De acuerdo con la distinción entre moral y derecho que se venía exponiendo con anterioridad, se hace conveniente abordar el tema de la solidaridad. Ella, más
que una categoría moral, “deducible de un macroprograma, es aquel acontecer socio-político, en el que se reconoce el principio discursivo de la democracia”. (Hoyos, 2012a: 144) Acontecer, producto de múltiples procesos comunicativos. Razón por la cual, la democracia sin la fuerza vital del diálogo-encuentro entre las partes carece del sustento para animar a la sociedad civil a comprometerse por las trasformaciones que proclaman los pueblos.
La denuncia de Hoyos es por una salida viable en la globalización y los movimientos de resistencia. (Hoyos, 2007b: 12-20) La tensión en la apertura de fronteras se constata en la proclamación de un unilateralismo economicista que propone el falso ideal de bienestar económico para la mayoría de los hombres, pero no permite el desarrollo autónomo de los pueblos y el fomento de la justicia como equidad. Por el contrario, no basta entonces con proponer un movimiento de resistencia a partir de la sensibilidad moral y el apoyo solidario de la opinión pública mundial pero sin un verdadero control político efectivo que trasforme la
legislación reinante; lo que no pasa de ser buenas intenciones sin un cambio radical.
Algo muy claro debe quedar a la base de la teoría discursiva de la educación: sólo es posible cambiar el principio de competitividad por el de la cooperación en la sociedad contemporánea basados en un paradigma humanista intersubjetivo y dialogal. (Hoyos, 2007a: 14-15) En este sentido sostiene:
No parece entonces utópico proponerse metas de cooperación que nos acerquen gradualmente a una federación de estados, a la Carta de la Unión Latinoamericana, con la que fuéramos construyendo la democracia por venir: en la que nuestras fronteras fueran escenarios de conciertos por la paz, de comprensión de las diferencias y cooperación entre vecinos, en lugar de sitios para la confrontación violenta, armamentismo dementes y guerras entre hermanos; en la que la economía estuviera supeditada a procesos democráticos en estados de derecho; en la que la inclusión de las diferencias, los derechos civiles y materiales, la justicia como equidad y en general las políticas sociales primaran sobre la competitividad de los diversos países; en la que la concertación y la participación política desplazaran el autoritarismo y la intolerancia. (Hoyos, 2012a: 227-228)
Para el año de 2002, Hoyos estuvo presente en el Congreso Iberoamericano de Filosofía Moral celebrado en Alcalá de Henares, donde expuso su pensar en Violencia política y globalización: el derecho entre la solidaridad y el poder económico. Allí, pretende mostrar la complejidad de las relaciones entre globalización y violencia política. Su denuncia se enfocaba por una globalización incoherente y de doble moral. Que manipula el poder político de los estados, instrumentaliza a los ciudadanos y rompe el vínculo de solidaridad entre los miembros de la sociedad civil, agudizando la inequidad, el desempleo y la pobreza
y, de este modo, prolongando la conflictividad en los pueblos. (Hoyos, 2012a: 206 y 232)
En el caso concreto de Colombia pero, válido para toda la sociedad, no es posible proclamar una globalización de la economía, preocupada por las políticas macro económicas, pero desconoce las problemáticas sustanciales de los puebls como el narcotráfico y el terrorismo. No es posible seguir aceptando una globalización incompleta. Hay que buscar soluciones comprensivas a temas complejos y no simplemente querer corregir sus causas vengando únicamente sus efectos. (Hoyos, 2012a: 231)
Ante ello se hace necesario, darle un perfil más humano a la globalización. Una teoría discursiva de la educación a la base de la sociedad debe promover la búsqueda de una solidaridad a nivel mundial. Mientras no se reconstruya un sentido del derecho mundial y nacional que retome la solidaridad como base de la sociedad permanece en constante tensión frente a los fanatismos de diversa índole, el más latente de todos: la racionalidad económica hegemónica. (Hoyos, 2012a: 231-235)
Liberada la globalización del unilateralismo economicista, al que se deben sus efectos perniciosos, y contando con un derecho como correa de trasmisión de necesidades vitales y movimientos libertarios, se devela la doble moral y se hace posible entonces distinguir entre violencia y violencia y fijar los criterios que permitan caracterizar la violencia política como distinta del terrorismo, antes de que la globalización se consolide ya no sólo como reino del mercado, sino como guerra en el sentido infinito del antiterrorismo preventivo contra el terrorismo del enemigo. (Hoyos, 2012a: 241)
Frente a ello, Hoyos propone pensar en una globalización con rostro humano. Para ello es importante darle su debido lugar, ni pensar que los principios de mercados son la única alternativa de la crisis ni demonizar los avances que se ofrece, claro está, sin caer en el simple acomodo o adaptación reformista del statu quo. Se requiere de una actitud ofensiva por la prioridad de la política ante la lógica de la economía. Es ella la que debe orientar y limitar la economía a partir de procesos democráticamente legítimos; y no al revés, donde el interés monetario establezca las condiciones bajos las cuales se debe regular la política de las naciones.
Todo lo anterior, se hace posible gracias al compromiso de la una sociedad
civil más ilustrada y sensible en el concepto de lo público “con un sentido de
legitimidad menos jurídico-formal-positivo y más político-democrático y
participativo”. (Hoyos, 2012a: 236) Frente a ello, queda por hacer una pausa para preguntarse si existe una diferencia entre terrorismo y violencia política. A tal punto que deba tratarse, categóricamente toda violencia política como expresión radical de terrorismo. O acaso es posible que existan diversos modos de violencia política, entendidos como oposición y protesta contra determinados poderes, que no pueden ser reprimidas internacionalmente como terrorismo. Finalmente, qué hacer con el caso de que, eventualmente un gobierno niegue los derechos reconocidos por toda la humanidad justificando con ello algunas formas de violencia política.
En este orden de ideas se pregunta Hoyos por los efectos que pueda tener la globalización de las normas jurídicas. Donde ya no simplemente se hable de una legislación carácter nacional sino de una internacional o supranacional. En este
sentido propone como primera alternativa que “es misión del derecho internacional
no condenar sin más toda forma de violencia política como terrorismo y es obligación de los movimientos que apelan a la violencia política reconocer el
derecho internacional humanitario y esforzarse por mostrar que sus luchas son expresamente por los derechos humanos”. (Hoyos, 2012a: 239)
Como se observa, estos y otros tantos problemas, deben ser abordados en el marco de una teoría discursiva de la educación que propenda por una educación de la sociedad civil de cara a una solidaridad global.