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Attacks Against SCADA Systems

Wayne Tesch, el impulsor del movimiento RFKC, reflexionó en cierta ocasión sobre las humillaciones soportadas por los niños abandonados a quienes él tenía el privilegio de servir: «A veces parece como si todo el mal que los adultos llegamos a perpetrar finalmente descendiera en espiral al lado de algún chaval de pocos años».

Tiene razón. Los niños sufren cuando los adultos les obligamos a cargar con nuestros problemas y juicios equivocados. Ellos soportan lo peor de nuestras guerras, negligencias, egoísmos o irresponsabilidades. Qué vergüenza que, generación tras generación, los adultos hagamos padecer a los niños pequeños las consecuencias de nuestras decisiones equivocadas. Como señaló Jesús al describir la antítesis de su reino, estos niños pequeños tropiezan y se escandalizan porque nosotros provocamos su caída.

Los niños no deciden crecer pobres, desnutridos y analfabetos, en medio de la violencia o sin atención médica. Los niños no inician guerras, ni aprueban presupuestos nacionales, ni determinan las políticas sanitarias. Y si las chicas blancas y los chicos negros no pasean dándose la mano es simplemente porque nosotros, el mundo de las personas adultas, les hemos enseñado a no hacerlo.

¡Qué terriblemente descorazonador debe de ser para personas como Wayne Tesch, sor Saturnina y tantos otros profesores, médicos, consejeros, amantes progenitores, entrenadores, etcétera, tener la sensación de que todos sus esfuerzos por contener la despiadada marea que nos amenaza son vanos!

A pesar de todo, la mayoría de los visionarios con que nos tropezamos en la vida de cada día nunca parecen sentirse descorazonados durante mucho tiempo, tal vez porque, por cada adulto que hace tropezar a un niño, hay otros muchos, en número imposible de precisar, que les echan una mano cuando caen, llevándolos a hogares donde los aman, enseñándoles a leer y garantizándoles un mundo seguro para ellos. Estas legiones de hombres de bien hacen suya la afirmación de Jesús según la cual el reino de Dios «es como un grano de mostaza, que cuando se siembra en tierra es la más pequeña de las semillas, pero, una vez sembrada, crece y se hace más alta que las demás hortalizas» (Marcos 4,31-32).

De semillas diminutas crecen grandes cosas. Sor Saturnina, que en 1956 formaba parte del reducido grupo de personas que en solitario empezaban a preocuparse de los niños pobres, se cuenta ahora entre las aproximadamente cuarenta mil personas que, en dieciséis países de América Latina, enseñan cada año a leer y escribir a un millón de alumnos pobres a través de la organización tan adecuadamente denominada «Fe y Alegría». Su fundador explicaba el nombre de la organización de esta manera: «Somos mensajeros de la fe y al mismo tiempo mensajeros de la alegría. Mensajeros de la fe y maestros de la alegría... Dos poderes y dos dones de Dios que son capaces de transformar el mundo»10.

Ellos son mensajeros de una fe «que puede transformar el mundo». ¡Qué gran verdad! Sin embargo, con demasiada frecuencia, lo que se intenta hacer pasar por «visión» en la cultura popular o entre los políticos es hueca palabrería o jerga ensayada en un grupo de discusión. En cualquier caso, los auténticos visionarios son verdaderos creyentes. Tienen el coraje de sus convicciones, porque esos individuos tienen convicciones. Transforman a otros sencillamente porque ellos mismos han sido transformados por el poder y la seriedad de sus creencias. Y fortalecidos por estas últimas, pueden perseverar de buena gana en tentativas aparentemente imposibles de arreglar el mundo.

