4. Review of Practice Report
4.2.1 The views of teachers based on focus groups and interviews
enfáticamente:
Tengamos esto presente: si nosotras, a quienes el Señor nos ha congregado, no nos amamos mutuamente de veras y con hechos, no será auténtico el amor que mostremos a los pobres, a los niños o a la gente del mundo. Porque si tenemos que
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amar a todos los hombres como a nosotras mismas y más que a nosotras mismas, debemos este amor ante todo a aquellas personas con quienes el Señor tan
estrechamente nos ha vinculado166.
Así, se convierte en una condición para realizar la misión, vivir la fraternidad al interior de las comunidades, no se puede terminar siendo luz en la calle y oscuridad en la casa. Puesto que una concreción del mandamiento del amor es el uso de la palabra, la madre Clara se estremecía al sólo pensar en los muchos pecados que pueden ser ocasionados por la lengua. Las conversaciones contra la fe, las palabras obscenas, las calumnias, las
palabras de vana complacencia, afirmar con seguridad algo falso, juzgar al otro sin haber
conocido las razones que lo motivaron para tal o cual comportamiento; hacer uso de información que se tenía de una persona en un momento de enojo, y muchísimas más que
apenas se pueden enumerar‖167. Por ello, la Madre Clara recomendaba:
No debemos hablar sino porque el Buen Dios lo quiere, por amor a Él y por caridad con el prójimo. Esta intención hace meritoria la más insignificante de nuestras palabras. Antes de hablar, echemos una mirada a Jesús y preguntémonos: ―¿Si Él hubiera estado aquí, hablaría yo de esta manera? –Y Él mismo hablaría así en mi lugar,… y si el Buen Maestro nos responde ―si‖, hablemos valerosamente porque hablaremos bien. (2.2.10)
Dar una mirada a Jesús mismo permite constatar cuán evangélica es la actitud de la Madre Clara. Él responde a los fariseos: ―Amarás a tu prójimo como a ti mismo‖ (Mt 22, 39) y como ya hemos dicho, una de las concreciones de este mandamiento es el uso de la palabra. Jesús ―tenía palabras llenas de alegría cuando era necesario; pero siempre su fin era la
voluntad del Padre y la salvación de los hombres.‖ (2.20.9). En esa medida, todo cristiano
debería preguntarse si las palabras que pronuncia comunican y generan alegría en el oyente o por el contrario dejan desazón y sin sabor, que manifiestan tristeza y desesperanza en su vida y en el modo de ver el mundo.
166 Meditaciones de Navidad, 31.01.1871 167 Fey, Clara. Conferencias, pág. 33
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No obstante, la motivación verdadera de la Madre Clara para no hablar del prójimo en su ausencia iba más allá: debemos ―amar al prójimo porque el Señor lo ama. Sí, porque tiene
un puesto en el corazón del Señor, entonces amarás de verdad‖ 168. Así, antes de ofender a
la persona misma, se ofende al Señor, quien tiene en su corazón a todos y a cada uno. Además, Él mismo sostiene que todo lo que hagan a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mi me lo hacen. (cfr. Mt 25, 40) De ahí, que cada palabra deba ser pensada antes de pronunciar y preguntarle suavemente al Señor: ―¿Con qué podemos alegrarte?‖ (2.5.3).
La Madre Clara repetirá que el respeto y veneración propio del trato de María y José para con su Hijo es reflejo del amor que le tenían y de la unión que alcanzaron con Él. Por eso, cada uno ha de velar ante todo, por acrecentar el amor al prójimo, por reconocerle como un don de parte de Dios, que si bien no alcanza la santidad, en cuanto ser humano, es perfectible y maleable. En una de sus meditaciones la Madre Clara cita a Santa Juana Francisca de Chantal quien decía que su santo director (San Francisco de Sales), permanecía en ininterrumpido contacto de amor con su Señor y Dios, de ahí pues, en sus relaciones con los demás, su permanente paz, su indestructible serenidad, mansedumbre, benignidad y amor. El estaba unido al Señor, el Señor vivía en él, el Señor actuaba con él y
por él.169 Esa es la grandeza de la vida en la presencia de Dios.
