4.A LOCAL AND GLOBAL MODELLING IMPROVEMENTS
3) Model selection
Como se ha comentado más arriba, en esta época, las monarquías –los casos de Inglaterra y de Francia son los paradigmáticos– alcanzan el status de «estado moderno»30. No
cabe duda de que los Reyes Católicos (título otorgado en 1496 por el papa Alejandro VI, es decir, Rodrigo de Borja) llevaron a cabo una serie de acciones encaminadas a conseguir la evolución del nuevo territorio que se había formado, con su matrimonio, a partir de las coronas de Castilla y de Aragón. Hay, empero, elementos importantes que distancian el reino unificado de los nuevos modelos de gobierno:
Si, como se admite generalmente, Fernando e Isabel se adaptaban al patrón contemporáneo, es natural suponer que la imposición de la unidad y la centralización del gobierno sería la gran tarea de su vida. Ahora bien, en la práctica, la España creada por Fernando e Isabel se diferenciaba en tantos aspectos del modelo teórico de la «nueva monarquía» que parece o que debería ser completamente excluido del modelo europeo o que, por el contrario, el modelo no es perfecto31.
Lo cierto es que hasta la llegada al trono de la dinastía borbónica en 1700, las coronas de Castilla y de Aragón conservaron sus propias instituciones. A pesar de todo, pronto se utilizó
28 Véase Claudio Rolle Cruz, «La cultura de la guerra a comienzos del siglo
XVI en España e Italia», en Julio
Valdeón Baruque, Arte y cultura en la época de Isabel la Católica. Ponencias presentadas al III Simposio sobre el reinado de Isabel la Católica, celebrado en las ciudades de Valladolid y Santiago de Chile en el otoño de 2002, Valladolid, Ámbito, 2003, pp. 393-402.
29 Para estudios sobre Renacimiento y Humanismo véanse Á. Gómez Moreno,
ob. cit., 1994; F. Rico, art. cit., en F. Rico (dir.), ob. cit., 1980, pp. 10-18 y por supuesto, ob. cit., 1997; también, J. Kraye (ed.), ob. cit.
30
Véase J. Burckhardt, ob. cit., pp. 45-139. Aunque se refiere a la realidad del Renacimiento italiano, sus conclusiones son extrapolables al conjunto de territorios europeos.
31 J. H. Elliot,
la denominación «España» para referirse a la unión de las dos coronas. Así lo hace Luis Correa cuando llama a Fernando el Católico «el rey de España» en diferentes ocasiones. Si es una simple referencia geográfica o si se emplea como signo del poder que atesora Fernando bajo su cetro es asunto que no tiene cabida en este estudio32. La cuestión es saber qué acciones se ejecutaron para que España se convirtiese en un estado moderno; tanto como para asentar las bases de lo que no mucho tiempo después habría de denominarse Imperio español.
No fue fácil el camino para Isabel y Fernando en pos de un gobierno poderoso. El principal problema lo representaba la alta nobleza castellana, paradójicamente beneficiada tanto en señoríos como en títulos, con mayor intensidad a medida que pasaba el tiempo, a partir de 1369 con la llegada al trono de la dinastía Trastámara33. Los reinados de Juan II (1406-1454), padre de Isabel, y del hermano de esta, Enrique IV (1454-1474), fueron especialmente conflictivos por la debilidad de los monarcas, ocasión que no fue desaprovechada por los nobles. Además, la injerencia aragonesa en los asuntos internos castellanos hacía sumamente inestable la gobernabilidad del reino. No obstante, algunos magnates (como el Duque de Alba o el Arzobispo de Toledo) veían como algo necesario la unión de Castilla y de Aragón y trabajaron en la sombra hasta que consiguieron hacer realidad el matrimonio entre Isabel y Fernando (19 de octubre de 1469).
