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El comercio raramente descansa en la calle 138 del distrito metropolitano del Bronx Sur, de Nueva York. Los vendedores intentan hacer negocio en plena calle, los clientes andan a la caza de gangas, el pordiosero ocasional pide calderilla y los conductores maniobran para conseguir una de las escasas plazas de parking mientras todo el vecindario se desplaza de prisa de un escaparate a otro al ritmo de merengue que suena.

Algunos clientes arrastran bolsas cargadas con gangas que acaban de adquirir en los llamados $0.99stores (aproximadamente «Tiendas de todo a un dólar, o menos»); algunas madres llevan a sus hijos en cochecitos de bebé; los repartidores se afanan por mantener en equilibrio las pizzas que transportan mientras avanzan zigzagueando entre la multitud; y una mujer de voz suave, llamada Nanette Schorr, tira de una maleta de mano, con ruedas, de las que permiten llevar consigo las compañías aéreas, llena de documentos judiciales y complicados historiales. Tú y yo podemos hojear esas páginas y únicamente encontraremos un abstruso lenguaje legal que da como resultado un embrollo monumental; en cambio, Nanette encuentra historias de lucha humana que ponen al descubierto un propósito capaz de dar sentido a la vida. Esta mujer representa a progenitores sin recursos económicos que han sido separados de sus hijos por orden judicial. Un observador externo diría que se dedica a realizar trabajos legales; pero, según la propia interesada, ella dedica su tiempo «a ayudar a que padres e hijos encuentren la oportunidad de expresar su amor y cuidado recíprocos de la forma más plena».

La mayoría de nosotros nos sentimos afortunados si nuestro trabajo nos capacita para desarrollar y expresar nuestros talentos e intereses. Las personas como Nanette y Andrew Muras son más afortunadas. Su trabajo ayuda también a dar una respuesta a la pregunta crucial: ¿Cuál es el propósito que da sentido a mi vida en el mundo?

Según los psicólogos, la mayoría de nosotros generalmente no empezamos a hacernos este tipo de preguntas hasta bien entrados en la edad adulta. Recordemos que el mismo Andrew Muras no se planteó estas preguntas ni les dio una respuesta hasta que las exigencias contrapuestas del trabajo y de la familia le obligaron a hacerlo.

En el caso de Nanette, las semillas del propósito fueron sembradas en su niñez por unos progenitores que le inculcaron la idea de que las personas no estamos en la tierra para aislarnos de los sufrimientos y de las imperfecciones del mundo, sino para corregir sus injusticias. Su padre era rabino y consideraba que el compromiso con la justicia era un rasgo fundamental de la fe judía; por ejemplo, el libro del Levítico nos ordena: «No daréis sentencias injustas... Juzga con justicia a tu prójimo» (19,15).

Ese ideal abstracto –crear un mundo más justo– encontró una expresión concreta en los defensores de los derechos civiles, en las activistas del movimiento feminista y en otros activistas sociales que Nanette estudió, o con quienes colaboró durante sus años de estudiante. Finalmente, Nanette encontró su propia manera de luchar por la justicia. Como abogada y directora de los Servicios Legales de Nueva York, representa a víctimas de la violencia doméstica, a inquilinos pobres sobre los que pesa una orden de desalojo o a padres que se han visto privados del cuidado de sus hijos por organismos gubernamentales.

El trabajo de Nanette expresa un ideal sencillo, pero profundo, extraído de la tradición espiritual judía, según el cual los seres humanos estamos en la tierra para tikkun

olam, expresión hebrea que significa «para reparar –o mejorar, o perfeccionar– el

mundo». Según la Biblia, el día séptimo, cuando Dios concluyó la obra de la creación, en el mundo reinaba un orden perfecto, del cual nos hemos ido alejando cada vez más los seres humanos.

La palabra hebrea tikkun debió de resonar constantemente en los oídos de la joven Nanette, ya que forma parte de la oración Aleinu, que se recita como conclusión de la mayor parte de los oficios que celebra la comunidad en la sinagoga. En el caso de Nanette, la oración desembocó finalmente en un propósito firme de reparar el mundo donde más lo necesita.

El teólogo jesuita Jim Keenan describe la misericordia como «la buena disposición a intervenir en el caos de otros en respuesta a sus necesidades»7. Si eso es cierto, Nanette se cuenta entre las personas más misericordiosas que viven entre nosotros, ya que ha sido escogida para penetrar la más caótica de las vidas. En palabras sencillas, Nanette trabaja con personas a las que la sociedad rechaza con frecuencia. Algunos de sus

clientes no solo han perdido la custodia de sus hijos, sino que además, como ella misma dice, «están cargados de deudas, no tienen trabajo y han de hacer frente a diversas exigencias, algunas conflictivas y que no se resolverán a su debido tiempo». Algunos habían cometido el error de mantener peligrosas relaciones con toxicómanos, que no solo no fueron una ayuda para sus hijos jóvenes, sino que incluso aumentaron sus problemas. Otros, sorprendidos por una grave enfermedad o por haberse quedado sin trabajo, habían visto cómo su situación empeoraba rápidamente a medida que sus retrasos en los pagos del alquiler y el incumplimiento de las prescripciones médicas daban lugar a avisos de desahucio y al empeoramiento de la salud. Finalmente, estaba el caso de las madres adolescentes, que se veían obligadas a enfrentarse a responsabilidades propias de adultos sin haber terminado la escuela secundaria, sin empleo y sin las habilidades necesarias para ejercer de madres.

