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6. Model Development 1 Introduction

6.3. Development of a New Model

Cuando desperté, continué relajada al ver a Ashton a mi lado durmiendo en la misma posición que la noche anterior. No tuve reparos en apegarme más a él, y esperando recibir algún tipo de rechazo, solo conseguí que él se acomodara más cerca de mí. Lo miré algunos segundos, hasta que despertó. Frotó sus ojos y al verme esbozó una sonrisa cansada.

—¿Estás mejor? —me preguntó incorporándose. Se sentó de a poco en el colchón y yo me tendí bocarriba.

—Sí, gracias —contesté.

Todavía tenía a flor de piel todo lo que me había dicho Ashton y no podía conseguir sentirme normal con aquellas confesiones.

—¿Ahora sí puedo ir a tomar un poco de aire? —me preguntó en tono burlesco, le sonreí y asentí.

Él se puso de pie, me observó durante algunos segundos y luego caminó hacia la puerta. —Estaré aquí afuera, así que quédate tranquila —indicó. Solo me limité a asentir y luego lo vi marcharse.

Cuando salí, me senté fuera de la habitación y encendí un cigarrillo. Estaba comenzando a desesperarme la situación en la que me encontraba. Nunca había estado tan expuesto como ahora con una chica o, en realidad, con el mundo en general. Prácticamente le había confesado todo a Alice, todo lo que sentía y lo que quería hacer y no sabía si eso me favorecía o empeoraba todo. Y eso que hace algunas semanas ni entablar una amistad podíamos. Pero ya no podía negarme, no podía negar que Alice alteraba todos mis pensamientos y emociones, pero era imposible, debía mantenerse a raya conmigo y no estaba pudiendo lograrlo, ¿qué esperaba que ocurriera ahora? ¿Qué ganaba teniéndola a mi lado, tratarla bien e incluso exponerme así? Solo conseguiría que le hicieran daño a ella y a mi familia, y no podía ser tan inconsecuente.

Después de darle unas caladas al cigarrillo, lo apagué y lo lancé fuera de mi alcance. Estaba comenzando a ahogarme el mismo aire; no estaba acostumbrado a estar tanto tiempo en el mismo lugar. Además, los pensamientos acerca de Alice me tenían algo abrumado, pues pensaba: «Si hubiese conocido a Alice en otra situación, en otro momento o en otra vida hubiese sido mucho mejor. No puedes enamorarte, ni siquiera fijarte en una chica a la cual tienes secuestrada». No podía ilusionarla, no podía ser un imbécil.

Me puse de pie y caminé al pastizal que había detrás de las habitaciones, me senté en una banca metálica y antes de poder comenzar a pensar estupideces nuevamente, vi una silueta acercarse a mí. Cuando la luz reflejó su rostro quise ponerme de pie y golpearlo nuevamente, pero me contuve.

—¿Qué haces aquí? —me preguntó con esa misma voz de imbécil que tanto detestaba. —¿Qué mierda quieres, Joe? —contesté sin fijarle la mirada.

Me parecía más idiota de lo normal y yo no tenía la capacidad de soportar a personas que me daban asco.

—Hablar contigo —dijo sin más, como si fuera lo más normal del mundo sentarse a mi lado para conversar.

Alcé la vista. —¿Qué?

—Es acerca de Alice.

—No quiero oírte hablar sobre ella. —Ella te gusta, ¿no?

—¿Qué te hace pensar que sí? —Lo observé fijamente.

—Estás ahí, defendiéndola todo el tiempo, es muy obvio. —Rodó los ojos. —Hubiese defendido a cualquier persona de un enfermo como tú, ya lo dije. —Estoy enamorado de ella —confesó de pronto.

No sé cuál fue mi expresión en ese momento, no sé si fue asco o lástima. —Eso no es estar enamorado. —Fue lo único que pude decirle.

—¿Qué sabes tú? ¿Acaso lo has estado alguna vez?

—Sí, y te aseguro que eso que sientes no es estarlo —zanjé—. Estás obsesionado con Alice, estás realmente enfermo, ¿cómo no lo entiendes? —me puse de pie—. No puedes ir y querer abusar de la chica que supuestamente amas, ¿qué piensas, Joe?

—Solo estamos hablando, no hay para qué armar un escándalo —dijo en un tono calmado—. Está bien, soy un imbécil —continuó—, pero igual que tú. Somos hermanos, ¿lo olvidas?

Sus palabras chocaron conmigo como una navaja y lo único que pude hacer fue defenderme de sus estúpidas palabras.

—Yo jamás seré hermano tuyo —escupí con molestia—. No nos parecemos en nada, Joe.

—De todos modos, Alice caerá en mis brazos, Ashton. —Me das lástima.

No alcancé a escuchar lo que tenía para decirme porque rápidamente moví mis pies para salir de ahí antes de terminar golpeándolo una vez más. No quería que se me hiciese costumbre. Abrí la puerta de la habitación y vi a Alice con un papel arrugado entre sus manos. Nuestras miradas chocaron, demonios, había encontrado el dibujo.

