• No results found

Para comprender los procesos que terminan con la ocupación de Navarra por las tropas de Fernando el Católico a las órdenes del Duque de Alba es necesario remontarse hasta una fecha tan temprana como 1425. En este año muere el último gran monarca navarro, Carlos III el Noble (rey desde 1387), y su hija Blanca, como heredera, sube al trono. Este hecho, por sí solo, no tendría mayor trascendencia si no fuese porque había contraído matrimonio con el infante Juan de Aragón, el futuro Juan II137.

Desde 1234, con la llegada al trono de Teobaldo I (de la casa de Champaña), el reino navarro no puede evitar quedar atraído políticamente hacia Francia, con la que va a mantener unas vinculaciones tan estrechas que entre 1284 y 1316 los monarcas franceses también lo serán de Navarra. Después, ya sea a través de las casas reinantes o por motivos matrimoniales, el reino navarro seguirá convertido en una avanzadilla francesa en la Península Ibérica, con las connotaciones estratégicas que ello supone, máxime si se tiene en cuenta que su territorio alcanza una zona tan vital como la ribera del Ebro.

En este sentido, la llegada del infante don Juan como consorte de doña Blanca implica que los intereses aragoneses influirán también en el destino de Navarra, hecho este que Castilla no va a ignorar. No hay que olvidar que es un Trastámara y que su política será heredada por su hijo Fernando. Es, por tanto, en este momento cuando se va a jugar el futuro del reino navarro como tal, pero debido a su débil situación no va a depender de sí mismo, sino que se convertirá en una presa que van a disputarse Francia, Aragón y Castilla. El hecho de que por estos años Juan de Aragón centrase sus atenciones en su capacidad de actuar dentro de la corte castellana no quiere decir que no le interesase el trono navarro. Precisamente esa situación permite que

137

Este acontecimiento no es en modo alguno fruto de la casualidad, pues la política ejecutada por Carlos el Noble iba encaminada a una hispanización del reino navarro; de ahí las cálidas relaciones con sus vecinos peninsulares o la fusión de la dinastía Évreux con la de los Trastámara. Véase L. Suárez Fernández, ob. cit., 1985, pp. 38-42. De

hecho «al concertar la estrecha alianza con Castilla (Toledo, 20 de noviembre de 1368), Carlos V [de Francia] reconoció que Navarra era un asunto de competencia castellana. Esta decisión constituye, verdaderamente, un cambio radical: durante un siglo, aproximadamente –de plena vigencia del tratado de amistad –, la conservación de la paz en su frontera del Ebro fue considerada como un monopolio del rey de Castilla, en el que no se debía entrar. Entonces se dibujó el primero de los dos grandes esquemas políticos que, en relación con Navarra, se mantendrán hasta el reinado de Fernando e Isabel: para neutralizar y asegurar la paz, era precisa una hispanización de la dinastía», ibídem, pp. 34-35. Véase también J. M. Lacarra, ob. cit., 1972, pp. 219-229.

Navarra se una a Aragón en los continuos enfrentamientos con Castilla138. Hacia 1430, Juan de Aragón sale malparado de estos enfrentamientos, no tiene capacidad para ayudar a Francia contra Inglaterra en la Guerra de los cien años y su hermano Alfonso V el Magnánimo se centra en la conquista de Nápoles, por lo que se desentiende de los asuntos castellanos. Este escenario propició que los acontecimientos diesen un nuevo giro que iba a marcar la historia de Navarra. Los Reyes de Navarra no tienen más remedio que buscar una nueva alianza, en este caso con la Casa de Foix, con la cual se mantenían muy buenas relaciones ya incluso desde el reinado de Carlos III, cuando se firmó un tratado con Juan de Foix de mutua defensa (1414). Este y el propio marido de doña Blanca firmarían otro tratado de amistad en 1420 y, posteriormente, en 1441, para reafirmar esa alianza los hijos de ambos, Gastón y Leonor, se unirán en matrimonio139.

