• No results found

CHAPTER THREE:

3.2.5. B ARRIERS AND CHALLENGES TO PBL

¿Cuándo el acercamiento de un chico a una chica pasa a ser una agresión? ¿La chica a la que le tocaron el culo tiene que denunciarlo? ¿Merece un castigo el chico que le levantó la falda a su compañera de estudios en mitad del patio? ¿Dónde va con su reclamo la traba- jadora de hogar que se tiene que ir sin cobrar porque el señor que la emplea le ha pedido que limpie en ropa interior? ¿Y la que abordaron por la calle para preguntarle cuánto co- braba por un polvo?...

El discurso de la impotencia, otra narración que hemos encontrado en un gran número de personas participantes en el estudio, se sostiene sobre una dificultad inicial: la de recono- cer claramente y sin ningún tipo de duda los límites de lo que es una agresión sexual. La falta de claridad en los límites hace que, a pesar de que, en general, se reconoce que existe un amplio abanico de agresiones sexuales de distinta intensidad y con diferentes im- pactos en cada mujer, la violación siga siendo el delito más claramente identificado como agresión sexual. La violación denunciada de inmediato suele ser aquella perpetrada por un desconocido, en un descampado, de noche y acompañada de una violencia física brutal (así describe la técnica de un servicio sanitario lo que considera una agresión sexual «de verdad»).

En buena medida, la falta de consenso sobre los límites está relacionada con el todavía insuficiente reconocimiento de las mujeres como sujetos con plena capacidad de consenti- miento. Los dos grupos femeninos analizados, el de las chicas jóvenes y el de las mujeres migradas, son ejemplos de que ese reconocimiento está mermado. En el caso de las jóve- nes, se escuchan argumentos relativos a su incapacidad para gestionar su recientemente conquistada libertad sexual; en el caso de las mujeres migradas, no se escuchan muchos argumentos porque su vivencia se encuentra aún oculta y ellas la viven desde su experien- cia de excluidas del ámbito de los derechos.

Con respecto a los chicos, no se escucha casi nada. Los hombres son los grandes ausentes en el imaginario existente sobre las agresiones sexuales. Ellos apenas reflexionan sobre el tema, se confunden sobre la causa que las genera, algunos siguen creyendo que las come- ten psicópatas o enfermos con un deseo incontrolable y, a pesar de su rechazo rotundo, cuando son testigos de un acto de agresión se sienten impotentes. Sólo los hombres que han reflexionado sobre la masculinidad hegemónica tienen clara la necesidad de actuar y de no pasar por alto estos actos. Su discurso, sin embargo, está centrado en las dificulta- des que encuentran para no utilizar la violencia y para reivindicarse como grupo que sufre también las consecuencias de la socialización patriarcal.

8. CONCLUSIONES

125

En contraposición con las dudas sobre los límites —planteadas por hombres, profesorado, madres y padres—, casi todas las mujeres jóvenes y migradas tienen muy claro dónde se sitúan: su propio malestar es su mejor indicador, la medida que usan para saber cuándo los límites han sido traspasados. Las diferentes percepciones sobre dónde están los límites existen, pero no está aquí el origen de las distintas respuestas; lo que hace que algunas se paralicen es su desautorización como sujetos, la imposibilidad de oponerse a la autoridad simbólica y real de un hombre agresor que, además, en demasiadas ocasiones, cuenta con cómplices activos o silenciosos.

Esa desautorización se hace presente cuando algunas mujeres prefieren callarse a ser mal interpretadas, o no pueden sostener su respuesta porque el causante niega la agresión hu- millándola aún más, o temen causarle al hombre en cuestión un daño «innecesario», o ser observada con desconfianza… en resumen, temen herir la autoridad masculina cuyo respe- to es un elemento fuertemente enraizado en sus subjetividades.

También temen a la agresión propia porque están acostumbradas a guardar la rabia y convertirla en impotencia. Las mujeres agresivas no forman parte del mundo del cine, por ejemplo, más que en contadas ocasiones. Discursos feministas que inciden en la capacidad cuidadora de las mujeres y en su identificación con la vida y la paz, tampoco han contri- buido a que las mujeres tengan referentes que legitimen simbólicamente su capacidad para defenderse.

