2. Methodology
2.3. Analytic procedure
Con el reinicio de las erradicaciones en el Río Apurímac la organización campesina existente experimenta un giro radical, defendiendo el cultivo de coca y cuestionando los Programas de Desarrollo Alternativo (PDA) impulsados por el fujimo rismo. Las posturas en contra de las ONGs que canalizan los fondos de la cooperación internacional para la ejecución de los PDA, se radicalizan bajo la acusación de quedarse con dinero que debía ser para los campesinos. Al frente de esta corriente en la FEPAVRAE se cuentan ex comandos de autodefensa más jóvenes y con acceso a los medios de comunicación,
particularmente las radios locales desde donde denuncian el anquilosamiento de la organización y sus supuestos malos manejos. A inicios del 2002 la FEPAVRAE elige a una nueva junta directiva, caracterizada por levantar una plataforma básica pero integradora, cuyo principal y casi único punto es la defensa de los cultivos de hoja de coca, y por definir una estrategia que prioriza la movilización a la negociación. El cargo de Presidente lo asume Antonio Laynes, pero el verdadero poder lo ejerce Nelson Palomino, quien es elegido como Secretario de Organización y Defensa. Palomino es sumamente representativo del poblador del VRA; de padres quechua hablantes procedentes de la sierra de Huanta, nace en Ayna en la selva de La Mar, donde su familia cultiva una parcela de cube, coca y café que les permite enviar a sus hijos a estudiar a colegios públicos de Huanta. Una vez concluido el colegio, Nelson Palomino vuelve al VRA a trabajar en la agricultura pero el conflicto armado afecta directamente a su familia cuando Sendero Luminoso asesina a su hermano mayor, hecho que lo decide a enrolarse al Comité de Autodefensa. Pasada la etapa de mayor violencia, el contar con secundaria completa le permite trabajar como profesor bilingüe quechua -español y como comunicador en la radio Doble A, entablando permanente contacto con autoridades y campesinos que llegan a la radio a realizar denuncias. La experiencia de Palomino en los Comités de Autodefensa y su labor como coordinador de los profesores bilingües en la zona, le permiten relacionarse con distintas instancias del Estado (el ejercito y la oficina local del ministerio de educación básicamente) dotándolo de una experiencia importante que luego pone en practica en la organización del gremio. Asimismo la buena sintonía con la población que logra desde la radio, le permiten posicionarose como uno de los principales dirigentes de la FEPAVRAE y posteriormente como el líder de mayor protagonismo en la CONPACC, siendo quizás quien más ha influenciado en las decisiones y acciones del movimiento cocalero nacional.
Las dos principales bases regionales de la CONPACC se articulan principalmente en torno a líderes que logran organizar el descontento de la población. Aunque finalmente el interlocutor en ambos casos es el Estado, cada valle cuenta con sus propios detonantes organizativos. En el Huallaga las erradicaciones conllevan enfrentamientos directos con la policía, generándose nuevas estructuras para la protesta y la negociación, puesto que estaban desactivadas o no existían desde la guerra. En el río Apurímac, las pugnas dentro
de la FEPAVRAE, gremio constituido para trabajar con un estado fujimorista en retirada, hacen que se imponga una nueva generación de dirigentes que exigen cambios en la gestión, asumiendo la directiva local e impulsando el encuentro de la CONPACCP.