Un nuevo problema surgió, tras la coronación de ambos como reyes de Castilla, con la guerra civil (1475) contra los partidarios de Juana la Beltraneja, a quienes se unen Portugal y Francia por diferentes motivos; pero la acción conjunta de Castilla y de Aragón (no hay que olvidar que Francia invade Rosellón y Cerdaña) deja sin opciones a la supuesta hija de Enrique IV. La paz con Francia se firma en 1478 y con Portugal al año siguiente, justo cuando Fernando
32 De hecho es fácil encontrar alusiones en ambos sentidos. Basta recordar el título de
Imperator totius Hispaniae
adoptado por reyes como Alfonso VII en 1135 o las menciones referidas a Enrique III de Castilla como «rey de España» en la Embajada a Tamorlán de Ruy González de Clavijo (véase la edición de Francisco López Estrada [1999], Madrid, Castalia, 2005, pp. 171 y 260). Aun así, es un asunto muy problemático ya que hay que tener en cuenta también el término «Españas», el cual, además, podía contener diferentes matices tanto desde el punto de vista castellano como del aragonés. Así, un autor castellano contemporáneo de Correa como Alonso Ortiz, religioso humanista muy vinculado a los Reyes, emplea indistintamente ambos términos: «…del oçidente de España… todas las yglesias de España… las virtudes de la fe e rreligión de España… quando con peligrosas tenpestades toda la España se subuertía…»; pero también: «…muy ínclyto señor don Juan de las Españas… desrraygaron los herrores pestíferos e abominables setas que escuresçían antes las Españas… puso a los dos por rreparadores de las Españas… fueron en sosyego los escándalos e tumultos de todas las Españas…», véase Alfonso Ortiz, Oración fecha a los muy poderosos rey et reyna de España nuestros señores por el dotor Alfonso Ortiz canónigo de Toledo. Edición homenaje a Alfonso Ortiz en el V Centenario de la publicación de «Los Tratados» (Sevilla, 1493), ed. de Virgilio Espinar e Ignacio de la Rosa, Villarrobledo, Ayuntamiento, 1994, pp. 9- 32. En cuanto a la visión aragonesa, resulta muy significativo el testimonio que Andrés de Li aporta en su Tesoro de la passión sacratíssima de nuestro redemptor (1494), cuando dice en la dedicatoria: «…comiença el Thesoro de la passión dirigido a los muy altos & muy poderosos & catholicos príncipes don Fernando & doña Ysabel reyes de las dos Españas…» (véase la edición impresa en Sevilla, Cromberger, 1517, signaturas R/9020 y R/11729 de la BNE).
33 Miguel Ángel Ladero Quesada,
se ciñe la corona aragonesa. La unión, al menos desde el punto de vista dinástico, ya es completamente efectiva y es ahora cuando ya se pueden realizar los cambios necesarios en el gobierno del reino.
Las primeras actuaciones de Isabel y de Fernando estuvieron encaminadas a fortalecer la autoridad monárquica, que fue haciéndose efectiva de forma gradual:
En las Cortes de Madrigal de las Altas Torres, que tuvieron lugar en el año 1476, crearon la institución de la Santa Hermandad. Inspirada en la tradición de las Hermandades Generales castellanas, dicha institución […] tenía ante todo como objetivo garantizar la paz de los reinos […]. De gran trascendencia fue, asismismo, la generalización del régimen de corregidores, representantes de los reyes que tenían como función esencial controlar a las ciudades y villas de los territorios de la corona de Castilla […]. Por lo que se refiere a la administración de justicia Isabel y Fernando ratificaron la presencia de la Real Chancillería, es decir de la Audiencia, en la villa de Valladolid […]. Decidieron, en 1494, crear una segunda Chancillería34.
Además, las órdenes militares de Santiago, Calatrava y Alcántara estarían bajo la administración directa de Fernando.
Aunque pueda parecer contradictorio, en el ámbito ideológico, los factores que permiten convertir a España en un estado moderno proceden de unas ideas políticas en las que los Reyes Católicos conjugaban tradición –la cual conllevaría una aportación mayor– e innovación35. Hay que tener en cuenta las particularidades que afectaban al devenir de la Historia de la España de la época, lo cual intervenía, inevitablemente, en las ideas de Isabel y de Fernando. No debe olvidarse, por ejemplo, que hasta dieciocho años después del inicio de su reinado en Castilla, no se consiguió la unidad religiosa en la Península con la derrota del reino nazarí de Granada en 1492.
Las realizaciones de los Reyes Católicos […] deben ser juzgadas en el contexto de sus propios ideales e intenciones más que en los términos de las características teóricas del Estado renacentista. Poca o ninguna novedad encerraban estos ideales. Fernando e Isabel creían en la justicia real, en la buena monarquía, que debía proteger al débil y humillar al soberbio36.
34
Julio Valdeón Baruque, «Isabel I de Castilla: pilares básicos de su reinado», en Julio Valdeón Baruque, ob. cit., p. 351.
