trales que fueron los primeros en registrar explosiones demográicas no les hicieron frente a través de una mayor justicia distributiva doméstica, sino a través de la válvula de escape de la emigración de la población “excedente” al modelo sociopolítico entonces vigente. Estos emigrantes hallaron cobijo en países del ultramar europeo, mediante avances en las fronteras agrícolas de ellos, conseguidos todos tras el exterminio de las poblaciones nativas de cazadores recolectores que habitaban la tierra invadida. Así en Canadá, Estados Unidos, Rusia, Brasil, Argentina, Uruguay, Chile, Australia, y algunos países más.
Con respecto a las “pirámides de población” humanas,- una representación gráica del número de H. sapiens por edad detallada y sexo, se observa que, en situaciones de alta
fecundidad y natalidad, se conigura una pirámide de base ancha y baja altura. A medida que se van reduciendo la mortalidad y sobretodo la fecundidad, estas pirámides tienen una base más pequeña que en los peldaños de población de más edad, que incluyen las edades adultas que son las económicamente productivas, lo que da argumentos a posiciones políticas reac-
cionarias que entonces asignan como causas de la pobreza existente al excesivo número de niños y viejos, que no trabajan. Este simplismo, como tantos otros que provienen del mismo sector ideológico, excluye análisis de tipo socio-histórico-político sobre sociedades desigua-
les e injustas, donde el poder real está en manos de minorías para las cuales el bienestar humano generalizado es una consideración secundaria o irrelevante.
Con respecto a la salud del Homo sapiens el problema se complica, ya que trasciende al
conteo de variables cuantiicables, y entra, en el caso de la salud mental, en un campo valo-
rativo. Inclusive el conteo es difícil. El número de enfermos suele contabilizarse sobre la base de pacientes atendidos, registrando sus diagnósticos. Entonces, los países que reducen sus servicios sanitarios, como está sucediendo en varios países europeos en este momento, dan la idea que las enfermedades disminuyen y no que se están cerrando servicios de atención. Los estudios de prevalencia de enfermedades en la población por muestreo son caros, y suelen tener altos niveles de error muestral. Las estadísticas de crecimiento corporal y desarrollo psicomotor de niños serían importantísimas- anotemos que las diferencias de es-
tatura, peso, hemoglobinemia, esperanza de vida y desarrollo psíquico entre diferentes estra-
tos sociales son inapelables denunciadores de la injusticia social – pero la escasez y la baja cobertura de estos estudios suele ser un obstáculo mayúsculo. A falta de algo mejor, para medir nivel de salud colectiva terminamos midiendo mortalidad, indicador reduccionista de una realidad mucho más compleja, pero que provee datos más o menos sólidos. La esperan-
za de vida humana parece haber venido aumentando desde el comienzo del sedentarismo, pero con altibajos provistos por epidemias y guerras; aunque su ritmo neto de aumento ha sido mucho más lento que el aumento de población. Ha habido grandes retrocesos por pan-
demias – la más importante y extendida que la historia registra fue la Peste Negra del S 14 en Europa -, y por guerras, con las hambrunas y disrupciones que provocan, no tanto por la mortalidad en los campos de batalla. Tan recientemente como mediados del S 19, dos ter-
cios de los 600000 muertos en la guerra civil de EEUU murieron por epidemias, solamente un tercio en combate. En Europa y en algunas de sus colonias o ex colonias se comenzó en el S 19 a medir una disminución de la mortalidad primero y de la fecundidad después, causado lo primero por mejorías en la alimentación y las comunicaciones, por una creciente combatividad política de los explotados y por mejoras en el saneamiento y el alojamiento, no por la aplicación de adelantos en la atención médica; y lo segundo por el uso masivo de procedimientos anticonceptivos rudimentarios. La contrapartida de estas mejorías funda-
mentalmente europeas, fue lo que sucedió en los “pueblos sin historia” que recibieron el embate de los imperialismos de los “pueblos con historia”, en invasiones que no han cesado
ECOLOGÍA Y AMBIENTE | LEONARDO MALACALZA
al día de hoy. Ya hablamos de los cazadores recolectores expulsados y masacrados por el avance de las fronteras agrícolas en varios países. En la India e Indonesia, los imperios britá-
nico y holandés, al destruir un sistema económico vigente para crear otro para su beneicio produjeron una situación de hambrunas crónicas, con agudizaciones periódicas.
De cualquier forma, actualmente los aumentos en las esperanzas de vida al nacer son rutinarios, y los retrocesos en esto llaman la atención – por ejemplo una reducción a inales del S 20 en la Rusia del cese del marxismo leninismo y el comienzo del capitalismo inan-
ciero. Las rápidas mejoras en países muy poblados que en la segunda mitad del S 20 logra-
ron su independencia “de facto” o “de jure” – India, China Pakistán Indonesia- hace que la esperanza de vida planetaria hoy es, lejos, la mejor jamás registrada.
Un estudio de las mortalidades por país revela que unos pocos de ellos – aproximadamen-
te el 15% de la población mundial- han llegado a la envidiable situación de lograr esperanzas de vida por encima de los 80 años, y la virtual erradicación de las mortalidades infantil, prees-
colar y materna. Estos países están situados en el occidente de Europa, en algunas ex colonias de Gran Bretaña y en el Lejano Oriente. Son casi todos países “industrializados”; se excluye de esta lista a Estados Unidos, cuyas cifras en los rubros mencionados son mediocres y se encuentran en deterioro relativo. Se incluye en los márgenes de la lista a Cuba, país enfática-
mente no industrializado y además pobre y bloqueado desde hace medio siglo. Analizando los mecanismos para llegar a esta envidiable baja mortalidad, se observa un histórico desarrollo del “Estado de Bienestar” en los países de raigambre occidental y un industrialismo moderni-
zador, proteccionista y a veces autoritario en Japón, Singapur, Hong Kong y Corea del Sur. El caso cubano que nos toca de cerca como latinoamericanos, parece dejar claro que la pobre-
za y el permanente hostigamiento internacional no son incompatibles con una salud colectiva muy buena si ésta es una prioridad máxima de un Estado-nación.