Además, son mensajeros de una alegría que, como acabo de afirmar de la fe, también puede transformar el mundo. Por eso, qué triste que hoy día escuchemos tan raramente palabras como feliz o dichoso. Y no deja de ser irónico que, si en uno de los capítulos anteriores me referí al gran número de individuos aparentemente tristes –es decir, privados de alegría– entre la población rica de los Estados Unidos, estos compañeros de los más pobres de América Latina se describan a sí mismos como mensajeros de alegría. Es realmente admirable que estas personas puedan mostrarse alegres; como nuevos Davides, estos hombres y mujeres lanzan piedras contra los desafíos que hoy nos plantean la pobreza y el abandono, auténticos Goliats de nuestro tiempo.

Son alegres porque, gracias a su visión, han sido capaces de trascenderse: trabajan por algo más grande que ellos mismos, que sus yoes y sus vidas. El naturalista americano Henry David Thoreau lo expresa de esta manera: «Si un hombre ambiciona constantemente algo, no se eleva sobre sí mismo»11. Ellos se han elevado en virtud de la belleza y la nobleza de sus aspiraciones a la humanidad. Paradójicamente, cada vez que sor Saturnina, o Wayne Tesch, o cualquiera de sus muchos colegas consiguen levantar a un prójimo oprimido, ellos mismos son elevados en el proceso.

Finalmente, son alegres y amantes de la paz– porque comprenden que no están construyendo su propio reino, sino el de Dios, que alcanzará su pleno desarrollo en el momento y de la manera que Dios decida, no cuando y como decidamos nosotros. El arzobispo Óscar Romero, asesinado por paramilitares que no estaban dispuestos a aceptar su apoyo activo a la construcción del reino en favor de los campesinos de El Salvador, afirmó en cierta ocasión: «No podemos hacerlo todo, y comprender esto nos produce una sensación de liberación. Esto nos capacita para hacer algo y para hacerlo bien. Tal vez sea incompleto, pero es un comienzo, un paso en el camino y una oportunidad para que la gracia de Dios penetre y haga el resto». La Madre Teresa, que dedicó gran parte de su vida a satisfacer las necesidades básicas de los indigentes y moribundos en las calles de Calcuta, se expresó en términos muy parecidos: «No podemos hacer grandes cosas en esta tierra. Únicamente podemos hacer pequeñas cosas con gran amor».

Y por eso luchan todas estas personas, como dice expresamente sor Saturnina. Eso sí: como esta última, todos ellos luchan alegremente cuando día tras día suben y bajan las colinas que son los grandes desafíos de la vida. Alegremente salvan una estrella de mar cada vez. Saben que el reino está aquí, se hace presente; es decir, está vivo haciéndose presente, y está entre nosotros en cada corazón que acoge y ama a un niño, o le enseña a leer y escribir, o lo protege de un peligro que lo amenaza.

Las promesas de este reino –un lugar de paz, justicia, rectitud y alegría– son, naturalmente, para todos, y no solo para los niños. Pero los niños encarnan mejor que nadie nuestras esperanzas para el futuro. Ellos heredan el mundo que nosotros hemos creado, sea el que sea, y cuando nosotros muramos ellos llevarán adelante la civilización. Por eso, no es extraño que visionarios como Jesús, o Luther King, utilicen tan a menudo la imagen de un niño para suscitar en nosotros la visión de un futuro digno.

En cierta ocasión el visionario Jesús declaró que su reino «no era de este mundo», y para los cristianos la importancia teológica del reino de Dios trasciende nuestra vida terrena. Ahora bien, sus características y valores distintivos –justicia, paz y amor– llaman a los cristianos a transformar este mundo, aunque ellos mismos estén a la espera de otro. Y miles de millones de seres humanos, representantes de otras grandes tradiciones espirituales, abogan por estos mismos valores. Todos nosotros podemos abrazar la causa común y luchar por un mundo más justo, pacífico y amante. Luchando por transformar nuestro mundo podemos llegar a sentir la satisfacción que George Bernard Shaw, escritor británico del siglo XX, describió así: «En esto radica la auténtica alegría de la vida: en el hecho de estar al servicio de un propósito que tú mismo reconoces como poderoso»12.