Durante el año 1435 se produce otro acontecimiento que, en principio, poco o nada tenía que afectar al reino navarro: la muerte de Juana II de Nápoles. Esto alimenta las pretensiones de Alfonso V de Aragón al trono napolitano, pero la reina había acordado en su testamento que sus estados pasasen a Renato de Anjou, hermano de Luis III, el otro pretendiente, pero fallecido el año anterior; sin embargo, Alfonso aprovecha que Renato está prisionero en Borgoña y ante el vacío de poder se adueña del ducado de Calabria y se enfrenta militarmente a una alianza compuesta por Milán, Venecia, Florencia, el Papado, el Imperio y el propio Renato de Anjou. Finalmente, Alfonso entra victorioso en Nápoles en 1442 y el papa Eugenio V le inviste como rey al año siguiente. La relación de estos acontecimientos con Navarra no será visible hasta el reinado de los Reyes Católicos, cuando España y Francia –y Navarra como aliada de esta– se enfrenten por el reino napolitano, remontándose ambas monarquías a estos años para proclamar sus derechos, como más adelante se verá.

De vuelta a los asuntos navarros, hay que detenerse en 1441 –tras el que será fallido matrimonio entre el Príncipe de Asturias, Enrique, y la infanta Blanca de Navarra, llevado a cabo en 1440–, ya que se producen varios eventos de suma importancia para el devenir de Navarra. El principal de todos y, a la vez, el más traumático, es el fallecimiento de la reina doña Blanca. Su testamento va a facilitar a Juan II la toma de una serie de decisiones que irán minando la estabilidad del Reino, lo cual desembocará en continuas luchas intestinas que acabarán con su independencia. De ahí que, por ejemplo, el príncipe de Viana, don Carlos, componga la Crónica de los reyes de avarra con el objetivo de demostrar su legítima posición

138

Véase José María Lacarra, Historia del reino de avarra en la Edad Media, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1976, pp. 459-462.

139 Véase J. del Burgo,

al trono navarro. Precisamente será este el problema fundamental con el que se enfrente Navarra a partir de la segunda mitad del siglo XV, partiendo del testamento de la reina doña

Blanca. En este documento, Carlos es designado heredero del reino de Navarra, del ducado de Nemours (territorio que se había perdido en favor de los ingleses en un episodio de la Guerra de los cien años) y del resto de dominios de la dinastía; las siguientes en línea sucesoria serían sus hermanas Blanca y Leonor140.

El problema fundamental de todo este asunto es que Carlos, según mandato del testamento, tenía la obligación de recibir la bendición de su padre para que la sucesión se llevase a efecto. Juan II, por su parte, no estaba dispuesto a ceder el trono a su hijo, aunque, en realidad, solamente podía actuar como rey (consorte) mientras durase su matrimonio con doña Blanca, que era la reina por derecho. Acabada esta unión, la corona debería recaer en el Príncipe de Viana. Así lo habían dictaminado las cortes de Olite de 1419 y más adelante lo habían confirmado las de Olite de 1422 y las de Pamplona de 1427 y 1429141. Sin embargo, aun teniendo a su favor el testamento de su madre y las leyes del reino, el Príncipe de Viana no reclama, de momento, el trono para sí con el fin de evitar un enfrentamiento con su padre, que gozaba de superioridad en la corte navarra. Ante esto y para poder intervenir con mayor efectividad en los asuntos castellanos, Juan II, cuando no está presente en el reino, delega en Carlos, quien es llamado Lugarteniente General del Reino. Juan II, por tanto, no ejerce en realidad como rey en Navarra, pero aprovecha el título para sus intereses en Castilla142.

