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Descendiente de padres aristocráticos y fieles a la di­ nastía borbónica, Alexis de Tocqueville (1805-1859), discí­ pulo de Constant, termina casi invirtiendo las conclusiones de este, al recuperar el valor de la libertad política, que pa­ ra Constant se subordinaba a la libertad privada. Los estu­ dios de Ibcqueville acerca de la democracia norteamerica­ na surgieron tras un viaje al nuevo continente que realizó en 1831, después de que, el año anterior, la dinastía borbó­ nica fuera suplantada en el trono francés por Luis Felipe de Orleans, a quien Tocqueville había jurado lealtad no sin disgusto, debido a la ruptura de los vínculos que unían a su familia con los Borbones. El viaje no sólo le permitió ale­ jarse de la nueva situación política que se había generado

en su país, sino que además le dio oportunidad para enca­ rar un estudio de primera mano de la nueva democracia norteamericana, que habría de dar origen a sus libros más influyentes: La democracia en América, publicado en dos partes, en 1835 y 1840, y El Antiguo Régimen y la Revolu­

ción, de 1856.

Mientras el liberalismo de Constant todavía considera­ ba posible encauzar el impacto de la democracia mediante el recurso de circunscribir el derecho al voto sólo a los pro­ pietarios, 'Ibcqueville, discípulo y admirador de Constant, basándose en su experiencia americana, constata el carác­ ter irrefrenable de la afirmación de la democracia, a la cual, sostiene, es inútil oponerse. Así pues, Ibcqueville pro­ cura, ante todo, individualizar las características del nuevo universo político democrático que se está afirmando, y se­ ñala todos los peligros a los que está expuesto, sin albergar esperanzas de que el proceso pueda de alguna manera ser detenido.

Al igual que Constant y muchos otros pensadores políti­ cos de la primera mitad del siglo XIX, Ibcqueville sostiene un supuesto de fondo: si la democracia se identifica con el sufragio universal, y si la mayoría de la sociedad está com­ puesta por pobres o, en cualquier caso, por gente carente de propiedades, entonces, con la democracia el poder político, más precisamente el poder legislativo, es entregado a la clase no propietaria. Constant quería a toda costa evitar este resultado; Ibcqueville lo constata: «El sufragio univer­ sal confía, pues, realmente el gobierno de la sociedad a los pobres».14 Es esta una de las tesis fundamentales que Tbc- queville desarrolla en la primera parte de La democracia

en América: con el gobierno democrático, el pueblo, la masa

de los no propietarios, se vuelve realmente soberano: «El pueblo reina en el mundo político norteamericano como Dios reina en el Universo. Él es la causa y el fin de todas las cosas: todo proviene de él y todo termina en él».15

Si bien sobre este punto se ha hablado, con razón, de una suerte de exagerada sobrevaloración de la soberanía popular, dictada más por el temor y la desconfianza que por

14 A. de Tocqueville, La democrazia in America, traducción italiana, Mi­ lán: Rizzoli, 1999, pág. 200.

un análisis efectivo de la realidad,16 el otro tema funda­ mental sobre el cual construye Tocqueville su análisis de la democracia es el de la «igualdad de condiciones»: para el aristocrático Tbcqueville, esta igualdad es la que marca el tono general de la sociedad democrática, la cual elimina to­ do privilegio jurídico, de estatus, de clase. La igualdad de condiciones es un concepto de contornos imprecisos, que encama para Tbcqueville la característica fundamental de la «mentalidad» democrática: esta no reconoce ninguna su­ perioridad de rango o de otro tipo, y ubica a todos los indivi­ duos en un mismo plano. No es verdad, por tanto, ni siquie­ ra respecto de un pensador liberal como Tbcqueville, que la democracia sea un mero instrumento de realización del liberalismo; ella se define, más bien, por cualidades que van más allá de las formas jurídico-políticas, como, por ejemplo, esta «mentalidad». La igualdad de condiciones, por otra parte, es compatible incluso con las mayores desi­ gualdades económicas: la democracia norteamericana se caracteriza por una gran distancia entre riqueza y pobreza, pero esto no implica una división «antropológica», pues las propiedades y las riquezas son sumamente fluctuantes y el individuo puede ocupar sucesivamente, en breve lapso, posiciones muy distintas en la escala social.

Precisamente en cuanto considera ineluctable la afir­ mación del «dogma» de la soberanía popular y de la igual­ dad de condiciones, Tbcqueville quiere alertar respecto del costo que el desarrollo de la democracia entraña para la au­ tonomía y la libertad del individuo, el cual está sometido cada vez más a lo que Tbcqueville considera omnipotencia, o peor aún, «tiranía de la mayoría».