De acuerdo, muy pocos de nosotros recorreremos las colinas de los suburbios de las grandes ciudades de América del Sur o guiaremos en sus excursiones por la naturaleza a huérfanos que disfrutan de un campamento de verano, pero lo que sí podemos hacer todos es caminar juntos. Porque nosotros, los banqueros, abogados, padres y profesores, estamos impulsando –para bien o para mal– el desarrollo de la civilización, la cultura global de nuestro tiempo, como el diccionario define el término en cuestión. Cuando negociamos acuerdos, administramos nuestras familias, votamos para elegir presidentes, gastamos el excedente de los ahorros y realizamos otras mil acciones diarias, estamos encaminando nuestro mundo hacia la justicia y la paz, o en otra dirección. La primera tarea de un líder, como señalé al principio de este capítulo, debe consistir en «desarrollar una visión del futuro, a menudo de un futuro lejano». Convirtámonos nosotros mismos en líderes, personas que han pensado profundamente acerca del futuro y se preocupan de él lo suficiente como para luchar al lado de sor Saturnina por el prominente objetivo de crear una nueva clase de planeta, un nuevo tipo de civilización, que, como dijo en cierta ocasión uno de los últimos papas, se distinga por «la magnificencia de la virtud humana, la bondad de la gente, la prosperidad colectiva y una civilización más auténtica: la civilización del amor»13.

¿En qué se diferenciaría de la realidad actual una civilización del amor, caracterizada por la «magnificencia de la virtud humana, la bondad de la gente y la prosperidad colectiva»?

¿A qué coetáneos tuyos otorgarías el calificativo de «visionarios», y por qué?

¿Cuál es tu visión? Es decir, ¿por qué futuro estás dispuesto a trabajar personalmente?

1. Martin Luther King, «I have a dream», 28 de agosto de 1963. Texto en James Melvin Washington (ed.), A Testament of Hope: The Essential Writings of Martin Luther King, Jr., Harper & Row, San Francisco 1986, 219. (Texto completo en español del discurso «(Yo) tengo un sueño» en Internet).

2. Lucio Anneo Séneca, citado en Henry Ehrlich, The Wiley Book of Business Quotations, John Wiley & Sons, New York 1998, 190.

3. John P. Kotter, Leading Change, Harvard Business School Press, Cambridge (Massachusetts) 1996, 26. (Trad. esp.: Al frente del cambio, Empresa Activa, Barcelona 2007).

4. Moisés Maimónides, Mishneh Torah, (Philip Birnbaum [ed.]), Hebrew Publishing, New York 1967, 329.

5. Benedicto XVI, Deus caritas est /Dios es amor, n. 16, San Pablo, Madrid 20086, p. 42.

6. Unicef, «State of the World’s Children Report for 2005», http:// www.unicef. org/sowc05/english/index.html.

7. Sara Rimer, «The High School Kinship of Cristal and Queen»: New York Times, 24 de junio de 2007.

8. Loren Eiseley, The Star Thrower, Harcourt, New York 1979.

9. Peter Senge, The Fifth Discipline: The Art and Practice of the Learning Organization, Doubleday, New York 2006, 142. (Trad. esp.: La quinta disciplina, Granica, Barcelona 2004).

10. J. M. Vélaz, La pedagogía de la alegría, Federación Internacional de «Fe y Alegría», documento # 79-01, noviembre 1979.

11. Carta de Henry David Thoreau a Harrison Blake, Worcester, 27 de marzo de 1848, en F. B. Sanborn (ed.), The Writings of Henry David Thoreau 6, Houghton Mifflin, New York 1906, 160-164 (carta); 163 (cita).

12. Lewis Casson, Introducción a Man and Superman: A Comedy and a Philosophy, de George Bernard Shaw, The Heritage Press, New York 1962, xxv.

13. Pablo VI, «Si quieres la paz, defiende la vida», mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1977, http://www.vatican.va/holy_ father/paul_vi/messages/peace/documents/hf_pvi_mes_19761208_x world-day- for-peace_sp.html.

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