Como se dijo anteriormente, este año de 1441 también es crucial para la historia de Navarra por el matrimonio entre Gastón IV de Foix (conde desde 1436) y la infanta Leonor143, el cual obtendrá un protagonismo inesperado a partir de los enfrentamientos entre Juan II y su hijo144. En relación con esto último, parece que el príncipe Carlos cometía numerosos despilfarros, incluidas donaciones a título personal, lo cual comenzó a polarizar las posiciones en torno a su persona145.

140 Véase J. M. Lacarra,

ob. cit., 1972, pp. 241-245.

141

J. del Burgo, ob. cit., p. 108.

142

Véase ibídem, p. 110. Como indica J. M. Lacarra, Juan II se convierte en rey de facto de Navarra. Aunque no ejerce como tal las consecuencias son evidentes: el aumento de poder que le permiten disponer del reino navarro a su antojo y centrarse en sus asuntos castellanos, guerras incluidas, a las que Navarra se ve inevitablemente abocada. Véase J. M. Lacarra, ob. cit., 1972, pp. 257-261

143

J. M. Lacarra, ob. cit., 1972, pp. 237-240.

144 Para la política matrimonial llevada a cabo por Juan II de Aragón y Navarra, véase L. Suárez Fernández,

ob. cit., 1985, pp. 44-45.

145

Los desposorios de Juan II con Juana Enríquez (1444)146 distancian aún más las posiciones con el Príncipe de Viana, el cual no es informado, desde un principio, de tal evento. El Rey había confiado al Conde de Castro la gestión de su nuevo matrimonio y este eligió a la hija de Fadrique Enríquez, almirante de Castilla, al que había ganado para su causa en las empresas castellanas. De hecho, Juan II de Navarra tenía en aquellos momentos el poder virtual sobre el reino castellano, pues tenía prisionero a Juan II de Castilla. Sin embargo, el Príncipe de Asturias se apartó de la liga nobiliaria contraria al Rey y se propuso liberar a su padre. Para ello contó con el apoyo de algunos nobles –condes de Alba, Haro, Plasencia, Castañeda…– y prelados. La superioridad de estos hizo que el Rey navarro se retirase a su reino y las plazas que poseía en Castilla cayeron en manos del Rey de Castilla. Además, Álvaro de Luna volvía a ejercer como el verdadero gobernante del reino.

Así las cosas, se despierta temor en Navarra ante una posible invasión castellana, por lo que el Príncipe de Viana refuerza las fronteras del reino y avisa a su aliado el Conde de Foix. El Rey, por su parte, decide comprar los servicios de arqueros de Burdeos y recauda más dinero para gastos de guerra. Esta actuación despierta cierto recelo en el Príncipe, con lo que las posiciones se enconan aún más.

Tras perder Juan II de Navarra sus rentas y señoríos en Castilla después de la derrota en la batalla de Olmedo ante las tropas castellanas (1445), se celebra su boda con Juana Enríquez (1447) y recibe un mensaje de su hermano Alfonso V de Aragón por el que le aconseja aliarse con el Príncipe de Asturias en el nuevo enfrentamiento civil que se produce en Castilla. Frente a una liga nobiliaria encabezada por el príncipe Enrique –que recibiría ayuda aragonesa gracias a que Juan II de Navarra fue nombrado lugarteniente de Aragón y Valencia en 1435– se sitúa la facción real, con el condestable Álvaro de Luna al mando. Dentro de esa alianza con Aragón quedaban, lógicamente, incluidos los recursos navarros, por lo que, de nuevo, Navarra se ve inmiscuida en asuntos ajenos solo por el interés de su monarca147.

Cuando se rompen las hostilidades entre Castilla y Aragón la situación en Navarra es sumamente delicada. Al verse el reino arrastrado por la política de Juan II el malestar entre muchos nobles y el Príncipe de Viana incluido hacen que el Rey actúe como un verdadero monarca. De esta manera aísla al Príncipe de sus decisiones –con lo que ignora el fuero–, reparte cargos entre sus amigos y aliados y acalla protestas con amenazas. Además, para atraerse al Conde de Haro –Pedro Fernández de Velasco– intenta el matrimonio entre una hija

146

Jaime Vicens Vives, Juan II de Aragón (1398-1479). Monarquía y revolución en la España del siglo XV [1953], ed. de Paul H. Freedman y Josep M. Muñoz i Lloret, Pamplona, Urgoiti Editores, 2003, pp. 140-144.

