CHAPTER THREE:
3.2.4. T HE ROLE OF MENTORS IN PBL
Las agresiones sexuales son un problema actual. Las estadísticas de las denuncias son un indicador de su gravedad, aunque quizás sea más preocupante la normalización que hom- bres y mujeres hacen de ellas, porque ésta se constituye en una de las razones por las que la mayoría no se denuncian y continúan impunes.
La legislación actual ubica las agresiones sexuales como un delito contra la libertad sexual, las instituciones cuentan con dispositivos de apoyo para las víctimas… y, sin embargo, una variedad de manifestaciones de agresión sexual sufridas por las mujeres de parte de los hombres siguen silenciándose.
De la investigación se deduce que muchas de estas agresiones suceden en el espa- cio de ocio, en donde se constituye la ecuación fiesta + alcohol + posibilidad de ligue = desinhibición del control, baboseo de los chicos, alerta y cansancio de las chicas, y respuestas adecuadas e inadecuadas por parte de ellos y ellas.
El derecho al ocio se ha convertido en un valor importante para una sociedad que ha sa- lido de las penurias económicas más urgentes. Para la juventud, es un bien a consumir —cuanto más, mejor— pero, para la sociedad, es un problema a resolver, puesto que se
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tienen que tomar medidas para controlarlo (prohibición de la venta de alcohol a menores, botellón callejero, exceso de ruido y humo) a la vez que se respeta este derecho arduamen- te conquistado.
Esta nueva realidad social se presta al establecimiento de nuevas relaciones entre mujeres y hombres que, en teoría, tendrían que desarrollarse sobre la base de la libertad y el con- sentimiento mutuo. Y, sin embargo, el déficit de ciudadanía de las mujeres unido al discur- so instalado en la juventud sobre una supuesta igualdad ya lograda, generan un ambiente hostil para las mujeres, que tienen que seguir viviendo el predominio masculino en ese tan valorado espacio y tiempo del ocio.
Por otra parte, en este mismo escenario donde la igualdad aparece como un logro, existe un colectivo que vive al margen de los beneficios de ésta: las mujeres migradas. Nacidas en otra parte del mundo, pierden o ven limitados sus derechos por esa razón; su proyec- to migratorio en busca de mejores condiciones de vida solamente encuentra hueco en las grietas de una mala resolución de la corresponsabilidad de género hacia las tareas de re- producción de la población autóctona. Y, como corolario, tienen que padecer situaciones de acoso y agresión en su lugar de trabajo propios del siglo XIX, inimaginables para ellas en el momento de partir de sus países de origen y ocultadas por el silencio cómplice de quienes no quieren reconocer que eso ocurre, incluidas las mujeres autóctonas.
En estos espacios, el del ocio para la juventud y el laboral para las mujeres migradas, la amenaza y realidad de las agresiones sexuales siguen generando miedo. Constatamos que el miedo es el principal efecto de estas agresiones: las chicas tienen miedo, las mujeres mi- gradas tienen miedo, las madres y los padres tienen miedo por sus hijas.
Las consecuencias de este miedo son diversas. Las agresiones ocurridas y no ocurridas son un freno a la libertad de las mujeres, en primer lugar a su libertad sexual pero también a su libertad de movimientos, de disfrute y de capacidad para relacionarse con el otro sexo en igualdad de condiciones. También representan una amenaza para su estabilidad labo- ral y, en conjunto, una limitación para el pleno ejercicio de su ciudadanía. Todas las muje- res participantes en este estudio se reconocen en la vivencia del miedo, aunque hay impor- tantes diferencias en su manera de interpretarlo y enfrentarlo.
Una de las diferencias interpretativas está relacionada con la culpa. No todas las mujeres se sienten culpables por las agresiones que sufren y eso representa un avance importante. Significa que una buena parte de las jóvenes y las mujeres migradas tienen muy claro que la agresión es responsabilidad de quien agrede, que no creen que una agresión sea lo peor que les pueda pasar en la vida y que pueden enfrentar de manera más asertiva su re- cuperación de la misma. También tienen muy claro que el entorno sigue jugando un papel importante en hacerlas sentir culpables.