La fenomenología de esta degeneración es tan rica y su­ gestiva que a ella se referirán, incluso en el siglo XX, todos los críticos de la sociedad de masas. La omnipotencia de la mayoría se manifiesta en el espacio cada vez mayor que ocupa el poder legislativo, ejercido por diputados marcada­ mente condicionados por la opinión popular. Las leyes son muy numerosas y están sujetas a frecuentes cambios; el poder legislativo carece prácticamente de límites, y en esta

16 A. M. Battista, «Tbcqueville. Un tentativo di sintesi», Trimestre, XVIII, 3-4,1985, págs. 171-244; reeditado en A. M. Battista, Studi su Tocqueville, Florencia: Cet, 1989.

ausencia de límites anida, para Tocqueville, el germen de la tiranía. Por otra parte, en Estados Unidos la mayoría controla incluso todos los demás poderes: el poder ejecuti­ vo, el judicial elegido por el pueblo, e incluso el poder no institucionalizado de la prensa y de la opinión pública. Para Tbcqueville, esto significa que el individuo no dispone de verdaderas garantías en el caso de que sus derechos sean violados con el beneplácito de la mayoría del pueblo. La arenga contra la tiranía de la mayoría culmina en páginas muy duras sobre el futuro de la libertad de discu­ sión y de pensamiento: «En Estados Unidos, la mayoría traza un formidable círculo en tomo al pensamiento. Den­ tro de esos límites, el escritor tiene libertad, pero, ¡ay del que ose sobrepasarlos!». «Ningún escritor, sea cual fuere su notoriedad, puede eludir la obligación de lisonjear a sus conciudadanos. La mayoría vive, por ende, en una perenne adoración de sí misma». Tbcqueville extrae una severísima conclusión: «La independencia del espíritu y la verdadera libertad de discusión son, en general, menores en Estados Unidos que en cualquier otro país que yo conozca».17

Así pues, en el desarrollo del pensamiento de Tbcque- ville, la clásica crítica liberal dirigida a la democracia como poder ilimitado de las clases no pudientes (crítica signada, como en Constant, por el trauma del jacobinismo) se trans­ forma, como se aprecia en la segunda parte de La democra­

cia en América, en una reflexión sobre los nuevos riesgos

de la sociedad igualitaria de masas, caracterizada por la decadencia y la «dependencia» del individuo, que Tbcque­ ville diagnostica de manera tanto más clara cuanto más vivo conserva el recuerdo de lo que ya no es posible restau­ rar: el libre y poderoso individuo aristocrático. «En los si­ glos de aristocracia previos al nuestro, había particulares poderosísimos y una autoridad social muy débil»;18 en el tiempo democrático la relación se invierte, y la creciente impotencia de los individuos contrasta con un poder social cada vez más desmedido. Pero ya no se trata del poder in­ controlado de la masa democrática y plebeya, fantasma materializado en tiempos de los jacobinos; se trata más

17 A. de Tocqueville, La democrazia in America, op. cit., págs. 260-1.

bien de un poder público que aun siendo anónimo lo im­ pregna todo, y como contrapartida, un individuo privado que se despolitiza y se dedica al culto del dinero y de las pe­ queñas satisfacciones materiales. La amenaza que avizora Ibcqueville es, efectivamente, la de un despotismo de una clase nueva, un despotismo «blando»: «Si intento imaginar el nuevo aspecto que podrá tener el despotismo en el mun­ do, veo una enorme multitud de hombres iguales, empeña­ dos tan sólo en procurarse placeres pequeños y vulgares para satisfacer sus deseos. Cada uno de ellos, al permane­ cer aislado, es casi ajeno al destino de todos los demás [...] Por encima de ellos se yergue un poder inmenso y tutelar, que se encarga exclusivamente de asegurar sus bienes y de velar por su suerte. Es absoluto, particularizado, regular, previsor y moderado [...] Trabaja de buena gana para el bienestar de ellos, pero quiere ser su único agente y regula­ dor; les proporciona seguridad y cubre sus necesidades, fa­ cilita sus placeres, gestiona sus principales negocios, dirige sus industrias, regula sus sucesiones, divide sus herencias; ¿no podría sacarles en su totalidad el esfuerzo de pensar y la pena de vivir?».19 Esta sociedad, sofocada por «una red de pequeñas reglas complicadas, minuciosas y uniformes» que comprimen la libertad verdadera y la independencia individual, al tiempo que satisfacen la profunda necesidad de los individuos de que se los guíe y se los exima del riesgo, configura una especie de «servidumbre regulada y tranqui­ la», absolutamente compatible con todas las «formas exte­ riores de la libertad».

