Una breve serie de comentarios al relato autobiográfico que el profesor López Azpitarte escribió “cuando la vida se dirige inevitablemente hacia la meta final” cierra el primer
37 La acertada afirmación de Concha muestra cómo López A. no sólo estaba al tanto de los fundamentos más profundos del mundo contemporáneo. Lo afirmado constituye la implementación en su propuesta ética de los resultados que Gödel presentó en su artículo “Sobre proposiciones formalmente indecidibles en los Principia Mathematica y sistemas análogos, I” (1931). En la categoría „sistemas análogos‟ se puede incluir la normatividad moral. El popularmente conocido Principio de incompletitud o Teorema de Gödel representa un factor más (junto con la indeterminación cuántica) a tomar en consideración en la nueva formulación moral de López A.
capítulo de esta monografía. Su reseña minuciosa se reserva para el tercer capítulo, aquí basta para justificar los cuestionamientos elevados a la interpretación desarrollada por el profesor Concha y para verificar los aportes hechos por V. Gómez M. y T Mifsud.
Este relato autobiográfico titulado “Luces y sombras de un magisterio” está redactado en 16 secciones, lo cual sugiere el interés de plantear algo más que una periodización de su obra y aún algo más que una estructura narrativa típica (inicio, nudo y desenlace). Esta disposición de la propia vida permite cerrar el desarrollo de una obra escrita siempre integrada con lo que se está viviendo; porque “La vida es lo que hace descubrir aquello que de verdad vale y lo que no merece tanto la pena”38. En el contexto, esta proposición se refiere a la
„extensión‟ de la vida, pero, como dice Concha: no descarta su „intensidad‟.
Luego de precisar su compromiso religioso, en el segundo apartado, López resalta su compromiso cultural para lo cual evoca fragmentos de un poema de Machado; prepara así su inmersión en el tema fundamental de su obra y de su vida: “3. La moral que recibimos”. Allí narra, sin intereses de „objetividad‟, cómo se entendía la moral en los textos anteriores al concilio. No niega el afecto que experimenta ante el recuerdo de aquellos libros en que aprendió eso que más adelante sería el llamado a actualizar (ajustar esa moral a las exigencias de la actualidad), como tampoco niega su rechazo inicial a dedicarse a enseñar una moral tan poco seductora; pero fue precisamente esa comprensión la que le permitió llevar a cabo tal propósito. Los siguientes apartados relacionan su progresivo acceso a los recursos mediante los cuales alimentó lo que sería su trabajo: la obra de J. Leclercq, la de B. Haring, Guilleman, las clases de V. Jankélévitch, en sus estudios de doctorado en la Sorbona, Álvarez de Paz (relacionado entre los fundamentos ignacianos que Mifsud resalta en la obra de López), las clases de Fuchs en la Gregoriana, y de Hortelano y Haring en el Alphonsianum.
Una transición significativa (estructural) se empezó a desarrollar en la sexta sección: se inicia su vida de magisterio; evento que coincide con el periodo de sesiones de la Comisión Pontificia en el aula conciliar. Los problemas que allí se discutieron dieron el punto de partida a muchas reflexiones y publicaciones posteriores; todo el trabajo de López se articula con un área específica, y no precisamente prioritaria, de esas discusiones, como se mostró mediante la reseña de los “Apuntes…” de Gómez M. Los estudios a la Encíclica Humanae Vitae que publicó al final de los sesentas, trabajan temas que aun dos décadas más tarde seguían ocupando intensamente su atención.
“No puede existir un antagonismo entre la fe y la razón. Estábamos, sin embargo, acostumbrados a darle una mayor primacía a la dimensión religiosa. La filosofía no gozaba, en el ámbito teológico, de una entidad específica. Se la consideraba como una ancilla theologiae, como servidora y subordinada, cuya función consistía en confirmar los datos de la revelación. Lo importante radicaba en aceptar con docilidad aquello que la Iglesia enseñaba en su magisterio, como la única intérprete para aplicar a la realidad lo revelado por Dios”39.
Pero el mundo se hacía cada vez más secular. Y el problema ético debía enfatizar en la posibilidad de fundar una ética basada en la razón, independiente del acceso a hábitos de experiencia espiritual.
Las cinco secciones siguientes40 con las que desarrolla Concha su propuesta de la moral cristiana desde López exponen la problemática en detalle: la necesidad de mantener la relación entre la moral de fe y la moral autónoma y la orientación (deontológica o teleológica) de la moral. La sección 12 y la 13 reseñan un problema que lleva al acto la tensión ética – moral al interior de la iglesia. Esta problemática es de gran interés porque vista en una perspectiva que no supone malicias deja en evidencia el gran problema de la vida para el mundo actual: ¿razón o autoridad?, ¿cultura o seguridad?, ¿ética o moral? La moral tradicional, en cuanto comunidad de interés, concentra su atención en los peligros
39 Ibid, 35 40 Cf. Ibid, 74-95
que entraña una moral que enfatiza en la (moral autónoma); mientras que las necesidades del mundo laico presente parecen exigir una moral autónoma basada en el discernimiento (en el cual Dios se revela a la persona). En términos lógicos puede pensarse que el problema está en precisar el tipo de disyunción contenido en estas cuestiones: los tradicionalistas temen que la disyunción se vea como exclusiva y de oportunidad para asumir que se puede prescindir de la autoridad y ser ético. Mientras que los partidarios de una ética autónoma (en donde la disyunción sea inclusiva y operativa ¿en dónde enfatizar? no ¿qué escoger?) enfrentan la necesidad de comunicar la ética en territorios en los que la experiencia espiritual es inaccesible.
CAPÍTULO II. Teología moral fundamental y espiritualidad ignaciana, en López A