147 Véase J. Vicens Vives,

de este y el mismo príncipe, el cual se niega. Todo este cúmulo de circunstancias lleva irremisiblemente a la ruptura entre el príncipe Carlos y el rey Juan II de Navarra148. Así, desde 1450, año en el que el heredero se refugia en Guipúzcoa, las continuas guerras civiles van a ir asolando a un pueblo dividido en dos bandos dinásticos, ambos procedentes de la época de Felipe III: los agramonteses, favorecidos y, por ello, partidarios del poder real, y los beaumonteses, apoyados a su vez por el Príncipe de Viana. Llegados a este punto, el Rey va a intentar un acercamiento con su hijo:

Percatado Juan II de la trascendencia del hecho, ya que se tambaleaba su ficción de legalidad, basada precisamente en el ejercicio de la lugartenencia por su hijo, titular legítimo de la monarquía, trató de que regresara a Navarra, y lo mismo hicieron los tres estados149.

Desde ahora todo van a ser complicaciones, pues la injerencia de Castilla va a ser mayor y el conflicto va a tomar aún más trascendencia, pues alcanza a Francia y a la Casa de Foix. En efecto, Juan II de Castilla escribe a Carlos VII de Francia para que proteja al príncipe Carlos, pero a la vez interviene Gastón de Foix, el cual intenta sacar el máximo partido a su nueva posición como lugarteniente del Rey francés en Gascuña y Guyena y como marido de la que sería eventual heredera al trono navarro, por ser Leonor la hermana de Carlos. En este sentido, denuncia ante el Rey castellano que sus aliados beaumonteses están a favor de Inglaterra, con la amenaza de una intervención militar en territorio navarro; Juan II de Castilla se mantiene fiel a la alianza con los beaumonteses, a los que no deja de prestarles ayuda y responde a Gastón que por respeto a los pactos entre Castilla y Francia (hay que recordar que los Foix eran vasallos del Rey de Francia) no le atacará. Por su parte, Francia no secunda los planes del Conde de Foix y, además, consigue que Castilla declare la guerra a Inglaterra150.

El enfrentamiento entre agramonteses y beaumonteses preludia de una manera cada vez más clara una auténtica guerra civil hasta que en el año en el que nace Isabel de Castilla (1451) los acontecimientos se encaminan sin remedio hacia ese trágico destino. El acuerdo al que llegaron Castilla y el Príncipe de Viana propicia la ruptura definitiva entre este y su padre. Navarra queda dividida en dos bandos antagónicos: por un lado, Juan II, con el apoyo de los

148 J. M.ª Lacarra,

ob. cit., 1976, pp. 47-48. J. M. Lacarra también hace hincapié en este asunto, véase ob. cit.,

1972 pp. 261 y ss. Y en ob. cit., 1976, pp. 472 y ss.

149

J. del Burgo, ob. cit., p. 123.

150

agramonteses y de Gastón IV de Foix; por otro, el Príncipe de Viana con los beaumonteses151 y el apoyo castellano. Esta situación de guerra civil, que no cesará hasta la ocupación del Duque de Alba, propicia que Juana Enríquez, la esposa de Juan II de Navarra, parta del reino rumbo a Sos, en donde, en 1452, nace el infante Fernando.