—¿Y esto? —me preguntó, luego volteó el papel mostrándome el intento de Alice. —Es un dibujo —contesté con sarcasmo.

—Lo sé —rodó los ojos—, pero soy yo, ¿no? ¿Por qué me has dibujado? —No lo sé, solo quise hacerlo.

—¿Así es como estoy ahora? —No quedó bien… —me removí.

—Se parece mucho a mí —nuevamente observó el dibujo—, es solo que… No me he visto en un espejo.

—¿Cómo crees que estás?

—No lo sé —se encogió de hombros—. Supongo que estoy mal. Sin maquillaje, más delgada de lo normal, un esqueleto quizá —sonrió con tristeza.

—Estás bien —dije y ella me observó. —¿De verdad?

—No estás como para ir a una fiesta —dije burlesco, ella esbozó una pequeña sonrisa —, pero no…, un espejo no se quebraría contigo enfrente.

—Pues gracias —rio.

—Eres muy hermosa —dije y ella posó sus lindos ojos miel en los míos, con ilusión—. Desde que llegaste, ahora y seguirás siéndolo, te lo aseguro. Con maquillaje o sin él. Con vestido de fiesta y tacones o sin ellos.

—¡Dibújame de nuevo! —se puso de pie emocionada. Impulsada por lo que le había dicho.

—¿Qué? —reí confundido.

—Vamos, yo me quedaré quieta para que me puedas dibujar —sugirió—. Dime cómo ponerme, así como Jack Dawson en Titanic —sonrió con diversión—. Solo dibújame, por favor —me pidió con una sonrisa a la que no podía negarme.

—De acuerdo —accedí. «Muy bien, Ashton. Evítala, imbécil».

Se tendió sobre mi cama, cubrió su cuerpo hasta su cintur a y se posicionó de costado observándome. Su cabello estaba esparcido por mi almohada y sus ojos miel me observaban como si mis ojos fuesen una cámara fotográfica. Era muy bella. Muy inocente y muy Alice.

Me acomodé en el suelo, tomé el cuaderno y comencé a trazar líneas. Me concentré tanto que apenas podía despegar mis ojos de Alice y el papel. Del papel y Alice. Ella se mantenía quieta como un cuadro antiguo, a ratos sonreía al ver mi expresión y luego se quedaba seria. Por primera vez, mi dibujo estaba pareciéndose mucho a la realidad.

—¿Puedo moverme? —la escuché.

—No, espera —pedí—. Solo me falta un detalle.

Ella volvió a quedarse quieta. Remarqué sus labios, el borde de los ojos y sus pestañas. Me sentía conforme con mi dibujo, incluso increíblemente satisfecho y talentoso.

—Listo —sonreí sin despegar la mirada del dibujo.

—¿Cómo quedé? —la oí, se puso de pie y se colocó a mi lado. —¿Te gusta? —la observé.

Ella tenía sus ojos pegados a la hoja de papel, observando cada detalle, la vi tragar saliva y luego respirar hondo, aceptándose.

—Sí, está muy hermoso —dijo.

—Valió la pena que estuvieras inmóvil dos horas. —Creo que se me ha acalambrado todo el cuerpo. Ella se puso de pie y comenzó a estirar sus músculos.

Luego de conversar y comer un poco junto a Alice, ella regresó a su colchón. Y, cuando intenté conciliar el sueño, me percaté de que me estaba costando mucho y que mi cama era muchísimo más cómoda con ella a mi lado. La miré unos segundos, tenía sus ojos cerrados, pero rápidamente los abrió percatándose de que la observaba.

—¿Por qué me miras? —No puedo dormir. —Yo tampoco —susurró.

—Basta de juegos —comentó y luego me dio la espalda—. Buenas noches. —Hablaba en serio —resoplé.

Esperé unos segundos a que me respondiera hasta que se volteó para mirarme. —Estás jugando conmigo, ¿no?

—Claro que no, ven aquí. —Me moví unos centímetros y golpeé el espacio vacío a mi lado.

Ella, bajo mi fuerte mirada, se puso de pie con inseguridad y se metió bajo mis sábanas. Se acomodó bien lejos de mí e intentó cerrar sus ojos.

—¿Por qué estás tan lejos? —me burlé.

—¿Y qué quieres? ¿Que duerma encima de ti? —contestó sin más. No sonaba mal.

—No, no —reí.

Ella me dio la espalda y yo decidí ignorar el hombre impulsivo que llevaba dentro e intenté dormir, pero estaba costándome demasiado ignorar el hecho de que tenía a Alice durmiendo a mi lado, así que esperé. Esperé a que Alice se quedara completamente dormida y me acerqué con cautela hacia ella y la abracé. Mi tórax estaba pegado a su espalda, mi brazo izquierdo descansaba en su estómago y mi boca se mantenía a centímetros de su cabeza. Al no sentir un rechazo por su parte, decidí quedarme así. Qué gran error. Qué gran error se sentía tenerla así de cerca, sentirla mi hogar y mi refugio, pero no podía sentir de otra manera, ya estaba en eso, no podía dar un paso atrás.

