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Hay que recordar que vivimos en un mundo donde toda experiencia es común, ahora más que nunca. En el caso estudiado, estamos tratando con una producción y comercialización estandarizada, usos generalizados en un escenario contrastable. La forma en la cual las mujeres se ponían labial en los 1930s puede compararse con la forma de aplicarlo ahora. Es posible contrastar los colores más vendidos en diferentes países, y basta una rápida navegación por Internet para ver cómo otras personas alrededor del mundo emplean el labial. A una escala más pequeña, las mujeres de diferentes generaciones en una familia pueden compartir diferentes opiniones sobre el uso del labial, dentro de la historia de vida de una persona el labial puede demarcar momentos específicos así como puede estar ausente. De diferentes formas, nosotros como colectividad y en nuestra propia vida privada construimos el contexto donde objetos como el lápiz labial operan, y estamos involucrados con cómo éstos adquieren injerencia sobre nuestras vidas. Tener conciencia de ello viene de la mano con experiencias provenientes de la relación entre objeto y sujeto.

El labial funciona como un indicador instrumental en áreas profesionales y sociales para resaltar estandarizadamente, donde las mujeres experimentan competencia por los mismos recursos. Su identidad es constituida a través de experiencias, recuerdos, valores, sensaciones de las cuales hace parte el labial. Así, el labial está ligado a experiencias, momentos y lugares que no están a la venta: no es solamente el objeto en particular, sino lo que produce éste; es el artefacto, la visualidad producida en el rostro y la huella del labial los que le aporta una dimensión privada a su uso. El labial es entonces objeto de proyección y de evocación, crea una narrativa personal del pasado y se vuelve trascendente. Es un objeto mercantil que tiene la potencialidad de volverse un bien inalienable, teniendo el poder de la identificación y la transformación (Reflexiones de STEWART, 1993, “Part 1. The Souvenir”, 132 – 151, y WIENER, 1985).

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Al simbolizar feminidad, desde niñas se asocia la imagen producida por el labial y su uso a ser-mujer. Así, el uso va variando desde la infancia hasta el momento actual, marcando momentos asociados con la presentación de la persona. Según Hopenhayn, la producción de sí mismo nos hace tomar distancia de donde alimentamos nuestra identidad y criticarla (HOPENHAYN, 2000: p. 5-8). Esto se ve reflejado en la investigación de Clarke y Bundon sobre el uso de labial en mujeres de más de 70 años: cuando estas mujeres eran adolescentes, el uso de labial era visto como inmoral, lo cual cambió cuando llegaron a su adultez y era, al contrario, bien visto dentro de su grupo de pares y en espacios de trabajo. La singularización de estas mujeres partió como un acto de rebelión, con la voluntad de ser asociadas con iconos de belleza y de demostrar su atractivo sexual. Luego, se mantuvo el uso de labial para proveer una imagen de mujer adulta y preocupada por su apariencia, es decir, por sí misma (BUNDON y CLARKE, 2009: p. 203 – 205).

Así, en la exposición se abordó la relación de la construcción de historias de vida y de la misma identidad femenina por medio de la asociación entre objeto y memoria. La dimensión dialógica se condiciona por la naturaleza material del labial: existe una movilización del cuerpo y de la mente del individuo para explorar diferentes aspectos de los objetos que lo rodean, y sobre todo para averiguar y dominar sus usos. Los objetos no serían claves pasivas que decodificar (SUTTON, 2002: 91), sino que brindan un repertorio de posibilidades donde algunas funciones son privilegiadas. Se asumió que el público tenía alguna familiaridad con el uso regular del lápiz labial, y por consecuencia se pensó la exposición como un momento donde se pueda cuestionar este bagaje sensorial y cultural a partir de la misma interacción con diferentes aspectos – materiales o reflexivos – del objeto.

El objeto en relación a lo emocional trae un trasfondo importante: la experiencia humana no siempre se traduce en texto, y no es suficiente para exponer el rango emotivo que los individuos experimentan. Muchas veces, es a través del cuerpo que se expresan estos sentimientos y por ser nosotros seres multi sensoriales, los conjugamos para enunciar y vivir la experiencia

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emocional. Entonces, las emociones son formadas al mismo tiempo que performadas, y las acciones del cuerpo y el contexto material son vitales para la experiencia. Nuestra vida emocional se forma y se elabora a través de los lugares donde se lleva a cabo y de los objetos presentes que tienen la capacidad de intervenir en la expresión de la emoción. (GOSDEN, 2004: 37). La identidad femenina por medio de la asociación entre objeto y memoria se sedimenta a través de las sensaciones y del movimiento del cuerpo, y esta

“memoria corporal” es la que da un sentido de consistencia al individuo. Este

tipo de memoria orienta al dar un sentido del estado de nuestro cuerpo y su posición en el contexto que lo rodea (JONES, 2007: 21 – 24). Los movimientos repetitivos, como la aplicación del labial; y las sensaciones del objeto como el color sobre los labios y el olor del batón, ocasionan una relación construida por la percepción múltiple y por la disciplina corporal que implica la práctica. Esta dimensión es importante pues estamos lidiando con un tema que de por sí es sensorial y que requiere que la interpretación consecutiva del público sea producto de la experiencia de la memoria corporal. Aunque una persona nunca haya usado labial, es un artículo tan masificado que se tiene al menos una referencia visual y, por ende, un vínculo mnemónico.

