que tal vez ni existía. Sentía la mirada fuerte de Ashton encima de mí, pero no quería verlo: me sentía completamente avergonzada y molesta con el mundo en general. Incluso con él, que me había salvado. Me senté dolorida, luego me recosté y me cubrí hasta el cuello y comencé a llorar, esta vez con calma. Necesitaba botar todo lo que había pasado o probablemente moriría ahí.

Había descubierto que habían abusado de Lía, que Joe estaba obsesionado conmigo desde antes de conocerlo, que me vigilaba y me acosaba desde detrás de un arbusto. Había descubierto que mi hermano sospechaba que alguien me seguía y también que habían asesinado a Jamie probablemente por orden de Joe. ¿Cuánto poder tenía realmente Joe Denovan? ¿Qué tan igual era a su padre? Quería abusar de mí, quitarme todo y solo satisfacerse a sí mismo. No creía merecer una cosa como esa, no había sido una maldita para que me pasaran todas esas cosas a mí, incluso mis compañeras tampoco. Solo habíamos estado en un lugar que no debíamos en un momento no apropiado.

Quería a mi padre; quería que mi padre asesinara a ese maldito. Quería a mamá para que me dijera que nada ocurría, que todo estaba bien. Y también a Liam con su tazón de

chocolate caliente asegurándome que todo estaba bajo control, que se quedaría junto a mí toda la noche si era necesario. Y solo podía pensar en que, por favor, jamás le sucediera algo así a Giuliana.

Escuché sus pasos acercarse a mí, pero no quise abrir mis ojos. Tenía miedo y la imagen de Joe encima de mi cuerpo se repetía como un disco rayado. Mi cuerpo dolía y solo quería un descanso.

—Alice —lo escuché. La voz que me pareció oír desde él fue de alguien arrepentido, alguien que había cometido un horrible error.

Abrí mis ojos para observarlo, se puso en cuclillas frente a mí y me observó culposo. Pareció querer hablar, pero su voz se quedó en su garganta, no salió más allá de sus pensamientos.

—No es una buena noche para entablar una conversación —contesté quebrada. Él lo notó.

—Lo lamento, no quería que nada de esto pasara —dijo—. Pensaba que… Negué con mi cabeza y él se detuvo en seco.

—Ya no importa.

—No sabía que estabas con él —confesó con honestidad en sus ojos.

—Solo déjame tranquila un momento, por favor —le pedí. Él asintió y se puso de pie sin quitarme la mirada aún—. Es que, siento que no quiero ver a nadie, que necesito estar

sola, ¿sabes?

Lo que dije fue como una enredadera de palabras angustiosas y quebradas, pero él pareció desenredarlas de inmediato.

—Sí, creo que sí —tragó saliva—. Necesitas tiempo a solas. Lo vi moverse hasta la puerta para retirarse, pero:

—Pero no ese tipo de soledad —dije, él se volteó a mirarme. —¿Qué?

—Solo quédate aquí.

—De acuerdo. —Frunció el ceño con confusión, pero no dijo más. Se sentó en su cama, tomó su cuaderno y comenzó a trazar quién sabe qué. Me ignoraba: como yo quería, pero estaba ahí por si lo necesitaba.