Independientemente de cuáles hayan sido sus antecedentes, quienes se presentan en la oficina de Nanette se sienten solos, aislados e inútiles. Ella lo explica así: «Estigmatizados como personas que han descuidado o sido incapaces de cuidar debidamente a sus propios hijos». De ahí que su primera tarea no sea construir un historial de cada individuo, sino reconstruir el sentido de la dignidad de su cliente. Para conseguir este objetivo, no echa mano de las citaciones del caso que ha almacenado en su cabeza de abogada, sino de un dicho que recuerda de Rabí Hillel, sabio judío del siglo I: «No te atrevas a emitir un juicio sobre tu prójimo mientras no te hayas puesto en su lugar». Dados estos pasos previos, Nanette puede llegar a «admirar y respetar la gran fortaleza, perseverancia y compasión de estas personas a la hora de abordar situaciones tan increíblemente difíciles».

Estas personas necesitan toda la fortaleza que sean capaces de reunir. Por razones fáciles de comprender, ningún juez o funcionario público responsable se arriesga a colocar a un niño en un entorno familiar que pueda resultarle dañino, incluso en casos en que los niños han sido apartados de un progenitor porque la información disponible sobre el caso era mala o por haberse producido un malentendido. A menudo, los casos se alargan durante un año o más de comparecencias ante el tribunal, peticiones, negociaciones con los organismos públicos e inscripción del cliente en programas para toxicómanos o en clases para aprender a ser padres. También Nanette necesita perseverancia y fortaleza, porque, mientras ella trata de ayudar esmeradamente a sus clientes, puede suceder que estos se estén dañando a sí mismos: «Trabajamos tan duro, y nuestros clientes nos defraudan. No acuden a las citas, se saltan las fechas del tribunal, se muestran indignados en los lugares equivocados, incluso a veces contra nosotros; desconfían de nosotros». De ahí que Nanette reconozca que su trabajo y el de sus colegas «puede, al menos temporalmente, dejarnos con el ánimo por los suelos, desautorizados, amargados y decepcionados».

Todo esto nos lleva a plantear una pregunta básica y hasta cierto punto insolente: «¡Caramba, Nanette, los abogados listos encuentran seguramente otras formas más fáciles de llenarse los bolsillos! ¿Por qué te tomas tantas molestias?»

Ella se toma molestias con el fin de mejorar el mundo, y lo hace cada vez que guía a una madre joven, injustamente separada de sus hijos, a través del desconcertante laberinto burocrático que desemboca en la reunificación familiar. El objetivo de reparar el mundo está presente también en su iniciativa de animar a otras mujeres decididas por medio de sesiones de asesoramiento que pueden durar varios meses, programas sobre toxicomanía y clases que preparan a los futuros padres para cuidar responsablemente al hijo.

Naturalmente, no todas las historias terminan tan exitosamente. En ocasiones el esfuerzo de Nanette por reparar el mundo resulta absolutamente dramático. Por ejemplo, cuando apoya y representa a progenitores que, a fin de cuentas, deben tomar la penosa decisión de entregar a sus hijos para que sean adoptados por otras parejas. En esos casos, trata de dejar claro con su acción que incluso quienes no pueden atender como es debido a sus hijos son seres humanos dignos. Nadie es tan malo como la peor cosa que nosotros hemos hecho nunca, o, de hecho, tan malo como las cosas malas que nosotros mismos no podemos dejar de hacer. Nosotros somos valiosos no por las acciones que hemos llevado a cabo, ni porque nos las arreglamos bien; somos valiosos simplemente porque existimos.

Cada uno de nosotros, sea cual sea nuestra forma de ganarnos la vida, podemos reparar el mundo; lo haremos si tratamos a cada uno con idéntica dignidad, ya sea que él o ella posea un banco, trabaje como cajero que atiende en la ventanilla o sea tan pobre que ni siquiera pueda abrir una cuenta allí. Comportándonos de esa manera, nuestros encuentros de cada día en el taxi, en los supermercados o en las salas de prensa se transformarán; habiendo dejado de ser simples oportunidades de conseguir algo que deseamos, todas esas situaciones se convertirán en expresiones de un propósito espiritual que unifica nuestra vida y la llena de sentido.

De vez en cuando, Nanette se encuentra con alguna madre a la que ha ayudado y que ahora va acompañada de su hijo. Tal vez paseen juntos dándose la mano, o estén de compras en una de esas calles del Bronx Sur, o hayan hecho un descanso para comer algo en una pizzería. La visión, poco o nada llamativa para nosotros, es de gran trascendencia para Nanette y la antigua cliente que la saluda. Ambas saben perfectamente que la vida no siempre presenta una cara tan risueña, y ambas han terminado apreciando este sencillo placer –madre e hijo paseando de la mano– que nosotros apenas valoramos. En momentos como este, a Nanette le viene a la memoria que su tarea no consiste en defender a clientes que se ven abocados a soportar terribles contratiempos. En realidad, ella se ve a sí misma como «una defensora del derecho a amar, ayudando a padres e

hijos a encontrar la oportunidad de expresar de la mejor forma posible el amor y la atención que tienen los unos por los otros».

Y cada vez que un padre y un hijo «expresan el amor y el cuidado que tienen el uno por el otro», dondequiera que esto pueda suceder, nuestro mundo se ha vuelto un poco más perfecto.

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