Si analizamos el “capital de liderazgo” de los tres líderes más importantes -Elsa Malpartida, Nancy Obregón y Nelson Palomino- tenemos que el componente cultural es el más fuerte. Como casi toda la población de los valles cocaleros, los líderes comparten una historia común de migrantes pobres, valores y prácticas similares relacionados con la cultura andina, que en el caso de Palomino se expresa más claramente por el ascendente étnico en el VRA, siendo crucial que este líder hable quechua y chacche coca. En los tres casos, el peso del componente cultural les dota de legitimidad interna, refuerzan las demandas y facilita la organización de las cuencas y su movilización en momentos oportunos. Por el contrario, la posición de capital social es uno de los puntos más débiles. Debido a la posición marginal de los valles cocaleros, el carácter ilegal del cultivo y las trayectorias personales de los líderes signadas por el conflicto armado, sus posibilidades y habilidades para establecer alianzas políticas y tejer redes sociales que den mayor soporte a sus demandas son muy limitadas. Herencia de la guerra, la pacificación militar y la despolitización del período fujimorista, prima en los líderes una actitud polarizadora que suele aislarlos de otras organizaciones sociales, por lo que les resulta muy difícil adaptarse al entorno político, primando una tendencia a cerrarse sobre si mismos. Finalmente el capital simbólico, entendido básicamente como la posesión y manejo del carisma que brinda al líder autoridad moral y respeto, es algo difuso de leer debido a lo localizado de los liderazgos. Quizás el único que en determinado momento despliega cierto carisma de llegada nacional es Nelson Palomino, pero este no le alcanza para contrarrestar la represión estatal que se ejerce contra él, logrando aislarlo e incidiendo en las disputas y fracturas del movimiento cocalero38. Asimismo, los principales líderes toman como referentes experiencias previas que les permiten emprender con éxito la labor organizativa. Tanto la experiencia cocalera en Tingo María de los ’70, la labor en el Comedor Popular o en los Comités de Autodefensa, son experiencias en las que Malpartida, Obregón y Palomino adquieren habilidades y repertorios que luego toman en cuenta para su propia labor conductora al frete de los cocaleros.
Resumiendo lo expuesto, la identidad cocalera se caracteriza por compartir una historicidad signada por situaciones límite. La constante movilidad social que genera la migración, junto a la polarización radical como recurso de sobrevivencia durante la violencia y el personalismo clientelar de la etapa fujimorista, son algunos de estos rasgos de la identidad moldeados por la historia reciente de los Valles cocaleros. Antes que calificarlos como positivos o negativos, estos componentes de historicidad operan en distintos momentos obstaculizando o facilitando algunas decisiones del movimiento, dando cuenta de una apertura a diferentes estrategias y experiencias organizativas. De otro lado, la identidad cocalera logra articular un discurso político, que se reconoce en tradiciones y marcos de significado que establecen los límites del nosotros identificando oponentes y enunciando sus demandas. El discurso cocalero se inscribe en la tradición radical pero oscila entre sus dos principales marcos; el clasismo y la revaloración étnica. Los procesos de auto identificación donde un valle se reconoce más fácilmente como indígena mientras el otro lo hace como campesino, generan una tensión discursiva que, como desarrollaremos más adelante, no llega a ser resuelta pero tampoco impide la existencia de niveles de confluencia nacional. Justamente, esta confluencia se plasma en las formas organizacionales descritas cuyos antecedentes se remiten a la década del ’70 con el primer boom cocalero, viéndose frenados por el estallido de violencia. Posteriormente, cambios en la estructura de oportunidad política, y el surgimiento de una nueva generación de lideres en los dos principales valles cocaleros dan lugar a un nuevo ciclo organizativo. Tal reactivación de los gremios locales se produce en reacción a arremetidas estatales como las erradicaciones o la crisis de los programas de desarrollo, generando dos procesos paralelos: el del Huallaga y el del Apurímac, que se encuentran en la Mesa de Dialogo convocada por iniciativa del gobierno de transición democrática. Si bien esta iniciativa no adquiere continuidad, facilita la constitución de la organización nacional, conformándose la CONPACCP bajo un esquema federativo que mantiene la dirección de los líderes de las principales cuencas, quienes no ceden poder local. Veamos ahora como la identidad, con su peso histórico y tensiones discursivas, y las estructuras organizacionales, con su tendencia reactiva y fuertes liderazgos, operan al confluir con determinadas estructuras de oportunidad política en el desarrollo de la estrategia dual asumida por el movimiento