35
Ibídem, p. 106; del mismo autor, «La monarquía: las bases políticas del reinado», en Luis Rebot, Julio Valdeón
y Elena Maza (coords.), Isabel la Católica y su época. Actas del Congreso Internacional (Valladolid, Barcelona, Granada, 15 a 20 de noviembre de 2004), Valladolid, Instituto Universitario de Historia Simancas, 2007, p. 146.
36 J. H. Elliot,
Así las cosas, las ideas políticas de los Reyes Católicos pueden concebirse a partir de dos elementos; por un lado, las funciones del poder real, que tendrían un origen germánico (dirigir la guerra y hacer justicia) y cristiano altomedieval (reconocimiento de la justicia y de la paz, distinción entre la auctoritas religiosa y la potestas político-secular); y por otra parte, la
legitimación del poder real, que estaría fundamentado en el derecho divino y por el cual se pondría en juego un sistema de propaganda en el que ese poder real aparecería representado mediante imágenes religiosas37.
Todo esto viene avalado por el corpus de autores y obras que tratan temas de doctrina
política y que estaban vigentes en tiempos de los Reyes Católicos. Para ellos, el texto doctrinal en materia política eran Las Partidas de Alfonso X el Sabio, junto con la glosa realizada por
Alonso Díaz de Montalvo en 1491, quien ya había elaborado, por encargo de los monarcas, un compendio en el que se recopilaba toda la legislación real, el llamado Ordenamiento de Montalvo38; también tenían en cuenta a juristas de la talla de Pere Albert o Ramón de Peñafort,
ambos del ámbito aragonés; y por supuesto, no podía faltar la referencia del más grande de los autores clásicos altomedievales hispanos, San Isidoro de Sevilla. Pero no solo acudían a autores peninsulares; teóricos de los siglos XII, XIII y XIV también se tenían en cuenta: Juan de
Salisbury, Pietro della Vigna, Santo Tomás de Aquino, Gil de Roma (cuyo De regimine principum había sido traducido y glosado ya en el siglo XIV por Juan García de Castrojeriz39)…
Aún así, los autores hispanos seguían siendo mayoría y cabe destacar a Gil de Zamora (preceptor de Sancho IV y autor de De preconiis Hispaniae), Ramón Llull, Don Juan Manuel
(Libro de los Estados), Juan García de Castrojeriz, comentador de Gil de Roma, Francesc
Eiximenis (Regiment de princeps et comunitats), Alfonso de Cartagena (Allegationes) o el muy
conocido en tiempos de los Reyes Católicos, Rodrigo Sánchez de Arévalo (Vergel de príncipes, Historia Hispanica). También se convierten en autores de referencia nombres contemporáneos
de los Reyes como Diego de Valera (Doctrinal de príncipes, dirigido a don Fernando), Gómez
Manrique (Regimiento de príncipes, dirigido a los Reyes), Fray Íñigo de Mendoza (Dechado del regimiento de príncipes), Alonso Ortiz (Dialogus inter regem et reginam de regimine
37
M. Á. Ladero Quesada, ob. cit., pp. 99-100. Véanse también José Manuel Nieto Soria, «la imagen y los instrumentos ideológicos de exaltación del poder regio», en Luis Rebot, Julio Valdeón y Elena Maza (coords.),
ob. cit., pp. 171-190; y Leanore Lieblein, «The politics of Renaissance culture: topoi of legitimation in the mid- Tudor Interlude», en L’Europe de la Renaissance: cultures et civilisations: mélanges offerts á Marie-Thérèse Jones-Davies, París, Jean Touzot, 1988, pp. 49-64. Aunque se trata de un caso muy concreto y referido a la monarquía inglesa, puede dar una visión clara de los mecanismos de legitimación y propaganda durante la época renacentista. La descripción inicial del cuadro de «Eduardo VI y el Papa» es muy clarificadora al respecto.
38 Alfonso X el Sabio,
Las siete Partidas (El Libro del Fuero de las Leyes), ed. de José Sánchez-Arcilla Bernal,
Madrid, Editorial Reus, 2004, p. XXX.
39
Glosa castellana al «Regimiento de príncipes» de Egidio Romano [1947], ed. de Juan Beneyto Pérez, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2005, pp. XXV-XXIX.
regni), Juan López de Palacios Rubios (De iustitia et iure obtentionis ac retentionis regni avarre, obra relacionada temáticamente con el texto objeto de este estudio), Diego de San
Pedro o cronistas como Nebrija (Belli avariensis libri duo, que es traducción de la obra de
Luis Correa), Alfonso de Palencia, Diego Rodríguez de Almela, Gonzalo Fernández de Oviedo o Lucio Marineo Sículo40.