En 1454 se llega a un principio de acuerdo para alcanzar la paz en Navarra, gracias al cual, beaumonteses y agramonteses declaran un alto el fuego a la espera de la decisión que debían tomar los árbitros de la contienda, Juan II de Castilla y la reina María de Aragón. La muerte del Rey castellano en junio de 1454 (sólo sobrevivió un año a la muerte de su valido Álvaro de Luna tras su ejecución en 1453) no supone un problema para el proceso, pues el nuevo rey, Enrique IV, renueva las paces entre Castilla, Aragón y Navarra. Sin embargo, poco dura la paz y al año siguiente se reanudan los combates entre beaumonteses y agramonteses. El monarca navarro tensa aún más la situación y va a propiciar la entrada de la Casa de Foix en la lucha por el trono del reino, pues amenaza a Carlos y a Blanca (repudiada ya por Enrique de Castilla en 1453) con desposeerlos de sus derechos dinásticos si no se someten; para llevar a cabo esta presión, acuerda con el Conde de Foix que este le ayude con el mayor número posible de tropas a cambio de que los derechos sucesorios recaigan en él y en su esposa Leonor, y con posterioridad en sus descendientes152.

En un intento desesperado por recomponer la maltrecha figura del reino navarro, el Príncipe de Viana visita diversas cortes como Francia (en donde consigue de Carlos VII que Gastón de Foix retire sus tropas de Navarra), Roma y Nápoles. En esta ciudad italiana, Alfonso V de Aragón accede a ser el árbitro de la disputa; posteriormente, se llega a un acuerdo que debe ser apelado por él mismo, pero sucede que antes de que esto ocurra, muere en 1458, con lo que la situación se inclina hacia Juan II de Navarra, ya que ahora también es Rey de Aragón y de todos sus territorios, excepto Nápoles (otorgado a su hermanastro bastardo Fernando)153. Por su parte, el Príncipe de Viana ve que, por derecho, le corresponde la herencia de Navarra, pero también de la Corona de Aragón, aunque va a encontrar dos obstáculos principales (además de su padre): Juana Enríquez, que va a defender la heredad de Fernando, y los Condes de Foix, en virtud del tratado firmado con Juan II154.

La aparente consecución de la paz gracias a la concordia de Barcelona (1460), a partir de la cual el Príncipe de Viana no puede residir ni en Navarra ni en Sicilia, desemboca en una

151

Aparte del odio que los beaumonteses pudieran sentir hacia los agramonteses, aducían que su apoyo al Príncipe se debía a que era el legítimo heredero del trono navarro, lo cual era absolutamente cierto, según las leyes del reino.

152

J. M. Lacarra, ob. cit., 1972, pp. 276-280.

153

J. Vicens Vives, ob. cit., pp. 191-194.

154

serie de revueltas en Cataluña155 y en la reanudación de la guerra civil en Navarra, si cabe, con mayor crudeza. Carlos es recibido con honores en Barcelona y aclamado por parte del pueblo; no obstante, Juan II le acusa de traición y ordena su encierro en prisión. Las revueltas en favor del Príncipe no se hacen esperar hasta el punto de crearse un ejército catalán para liberarlo y prender al Rey. Castilla, por su parte, no quiere dejar escapar esta oportunidad de debilitar la posición de Juan II y apoya esos levantamientos con jinetes y acercando tropas a la frontera. El Rey aragonés, al verse acorralado, no solo por los catalanes y los castellanos, sino también por las presiones del papa Pío II, decide liberar a su hijo –el cual es saludado con vítores en Barcelona–, pero eso alimenta la reacción de los beaumonteses en Navarra y se sucede una consecuente cadena de acontecimientos: los agramonteses contraatacan, Castilla ayuda a los beaumonteses y el Conde de Foix ayuda a Juan II. De nuevo la situación en Navarra es de guerra civil absoluta156.

Inesperadamente, al poco tiempo Castilla y Aragón firman una alianza (aunque el apoyo castellano a la causa beaumontesa siguiese siendo efectivo), lo cual lleva al traste con todos los planes que tenía pensados el Príncipe de Viana; pero todo se desbarata cuando el propio Carlos fallece el veintitrés de septiembre de 1461157. Este suceso provoca que Fernando (hijo de Juan