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Tras una primera etapa de orientación liberal, Marx va elaborando su pensamiento político a través de una crítica rigurosa de la Filosofía del derecho hegeliana, centrada so­ bre todo en la manera de plantear la relación entre socie­ dad civil y estado.

Según Marx, el análisis hegeliano alcanza su mayor profundidad en el planteo de una clara separación moder­ na entre la sociedad civil (ámbito donde actúan los indivi­ duos con sus intereses particulares) y el estado (el lugar del interés universal); pero el límite de la filosofía hegeliana, según la presentación que Marx hace de ella, es haber in­ tentado alcanzar una solución ilusoria de esta contradic­ ción, al reinstaurar, dentro de la separación moderna entre sociedad civil y estado político, elementos de mediación provenientes del orden antiguo, premoderno, como, por ejemplo, la representación por clases (Stande).

Para Marx, en cambio, el análisis crítico de la sociedad moderna debe partir de la separación estructural que la ca­ racteriza. La sociedad civil es el reino de los individuos pri­ vados que, en el marco de una economía de mercado, persi­ guen sus intereses particulares: se caracteriza, pues, por la existencia de amplias desigualdades en cuanto a dinero, propiedades, cultura, posición social. Ahora bien, de distin­ ta manera que en la sociedad feudal, es propio de lo moder­ no que estas desigualdades de condición pierdan su signifi­ cado político: en la sociedad feudal, la condición de siervo o de señor es también una condición política, en tanto que en la sociedad moderna, surgida de la Revolución Francesa, todos los ciudadanos son iguales desde el punto de vista po­ lítico, sin tener en consideración la posición que ocupan en la sociedad, o si son propietarios o desposeídos. Las contin­ gentes resistencias que las clases propietarias puedan opo­ ner a esta igualdad política no impiden que ella sea el prin-

ripio estructural de la vida pública moderna, que ya se ma­ nifiesta en las sociedades burguesas más desarrolladas, co­ mo, por ejemplo, la de Norteamérica. Es verdad que la Re­ volución burguesa vuelve a todos políticamente iguales, co­ mo ciudadanos, y suprime, por tanto, el significado político de la desigualdad social, pero no menos relevante es el otro lado de esta transformación, en el que insiste Marx: la Re­ volución burguesa no elimina la desigualdad social, sino tan sólo su significado político; al dar lugar a una sociedad civil y de mercado separada del estado, la Revolución bur­ guesa permite que la desigualdad se desarrolle en este ám­ bito, y se limita a asegurar su neutralización política con la igualdad entre los ciudadanos. De aquí nace uno de los pro­ blemas fundamentales que, como filósofo político, plantea Marx: ¿cómo se debe concebir la relación entre estas dos di­ mensiones, esto es, entre la desigualdad social, que se des­ pliega en la sociedad moderna a través del mercado y del capitalismo, y la igualdad política?

En el ensayo Sobre la cuestión judía, Marx enfrenta es­ te problema analizando las declaraciones de derechos ela­ boradas durante la Revolución Francesa. En ellas se en­ cuentra la distinción entre los derechos del hombre (la se­ guridad, la libertad, la propiedad), que salvaguardan pre­ cisamente los derechos del individuo particular, miembro de la sociedad civil, y los derechos del ciudadano, que con­ ciernen, en cambio, a la participación en el poder público, la libertad política. Los primeros dan garantía al hombre en cuanto «miembro de la sociedad civil, esto es, individuo replegado en sí mismo, en su interés privado y en su arbi­ trio privado, y aislado de la comunidad».40 Los segundos instituyen una comunidad política, pero sólo como una esfera particular de la sociedad separada de las demás, que no tiene en cuenta la vida concreta de los individuos, el modo en que ellos reproducen su existencia, su trabajo. Así pues, según Marx, el estado político domina «sin dominar realmente, es decir, sin penetrar materialmente en el con­ tenido de las esferas no políticas».41

40 K. Marx, Sulla questione ebraica, en K. Marx y F. Engels, Opere com­

plete, vol. III, Roma: Editor! Riuniti, 1976, pág. 178.

41K. Marx, Dalla critica delta filosofía hegeliana del diritto, en K. Marx y F. Engels, Opere complete, op. cit., pág. 35.