La vergüenza, otro sentimiento asociado a la vivencia de las agresiones sexuales, también ha disminuido entre las mujeres, aunque sigue presente en la decisión de las jóvenes de no denunciar ni ventilar públicamente sus conductas y formas de relación porque no quieren ser juzgadas… y no solamente en un juzgado. Las mujeres migradas, además de la ver- güenza, tienen claro que su falta de derechos es el obstáculo principal para denunciar las agresiones sexuales en sus lugares de trabajo y/o el acoso sexual telefónico.
8. CONCLUSIONES
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A diferencia de las mujeres, los hombres no manifiestan miedo. Las madres y padres no temen por la seguridad sexual de sus hijos adolescentes. Cuando en algún grupo de hom- bres se hace referencia al miedo, éste no está relacionado con la posibilidad de sufrir una agresión sexual por parte de una mujer.
Estas vivencias diferenciadas de unas y otros confirma lo que el discurso feminista, en sus diferentes corrientes, ha señalado desde siempre: el miedo a las agresiones sexuales es un mecanismo para controlar la conducta de las mujeres. Este mecanismo es unilateral, puesto que sólo ellas lo viven de esta manera. A su vez, las agresiones sexuales cumplen una do- ble función: una instrumental (hacer que cada mujer en particular sea controlada y se auto- controle) y otra simbólica (que todas las mujeres se conviertan en víctimas potenciales). Definir el papel de las agresiones sexuales en la conducta de los hombres resulta más com- plejo. Los participantes en la investigación no se autoidentifican de manera tan unánime como las mujeres, sus vivencias son diversas, desde los que rechazan la idea de que ellos pueden ejercer violencia hasta quienes la aceptan y narran sus dificultades para escapar de esa imposición de su rol de género, pasando por quienes reconocen haber sido agreso- res «de baja intensidad» sin haber tenido conciencia de las consecuencias de sus actos. La vieja consigna feminista «todos los hombres son potencialmente violadores» (rechazada en la actualidad por algunas corrientes y reivindicada aún por otras) causa malestar y debate tanto entre los hombres como entre las mujeres.
Son los hombres integrados en grupos de reflexión y acción sobre la condición masculina quienes más cerca están de aceptar y profundizar en la reflexión sobre esa consigna. Aun- que no hay unanimidad en su discurso, reconocen en sus procesos de socialización el pri- vilegio de la violencia y consideran, por tanto, que su proceso de concienciación pasa por reconocerlo y negarse a hacer uso de él.
Quedan algunos aspectos pendientes de profundizar en el debate sobre la violencia mas- culina, por ejemplo, la nebulosa en que está instalada la responsabilidad individual del agresor, los diversos grados de aceptación del privilegio masculino de la violencia, los ar- gumentos sobre la triple victimización de los hombres esgrimidos por éstos para considerar- se también víctimas del guión impuesto por el sistema patriarcal, su rechazo a ser conside- rados agresores potenciales sólo por su sexo, entre otros.
Lo que no es objeto de controversia es que, en la actualidad, el miedo de las mujeres es un sinsentido, una vergüenza, una contradicción flagrante en una sociedad que pregona ha- ber alcanzado altos niveles de igualdad entre mujeres y hombres.
Encontramos, en el discurso tradicional sobre las agresiones sexuales, una diversidad de interpretaciones que van desde la negación de la igualdad lograda hasta, con mayor frecuencia, la negación de la gravedad de la violencia sexista; la minimización de las agresiones al considerarlas conductas «propias» del ambiente festivo sin mayores conse- cuencias, una marca semejante a los pañuelos que las identifican; la incredulidad ante la posibilidad de que sus jóvenes o sus mayores puedan ser agresores, y su correlato en la
sospecha de que las mujeres exageren, mientan, no entiendan, envíen mensajes equivoca- dos o malinterpreten mensajes recibidos; en definitiva, que no sean sujetos con capacidad de discernir y consentir.
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En este complejo escenario, el discurso de la prevención se centra en mensajes insistentes dirigidos a las chicas para que se cuiden, para que no se excedan, y para que logren por sus propios medios la seguridad que la sociedad es incapaz de proporcionarles.