La mayoría de los padres que a su condición de trabajadores unen el hecho de ser personas conscientes pueden identificarse con las luchas de las que nos habla Andrew Muras al comienzo de este capítulo: las exigencias contrapuestas del trabajo, la familia, la religión y la comunidad les afectan muy negativamente. Los padres transportan a sus hijos a las escuelas y los entrenamientos, se trasladan ellos mismos fuera de la ciudad donde residen para realizar viajes de negocios, y durante los escasos momentos que les quedan libres se ofrecen como voluntarios para colaborar en acontecimientos de la iglesia o de la comunidad. Hacen muchas cosas y a veces tienen la sensación de no hacer especialmente bien ninguna de ellas, e incluso ocasionalmente pierden la pista que deben seguir en el proceso.
Incontables matrimonios fracasan porque los miembros de la pareja empiezan a ir cada uno por su lado, cuando lo que necesitan en esas circunstancias es trabajar más codo con codo. Andrew se siente orgulloso de un matrimonio que ha iniciado su segunda década feliz, un logro extraordinario, teniendo en cuenta que su celosa patrona le ha exigido horas de atención diaria, frecuentes viajes fuera de la ciudad y estar localizable por teléfono móvil las veinticuatro horas de los siete días de la semana. ¿Su patrona? Andrew trabaja en una empresa aeroespacial puntera, de carácter multinacional. Ha tenido que aceptar duras exigencias, aunque por otra parte ha disfrutado trabajando para una gran empresa industrial de alto nivel tecnológico y en constante y rápida evolución. Además de suponer un reto para su capacidad intelectual, esto le había permitido ganarse un buen sueldo.
Sin embargo, Andrew comprendió que sus malabarismos no podrían prolongarse mucho tiempo si la familia iba a contar con un nuevo miembro necesitado de atención y cariño: su primer retoño, que en este caso fue una niña. Tras un breve y angustioso periodo de deliberación, de oración y una vez hechas las cuentas, Andrew hizo lo que pocos se habrían atrevido a hacer: dejó el carril rápido de adelantamiento corporativo recortando el equivalente de cuatro días de trabajo semanales. Esta decisión demuestra su valor. Muchos de nosotros nos hemos planteado cambios de vida de este mismo estilo cuando nuestro salario y la trayectoria de nuestra carrera estaban en su punto culminante, simplemente para plantarnos: «¡Yo no, y todavía no!»
De todos modos, aunque la dura decisión de Andrew de intercambiar sueldo por tiempo dedicado a la familia consiguió equilibrar más claramente su vida y reflejó mejor sus prioridades, se trató simplemente de una versión mejorada y más razonable de la misma vida fragmentada que había vivido hasta entonces. Seguía con sus malabarismos, pero con el paso del tiempo empezó a sentir sus creencias religiosas como otro baile más en este acto circense, otra tarea que debía encasillarse en un ya apretado programa. Faltó poco para que tomase en consideración la conveniencia de centrar la atención en su exigente carrera mientras fuese joven y dejar la piedad para más tarde: «Pensé que tal vez yo necesitaba esperar hasta la jubilación para un auténtico desarrollo espiritual». La
verdad es que rápidamente dejó de lado este proyecto mal perfilado de secuenciar carrera y espiritualidad, como si esta última no fuese sino una afición que uno elige cuando la obra real de su vida ya ha sido llevada a cabo. «No puede ser eso lo que Dios quiere», se dijo Andrew.
Así pues, buscó otras soluciones. Por ejemplo, algunos cristianos lucen brazaletes deportivos con las letras WWJD –What Would Jesus Do? («¿Qué haría Jesús?»)–, que les invitan a preguntarse a sí mismos cuando meditan sobre las grandes decisiones. Sin embargo, esta técnica, eficaz para muchas personas, no le convenció a Andrew. «El problema es que en realidad no sé personalmente qué haría Jesús. Él nunca tuvo que tratar con cuotas de mercado y políticas de la empresa, o decidir entre una opción de beneficios y un plan 401(k)».
Así pues, ¿qué podría hacer Andrew para integrar trabajo, familia y espiritualidad en su vida? Finalmente, comprendió que la senda hacia una mayor plenitud y felicidad no pasaba por una simple reprogramación de la propia vida, sino que exigía repensar radicalmente cómo encajar la espiritualidad, la vida y el trabajo en la vida de cada persona. Para él, la solución estaba en el sentido finalista que da unidad a su existencia, incluso sintiendo que en la vida de cada día un sinfín de exigencias le empujan a uno en múltiples direcciones. ¿Cuál era más concretamente su solución? Ser santo.
¿Ser santo? Estas palabras parecen enunciar un propósito de vida adecuado para monjes recluidos en sus monasterios, no para el vicepresidente de una empresa puntera en la industria aeroespacial. Me estresa el esfuerzo por alcanzar el objetivo de ventas de este mes; mi hija está enferma y tengo que trasladarla a la escuela; los ahorros para mi jubilación han descendido debido a la bajada de los valores que cotizan en la bolsa. ¿Y me vienes con eso de que tengo que ser santo?
Exactamente. Y si aclaramos qué significa en realidad el término santidad, comprenderemos por qué esta solución es eficaz para Andrew. Por otra parte, el síntoma de Andrew es también el nuestro: una vida que se desintegra porque discurre en muchas direcciones. Necesitamos integrarnos nosotros mismos de nuevo encontrando un sentido o propósito que nos haga sentir como un todo. De hecho, esto es justamente lo que significa integrar, cuya raíz latina significa «todo», «entero».
