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3.1 Diffusion through attitudinal change

3.1.1 Attitudes

En el sistema de consumo actual, la diversificación del mercado ha producido mercancías cada vez más adaptables a la manera en la cual los individuos desean presentarse al público. Cada producto que nos rodea parece maleable, y eso es porque nos expresamos a través de su materialidad. Nos construimos a través de los objetos comerciales como el labial, y ya que nuestra identidad está en constante redefinición éstos cambian a su vez. En tanto que producto dentro de una sociedad de consumo, todas las dinámicas que integran al lápiz labial estarán altamente relacionadas a como los usuarios lo adquieren en el sistema de mercado. Debemos entender que el consumo es un instrumento relativamente igualitario, ya que depende del poder adquisitivo de los posibles compradores. Además, por más diversificación que presente, estamos hablando de bienes masificados cuya salida depende de la aceptación colectiva de los mismos. De esta manera, el consumo es un proceso de objetivación; es decir, es el uso de bienes donde el objeto se torna una práctica y una forma bajo la cual construimos la comprensión de nosotros mismos (MILLER, 1995: 25 y 27).

El consumo puede proveer de elección sobre un acto ya determinado, sobre una gama de objetos a conseguir restringida y donde no existe necesariamente reciprocidad entre la fuente de producción y el consumidor. Es una condición limitada a categorías de género, clase, edad, etcétera; y así como la experiencia del consumo puede traer placer y bienestar, también puede causar angustia (Ídem: 32). Comprar un producto no es generalmente un acto aislado sino que existe la presencia del mismo intermediario, o del público en el establecimiento, o las personas que sirven de acompañantes. El lápiz labial en este marco se presenta como un objeto determinado, pero con propiedades

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vinculadas a belleza, atracción y más que no necesariamente puede proporcionar a la usuaria. Lo que si realiza es trasladar estos valores subjetivos a la apariencia de la persona, más allá de cómo se considere el resultado. La diversificación es clave para entender la sociedad de consumo en la cual vivimos, y donde circula el lápiz labial. Desde los inicios de la industria cosmética, el maquillaje se presentó como una forma de controlar el aspecto que se deseaba presentar, y la relación entre identidad y apariencia fue evidente para criticar la noción que maquillarse era inmoral y/o que engatusaba a los hombres (DE GRAZIA, 1996: 281 – 282). La publicidad y las mismas mujeres evidenciaron que el público masculino no era al cual se dirigían principalmente, y las usuarias reclamaron su derecho a verse como ellas deseaban. La industria generó una necesidad de verse bien, y de expresarse mediante el rostro. Aquí, el labial se volvió un elemento icónico de feminidad y de estética.

La riqueza de este objeto reside en que permite a las usuarias jugar con diferentes presentaciones, y en ello encarnar diversas versiones de lo que es ser mujer. La articulación de la negociación de la apariencia resultante produce un margen de ensayo y error. Es aquí donde las mujeres que fueron

entrevistadas y encuestadas indicaron que aprendieron cómo se veían “mejor”,

cómo podían maquillarse para verse más joviales, más profesionales, menos

tristes… Este aprendizaje proviene de la familiaridad que se va ganando con el

labial, y los valores que asumimos están detrás del mismo. Cada persona presenta una intencionalidad al emplear el labial, y el labial adquiere una agencia específica a la hora de la aplicación. No solamente es generar acción a través de la transmisión de mensajes, sino es modificar otro soporte sensorial (como es el rostro) y convertirse en agente transformador.

Para esto, el contexto social donde circula el lápiz labial debe “darle” esta

potestad. Es decir, la sociedad le otorga al objeto diversas propiedades, como es la de modificar la apariencia. Éste es un proceso reconocido por los diversos grupos sociales con los que se ha trabajado, dado que estamos hablando de

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un producto de consumo masivo, producido a escala global. La producción de la identidad social pasa por el uso de objetos, en tanto que acción simbólica y como elemento de registro del aprendizaje social. Mediante la objetivación, los objetos externalizan valores y significados integrados en procesos sociales: es a través del uso de labial que éste manifiesta los valores y discursos que lo definen. Cuando el sujeto toma conciencia de ello, puede separar su Ser del Otro, y comprende que el producto – en este caso estético – es un producto de sí mismo (MYERS, 2001: 20 – 21). Es al probar diferentes labiales, aplicarlos de diferentes formas, olerlos, saborearlos, y finalmente verlos en los labios que las usuarias pueden generar versiones y presentaciones que puedan instrumentalizar. Esto pasa por el uso estratégico del labial, que deja de ser objeto para convertirse en el elemento que le permite a la usuaria ser Otras. La oposición aquí no es entre labial y usuaria, sino entre usuaria con labial y usuaria sin labial, o usuaria con otro color – marca – etcétera de labial: el producto pasa a ser parte de la identificación de la usuaria evidenciando sus propiedades cosméticas.