Volvemos entonces a la que es, a nuestro parecer, la pre­ gunta de fondo: ¿cómo se debe entender, según Marx, la re­ lación entre estas dos esferas? Si se la concibe a la manera liberal (como lo hace Constant, por ejemplo), los derechos políticos constituyen tan sólo la garantía de los intangibles e inviolables derechos del hombre: pero esto significa, des­ de el punto de vista de Marx, que la igualdad política se convierte en una igualdad ilusoria, cuya función es defen­ der, y al mismo tiempo encubrir, la desigualdad y las rela­ ciones de dominio que reinan en la sociedad civil. En esta, de hecho, los propietarios de los medios de producción, de los capitales y de la tierra, ejercen un verdadero dominio sobre quienes, al carecer de ellos, se hallan en la imposibi­ lidad literal de reproducir su propia vida y, por consiguien­ te, están obligados a vender, reduciéndose a «mercancía», su propia fuerza-trabajo, que los capitalistas adquieren en tanto y en cuanto produzca para ellos una plusvalía, esto es, sólo si los proletarios trabajan más de lo necesario para reproducir los instrumentos de producción y sus medios de subsistencia. Si se entienden los derechos políticos, a la manera liberal clásica, tan sólo como una garantía de los derechos privados y de las libertades de mercado, entonces, esos derechos se convierten en una cobertura ilusoria de la desigualdad real.

Por su parte, las perspectivas democrático-radicales (y Marx pone como ejemplo a Robespierre) les atribuyen un significado mucho más amplio a los derechos políticos: la igualdad política se convierte en resorte para poner en en­ tredicho la desigualdad social, a través de medidas tales como la nivelación de las propiedades, el reconocimiento del derecho al trabqjo, u otras semejantes (precisamente lo que temía un liberal como Constant). La contradicción en­ tre igualdad política y desigualdad social se manifiesta, en este caso, en el intento de adecuar las condiciones sociales al principio de la igual soberanía de los ciudadanos, incom­ patible tanto con la existencia de la pobreza como con una marcada desigualdad de las posesiones, tal como lo mostró Rousseau. Sin embargo, la solución democrático-jacobina no es menos defectuosa, a los ojos de Marx, que la liberal: mientras esta última acepta y reconoce francamente la de­ sigualdad de la sociedad, la superación de la desigualdad que pretende el jacobinismo aparece como ilusoria. El esta-

do político no puede eliminar las desigualdades de la socie­ dad civil, ni las relaciones de dominio que conllevan, por­ que él mismo no es sino la otra cara complementaria de la sociedad civil desigual que le sirve de fundamento: el esta­ do político no puede eliminar las desigualdades de la socie­ dad civil sin eliminarse, a la vez, a sí mismo como estado

político separado. Por consiguiente, la contradicción entre igualdad política y desigualdad social sólo puede superarse eliminando los dos términos contrapuestos y complemen­ tarios, esto es —como escribe Marx en su juventud, en la crítica de la filosofía del derecho hegeliana—, a través de una democracia integral que ya no sea únicamente políti­ ca, sino que instaure la comunidad humana a partir del ni­ vel del trabajo y la efectiva reproducción de la vida, y no só­ lo en un ámbito político, abstracto y yuxtapuesto a las desi­ gualdades reales contra las cuales no tiene poder alguno.

Así pues, en la concepción de Marx, la revolución elimi­ na la antítesis entre sociedad civil y estado político, refun­ dando la comunidad humana a partir de la libre asociación de los productores; y esto implica la extinción del poder po­ lítico como dimensión separada de aquella en la que se rea­ liza la efectiva reproducción de la vida de los individuos. Marx y Engels trazan las líneas de esta transformación en el Manifiesto del Partido Comunista de 1848: gracias a la conquista de la democracia, el proletariado se adueña del poder político y lo utiliza como resorte para eliminar la pro­ piedad capitalista de los medios de producción y, de este modo, las diferencias de clase. Una vez que estas, tras una etapa de conflictos y de «intervenciones despóticas», sean superadas y la producción haya vuelto a las manos de los individuos asociados, «el poder público perderá su carácter político». En efecto, «el poder político, en el sentido propio de la palabra, es el poder organizado de una clase para la opresión de otra»;42 una vez superada la contraposición en­ tre las clases, no habrá más necesidad de un poder político separado de la sociedad.