Tampoco han de faltar los argumentos de índole religiosa para explicar las ideas políticas de Isabel y Fernando:
La relación entre cohesión social y legitimidad de las empresas políticas, por una parte, y fundamento religioso, por otra, era común a todo Occidente, pero acaso se extremaba en los reinos españoles, donde la ideología de Cruzada seguía vigente41.
De ahí que los Reyes Católicos buscasen siempre las mejores relaciones posibles con la Santa Sede, que pidiesen el estatus de Cruzada para las campañas granadinas o para las operaciones en el norte de África o que Fernando solicitase las bulas papales necesarias para justificar la invasión de Navarra, considerada como traidora por aliarse con la cismática Francia:
La tarea que les había señalado la Providencia era la de restaurar el orden y el buen gobierno y restablecer, mediante el ejercicio de su poder real, una sociedad en la que cada individuo pudiera disfrutar libremente de los derechos que le perteneciesen en virtud de su estado42.
Por tanto, su función en la tierra es una misión divina.
La referencia más clara en cuanto a la innovación de esta «nueva monarquía» católica procede de la obra que trata el tema del gobierno renacentista por excelencia, El Príncipe de
Maquiavelo:
Nada proporciona a un príncipe tanta consideración como las grandes empresas y el dar de sí ejemplos fuera de lo común. En nuestros días tenemos a Fernando de Aragón, el actual rey de España, a quien casi es posible llamar príncipe nuevo porque de rey débil que era se ha convertido por su fama y por su gloria en el primer rey de los cristianos. Si examináis sus acciones, encontraréis que todas son notabilísimas y alguna de ellas extraordinaria: al comienzo de su reinado asaltó el reino de Granada y esta empresa le proporcionó la base de su poder. En primer lugar la llevó a cabo en un
40 M. Á. Ladero Quesada,
ob. cit., pp. 104-106; del mismo autor, art. cit., en Luis Ribot, Julio Valdeón y Elena
Maza (coords.), ob. cit., 143-146; y J. L. Alborg, ob. cit., pp. 474-477.
41
M. Á. Ladero Quesada, ob. cit., p. 111.
42 J. H. Elliot,
momento en que no tenía otras preocupaciones y sin peligro de ser obstaculizado. Mantuvo ocupados en ella los ánimos de los nobles de Castilla, quienes al pensar en aquella guerra dejaban ya de pensar en promover disturbios en el interior. Entretanto y sin que ellos se dieran cuenta, iba consiguiendo reputación y sometiéndolos a su poder. Pudo sostener sus ejércitos con el dinero de la Iglesia y del pueblo y aquella larga guerra le dio la posibilidad de proporcionar un sólido fundamento a su ejército, el cual le ha conquistado con posterioridad gran renombre. Además de todo esto, para estar en condiciones de acometer empresas mayores –sirviéndose siempre de la religión– recurrió a una santa crueldad expulsando y vaciando su reino de marranos. No es posible encontrar una acción más triste y sorprendente que esta. Después, arropado siempre con la misma capa, atacó África, llevó a cabo la empresa de Italia y últimamente ha atacado a Francia. De esta forma ha realizado y tramado siempre grandes proyectos que han mantenido siempre en suspenso y asombrados los ánimos de sus súbditos, atentos al resultado final. Estas acciones suyas se han sucedido de tal manera la una a la otra que nunca ha dejado espacio de tiempo entre una y otra para que se pudiera proceder contra él con calma43.
El fragmento aquí recogido constituye un resumen breve, pero conciso, de las actuaciones del rey Fernando a lo largo de su mandato. Llama la atención la importancia que Maquiavelo otorga a la gloria y a la fama, dos componentes esenciales para la configuración del universo propio de los libros de caballerías, pero que va a romper los límites del género y a hacerse presente en no pocos aspectos de la vida política, social y cultural de esta época. Solo así se explica la concepción de América como un lugar semejante a los reinos y territorios maravillosos de aquellos libros y, por ende, lleno de posibles aventuras en las que pudiera conseguirse esa gloria y esa fama. Estos mismos elementos se dejan entrever en la obra de Luis Correa, aunque la fidelidad a los hechos reales les deje menos posibilidades de desarrollo. Sin embargo, constituyen la referencia indispensable para conseguir –como se verá más adelante– el objetivo principal de la obra, que no es otro que el ensalzamiento de don Fadrique Álvarez de Toledo, duque de Alba.