Ella misma se esforzó en demasía por practicar lo que exigía a su comunidad, de ahí que no hablaba de una hermana en su ausencia, ni aceptaba este comportamiento en su presencia. Consideraba imposible usar la lengua que recibió al Señor en la Eucaristía, para faltar al amor. Aún en medio de grandes conflictos con algunos miembros de la Congregación, la prudencia y caridad reinaban y no se permitía faltar a la caridad. El motor para ello era su valiosa firme fe en que:
168 Meditaciones I, pp. 144-146
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El Señor es delicadísimo en el punto del amor. En cada hermana debemos descubrir al Señor mismo, entonces entenderemos con qué respeto tenemos que tratar a los demás, cómo debemos cuidarnos aún en lo más mínimo de no ofender a nadie. En muchos pasajes de la sagrada Escritura nos exhorta el Señor a este amor. Sí, este amor a las hermanas debe ser la prueba de que
amamos al Señor. “En esto conocerán que son mis discípulos si os amáis los
unos a los otros.170
Y justamente esa primera comunidad que formaron los discípulos, es el ejemplo que pone la Iglesia para la vida comunitaria (Cfr. PC 15). Esta vida comunitaria debe dar testimonio de que la comunidad de vida con Cristo es fuente de unidad a nivel humano (Cfr. Ef 4, 3 – 6). (…) En la última cena Jesús oró para alcanzar esta unidad (Cfr. Jn 17, 20 – 23). Ella se fundamenta en la unidad de la Trinidad: Por Cristo estamos unidas con el Padre y el Espíritu Santo nos inunda con la fuerza de su amor.171
Por esa misma unidad que se busca tener con Dios, son varias las alusiones que hace la Madre Clara al hecho que por la Sagrada Comunión, todos somos miembros de un mismo Cuerpo, de ahí que cuando hagamos daño al prójimo, estaremos ―traspasando el Corazón del mismo Señor‖ por eso, si alguna hermana se da cuenta que alguien tiene algo contra ella, ha de buscar remediar tan pronto como pueda y antes de dirigirse a la celebración de
la Santa Misa (cfr. Mt 5, 23)172.
Puede decirse que la vida comunitaria exige mucho. En ella son imprescindibles las virtudes sociales de la veracidad y justicia, el aprecio mutuo y la tolerancia, la cortesía y la discreción. Así como la cordialidad, apertura y confianza unidas a la disponibilidad para dialogar y perdonar.173 Pero por encima de todo ello, se necesita del amor, el cual capacita para aceptar y reconocer a los hermanos como personas únicas e irrepetibles y en esa
170 Conferencia del 23 de mayo de 1852 171 Regla de Vida. Redacción de 1982. Art. 63.
172 Cfr. Conferencias, tomo VII, 21 de junio de 1872. Pág. 74 173 Regla de vida. Redacción de 1982. Art. 68
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medida lograr la unidad en la diversidad. El amor estimula a cada una a la disponibilidad y a poner sus dones y sus talentos al servicio de la comunidad.174
El Señor, en efecto, nos mandó amarnos mutuamente como Él nos amó, precisamente después de haber instituido el sacramento en el que Él se nos da a sí mismo y su Corazón entero con todo su amor divino; de suerte que en adelante ya no tenemos que amar por nosotros, no, sino por Él; ni según nuestro corazón pecador, no, sino según su corazón; tenemos que amar en su
amor.175
De esta manera, si bien no es fácil llevar una vida en comunidad según la Trinidad, misterio de comunión y misión; teniendo como modelo a la primera familia y a la primera comunidad cristiana. Resulta más realizable cuando se asimila que por la Eucaristía se va adquiriendo poco a poco la gracia de amar con el corazón del Señor y puesto que en su corazón todos caben, no hay exclusión.
Por último, la Madre Clara pone en la vivencia del amor al prójimo una difícil tarea: no sólo tolerar,
Sino también mostrar sincero amor a aquéllos que nos ofenden y molestan. Guardémonos mucho de tratarlos con frialdad y despego; al contrario, esforcémonos por tener con ellos un encuentro aún más afable, por mostrarles aún más amor, por amarles interiormente incluso más que a los demás, para imitar de alguna manera a nuestro Señor, que cura a los que vienen a
matarlo.176
En el momento en que una persona llegue a vivir todo ello con el prójimo, experimentará una sincera y profunda alegría que nadie podrá quitar de su corazón.
174 Regla de vida. Redacción de 1982. Art. 64 175 Meditaciones I, pp. 144-146
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3.2.3. Alegría en el servicio al prójimo. El padre nos confía la misión de cuidar de los