Pero ¿qué tiene que ver exactamente santidad con integridad o totalidad? Hace ya muchos siglos, nuestros predecesores medievales ya intuyeron la relación de ambos conceptos; la raíz inglesa antigua del término holy («santo») significaba «todo», «entero» o «feliz». Los santos son personas íntegras, porque consiguen que toda su vida gire en torno a un objetivo o propósito unificador. Este objetivo o propósito no es un nuevo empleo o carrera, sino una nueva forma de pensar y de vivir. Más concretamente, los santos han ordenado su vida en torno a creencias y valores espirituales que ellos consideran de vital importancia. Su integridad se pone de manifiesto en el enfoque
coherente que adoptan con respecto tanto a las cosas como a las personas: sus acciones están de acuerdo con sus palabras, ellos tratan a los subordinados de la misma manera que a los jefes y –aunque nadie los observe– son modelo de un conjunto invariable de virtudes. Todas estas razones nos permiten afirmar que los santos poseen integridad, otro término relacionado con la santidad.
También el rabino Lawrence Kushner nos ayuda a comprender la estrecha relación existente entre santidad y vida íntegra. Kushner define la santidad como «ser consciente de que estás en presencia de Dios»2. La mayoría de nosotros somos conscientes de la presencia de Dios cuando nos reunimos en la mezquita, la sinagoga o la iglesia. Después nos volvemos a casa y (en cierto sentido) Dios desaparece. Recaemos una vez más en el pensamiento desmotivador y en la vida escindida en la que el trabajo es el trabajo, la religión es la religión y raramente sucede que ambos colisionen. Pero lo que dice el rabino es algo muy diferente: la santidad es conciencia de la presencia permanente de Dios. Dios está presente después de haber abandonado nosotros el templo o iglesia: en el encuentro para discutir las cuotas de mercado, en el dilema ético que nuestro equipo trata de solucionar o en la admiración que suscita en nosotros un análisis intelectualmente riguroso y bien expuesto. Dios está presente incluso en la humanidad de ese pesado colega que tan locuaz se muestra en la reunión.
El profeta Isaías proclama: «¡Santo, santo, santo es el Señor...!, toda la tierra está llena de su gloria» (Isaías 6,3). El profeta afirma que toda la tierra está llena, no solo las iglesias, o las sugerentes puestas de sol, o la gente que me cae bien, o la religión que yo mismo practico. Dios es una presencia unificadora en todos los momentos y de todos los aspectos de mi agobiada vida, y el hecho de volverme yo consciente de la presencia de Dios es el hilo que puede atar las actividades más dispares de cada día haciendo que mi vida sea íntegra. El rabino Kushner extrae qué implica tratar de vivir de esta manera: «¿Qué principio general más adecuado podría existir que el que Dios nos diga que todos, incluidos nosotros mismos, debemos actuar de tal manera que unos a otros nos recordemos la presencia de Dios?»3
Ignacio de Loyola estaba de acuerdo con la forma de ver el mundo del rabino Kushner, ya que Ignacio enseñó a los jesuitas a «encontrar a Dios en todas las cosas». Y uno de sus hijos espirituales, el paleontólogo y místico jesuita Pierre Teilhard de Chardin, deduce de esas palabras una senda que nos permite llenar cada una de nuestras acciones de sentido y de admiración o asombro. Escribió Teilhard: «Dios... no se halla lejos de nosotros, fuera de la esfera tangible, sino que nos espera a cada instante en la acción, en la obra del momento. En cierto sentido, se halla en la punta de mi pluma, de mi pico, de mi pincel, de mi aguja; de mi corazón, de mi pensamiento»4.
Dios nos espera en el problema intelectualmente desafiante sobre el que estamos trabajando, en la oportunidad de apoyar a un colega en lugar de darle una puñalada por la
espalda, en cada negociación que emprendemos, en nuestra reacción a las decepciones, en la mujer que necesita un asiento en nuestros desplazamientos diarios en tren de casa al trabajo y de vuelta a casa, en la esposa a la que besamos al llegar, en los sucios pañales que cambiamos y en la ayuda que prestamos en casa antes de irnos a descansar cada noche. Anteriormente, Andrew había intentado coordinar tareas y obligaciones que no parecían tener mucho que ver unas con otras; ahora, todas ellas se han convertido en dimensiones de una tarea más grande: ser santo encontrando la presencia de Dios en todo lo que hace.
Así pues, el trabajo no lo distrae ni desvía del propósito de su vida; fundamentalmente, forma parte del itinerario que le conduce hacia una mayor santidad; el trabajo es su manera personal de desarrollar los talentos que Dios le ha dado, de transformar el mundo en un lugar mejor y de encontrar a Dios presente en colegas y clientes. Dice Andrew: «Personalmente, no puedo separar mi vida de trabajo –al que dedico la mayor parte de las horas que paso despierto– de mi crecimiento espiritual. Al contrario, el trabajo –y lo que hago durante esas horas– continúa [siendo] un elemento esencial de mi personalidad actual y de aquello en lo que me estoy convirtiendo con el paso del tiempo».
Como cristiano, Andrew mira como es natural a Jesús como modelo de santidad en el trabajo. Después de todo, según la tradición, Jesús dedicó muchos más años a la carpintería que a la predicación pública del reino de Dios, y podemos dar por sentado que el tiempo que dedicó a ejercer un oficio «normal» no fue un tiempo perdido. Tal como lo ve Andrew, el trabajo de Jesús, como artesano, sanador o maestro, en último término «estaba centrado en los demás, más que en sí mismo, preocupado por abandonar el egocentrismo y los apegos personales para preocuparse por y de los demás». Ser santo, como Andrew ha visto finalmente, es ser «para» otros, en casa, en el trabajo y en su comunidad.