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Mi primer contacto con la asociación Royal Family Kid’s Camps (RFKC) no fue tan fuerte como yo había previsto. Cuando los asistentes tomaron asiento para el banquete festivo que abría su congreso anual, llamaron mi atención un centro de mesa floral, una magnífica cubertería, pero... ¡ningún vaso para el vino! Nada de alcohol. No es precisamente lo que a los católicos irlandeses de Nueva York se nos ocurre pensar cuando nos invitan a una fiesta.

En cualquier caso, si estos cristianos devotos –muchos de los cuales asisten al banquete en representación de diversas confesiones evangélicas– entienden la «fiesta» de manera distinta a como lo hacemos los católicos de determinadas minorías étnicas del noreste urbano, unos y otros estamos plenamente de acuerdo en lo que quiere decir

Padre nuestro y en lo que debe significar el reino del Padre para los niños.

Si se trata del reino del Padre, todos nosotros, incluso los hijos no deseados. formamos parte de la familia real, ¿no es así? Esa lógica es la que ha impulsado a Wayne Tesch desde 1985, cuando logró reunir algunos cientos de dólares para iniciar un pequeño campamento, de una semana de duración, para niños en régimen de acogida temporal. Desde entonces han sido 150 los campamentos organizados, en los que han participado 6.000 voluntarios, y de los que se han beneficiado miles de niños

abandonados. Desde aquel primer campamento, Wayne ha presentado su programa de atención a la niñez abandonada en todos los Estados Unidos, visitando sin problemas las iglesias de cualquier denominación religiosa que quiera conocer su visión del reino de Dios y quizás colaborar en su programa de acción. Así lo han hecho muchas comunidades religiosas locales, que han aceptado patrocinar un campamento anual de verano para niños en régimen de acogida temporal. Tras la indispensable formación, voluntarios adultos de edades que van desde los cuarenta hasta los setenta años se atreven a realizar tareas que creían haber dejado atrás para siempre al cumplir los veinte años: hacer de consejeros de campamento en cabinas sin aire acondicionado, eliminar mosquitos y dirigir las actividades organizadas para estos preadolescentes, desde excursiones a pie y clases de natación hasta trabajos de artesanía.

Glenda Jay, de Pottsville, Arkansas, con casi dos décadas de experiencia profesional como ingeniera de calidad, encontraría probablemente infinidad de proyectos de mejora en el campamento rústico –que no miserable– donde ella y otros compañeros atienden a algunas docenas de niños pequeños cada verano. Desgraciadamente, lo que a ella más le gustaría mejorar es lo único que realmente no está al alcance de sus manos mejorar: la educación de sus jóvenes acampados. Con diez años recién cumplidos, muchos de ellos han pasado ya por dos adopciones fallidas. Algunos han pasado por la denigrante experiencia de «arrastrar sus cosas por la calle en maletas y bolsas de basura para que el asistente social pudiera conducirlos al siguiente hogar»7. Estos niños no tienen familiares a quienes visitar en sus vacaciones, porque no conocen a sus familiares, y estos tampoco se preocupan de saber dónde están los niños. Como dice Glenda, se trata de niños «de quienes los demás se han desentendido».

Naturalmente, en algunos casos estos pequeños se encuentran mejor lejos de sus familiares. A la californiana Melinda Hahn, otra voluntaria que ejerce de asesora en el campamento, le agradaría indudablemente mejorar al padre de una niña de siete años que llamaré Felicia; antes de que Felicia pudiese beneficiarse del régimen de acogida temporal, la idea de paternidad de su progenitor consistía en mantenerla atada a una silla para que no le molestase mientras veía una película.

¿Cómo puedes ejercer una influencia positiva en un niño que ha tenido que pasar por tales experiencias? Glenda trata de conseguirlo «siendo una persona adulta cariñosa, compasiva, que está allí para ayudar a los pequeños y no para perjudicarlos». Melinda se hace eco de esta misma opinión cuando recuerda a una niña de siete años, tímida, gordita y con los pies torcidos hacia dentro –aquí la llamaré Jane– y que avanzaba penosamente entre las secoyas, asustada por la majestad del bosque y por ser la primera vez que paseaba por un lugar que no fuesen las calles de su ciudad natal. Como indicó Melinda, «yo procuraba tratar a Jane como a un miembro de la realeza y le dije que era muy guapa, una criatura de Dios», tan maravillosa en sí misma como una secoya, a pesar de sus pies torcidos hacia dentro y de que ella misma era consciente de su sobrepeso.

En Estados Unidos, cada año cerca de tres millones de niños sufren abusos, son abandonados o se les priva del debido cuidado. Los campamentos de la asociación RFKC atienden a algunos miles. ¿No se sienten descorazonados Wayne y sus colegas al pensar que su trabajo apenas representa algo más que algunas gotas de agua vertidas en un cubo? El interrogado responde con algunas imágenes acuáticas de su propia cosecha. Cuenta la historia de un hombre que, paseando por la playa, encuentra a un muchacho que trata de salvar las estrellas de mar que han quedado encalladas al bajar la marea y con cuidado las devuelve de nuevo al agua. «Oye, muchacho», le dice el hombre, «mira a tu alrededor. En esta playa han quedado atrapadas unas mil estrellas de mar. ¿Piensas salvarlas a todas?» A lo que el niño responde, recogiendo otra estrella de mar: «¡A todas no, pero a esta sí voy a salvarla!»8

Al escuchar este tipo de historias, los neoyorquinos un tanto cínicos como yo tendemos a poner los ojos en blanco. Sin duda, hemos de subrayar el enorme peso que arrastran consigo los niños que han sufrido abusos, así como el incierto y atroz itinerario que han de recorrer hasta alcanzar una madurez humana plena y feliz. Con su entrega y compromiso, los voluntarios de los campamentos de RFKC pueden conseguir salvar algunas estrellas de mar durante la semana de campamento que pasan con estos niños, pero, para otros muchos, esa semana probablemente no tenga un impacto demasiado duradero.

Naturalmente, Glenda, Melinda y sus colegas voluntarios están perfectamente enterados de las limitaciones de sus campamentos. Su visión no es una fantasía. Más bien, creer en su visión los fortalece, porque ello implica aceptar el reto, al parecer imposible, de hacerla realidad. Estos voluntarios personifican el espíritu que Peter Senge, investigador de temas de gestión empresarial, describe en su obra La quinta disciplina: «Las personas realmente creativas utilizan la brecha existente entre visión y realidad corriente para generar energía para el cambio»9.

Con mucha frecuencia, la energía para el cambio expresa la buena disposición para luchar: «La esperanza es algo que a estos niños les fue arrebatado a una edad muy temprana, y sin esperanza no puede haber una razón para “luchar”», dice Glenda. «Personalmente deseo ofrecer a estos niños algo por lo que luchar, aunque solo sea por el momento, lo que significa la posibilidad de volver al campamento el año que viene».

Así pues, Glenda continúa luchando por los niños y animando a algunos de ellos a que luchen por sí mismos. Ella lucha para mostrarles «qué significa pertenecer a una “familia real” y formar parte del “reino de Dios”». El reino no es una estéril abstracción, sino algo por lo que luchar.

Lejos de aquí, casi en el otro hemisferio, alguien más está luchando a favor del reino de Dios.

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