El trabajo de la muestra se propone despertar sensaciones que evoquen estos momentos y procesos, y que se pueda compartir este tipo de experiencias con otros. La activación de recuerdos asociados al lápiz labial, sea la práctica cotidiana de la aplicación o la asociación con momentos de la historia de vida de los visitantes, permitió a los espectadores alejarse de estos mismos momentos para reflexionar sobre ellos. Además, las emociones despertadas ayudaron a colocarse en un plano compartido, donde las dudas, comentarios y vivencias de otros sujetos generaron el intercambio de información y de percepciones. De esta manera, el público tenía la oportunidad de experimentar una visión colectiva y una experiencia particular en la reflexión y evocación que

produjo el labial. Este “recuerdo colectivo” (BOREA, 2004: 9) se despertaba en

la primera parte del recorrido y continuaba en la sala 2, donde se observaban las huellas dejadas por otras personas y los resultados de la investigación.

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La cultura material por definición activa la remembranza ya sea de hechos, épocas, personas y lugares. No solamente intervienen en el proceso mental de la memoria al ser parte de lo recordado, sino que provocan la evocación de lo pasado y la re-experiencia de actividades pasadas. A través de la memoria guardamos el presente y regresamos al pasado, observándolo a la distancia (Ídem: 31). El labial nos sirve en esta instancia como “cita material”: por medio

del trazo literal el pasado es referenciado y reiterado. Una mujer adulta puede recordar a su madre colocarse el labial, la joven puede asociar el labial que usa con la cantante a la que se quiere parecer, todas pueden regresar a la primera vez que se colocaron el producto en los labios y a cómo se sentían.

Las historias de vida se delinean a través de puntos de inflexión, de marcas que se hacen visibles a través de la apariencia. A veces, hay momentos específicos en los cuales se construye un aspecto solamente para él: para mí, este año una boda y una graduación hicieron que fuera a buscar un maquillaje específico para estos instantes. Es en estos momentos, o en etapas que marcan la transición de niña a mujer, de estudiante a profesional, que el despliegue corporal es vital para ayudar a marcarlos. El labial es textualmente una huella que imprime una versión de feminidad en cada caso, y que con ello puede representar una versión hegemónica de ser mujer.

En consecuencia, las interacciones con los objetos hacen que éstos puedan adquirir un valor no monetario para nosotros. Los significados asociados con el objeto, y por ende, su actuar por medio de su materialidad, están determinados culturalmente; pero la cultura a su vez es dinámica y fluida. Sus usos y valores no son fijos sino que se van transformando. Un ejemplo es la relación con el patriotismo en la Segunda Guerra Mundial que se dio con el lápiz labial. Siendo una mercancía, el lápiz labial se intercambia por diferentes razones, y la historia que impone termina estableciendo una biografía del mismo. Desde este punto de vista procesual, encontramos que un artículo

puede tener valores antagónicos en un mismo “mundo”, y su biografía entonces

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categorías cuya importancia varía o que incluso desaparecen. El objeto nos sirve para comprender las sociedades en las cuales está presente, y además en las personas con las cuales interactúa (KOPYTOFF en APPADURAI, 1988: 89 – 90): los dos tienen, después de todo, una identidad singular y narrativa. La identidad no se ubica solamente en el presente, se inscribe más bien en un relato de vida. La identidad obtiene una cohesión a través de la unidad narrativa, y se comparten inteligibilidades dentro de relatos a diferentes niveles que se intersectan. Dicha narrativa es evocada y construida por la forma en que nos presentamos, en que construimos quién queremos ser. Volviendo al ejemplo anterior, el uso de labial en la tercera edad generalmente implica evocar cómo se veía el rostro algunas décadas atrás, implica transmitir el

deseo de aún verse bella y no “causar pena” (BUNDON y CLARKE, 2009: 203

– 205). Es mostrarse y sentirse más atractiva y saludable, lo cual se refleja en sus actitudes:

“Estoy esperando que me muestre saludable y algo independiente en un sentido que… pueda sumergirme en el maquillaje y no necesite pena o simpatía o nada de eso – que no estoy dependiendo de otras personas.” (Ídem: 208, entrevistada de 83 años).

Debemos recordar que nuestra identidad es tanto individual como colectiva: es ante la alteridad que nos reconocemos como personas y como poseedores de ciertas particularidades. Los objetos nos ayudan a encuadrar nuestras experiencias de vida en un relato compartido, y así el lápiz labial adquiere sentidos locales donde los individuos que lo emplean le dan una vida social ofreciendo relatos activos. Es la participación en la identidad individual del sujeto que le da al labial un significado cultural (WOODWARD, 2007: 152). Al mismo tiempo, el labial tiene su propio relato de vida como producto cosmético, cuya relevancia ha trascendido épocas y ha llegado a convertirse en un símbolo de feminidad. Ambas historias se complementan mutuamente, donde la performance de la Identidad del sujeto se realiza empleando parte de la Identidad del objeto. En consecuencia, los objetos performan sus narrativas

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propias y las compartidas, y circulan en la sociedad manifestando aspectos de la propia cultura en forma material (Ídem: 153).