A mitad de la noche, Alice se movió quedando frente a mí, abrí mis ojos y la vi a centímetros de mi rostro, pero ella seguía dormida. Uno de sus brazos pasó por mi torso desnudo y se pegó más a mí. No sé en qué momento ocurrió, pero ella con toda confianza posicionó una de sus piernas en medio de las mías. Mis brazos seguían fuertemente pegados a su cuerpo y, a pesar de que Alice despertaba todo mi cuerpo, podía esperarla por siempre si se quedaba así de cerca como ahora.

Cuando desperté, choqué con los ojos cerrados de Alice. Algo se llenó dentro de mi pecho y, por primera vez, sentí eso que dicen algunos hombres al despertar con una chica especial al lado. No me contuve, besé suavemente su mejilla, luego sus labios, su cuello y luego su frente. Ella se quejó unos segundos, luego besé nuevamente sus labios. Esta vez comencé a depositar besos rápidos en su boca mientras se quejaba, pero sin evitarme.

—Vamos, despierta.

Ella puso una mano en mi cuello y me acercó a sus labios dándome un profundo y cálido beso.

—Ya desperté —comentó separándose de mí dejándome helado con el beso que me había dado.

No pude evitar sonreír como un imbécil al verla mirarme con sus grandes ojos miel. —Me gusta despertar así —sonrió.

—¿Cómo? —Contigo.

Iba a responderle, pero golpes en la puerta me interrumpieron. Ambos miramos en dirección a la puerta, rápidamente me puse de pie, me coloqué una camiseta y vi a Alice cambiarse de cama. Abrí la puerta y vi a uno de los idiotas de Marcus frente a mí.

—Marcus quiere hablar contigo —informó. —Voy enseguida. —Cerré la puerta.

Me puse un pantalón bajo la mirada de Alice. —¿Tardarás?

—No, supongo —contesté.

Salí de la habitación y antes de caminar por el pasillo dejé la puerta cerrada con llave, luego las guardé en mi bolsillo y caminé con firmeza a la oficina de Denovan. Había comenzado bien el día junto a Alice y él estaba allí arruinando todo.

—Aquí estoy —dije deslizando la puerta sin golpear como de costumbre.

Marcus estaba llamando a alguien por teléfono, lo miré en silencio hasta que se silenció y se quedó mirándome fijamente.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—Alguien quiere hablar contigo —comentó con frialdad en su voz. Estiró su brazo tendiéndome un móvil.

—¿Quién? —pregunté sin tomar el móvil.

Él se encogió de hombros con una sonrisa divertida. Recibí el móvil y lo puse en mi oído.

—¿Hola? —hablé con confusión. No escuché más que sollozos detrás del teléfono y a un sinfín de personas hablando, pero no entendía nada de lo que estaban diciendo—. ¿Hola? —repetí.

—¡Ashton! —escuché un grito. Su grito. Mi piel se erizó por completo al escuchar su voz, no podía ser real, me quedé petrificado por unos segundos hasta que nuevamente habló—: Ashton, soy yo.

—¿Mamá? —pregunté con inseguridad, inseguridad de la cual estaba completamente ajeno.

—Sí, hijo. Soy yo.

Quedé congelado mirando a Denovan, mis manos temblaban. Sus ojos brillaban con mala intención y yo no estaba entendiendo a qué quería llegar Marcus con esto.

—¿Qué te pasó? —Mis ojos estaban fijos en los del tipo frente a mí que tanto odiaba. —Es él, Marcus está siendo un idiota con nosotras.

—¿Dónde está Debanhi?

—Se la han llevado —contestó—. La Policía dijo que no podía hacerme cargo de ella. Justo ahora se encuentra en un centro de menores, Ashton —informó y mi sangre hirvió bajo mi piel—. Todo esto es culpa de Marcus. Él está haciendo todo lo que tiene a su alcance para quitarme a mi hija.

—Mamá…

—Primero me intoxicó para que se la llevaran.

—Tranquila —intenté controlar el tono de mi voz—. Voy a solucionarlo, pero por favor, cuídate.

—No sabes cuánta falta estás haciéndome —suspiró. —¿Dónde estás?

—En casa, pero se han llevado todo —decía en un tono desesperado. Como si sus lágrimas se juntasen con la desesperación que tenía en el cuerpo.

—Debes permanecer tranquila, por favor —le pedí.

—No quiero que maltraten a tu hermana, Ashton —suplicó. El enojo estaba pudiendo conmigo. Cada palabra que ella decía me hacía apretar más el móvil en mi oreja.

—No lo harán, no te preocupes por eso. —¿Qué harás? —su voz bajó.

—Lo que sea.

—No quiero perderte a ti también —dijo y se me apretó el estómago.

—Primero ustedes, luego yo —comenté frío—. Ahora debo colgar, por favor, quédate tranquila.

—De acuerdo, hijo —la oí controlar su respiración por unos segundos y luego continuó —: Te amo.

Colgué sin responder. Mis ojos se quedaron en Marcus Denovan, quien me observaba con una diversión casi irreal.