La cultura material se cimenta en la interacción entre sujetos y objetos, y elementos culturales como el lápiz labial superan esta división. Inscribimos en nuestros cuerpos diferentes ítems que aportan una evidencia material a la presentación de la persona. El labial es uno de estos elementos que no transforma permanentemente al individuo – al menos no por ahora – sino que es apropiado e inscrito en el cuerpo como indicador de diversos mensajes. Según Bourdieu, es en la relación dialéctica entre el cuerpo y el espacio estructurado que se encuentra el aprendizaje de la incorporación, apropiándose de lo que nos comunica el mundo a través del cuerpo. Así, el universo objetivo está hecho de objetos que son a su vez el producto de operaciones objetivizantes, estructuradas de la misma forma en que los sujetos aprehenden su entorno. La comprensión del mundo que nos rodea pasa por las maneras en las cuales hemos aprendido a apropiar (BOURDIEU, 1982: 90 – 92).

Si la separación entre nosotros como individuos y los objetos es aprendida, también puede ser relativamente variada. Uno de los ejemplos más tempranos

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de la diversidad en la distinción de objeto y persona está en Mauss, quien

menciona cómo niños son “usados” como regalos para crear solidaridad entre

una parentesco extenso (MAUSS, 1966: 6 – 8). De la misma manera, podríamos citar diversos objetos como efigies religiosas, souvenirs, fotos de familia, entre otros como objetos que sabemos tienen una apreciación diferente

a la que otorgamos a las “cosas”.

La objetivación como proceso implica la dimensión temporal donde los objetos tal y como los reconocemos son creados, y las reorganizaciones de valor que se generan al éstos entrar en un cierto contexto social, cultural, económico, incluso político. El lápiz labial ha sido asignado nuevos significados, como también se ha reivindicado discursos como el de la belleza natural en la publicidad dirigida amas de casa en los años cincuenta. El lápiz labial sería una demostración material de valor (MYERS, 2001: 23 – 24) que está relacionada a su vez con lo que sus usuarios luego buscarán representar a través de él. En el caso estudiado, el lápiz labial se aplica sobre el cuerpo femenino para justamente proveer propiedades vinculadas al género. Cuando es aplicado al cuerpo masculino, es considerado subversivo porque el labial está trasladando valores opuestos a lo que se considera ser hombre. Ya que estamos estudiando al artefacto cosmético dentro de una sociedad que aun reconoce a dos géneros como contrapuestos y en divisiones bipolares, el tratamiento de los dos cuerpos es diferente a la hora de usarlos como arenas para la demostración de identidad. Los procesos de formación de identidad a través de productos de consumo se vinculan a cuáles se consideran como los derechos y obligaciones de mujeres y hombres bajo diferentes regímenes de poder (DE GRAZIA, 1996: 279).

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De acuerdo al análisis realizado, el lápiz labial puede considerarse como un objeto con agencia que transmite sus contenidos mediante su presencia física, sus representaciones en los medios y en la publicidad, y por medio de la acción de la aplicación sobre los rostros de usuarias y usuarios. En cambio, de

acuerdo a esta lógica seguiría dentro de la definición de “objeto” en tanto que

artefacto inanimado.

Es en el momento de la aplicación donde la definición de “objeto” tal y como la

comprendemos se vuelve más problemática para identificar al lápiz labial. Es aquí que el labial define la feminidad y los demás valores que lo atraviesan, y se vuelve parte de su elaboración. Deja parte de su misma materialidad, de lo que lo hacer ser objeto, en el cuerpo. Por ende, una porción de su “ser” se

queda en la superficie donde fue colocado y visibiliza discursos y saberes buscados por quien lo aplicó. Esta dimensión fluida entre objeto y sujeto, entre objeto e idea, hace que debamos considerar al lápiz labial como animado cuando participa en la acción para el cual fue fabricado.

El lápiz labial es entonces un artefacto cargado de significados sociales, culturales e incluso personales. Estos valores están presentes en la sensorialidad diversa que posee el labial, y en la materialidad que se desprende en la aplicación. Ya que el lápiz labial está hecho para crear una huella sobre un rostro, el alcance de este artefacto no se entiende sin analizar cómo las mujeres usuarias de labial experimentan la construcción de su apariencia desde el plano corporal, y los contenidos subjetivos que lo atraviesan.

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