Este es, en líneas generales, el esquema teórico, pero las cosas se toman mucho más complicadas cuando se entra en el terreno de la historia efectiva: ¿cuál es la relación en­

42 K. Marx y F. Engels, Manifestó del Partito Comunista, en Opere com­

tre las luchas por la democracia que tienen lugar en Euro­ pa en 1848, especialmente violentas en Francia, y el cami­ no de la revolución social? Para Marx, debe tratarse de una relación de estrecha sucesión y continuidad: el proletaria­ do participa en la revolución democrática y la sostiene con su fuerza, pero su programa es impedir que la revolución se detenga, tomarla permanente, haciendo que la revolu­ ción democrática se prolongue en la revolución social —a sabiendas de que en este recorrido los intereses del proleta­ riado llegarán necesariamente a chocar con los de la bur­ guesía, como lo mostró el episodio de 1848 en Francia, del que Marx resalta, como aspecto central, la represión de la insurrección obrera parisina de junio por las fuerzas bur­ guesas—.

La revolución de 1848 en Francia se cierra, en diciem­ bre de 1851, con el golpe de estado de Luis Bonaparte. Tras su derrota en Sedan, en 1870, durante la guerra franco- prusiana, hay un nuevo episodio insurreccional, la Comu­ na de París (1871). Esta, más allá de sus escasas posibili­ dades de éxito, da ocasión a Marx de reflexionar nueva­ mente sobre la cuestión del estado político: Marx considera a la Comuna como el esbozo de una organización política novedosa, que se distingue de la democracia representati­ va burguesa en cuanto el poder es ejercido directamente por el pueblo, en el nivel local, o bien mediante delegados, los cuales reciben salarios de obreros, pueden ser revoca­ dos en cualquier momento y son sometidos a un mandato perentorio por sus electores.43 En definitiva, la Comuna parece dar cuerpo por primera vez a la idea de Marx de que el estado debe dejar de ser un órgano que pese sobre la so­ ciedad, con su burocracia, sus costos y sus privilegios; el es­ tado, por el contrario, tiene que estar estrictamente subor­ dinado a la sociedad, la cual debe organizarse en la mayor medida posible como autogobierno.

En 1875, por último, al discutir el programa elaborado por el congreso de unificación de la socialdemocracia (Go- tha, 22 al 27 de mayo de 1875),44 Marx precisa un aspecto

43 K. Marx, La guerra civile in Francia, en K. Marx y F, Engels, Opere scelte, Roma: Editori Riuniti, 1966, págs. 908 y sigs.

44 K. Marx, Critica al programma di Gotha, en K. Marx y F. Engels, Opere scelte, op. cit., págs. 951-75.

adicional de su modo de entender la transformación revo­ lucionaria de la sociedad: en la primera etapa de la socie­ dad colectivista, fundada en la propiedad común de los me­ dios de producción, la distribución de los bienes seguirá el principio de «a cada cual según su trabajo»; en la etapa más madura de la sociedad comunista, en cambio, una vez que las fuerzas productivas y la riqueza colectiva se hayan de­ sarrollado más allá de cualquier posibilidad imaginable, la sociedad podrá finalmente regirse por un principio más li­ bre y elevado: «de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades». Se alcanza así, sin duda, el momento de más audaz utopía del pensamiento de Marx; no obstante, las mayores dificultades de su teoría no deri­ van quizá de este exceso de impulso utópico^ sino de un pro­ blema más estructural: su visión de una sociedad entendi­ da como libre asociación de los productores implica, en rea­ lidad, una suerte de des-diferenciación respecto de las com­ plejas estructuras de las esferas de la sociedad moderna. Por consiguiente, pese a su extraordinario potencial crítico, su visión aparece como incapaz de incluir en su horizonte teórico la dinámica de evolución creciente, complejización y diferenciación que parece caracterizar a los procesos de desarrollo de las sociedades humanas. Así pues, la impor­ tancia de la teoría de Marx no reside en los resultados que de ella derivan, sino en la cuestión de fondo que él plantea con fuerza y radicalidad, acerca de la relación entre la de­ mocracia política y su base económica y social.

Tareera parte. Conceptos y teorías

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