No falta en Tbcqueville, sin embargo, una reflexión acer­ ca de las tendencias que se oponen, o podrían oponerse, a esta involución de la democracia a un despotismo modera­ do, apropiado para hombres ricos en pasiones y ambiciones pequeñas, pero desprovistos de las grandes. La igualdad democrática tiende a producir hombres cerrados en su di­ mensión individualista, carentes de vínculo social,20 inca­ paces de salir de la «soledad de su propio corazón»21 (y, por

19 Ibid., pág. 733.

20 Sobre este aspecto, véanse las páginas dedicadas a Tbcqueville en la obra de E. Pulcini, L’individuo sema passioni. Individualismo moderno e

perdita del legante sociale, Turín: Bollati Boringhieri, 2001.

tanto, gratos al despotismo que quiere gobernarlos), pero esta tendencia puede ser contrarrestada, y lo es en gran medida en la sociedad norteamericana, por una revitaliza- ción de la libertad política y de la participación cívica: «Mu­ chos consideran en Francia —escribe Tbcqueville— que la igualdad de condiciones es el primer mal y la libertad política el segundo. Cuando se ven obligados a padecer una, se esfuerzan al menos por escapar a la otra. Yo digo que para combatir los males que la igualdad puede produ­ cir, no hay sino un remedio eficaz: la libertad política».22 De hecho, Tbcqueville se detiene por extenso en aquellas instituciones que, en los democráticos Estados Unidos, per­ miten a los ciudadanos la participación política como suje­ tos activos, llevándolos casi a recuperar, en algunos aspec­ tos, aquella «libertad de los antiguos» que Constant juzga­ ba ya inaccesible a la modernidad. El autor de La democra­

cia en América insiste especialmente en el gran valor de la

democracia municipal y del asociacionismo: la posibilidad de administrar de manera directa las cuestiones que les conciernen promueve en los individuos el cuidado del bien público y revitaliza esos vínculos sociales que el individua­ lismo del bienestar amenaza cercenar: «Las libertades lo­ cales, que hacen que un gran número de ciudadanos bus­ quen el afecto de sus vecinos y de sus parientes, acercan así de continuo a los hombres los unos a los otros, y los obligan a ayudarse mutuamente, pese a los instintos que tratan de separarlos».23 Tbcqueville, quien se revela así como un pen­ sador extraordinariamente agudo y actual, sostiene que la democracia enfrenta el desafío fundamental de no dejarse absorber por el horizonte de la despolitización y de un bie­ nestar absolutamente individualista, manteniendo viva la participación política directa de los ciudadanos.

Por otra parte, su crítica a las tendencias despóticas de la sociedad de masas se extiende decididamente también al socialismo, que parece condensar los peores aspectos de aquella. Tbcqueville, quien fue diputado durante el período comprendido entre 1839 y el golpe de estado de Luis Napo­ león, no deja de alinearse, en 1848, contra aquellos que

22 Ibid., pág. 522. 23 Ibid., pág. 521.

querrían que la revolución democrática avance hacia la re­ volución social. En su memorable discurso acerca, o mejor

en contra, del derecho al trabajo, el socialismo aparece co­

mo un concentrado de todos los males sobre los cuales Toc- queville había alertado, que amenaza el futuro de la socie­ dad democrática: «La Revolución Francesa no tuvo la ridi­ cula pretensión de crear un poder social que asegurase de por sí la fortuna, el bienestar, la holgura de todo ciudada­ no».24 Esto es precisamente lo que quiere hacer el socialis­ mo cuando, reclamando el derecho al trabajo, pide que el estado sustituya a la previsión individual, que se entrome­ ta en las industrias, que les imponga reglamentos, en su­ ma, que se haga cargo del bienestar de todos de manera pa­ ternalista. Tocqueville propone en ese momento una tajan­ te contraposición entre socialismo y democracia, que no pa­ rece muy coherente con lo que él mismo había escrito sobre la democracia algunos años antes. Pero la riqueza de su pensamiento tal vez resida justamente en sus contradiccio­ nes, ambigüedades o ambivalencias, que hacen de él un pensador abierto a muchas interpretaciones incluso muy contrastantes, aunque, en cualquier caso, extraordinaria­ mente profético.

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