Estos temores se refuerzan desde la figura de la princesa de antaño o la joven moderna que espera a que llegue el príncipe o el agente secreto a salvarla mientras ella grita asusta- da. La capacidad de convertir su rabia en fuerza es una tarea pendiente para las mujeres. Hemos constatado que sólo las mujeres que se autorizan y confían en la percepción de que

sus límites han sido rebasados (y cuanta más conciencia más bajos suelen ser los límites), pueden superar la parálisis para defenderse y responder a las agresiones.

También constatamos que la respuesta a la violencia casi nunca deja buen cuerpo a quien la ejerce, pero la legitimidad de la defensa, la transformación del victimismo en energía, el énfasis en la capacidad de respuesta más que en el recuento de las penalidades sufridas, construyen el camino para empezar a derrotar el discurso de la impotencia y comenzar a construir discursos rebeldes.

El discurso de la impotencia está presente en diversos colectivos:

— Lo reproducen muchas jóvenes y todas las mujeres migradas. Se alimenta de la sos- pecha que tienen de que, a pesar de la exhortación a la denuncia, sólo si sufren una agresión sexual «de verdad» recibirán una respuesta adecuada. No se imaginan de- nunciando otras agresiones de «menor» intensidad, pues les llevaría a tener que dar explicaciones sobre «cómo es que primero dijo que sí aceptaba una relación con un chico desconocido, pero luego vio algo que no le gustó o se lo pensó mejor y enton- ces…». Les parece una situación demasiado embarazosa para vivirla. Pero esta im- potencia genera silencio, pues no sienten que se respalde su malestar ni creen que la policía sea el estamento adecuado para pedir apoyo.

AGRESIONES SEXUALES

126

— Las personas adultas que viven y trabajan en contacto con la juventud construyen un discurso de mayor impotencia aún que las chicas; algunas adoptan posiciones de- fensivas, mientras que otras hablan de soluciones a largo plazo, de la necesidad de transformar los roles tradicionales de género desde la escuela primaria... Y aunque éstas son imprescindibles, las soluciones a largo plazo no proporcionan herramien- tas a las mujeres que, aquí y ahora, están sufriendo agresiones sexuales.

— Otro ejemplo de este discurso de la impotencia lo constituye la experiencia del Alar- de de Irún. Este conflicto es un ejemplo paradigmático del peso de la realidad sim- bólica en la vida cotidiana y de la dificultad para cambiarla porque, a pesar de los años de polémica y de los apoyos logrados, el Alarde mixto sigue siendo un reto. — También encontramos discursos de impotencia entre las y los profesionales de los di-

versos servicios públicos. Todas y todos saben qué deben hacer cuando una mujer agredida llega a pedir ayuda, pero para poner en marcha sus dispositivos de actua- ción requieren que la mujer llegue a ellos y que reconozca abiertamente la agresión sufrida. Dos requisitos que dejan en el camino a la mayoría.

Esto hace que se genere un fenómeno de embudo: las agresiones sexuales que ocurren son más de las que se reconocen, las que se denuncian son una mínima parte de éstas y las que se atienden apenas una pequeña proporción de las que se denuncian.

El sistema asistencial y de intervención no está aún preparado para una adecuada aten- ción de las víctimas de estos delitos, como reconoce el personal técnico entrevistado, que muestra su preocupación al respecto. El discurso de la impotencia se hace más patente en referencia a colectivos específicos como el de la comunidad gitana o las mujeres con algún tipo de discapacidad. En estos casos, la sensación de que no se puede hacer nada se re- troalimenta con discursos que asignan a esos «otros» colectivos las conductas más violentas o más tolerantes con la violencia. Las diferencias culturales esgrimidas hacen que el colec- tivo de mujeres gitanas, por ejemplo, prefiera recurrir a sus autoridades tradicionales en caso de una agresión, ya que no ven reflejadas sus vivencias en la propaganda predomi- nante sobre la violencia sexista.

8.3. EL DISCURSO REBELDE: QUE TU AGRESIÓN NO SE CONVIERTA EN